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Argos

versão impressa ISSN 0254-1637

Argos v.25 n.48 Caracas jun. 2008

 

(Im)posibilidades de la figura del intelectual: El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa

María del Carmen Porras

Universidad Simón Bolívar porrasgarcia@cantv.net

Resumen:

¿Qué retos impone la globalización a los escritores latinoamericanos? El síndrome de Ulises puede leerse como la respuesta que el autor colombiano S. Gamboa ofrece a esta pregunta. Respuesta que va a dar cuenta de los límites (y no de las posibilidades) de la función intelectual dentro de la sociedad global. La frivolidad, la indiferencia y, ante todo, la incapacidad para comprender a quien vive la globalización desde la perspectiva del vagabundo (Bauman), marcan la trayectoria del protagonista de esta novela, en la que poco queda de la imagen del boom. El objetivo de este artículo es comprender la propuesta de Gamboa con respecto al sentido del oficio intelectual en el mundo actual, analizando así este retrato de un joven escritor latinoamericano.

Palabras clave: novela colombiana, Santiago Gamboa, post-boom, globalización, cultura latinoamericana.

(Im)possibilities of the intellectual figure: Santiago Gamboa’s El síndrome de Ulises

Abstract:

What challenges are imposed by globalization to Latin American writers? El síndrome de Ulises can be read as the answer that Colombian writer S. Gamboa offers to this question - an answer that accounts for the limits (and not the possibilities) of the intellectual function in a global society. Frivolity, indifference and, above all, the incapability to understand the one that lives the globalization from the "vagabond" experience (Bauman), mark the move of this novel’s main character, in which little remains of the image of the boom. The purpose of this article is to understand Gamboa´s proposition regarding the meaning of the intellectual craft in today´s world, thus analyzing this portrait of a young Latin American writer.

Keywords: Colombian novel, Santiago Gamboa, postboom, globalization, Latin American culture.

(Im)possibilités de la figure intellectuelle: El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa

Résumé:

Quels défis impose la globalisation aux écrivains latino-américains ? El síndrome de Ulises peut être lu comme la réponse que l’auteur colombien S. Gamboa offre a cette question, réponse qui va à rendre compte des limites (et non des possibilités) de la fonction intellectuelle dans la société globale. La frivolité, l’indifférence et surtout l’incapacité pour comprendre à celui qui vive la globalisation dès la perspective du vagabond (Bauman), marquent le mouvement du personnage principal de cet roman, où reste peu de l’image du boom. L’objectif de cet article est comprendre la proposition de Gamboa par rapport au sens de l’office intellectuel dans le monde actuel, pour analyser cet portrait d’un jeun écrivain latinoaméricain.

Mots-clés : roman colombien, Santiago Gamboa, postboom, globalisation, culture latino-américaine

Recibido : 23/04/07 ; aceptado : 15/06/07

"El mundo contemporáneo se adapta mal a los intelectuales como legisladores; lo que ante nuestra conciencia se presenta como la crisis de la civilización o el fracaso de cierto proyecto histórico, es una crisis genuina de un papel específico, y la experiencia correspondiente de la superfluidad colectiva de la categoría que se había especializado en desempeñarlo."

Zygmunt Bauman, Legisladores e intérpretes

"Hoy hay quienes se lamentan y otros celebran [...]: si horrorizados por la apoteosis televisiva y fáxica, deben proclamar la santa magnificencia de un orden muerto. Si fascinados por el avasallante poder triunfal de extraños clarines, marchar con los nuevos aires de las auras frías. [...] Si petrificados en la dupla seguridad de antaño, repetir las palabras [...] de cuando éramos jóvenes."

Hugo Achugar, La biblioteca en ruinas

"La verdadera y más rotunda novedad [en la actual fase de globalización] reside en la inédita subsunción de las distintas esferas de la vida social, incluyendo los afectos, los valores, los deseos, a la lógica expansiva y acumulativa del capital, lo cual hace coincidir como nunca antes en la historia de la modernidad la producción de mercancías con la producción de jouissance".

Abril Trigo, Apuntes para una crítica de la economía política en la globalización

Los tres fragmentos que he seleccionado como epígrafes a este texto dan cuenta de las condiciones, tensiones, preguntas y problemas que afrontan los intelectuales en la actualidad. Así, a la pérdida de un papel definido y claro en la sociedad (Bauman), se le ha sumando en las últimas décadas el enfrentarse, no sólo a las exigencias que supone la influencia de los medios de comunicación y el mercado en el campo cultural latinoamericano (Achugar), sino también a las consecuencias económico-culturales del fenómeno de la globalización (Trigo). Quisiera destacar particularmente el tercer epígrafe, pues, ciertamente, ya no se trata solo, como destacan Bauman y Achugar, de la pérdida de centralidad y de certezas en el trabajo intelectual, sino de cómo el propio oficio parece haber quedado atrapado en la lógica de mercado:

Finalmente, las dos economías, política y libidinal, se confunden y complementan, dando lugar a un sistema donde economía, cultura, política y sociedad se integran en un totalidad en la cual se diluye la diferencia entre lo material y lo simbólico, lo estructural y lo super estructural, lo real y lo ideológico, desde que la ideología está en la forma misma, invisible en su transparencia, de la mercancía-signo, que impregna y regula el sistema (Trigo, 2003-2004, pp. 290-291).

Un par de décadas atrás, Ángel Rama ya había señalado que el sistema de trabajo impuesto a los escritores por parte de las editoriales traía consecuencias que podían considerarse el pago que los autores debían ofrecer por haber logrado la independencia de los subsidios (en forma de trabajo docente, de trabajo burocrático) del Estado. Una de esas consecuencias era ser convertido en una de esas "superestrellas",1 más propias del sistema mediático comprendido como mercancía. Mercancías, por otro lado, globales. Así, los autores latinoamericanos y sus obras - y esto Rama solo alcanzó a percibirlo - han entrado en el juego del consumo global. Una prueba de la intensidad con que las editoriales transnacionales están promoviendo la producción literaria en América Latina es lo que descubre un reportero de una conocida revista cultural colombiana que lleva a cabo una antología de jóvenes autores de la región:

Para su edición, Gatopardo decidió buscar a los representantes más ilustres de esta nueva generación de autores. La idea era encontrar a algunos elegidos que hubieran logrado publicar una novela antes de los 35 años. Pero la sorpresa fue grande: en casi todos los países se pueden hallar jóvenes que han publicado varios libros e incluso han ganado premios importantes. Por eso la búsqueda se redujo a los que tuvieran más de un libro, hubieran ganado algún premio y que vendieran bien. La lista se redujo bastante y quedaron afuera muchos nombres interesantes (Restrepo, 2006, p. 157, énfasis mío).

