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Gaceta Médica de Caracas
Print version ISSN 0367-4762
Gac Méd Caracas vol.113 no.2 Caracas Apr. 2005
Francisco Romero Lobo, un centenario
Dr. JJ Villamizar Molina
Cronista de la Ciudad de San Cristóbal. Individuo de Número de la Academia de Medicina del Estado Táchira
Discurso pronunciado en la sesión solemne de la Academia de Medicina del Estado Táchira, en conmemoración del centenario del nacimiento del Dr. Francisco Romero Lobo. Policlínica Táchira, jueves 1º de abril de 2004.
La plegaria
En la noche de júbilo del 27 de agosto de 1980, los labios del doctor Francisco Romero Lobo dejaron escapar al cielo la tribuna del Colegio de Médicos del Estado Táchira la siguiente y sublime invocación:
"Señor, llena mi ánimo para el arte y para todas las criaturas. No permitas que la sed de ganancias o la ambición de gloria puedan alejarme del noble deber de hacer el bien.
Sostén las fuerzas de mi corazón para que sirva por igual al potentado y al humilde, al rico y al pobre; al amigo y al contrario, al bueno y al malvado; no viendo en el hombre más que al ser que sufre.
Apártame del camino del vicio para que mi entendimiento permanezca claro a la cabecera del enfermo y él pueda tener confianza en mí.
Incúlcame, Dios mío, moderación para que no crea que todo sé y que todo lo puedo, pero hazme insaciable para la ciencia y el saber".
Era la invocación que su colega, el doctor Ernesto Becerra había pronunciado hacía veinticinco años también en el Colegio de Médicos del Táchira.
El Doctor Francisco Romero Lobo, que así se expresaba, era un hombre nacido en las cumbres de los Andes, donde el viento paramero acaricia con dedos apolíneos y níveos la flor inmaculada y enhiesta del frailejón. Un hombre firme como el carácter de los hijos de esa tierra de amarillas floraciones y de nieves puras. Robusta como se erguía la casa en la aldea Mocao del campo El Molino, localidad muy cercana al pueblo de Moconoque donde el Libertador Simón Bolívar encontró al indio Trinjacá y a su perro Nevado que con suma fidelidad le habrían de acompañar hasta rendir gloriosamente sus vidas en la batalla de Carabobo. Sólida como la recia personalidad del cardenal José Humberto Quintero y densa, reposada y majestuosa como la losa sepulcral que cubre los despojos del ilustrísimo mons. doctor Jesús Manuel Jáuregui Moreno. Porque todo hombre que nace en Mucuchíes o que es animado por su viento vivificante lo hace con vocación de altura.
La plegaria oída proclama la simbiosis de la doble función del médico. La simbiosis más preciada del sentido dual de un asclepíade. Porque como escribió San Isidro de Sevilla, la medicina se llama segunda filosofía. Pues una y otra ciencia se ocupan del hombre entero. Porque así como la filosofía cura el alma, así la medicina cura el cuerpo. Y el hombre cuyo centenario hoy celebramos, ungido con el óleo sagrado de las más puras virtudes cultivó y practicó las dos ciencias: la del alma y la del cuerpo.
Nació el doctor Francisco Romero Lobo el 4 de abril de 1904 en el hogar formado por don Leopoldo Romero Moreno y doña Dominga Lobo. Provenían los progenitores de estirpes aragonesa y asturiana asentadas la una en las cumbres andinas y la otra en las llanuras de Venezuela, para entrelazar sus armas con hilos níveos tomados de la alta serranía y con las hebras de los fulgores andantes de nuestros ríos, puesto que los blasones del uno ostentan: "Escudo cuartelado. 1º y 4º, en campo de oro un romero de sinople, y 2º y 3º en campo de oro un león rampante de gules" y la heráldica de la otra exhibe: "En campo de oro, dos lobos de sable; bordura de gules, con ocho aspas de oro".
De esta manera don Leopoldo era oriundo de Mucuchíes y doña Dominga provenía de los llanos zamoranos. Conjunción armónica como la que canta el maestro Marco Antonio Rivera Useche en su suite "Llano y montaña".
Un centenario es una cadena de oro. Desde el nacimiento de Jesús son veinte los engranajes que relumbran en la historia universal. El eslabón es la impalpable articulación, la milagrosa unión de los segmentos del tiempo. En este caso los eslabones llegaron a articularse con gallarda y deslumbrante unión en el arte humanitario y eterno de la medicina de Esculapio.
Del páramo descendió sin dejar nunca la altura a la ciudad de las Cinco Águilas Blancas, conducido de la mano de su ilustre tío, el doctor Heriberto Romero, famoso cirujano, quien como orientador y anhelante padrino, le alojó en su casa y le condujo por el camino incipiente de la vida. En Mérida descollaba el Colegio "Sagrado Corazón de Jesús" de don Rafael Antonio Godoy y las aulas del Liceo en la Universidad de los Andes, regentado entonces