Los escritores latinoamericanos deben enfrentarse, así, a un fenómeno que Octavio Ianni ha planteado de forma breve y clara, acoplado perfectamente con lo señalado por Trigo: "En el ámbito de la sociedad global, los principios de libertad, igualdad y propiedad [...] operan en general en términos económicos [...]/ / A esta altura de la historia, la ciudadanía vigente, efectiva e indiscutible es la de la mercancía [...]// La ciudadanía del ciudadano del mundo está apenas esbozada prometida, imaginada" (Ianni, 1998, p. 72; primer énfasis mío; segundo original). Se mueven los autores, se mueven sus libros, ciertas personas para cruzar las fronteras.2 Esto me lleva a preguntarme sobre las representaciones que ciertos autores latinoamericanos han construido en sus narraciones sobre este mundo global y sus imperativos, en particular, con respecto a los escritores e intelectuales. Pienso, de forma especial, en quienes han partido, por diversas razones, de sus países de origen y han hecho del desplazamiento su experiencia de vida, la mayor parte de las veces, en perfecta sintonía con - también como una obligación derivada de - su vida como autor cuyos libros son producidos, vendidos y leídos de forma relativamente global; es decir, más allá de las fronteras de sus territorios natales e incluso de América Latina. El autor colombiano Santiago Gamboa es uno de ellos.

En 1985 Gamboa dejó su país para estudiar en la Universidad Complutense de Madrid y desde entonces su recorrido europeo lo ha llevado de la capital española a París y de ésta última a Roma, donde reside en la actualidad. Si en sus primeras novelas la sociedad colombiana era el eje - Páginas de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997) - desde Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000) son las experiencias del viaje y el desarraigo las que comienzan a ocupar el centro de su escritura; pone especial acento en la reflexión sobre el significado que, de manera particular, tienen dichas experiencias en las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos y en el contexto de una sociedad como la actual, de una sociedad global (Ianni, 1998). En este sentido, El síndrome de Ulises (2005) sería la novela más representativa de Gamboa y por ello es el eje de este trabajo. Desde su título, la narración habla de cómo, en el marco de la globalización, la condición de ser migrante conlleva unos rasgos específicos y problemáticos y genera situaciones sociales concretas, frente a las que escritores e intelectuales – pese a todos los discursos que hablan de la pérdida de su lugar en la sociedad - se sienten aludidos, inmersos ellos también en una estructura de mercado en la que "debido a que la economía es dinamizada por el consumo de bienes simbólicos y servicios culturales, la cultura deviene el motor de la ‘nueva economía’, así como su principal indicador" (Trigo, 2003-2004, p. 298).

En la novela de Gamboa, este es el contexto que debe enfrentar un joven latinoamericano que está estudiando literatura y que quiere ser escritor. El (des) encuentro con migrantes de distintos continentes, ejecutivos y escritores consagrados van construyendo el escenario en el que este autor en ciernes se ve obligado a definir su posición ante los diferentes y muchas veces opuestos imperativos y exigencias de un mundo que se le presenta fragmentado, dispar, dividido. Ese proceso de definición es lo que se analizará en este trabajo, para comprender cuál sería, desde la perspectiva de la reciente generación de escritores latinoamericanos, el sentido de la función intelectual en una sociedad como la contemporánea, marcada por las consecuencias de la globalización.

1. De una "vida feliz" a un "síndrome"

Aunque no lo señala explícitamente, Gamboa retoma en El síndrome a Esteban, el personaje principal de Vida feliz. En esta última, Esteban reconstruye, ya adulto y estable en París, lo que fue su vida en suelo colombiano, y va articulando los recuerdos familiares con la historia reciente de su país. Si bien en este texto se incorpora el inicio de su sueño europeo como estudiante de literatura en Madrid, la experiencia parisina es dejada de lado en esta novela. Así, sólo unas breves páginas al principio y al final de Vida feliz se unen bajo el mismo título, "París 1998", para dar a conocer, de forma somera, los caminos tomados por Esteban en la ciudad donde encontró residencia fija. Convertido en un regular escritor que vive de su cargo como funcionario del Estado francés, Esteban nos entrega detalles de sus días como primerizo en la meca de los intelectuales latinoamericanos:

En París sufrí, gocé, escribí, me hice adulto, cobré mi primer cheque de sueldo, me casé, me divorcié, compré un carro que luego vendí, fui profesor de Español, lector de la editorial Stock, periodista, traductor, empleado oficial, hice amistades entrañables, de nuevo me enamoré y, en ocasiones, fui correspondido; en fin, viví, con todo lo que eso conlleva (Gamboa, 2005, pp. 609-610).

A propósito o no, este vacío de Vida feliz es lo que permite a Gamboa que la vuelta sobre Esteban en El síndrome no trastoque del todo la historia de la primera novela. Y decimos "no del todo" porque ciertamente la vida de Esteban en el París de El síndrome no parece tener mucho que ver con lo  escuetos recuerdos que se asoman a medias en su primera aparición y en los que Esteban ha seguido un camino sin demasiados traumas hacia la estabilidad, quizás otra forma de llamar al desencanto:

El tiempo pasó y las cosas cambiaron. Pero cambiaron de un modo que ya venía sospechando y que es implacable, y que consiste en que uno logra lo que quiere cuando ya no lo hace soñar [...] En mi billetera duermen varias tarjetas de crédito [...] He escrito dos novelas[...] Viajo mucho y compro todos los libros que puedo desear y leer, pero a veces, [...] pienso en la vida, en lo mucho que soñé con lo que ahora, mal que bien, soy y tengo. Y nada sucede (Gamboa, 2005, p. 15).

En El síndrome Esteban regresa para ofrecer una versión detallada y precisa de lo ocurrido en París; una versión que dista de la ofrecida en Vida feliz en la misma medida en que difieren los nombres de ambas obras. Con el título de la segunda, Gamboa hace referencia directa a un padecimiento que fue descrito por primera vez en España, específicamente en Barcelona, y que se relaciona con el fenómeno de la inmigración. Como "síndrome de Ulises" ha sido bautizado "un trastorno que los siquiatras comienzan a clasificar y entender: el síndrome del inmigrante con estrés crónico" (Anónimo, 2006) y en el que las condiciones específicas que en la actualidad caracterizan el movimiento migratorio son cruciales: "Llevo desde los años 80 trabajando en inmigración y hasta hace 5 años este síndrome no se observaba [...] Las condiciones de vida se han hecho más duras para los inmigrantes en los últimos tiempos" (ibid.), señala el médico que dio a conocer este padecimiento.3 Es claro, en este sentido, que dicha enfermedad puede considerarse relacionada con el fenómeno de la globalización y sus consecuencias en la dinámica económica social mundial. A este respecto señala Ianni que

Las organizaciones gubernamentales multilaterales, tales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) [...] y otras incluso no gubernamentales, poco pueden hacer para concretar la vigencia de los principios de libertad e igualdad nivel mundial. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre [...] permanece como una declaración de intenciones, de ideas, a pesar de su importancia social, política, económica y cultural (Ianni, 1998, p. 72).

Esta enfermedad, pues, podría considerarse como una de esas "consecuencias humanas" de la globalización de la que habla Bauman (2001) y que pone en entredicho dos características de ese fenómeno que se consideran fundamentales: la idea de un mundo global en donde las fronteras han sido derrumbadas y en el que la experiencia del movimiento y el viaje se encuentra al alcance de todos. Ambos planteamientos son matizados por Bauman, para quien:

no todos los viajeros se desplazan porque prefieren eso a quedarse quietos y quieren ir al lugar adonde se dirigen [...] Están en movimiento porque fueron empujados desde atrás, después de haber sido desarraigados de un lugar que no ofrece perspectivas [...] Para ellos, su suerte es cualquier cosa menos una expresión de libertad. Éstos son los vagabundos; [...] mutantes de la evolución posmoderna, monstruosos marginados de la nueva especie feliz. Los vagabundos son los desechos de un mundo que se ha consagrado a los servicios turísticos (Bauman, 2001, p. 121).

Para Gamboa, "el síndrome de Ulises es un nombre bello que describe una realidad atroz [...] Describe una gran enfermedad en el mundo, que es esa xenofobia hacia esos Ulises contemporáneos" (Gamboa en Anónimo, 2006). En ese sentido, la novela parecería proponerse como una suerte de texto de denuncia sobre las causas de esta enfermedad del migrante. Sin embargo, y aunque es claro que El síndrome trabaja ese aspecto, es quizás más interesante observar cómo lo que parece constituirse en el eje de narración es dificultad - ¿la imposibilidad? - de Esteban de comprender y hacerse comprender por los que él considera compañeros de avatares en las calles parisinas. De esta manera, si, como vemos, Gamboa ha expresado de forma directa su posición con respecto a este padecimiento propio  de los inmigrantes de la globalización, en la novela nos encontramos con una representación de este problema y de la forma en que un escritor-intelectual – Esteban - lo asume, mucho más elusiva y compleja, pues da cuenta de las barreras que cruzan el amplio y heterogéneo mundo de la migración hacia el Primer Mundo; unos límites con los que Esteban se ve obligado a vivir en el intento por mantenerse en una París en la que siente le será difícil cumplir su sueño de ser escritor. Relatada desde la perspectiva de este personaje, quizás la principal característica de la narración en El síndrome sea la constante incertidumbre de Esteban con respecto a qué debe hacer, cuál es el lugar, el papel que debe cumplir el escritor - más aun, el joven escritor - ante las historias de dolor e injusticia que le relatan el resto de sus compañeros de avatares.

Esa confusa situación de Esteban se establece desde el mismo título de la novela: si en Vida feliz el protagonista y sus experiencias daban nombre a la obra, en El síndrome esta correspondencia parece romperse o ponerse en duda, pues no es claro que esa frase refiera a sus experiencias. De esta manera, si era evidente que Vida feliz giraba en torno a este joven escritor, en El síndrome el lugar que le corresponde a Esteban dentro de la obra es inestable desde el mismo comienzo de la narración. Así, si la novela inicia con las siguientes palabras del personaje:

Por esa época la vida no me sonreía. Más bien hacía muecas, como si algo le provocara risa nerviosa. Era el inicio de los años noventa. Me encontraba en París, ciudad voluptuosa y llena de gente próspera, aunque ése no fuera mi caso [...]. Los que habíamos llegado por la puerta de atrás, sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas. No había nada, o casi nada, para nosotros, y por eso nos alimentábamos de absurdos deseos (Gamboa, 2005, p. 11, énfasis mío),

ese nosotros se resquebraja de forma inmediata:

Un peruano del comedor universitario dijo un día: cuando sea rico dejaré de hablarles. Poco después lo sorprendieron robando en un supermercado y fue arrestado. Había hecho todo bien, pero al llegar a la caja la empleada lo miró y pegó un grito de horror [...] pues del pelo le escurrían densas gotas rojas. Se había escondido dos bandejas de filetes debajo de la capucha de su impermeable, pero dejó pasar mucho tiempo y la sangre atravesó el plástico. A partir de ese día cambió su frase: cuando sea rico nadaré en sangre fresca. Luego supe que lo habían recluido en un psiquiátrico y jamás lo volví a ver (Ídem, énfasis mío).

Desde este inicio, el sujeto sufriente del exilio se nos presenta como ajeno a Esteban; es un otro con el que este joven intelectual sólo comparte análogas situaciones de precariedad, pero no el síndrome, la enfermedad a la que hace alusión el título de la obra y que el personaje peruano sí parece padecer. De esta manera, es difícil que la vida de Esteban pueda considerarse la historia principal de esta novela, aunque superficialmente pueda leerse así, dado que su relato es el que constituye la obra. Más bien, son las vidas de esos sujetos "otros" las que, articuladas, van construyendo el mundo del síndrome de Ulises, la enfermedad, y por tanto, también de El síndrome, la novela; un mundo en el que Esteban debe vivir, sin pertenecer del todo a él, enfrentando de forma continua esa condición de extrañeza.

2. Una nueva París para un nuevo intelectual

Habrá siempre un París para los escritores latinoamericanos [...] pero ahora se abren paso, como nuevas capitales del imaginario, Nueva York, [...] Miami, [...] la frontera méxico-estadounidense [...] Estas megalópolis culturales se van convirtiendo en destinos literarios a los que en el futuro se viajará con frecuencia.

Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet, Se habla español (énfasis mío)

La novela de Gamboa, así como también la más reciente publicación de Mario Vargas Llosa,4 reafirman lo señalado en la primera frase de este epígrafe. Y es que, aunque es cierto que otros espacios han ido ganando importancia en el imaginario literario latinoamericano, París constituye referencia imprescindible para la historia de la intelectualidad del continente. Desde los clochards de Julio Cortázar, pasando por los escritores perdidos y fracasados de Renato Rodríguez, los izquierdistas de Alfredo Bryce Echenique, hasta los imperfectos y humanos intelectuales de Jorge Volpi, la capital francesa ha representado para los latinoamericanos el espacio fundamental de crecimiento y de aprendizaje. Centrando la acción en París, Gamboa busca articularse a esta tradición latinoamericana:5 como otros personajes literarios, Esteban ha llegado a París para estudiar literatura en la Sorbona, pero en realidad su deseo es convertirse en escritor. También, como tantos otros, Esteban descubre que esa vida parisina es más complicada de lo que esperaba:

Yo caminaba sin rumbo, aterido de frío, intentando soportar la llovizna, observando a la gente que entraba y salía de los restaurantes o a los que maldecían por el tráfico desde el interior de automóviles cómodos y bien caldeados [...]. Esa vida era algo lejano, que había elegido no tener, por intentar esta aventura en París. Pero el resultado ni siquiera podía vislumbrarse (Gamboa, 2005, p. 19).

Hay dos particularidades, sin embargo, en esta París que Gamboa construye a través de las experiencias de Esteban: la primera es la pobreza del mundo intelectual, cultural latinoamericano en la ciudad. A casi tres décadas del boom, el interés por la producción literaria de nuestro continente parece haber desaparecido por completo:

Luego estaba lo de la universidad. La razón legal de mi estadía era un doctorado en la Sorbona, así que parte del tiempo lo dedicaba a esas clases. En realidad, mis esperanzas habían estado depositadas en eso, pues antes supuse que allí conocería gente, tendría amigos y grupos de estudio. Oh, sorpresa. Cuando comenzaron las clases me llevé una gran desilusión, [...] ya que en mi curso sólo había inscritas tres personas. Un señor bastante mayor, una mujer con aspecto psicótico y un joven árabe [...]. Las clases eran en español y el profesor, un chileno megalómano (presumía de haber sido amigo de Julio Cortázar), gritaba como si en el aula hubiera 400 personas (Gamboa, 2005, p. 21, énfasis mío).

Y es que América Latina es ahora, para Europa, objeto de un nuevo tipo de atención: la que generan los proyectos que las transnacionales llevan adelante en los países de la región; por ello, lo que se desea conocer del continente en el así llamado Primer Mundo ya no es su literatura, su cultura, sus procesos sociales, sino algo más pragmático: su idioma. De allí que la nueva función de los intelectuales latinoamericanos en París sea enseñar español a los ejecutivos de grandes compañías francesas:

Había conseguido unas clases de español en una academia por las que me pagaban poco [...] el trabajo había que dividirlo con otros profesores tan muertos de hambre como yo [...] Uno de ellos era un argentino de setenta años, novelista, crítico de cine y exitoso autor teatral en Buenos Aires (eso nos decía) [...] Otro de los colegas era un sociólogo chileno que escribía una tesis doctoral sobre el socialista Luis Emilio Recabarren (Gamboa, 2005, p. 23).

De esta manera, Esteban, quien ha soñado con largas tertulias intelectuales, se enfrenta ahora a otro tipo de conversaciones sobre las sociedades latinoamericanas:

Mademoiselle Gellert y Monsieur Lecompte [...] hablaban en un español primerizo sobre sus proyectos laborales en Venezuela y Chile, respectivamente (trabajaban para la RAPT, compañía francesa de trenes que hacía el metro de Caracas y de Santiago) [...] El tema de la tarde fueron los preparativos del viaje. Monsieur Lecompte confesó las dudas que tenía por su adorado perro, un robusto Golden Retriever que sentiría mucho el cambio y se adaptaría con dificultad a la comida chilena; yo fingí preocupación e intenté tranquilizarlo diciendo que allá, en esos países de tinieblas, también había perros, e incluso perros muy finos que vivían mejor de lo que viven, por cierto, muchos latinoamericanos (Gamboa, 2005, p. 108).

No es casual, pues, que sea otro ciudadano del Tercer Mundo, ese joven árabe, compañero de clases en la Sorbona, el que se convierte en el (quizás único) interlocutor de Esteban para hablar de literatura latinoamericana: Salim, marroquí de origen, se encuentra en París no sólo porque, como su propia familia, ha emigrado a Europa en busca de una mejor vida, sino por su pasión por la literatura de América Latina:

Decidí venir a París a estudiar literatura en español [...] y gracias a dios pude hacerlo. Un hermano de mi madre emigró hace más de diez años. Es mecánico y en todo este tiempo ha ido trayendo a su familia desde Oujda. Son siete hijos y viven en un apartamento de 80 metros cuadrados en Massy-Palaiseau. Ellos me recibieron (Gamboa, 2005, p. 24).

Salim, así, va a funcionar en la novela como una especie de eslabón entre este mundo ya en decadencia de los estudios de literatura latinoamericana y el de los inmigrantes ilegales, pues, aunque legal, por su condición racial corre los mismos peligros que los primeros:

Entonces le dije, Salim, ¿qué diablos te pasa? Se sonrojó un poco y dijo, perdona, amigo, hablo demasiado porque estoy nervioso [...] acabo de ser detenido por la policía en el RER. Cuando mostré mis documentos me los quitaron y los tiraron a las vías, que están electrificadas. Por suerte no toqué los rieles, recogí mis documentos y subí (Gamboa, 2005, p. 82).

Y ésta sería la segunda particularidad de esta "nueva" París: la existencia de un complejo y rico mundo cultural en donde conviven sujetos de diversas nacionalidades y culturas, unidos por la experiencia del vagabundo, según palabras de Bauman que se han citado previamente. De esta manera, africanos, asiáticos, europeos del este y, en menor medida, latinoamericanos, conforman esta heterogénea comunidad en la que Esteban, dado el fracaso de sus sueños intelectuales, se ve obligado a insertarse. Empujado por la necesidad económica y sin abandonar las clases de español (que serían como el hilo que lo seguiría uniendo a su expectativa intelectual), toma un trabajo como lavaplatos en un restaurante coreano, donde comienza a adentrarse en el mundo del síndrome: "En la puerta me recibió el propietario, un coreano gordo y sudoroso [...]. En la mesa me presentó a los otros, casi todos orientales [...], a los que se sumaban dos sacadores de basura de Sri Lanka y dos aseadoras senegalesas" (Gamboa, 2005, p. 51). El eje de este mundo es Jung, su compañero de labores, un norcoreano atormentado por el destino de su esposa, a quien dejó presa y enferma en su país. Tras lograr huir de Corea del Norte y llevar una existencia precaria en China, Jung decide arriesgarse a llegar a Europa y termina en París, donde decide permanecer tras hacerse la siguiente reflexión:

sentí que mi vida, hasta ahora, había sido una larga fuga. El mundo se vuelve pequeño cuando no se tiene una casa y todos los países son hostiles. Pensé en Estados Unidos. Pensé que estaba muy lejos y ya no tenía fuerzas. Pensé que era un pobre desgraciado y que a nadie le importaría si me cortaba las venas. Y eso me dio fuerzas (Gamboa, 2005, p. 56, énfasis mío).

A través de Jung, Esteban comienza a conocer a otros personajes de este mundo: a Susi, una de las senegalesas que trabaja en el restaurante y que debe a la prostitución la posibilidad de enviar dinero a su familia; a Saskia, ingeniera de sistemas en su país, pero que también ejerce de prostituta en París. Esteban, centrado hasta este momento en la frustración por ver estancada su carrera intelectual y también por sus decepcionantes experiencias amorosas, se enfrenta entonces a unas vidas cuyas trayectorias distan mucho de la suya, más allá deque él también puede considerarse un emigrante. Si ya con sus compañeros colombianos, la mayoría ex guerrilleros, Esteban se ve obligado a reconocer la diferencia entre él y ellos - éstos no pueden regresar por razones políticas, mientras que él no regresa por el orgullo de no reconocerse fracasado en su viaje europeo - ante los inmigrantes ilegales Esteban va, a menudo, a entrar en conflicto con respecto a su posición en la sociedad del Primer Mundo. Pues, a pesar de la fragilidad de su estatus como estudiante de literatura latinoamericana en la Sorbona, a Esteban se le revela que en la sociedad global hay algo mucho peor que ser un joven latinoamericano que vive con cierta precariedad económica en París y que desea ser escritor. Y no utilizo una forma verbal activa (por ejemplo, "Esteban descubre...") porque, aunque delante de sus ojos, le cuesta darse cuenta de estas diferencias:

Al escucharla recordé el dolor de Saskia por su padre [quien está muy enfermo en su país], y pregunté, ¿qué sabes de Saskia?, ¿está mejor? Entonces Susi dijo: bueno, no sabe qué hacer y yo la comprendo, si sale de Francia pierde lo que ha construido, pero del otro lado está su padre, ¿tú qué harías?, me preguntó, y dije sin dudarlo, iría a verlo, nada puede ser más importante, y ella opinó, tú lo dices porque puedes entrar y salir a tu antojo, no puedes comprenderlo. Tienes razón, dije, mi situación es diferente y Susi reviró: no es que sea "diferente", es sencillamente mejor, usa las palabras como están hechas, tu situación es privilegiada y por eso no puedes juzgar. Yo protesté: no estoy juzgando a Saskia, tú preguntaste qué haría y ya te contesté con sinceridad, sólo eso, y ella dijo, sí, pero habrías podido no subrayar tu privilegio al responder, ¿comprendes?, uno puede dejar de ser quien es para no herir a otra persona, eso es todo... Entonces le pregunté: ¿y a quién herí, a ti?, y ella dijo, sí, me hieres porque señalas que eres diferente, algo que es cierto, tú no vives lo mismo que nosotras y por eso puedes tomar distancia. Eres un privilegiado, al menos acéptalo, a lo que dije, está bien, Susi, lo acepto, aun si la palabra "privilegiado" suena un tanto extraña a mis oídos cuando veo la vida que llevo, pero ella de inmediato reviró, deja de quejarte y duerme [...] yo entiendo que sufras, pero piensa en la vida de los demás, todo el mundo tiene algo que contar y cree que es el único, por eso te doy un consejo y es que de vez en cuando te asomes a la ventana y observes la vida de la calle, pero le dije, Susi, mi ventana no da a la calle (en realidad quise decir "mi ventana ni siquiera da a la calle"). (Gamboa, 2005, pp. 174-175, primer énfasis mío; segundo en el original).

La extensa cita muestra con cierto detalle los problemas de Esteban con respecto a este mundo de los inmigrantes ilegales. No es sólo la evidente distancia entre su situación económica y social y la de los ilegales, sino su incapacidad para comunicarse con ellos, lo que, por supuesto, impide la plena comprensión de los avatares, de las condiciones de vida de este mundo. La larga cita quiere mostrar los esfuerzos reiterados de Susi por hacer entender a Esteban, a través del diálogo que se construye en este fragmento, lo que significa ser un inmigrante ilegal: la falta de estabilidad económica y social; la imposibilidad de construir un hogar seguro donde permanecer; el verse forzado al movimiento y, a la vez, saber que en este movimiento siempre se perderá algo.6 Los que Esteban llama "revires" deben leerse, más bien, como el testimonio de la imposibilidad de un diálogo real entre ella y el joven escritor, hecho del que parece ser más consciente la propia Susi, cuando, en las últimas líneas, da por terminada la conversación con ese seco "deja de quejarte y duerme". Dormido: quizás sea la condición que pueda mejor definir la actitud de Esteban ante el mundo de los ilegales, porque apunta, por un lado, a que, así dormido, el personaje puede vivir ajeno a la realidad; por otro, ese término también hace referencia a que Esteban no hace sino pensar -y quizás no actuar- en su sueño de ser un escritor.

La imposibilidad de diálogo se encuentra reforzada por el final de la discusión. La aceptación, casi a regañadientes, de las ideas de Susi, resulta ser sólo aparente y los planteamientos de la emigrante rumana se terminan estrellando contra la ironía de Esteban. Esto de "asómate a la ventana, ve la calle" es, claro está, una figura retórica del discurso de Susi y Esteban, intelectual, por lo demás, decide asumirlas como literales para, en el matiz final, burlarse de ellas. Y es que centrado en sí mismo y en sus tambaleantes planes de ser escritor, Esteban no puede ver más allá de la decadencia de su mundo cultural.

La posición de Esteban frente a Susi nos habla del fracaso de ese modelo de intelectual que prevaleció quizá hasta los setenta u ochenta en América Latina, 80 o ese modelo intelectual en el que el escritor se consideraba - y era considerado - forjador de identidad y, como tal, dueño de respuestas efectivas a las preguntas y cuestionamientos de los más débiles de la sociedad frente a los agentes del poder; modelo en el que el escritor podía considerarse - y era considerado - un sujeto lleno de certezas. Las preguntas que se hace Achugar: "¿Quién decide y quién autoriza a quién? ¿Cuál es la tarea del crítico, del profesor, del lector, del habitante sin más, en la biblioteca, en esa biblioteca de hoy?" (Achugar, 1994, p. 18), hoy en día se han trasladado a un ámbito que excede los límites de la biblioteca y frente a ellas no hay respuestas claras. Agotado el boom y huérfanala literatura latinoamericana de personas interesadas en su estudio, Esteban debe buscar posibilidades de esbozar una respuesta, ya que no las halla en su tradición cultural más cercana.

3. Sobre otros posibles derroteros culturales

Salim, el compañero de las clases de literatura en la Sorbona, es quien abre para Esteban nuevas experiencias culturales al ponerlo en contacto con una literatura, la árabe, que se representa cercana a la latinoamericana porque enfrentaría problemas semejantes. De esta manera, Gamboa introduce en la narración a Mohammed Khaïr-Eddine (1941-1995), escritor marroquí quien, más allá de destacarse por su obra escrita, también se ha convertido en una figura mítica de la literatura maghrebí escrita en francés. Una vida nómada, una vida que ha sido llevada en contra de los valores del establishment tanto francés como marroquí, ha hecho que este autor haya sido catalogado como "niño terrible" de las letras árabes. Gamboa parece recoger esta imagen en su novela, pues de esta manera es como el propio Khaïr- Eddine se define en ella:

Beréber, es decir un hombre errante, hijo de un pueblo errante cuyo nombre quiere decir "ser libre"; ¿cuál fue la gota de esperma que hizo de mí un beréber, ¿cuál la que me convirtió en uno de esos hombres adustos, parientes cercanos de la locura y la genialidad, que tiene delante de sí la verdad y corrigen la vida a su antojo? Es eso lo que soy. Un beréber, alguien genial, pero también un loco y un escritor maldito. Soy el loco de la palabra. Y además el mejor (Gamboa, 2005, pp. 72-73, énfasis mío).

Esteban lo conoce en un bar, gracias a Salim, quien resulta ser gran amigo del autor árabe. Y, en un comienzo, su presencia en la novela es un tanto desconcertante, pues este escritor pareciera reforzar la imagen de autor que sostiene Esteban; por otro lado, es muy común: un ser ajeno a la sociedad, poco comprendido y valorado, pero que a su vez poco comprende y valora la realidad de los seres fuera de su ámbito.

Sin embargo, y a medida que este escritor va teniendo más presencia en la novela, las reflexiones de Khaïr- Eddine se van articulando alrededor del problema que consideramos eje de la narración: el de la función del escritor, del intelectual - y de su obra - en la sociedad y su relación con los "otros". En ese sentido, Esteban descubre en las tertulias que llevan a cabo Salim, el propio Khaïr-Eddine y Kadhim Yihad, supuesto traductor al árabe de Juan Goyti solo, que los escritores maghrebíes, al igual que los latinoamericanos, están sometidos a exigencias y tensiones que él pensaba únicos o característicos de los latinoamericanos:

Criticaron a algunos, acusándolos de escribir de acuerdo al estereotipo del maghrebí en Europa, o lo que es igual: satisfaciendo la imagen que los europeos tienen del mundo árabe y sustituyendo la realidad por el cliché, algo similar, pensé, a lo que hacen ciertos autores de América Latina, que escriben para los europeos, dándoles exactamente lo que esperan de un latinoamericano, es decir, exotismo y evasión. -Exotismo, evasión, revolución, dije, la revolución latinoamericana es el realismo mágico de la izquierda europea. -La consecuencia de esto - seguí diciendo - es que ciertos escritores no muy talentosos se refugiaron en el "compromiso" como salvoconducto literario. Están en la primera fila de todas las actividades político-culturales organizadas por el establishment europeo y cumplen el papel que se espera de ellos, que es provocar lástima.... (Gamboa, 2005, pp. 253-254, énfasis en el original).

Y en este sentido, los planteamientos de Khaïr-Eddine, en primera instancia, parecen ser afines, incluso apoyar la posición de Esteban:

- Quienes venden eso [afirma Khaïr-Eddine] a los lectores del Primer Mundo están vendiendo un sufrimiento que no les pertenece. Un dolor que dicen representar y, sobre todo, denunciar, pero del que también obtienen ganancias... ¡Yo lo he visto! Viven muy bien, van y vienen, agasajados en todas partes, y su cuenta bancaria se hincha en proporción al dolor por el cual militan (Gamboa, 2005, p. 254, énfasis en el original).

Pero, poco después, las reflexiones del autor árabe toman otro camino y tocan ese que es el problema central de Esteban y de la novela: esa problemática relación entre el escritor y los otros:

Escribo lo que debo escribir, [dice Khaïr-Eddine] algo que tiene que ver con mis raíces, un discurso que Salim escuchó con orgullo, en silencio, pues, según me dijo luego, reconocía en él la suerte de tantos que emigraron de Marruecos a lo largo del siglo y que vinieron a trabajar en lo más duro, en medio del frío y con las botas puesto en trabajos que ningún francés quería hacer. Por eso sus raíces también eran eso: un árabe de uniforme en las cloacas de París reparando un tubo del agua o un árabe lavando platos en un restaurante por unos cuantos cientos de francos, como lo hacía yo en Les goelins de Pyongang, y entonces Kadhim dijo, lo único que nos queda es inventar ese mundo con palabras, un mundo que ya no existe o que tal vez jamás existió, y así es, y yo pensé en lo que decían, sobre todo en lo que dijo Khaïr-Eddine sobre su deber de escritor, y me dije, debe ser por eso que yo no logro convencerme, pues la verdad es que no me sentía portador de ningún mensaje especial ni mucho menos responsable o con el deber de hacerlo ante nadie. Lo único que sentía era ganas de escribir (Gamboa, 2005, pp. 254-255, énfasis mío).

Como vemos, la admiración inicial de Esteban se trueca en desconcierto, pues el camino de la escritura que el autor árabe parece señalarle es, justamente, uno que siente ajeno; un camino que en su herencia próxima de escritor latinoamericano ya le había señalado el boom y que el joven colombiano no quiere, quizás no puede, seguir. De allí que sea otro intelectual, también árabe, quien termine convertido en el modelo que seguirá Esteban, para quien Khaïr- Eddine será, en adelante, una atractiva pero inalcanzable forma de entender el oficio de la escritura:

Kadhim empezó a contarme su vida. Había vivido tres años en Madrid y estudiado en la Universidad Complutense, era traductor al árabe de literatura española y francesa y estaba haciendo una tesis sobre métodos de traducción. Vivía gracias a una beca del Colegio de Francia, pero también hacía traduccion es para editoriales del Líbano y artículos literarios para la revista árabe Al Karmel, un tipo de vida que de inmediato admiré, pues era lo que yo anhelaba, mantenerme con un trabajo literario (Gamboa, 2005, pp. 120-121, énfasis mío).

Imagen intelectual más pragmática que la de Khaïr- Eddine, Kadhim le mostrará a Esteban las posibilidades laborales que pueden ofrecerse al escritor de hoy día:

Tú tienes que encontrar un trabajo de periodista, algo que te reporte dinero suficiente para vivir pero que al mismo tiempo te permita escribir, pues si no, no tendría sentido, podrías conseguir algo como periodista, ¿no?, tú sabes escribir, y repuse, sería el ideal, pero nunca he escrito para un periódico, y él dijo, eso se aprende sobre la marcha, grandes autores se han ganado la vida con el periodismo (Gamboa, 2005, p. 256).

Ciertamente, desde Martí hasta los autores del boom, la escritura de crónicas, reportajes, noticias para diarios, para radios y revistas culturales ha sido una tradicional forma de subsistencia de los escritores latinoamericanos; pero también, ha generado en ellos reflexiones y conflictos en torno a la siempre problemática - ¿también en la actualidad? - relación entre campo cultural y medios de comunicación; entre campo cultural y mercado. Beatriz Sarlo, en un breve pero preciso texto, ha destacado cómo, en este presente entre siglos, el intelectual tradicional ha debido "ceder" no sólo su posición, sino incluso su discurso frente al auge del "comunicador":

La relación intensa, y no eventual, de los intelectuales con los medios de información crea un vaivén donde las figuras tienden a superponerse. Este rasgo tiene una cualidad que podría llamarse posmoderna, en la medida en que erosiona la autoridad de los intelectuales típicamente modernos y establece modalidades plesbicitarias de legitimación de posiciones. Un rasgo no secundario de estos procesos finiseculares es que la credibilidad del discurso intelectual puro y duro está en baja [...] Los intelectuales, cuando pueden, hablan como comunicadores (Sarlo, 2002, pp. 28-29, énfasis mío).

Esto último que he destacado de la cita anterior es lo que ha ocurrido con la generación de Gamboa y las posteriores. Si volvemos al reportaje de Gatopardo que fue comentado páginas atrás, llama la atención cómo es el periodismo el oficio que hermana a todos los escritores allí mencionados; y así, casi todos ellos son colaboradores de revistas como la misma Gatopardo, así como escriben para diarios de diversos países.

Para Sarlo, por otro lado, hay algo más que caracteriza a esta nueva manera de entender el oficio intelectual: "el derrocamiento, por el momento definitivo, de cualquier idea o ilusión vanguardista" (Sarlo, 2002, pp. 29). Así, no es casual que Esteban, quien se inició como estudiante de literatura latinoamericana en la Sorbona, con planes de escribir una tesis sobre Lezama Lima, termine enrumbando su vocación  intelectual hacia el ejercicio del periodismo y hacia una escritura que poco tiene que ver con el análisis y la reflexión. Así, logra entrevistar, para un supuesto semanario cultural bogotano, a Julio Ramón Ribeyro, quien a su vez le consigue la posibilidad de optar a un puesto de trabajo en la Agencia France Press como redactor de despachos. Allí, las instrucciones para escribir son claras: "lo más importante era ser veloz y preciso" (Gamboa, 2005, p. 337).7

La trayectoria de Esteban como intelectual comienza a construirse de manera tal que supone, por un lado, el acercamiento del joven escritor a las industrias informativas y, por otro, el alejamiento del mundo del síndrome, del que, en realidad, nunca estuvo muy cercano:

le conté todo a Jung y el viejo se puso alegre, y dijo, por fin podrás salir de esta pocilga, debemos celebrarlo, pero yo le advertí, espera un poco, lo celebramos cuando se confirme, aún debo hacer el test de ingreso, pero él insistió, lo pasarás, eres una persona educada y con un título, y además provienes de una familia de universitarios. Aquí en este sótano parece que fuéramos iguales, pero en el fondo tú eres diferente. Los que nacemos abajo por lo general permanecemos abajo (Gamboa, 2005, p. 335, énfasis mío).

Las palabras de Jung recuerdan a Esteban que, en realidad, nunca perteneció a este mundo de los inmigrantes ilegales, al mundo del síndrome. Y dan cuenta de cómo, aunque pareciera que

la irrupción de la sociedad global abre perspectivas nuevas y creativas para los individuos, grupos, etnias, minorías, clases, movimientos sociales, partidos políticos, líneas de opinión pública y sociedades nacionales [...]esta transformación de horizontes no es tranquila ni inmediata. Ocurre de manera contradictoria [Pues] la ciudadanía entendida como soberanía implica autoconciencia. Pero bajo las condiciones constituidas con la formación de la sociedad global, a esta altura las posibilidades de autoconciencia son todavía precarias, limitadas. Son pocos los que disponen de condiciones para informarse y ubicarse frente a los acontecimientos mundiales, tomando en cuenta sus implicaciones locales, regionales, nacionales y continentales (Ianni, 1998, pp. 75- 76; primer énfasis mío, segundo en el original).

Y Esteban, ciertamente, no es sólo uno de esos pocos, sino que su carrera como intelectual incorporado a las industrias informativas lo va a convertir en mediador de ese conocimiento, lo que lo coloca en una situación aún más privilegiada la palabra que había utilizado Susi con respecto a quienes conforman el mundo del síndrome, haciéndose así más profunda la separación entre aquél y Esteban. Y por ello es que, para nuestro joven intelectual, la experiencia en París parece entrar en una nueva y positiva etapa: "Y así vi que la ciudad empezaba a mostrar una cara distinta. El otro lado de la luna" (Gamboa, 2005, p. 325), mientras que para un personaje como Jung, no habrá la posibilidad de percibir ese otro rostro parisino; esta ciudad, más que punto de partida, marcará el final de su existencia.

4. A modo de conclusión: Esteban y el verdadero protagonista de El síndrome

Oculta, pequeña, marginal, como el sótano donde él y Esteban lavan platos, la historia de Jung pareciera no destacarse dentro de la novela, sobre todo si la comparamos con el aprendizaje erótico de Paula, o las amargas decisiones de Saskia frente a la enfermedad y muerte del padre, la búsqueda de Néstor o las indecisiones de Victoria ante el amor de Esteban. Y, sin embargo, de todos esos relatos que van conformando El síndrome, el de Jung es el que escoge Gamboa para concluir la novela. Ello, ciertamente, no es casual. Esta, como ya lo señalé, aparente historia menor, adquiere otro valor, otra dimensión justamente en las últimas páginas de la obra, cuando se hace evidente que Jung es ese sujeto migrante al que hace alusión el título escogido por Gamboa: Jung, así, es el verdadero protagonista de El síndrome, y su repentina muerte provoca que las demás historias que se han presentado en la novela, así como el aparente "final feliz" de "la vida triste" de Esteban en París, adquieran otro matiz, uno más oscuro y, quizás, más real.

Como sucede con la de otros inmigrantes ilegales, la gris existencia de Jung transcurre ante los ojos de Esteban, sin que éste, en realidad, pueda entender la gravedad de las experiencias por las que ha pasado y continúa pasando el coreano, y, ciertamente, sin que se demuestre dispuesto a hacerlo; así, cuando aquél le plantea que "es eso lo que me hace ser particularmente miserable: el nivel de mis aspiraciones es tan bajo que, quienes lo tienen, ni siquiera lo notan, o incluso los hacen sentirse frustrados. Lo que ellos no valoran y desprecian es a lo que yo aspiro, una sola tarde de tranquilidad, por ejemplo, una sola y luego morir", Esteban comenta con mofa: "Le reproché sus palabras y le dije, no seas tan trágico, Jung, pareces peruano [...] tú eres budista, sigues los preceptos de un hombre entrado en carnes que sonríe entre cojines de seda" (Gamboa, 2005, p. 139).

Jung debe comenzar a sufrir los síntomas físicos del síndrome, para que Esteban abandone las burlas bien intencionadas y adopte otra actitud; una actitud, que si bien es receptiva con respecto al malestar del coreano: "Mi colega [...] continuaba con su aire triste, así que al llegar al restaurante preferí no mencionar lo de Victoria. Pugnaba por contarlo, y a gritos, pero me callé. Jung era un caso delicado, su sufrimiento y ansiedad debían ser tratados con especial atención" (Gamboa, 2005, p. 206), en ocasiones muda hacia la indiferencia: "[Jung] se fue algo más tranquilo. Yo me fui corriendo a una cabina avergonzado de lo que estaba por hacer, pues la verdad es que mientras bebía cerveza con Jung, sólo deseaba una cosa, salir para llamar a Paula, saber qué hacía y si estaba sola, pues esa noche quería, o, más bien, necesitaba la compañía de una mujer" (Ibíd., p. 173).

Como señalamos antes, pareciera que en la misma medida que Esteban va encontrando su camino en París, así lo va perdiendo Jung. Y es que, víctima del síndrome de Ulises, éste último se suicida días antes de que su esposa llegue a la capital francesa, mientras Esteban está próximo a recibir una llamada que le confirmará su trabajo en la Agencia France Press. Pero este trabajo, así como el reciente inicio del guerra EEUU-Irak, como sus relaciones personales y sus problemas intelectuales quedan en suspenso: la repentina muerte de Jung, por un lado, parece ser el único hecho que hace tomar conciencia a Esteban de la magnitud de la tragedia de los "otros" en el mundo global, algo que, como ya vimos, ninguno de los relatos y vidas que Esteban conoció en París pudo hacer:

Esa noche llegué con las cenizas [de Jung] a mi chambrita, pero antes compré en la esquina una botella de whisky. Desconecté el teléfono y coloqué la urna sobre la mesa [...] ¿Qué habrá pensado o recordado Jung mientras cruzaba el oaire hacia el suelo? Tal vez los ojos de Min Lin, que no se atrevió a enfrentar, o los de su madre, la mujer que lo trajo al mundo del que estaba por irse y en el que solo pudo sufrir [...] Quise imaginarlo en el marco de la ventana, observando las luces de la ciudad. Nadie se lanza de inmediato. Al ver esas luces habrá sentido rabia o rencor, o incluso miedo, y luego el golpe, el impacto final, tan duro como el modo en que vivió, siempre defendiéndose, a veces intentando recuperar, como esos jugadores que pasan días y noches en los casinos hasta perderlo todo, así le pasó a Jung con la vida, y entonces sólo pudo irse, dejar en medio de la calle, sin ningún pudor, un cuerpo sangrante y flagelado (Gamboa, 2005, pp. 351-352, énfasis mío).

Esteban, por primera vez en la novela, centra su atención y su análisis en otro, en Jung. Y hacerlo lo lleva a reconsiderar, repensar, su propia situación y a preguntarse si, efectivamente, él ya se encuentra "del otro lado" de París, es decir, si se encuentra "del otro lado" de los turistas y no de los vagabundos, en la sociedad global ¿Será él verdaderamente un intelectual, un escritor? ¿Qué sentido tiene llamarsetal cosa en una sociedad como la actual? ¿No será él un simulacro, una "falsa promesa", como simulacro y "falsa promesa" son el bienestar y la libertad que parece ofrecer el Primer Mundo al Tercer Mundo?

No hay una respuesta clara; o quizás sí. Ya en el aeropuerto, con las cenizas de Jung entre los brazos,

Esteban piensa:

Entonces, sin saber por qué, me vino a la mente un viejo documental de Fellini sobre el mundo del circo y los payasos que acaba con la muerte de un viejo clown llamado Fru-Fru, una muerte que deja solo a su compañero de escenario. Tras el entierro el compañero regresa al circo y comienza a llamarlo. Primero con una melodía en el clarinete, y luego, al ver que no venía, a gritos, pensando que nadie podía desaparecer así. Recordé esto mientras sostenía la urna con las cenizas y Susi levantaba el cartel, y sentí ganas de gritar, ¡Jung!, con todas mis fuerzas, pero no lo hice. De pronto Susi me tocó el brazo y señaló algo. Y vimos al fondo, entre el turbión humano, a una mujer muy delgada llevando un maletín. [...] Al verla me pareció que las cenizas de Jung se agitaban, y le dije, tranquilo, ya puedes descansar, viejo querido, ya está aquí, e imaginé, como el payaso del clarinete, que gritaba con todas mis fuerzas: ¡Jung!, ¡Jung! Pero la carpa del teatro no tenía luz y todos, en ese desolado aeropuerto, parecían haberse ido o estar muertos (Gamboa, 2005, p. 353).

Parece una mala broma o una broma cruel, pero es la realidad: Esteban debe enfrentar a la traumatizada esposa, viuda ya de Jung, con las cenizas de éste en sus manos. Lo vivido hasta ahora en París, a partir de la muerte de su compañero coreano, luce tan falso como las rutinas de los artistas que trabajan en el circo. Y lo verdaderamente real es la soledad: la de Min Lin, la de Susi, la de Salim, la de Kadir Eddine, la de él, que llegó a la capital europea con el sueño de convertirse en un intelectual, con el proyecto de escribir una tesis sobre Lezama Lima y una novela y se contenta con un trabajo en una agencia de noticias. Desde esa soledad, sin contar con quien ha sido el más fiel compañero en la ciudad francesa, Esteban tendrá que seguir con una vida que, de seguro, distará mucho de ser la de un joven feliz en París.

Bibliografía

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Notas

1 Se hace alusión al término que usó Jean Franco (1981) en su conocido texto "Narrador, autor, superestrella. La narrativa latinoamericana en la época de cultura de masas".

2 De hecho, en el año 2001 y a raíz de que España comenzó a exigir visa a los ciudadanos colombianos a solicitud de la Unión Europea, autores como Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez escribieron un documento en el que denunciaban tal situación: "Mucho se habla en España y en todo el primer mundo de las bondades de la globalización. Pero si ésta no quiere ser una mera estratagema para ampliar los mercados, la globalización no puede ser un proceso unidireccional e injusto por el cual los bancos y las grandes compañías tecnológicas o de alimentos atraviesan las fronteras como el viento, mientras a las personas se les ponen más trabas, cuarentenas y cuotas que a los apestados medievales" (Intelectuales colombianos contra la política migratoria de España, documento en línea consultado el 19 de diciembre de 2006, httpp//Rebelión.org/cultura/ colom_novolveran220301).

3 Es el doctor Jose Achotegui, profesional de la Universidad de Barcelona y que trabaja en el Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a los Inmigrantes y Refugiados del Hospital San Pedro Claver de Barcelona.

4 Me refiero a Travesuras de la niña mala (Vargas Llosa, 2006).

5 Es curioso, en este sentido, el juego de relaciones literarias que se establecen en la contratapa de la edición de Planeta: "El síndrome de Ulises, como se llama las pesadumbres que se incuban en los ghettos y barriadas en donde se hacinan los extranjeros ilegales, es una novela más cercana al París desaforado y precario de Henry Miller y al de una desoladora novela de Eduardo Caballero Calderón, El buen salvaje (Premio Nadal, 1965), que al festivo y primaveral de Hemingway o de Fitzgerald, o al áspero y bohemio de los artistas latinoamericanos" (énfasis mío).

6 En ese sentido, Bauman describe así la experiencia de los que llama "vagabundos" en el mundo actual: "Los vagabundos saben que no se quedarán mucho tiempo en un lugar por más que lo deseen, ya que no son bienvenidos en ninguna parte [...]; los vagabundos [se desplazan] porque el mundo a su alcance (local) esinsoportablemente inhóspito [...]; los vagabundos …[viajan] porque no tienen otra elección posible" (Bauman, 2001, p. 122, énfasis en el original).

7 A este respecto, Sarlo destaca cómo el desacuerdo temporal entre las instituciones públicas y quienes las necesitan se ve en ocasiones potenciado por la forma de trabajar de los medios: "El mecanismo institucional se opone a las exigencias de la inmediatez que, paradójicamente, las industrias informacionales impulsan en sus públicos // Tanto desde el punto de vista social como desde la cultura, vivimos en sociedades donde el transcurso del tiempo retrocede frente a la primacía del ahora" (Sarlo, 2002, pp. 25-26).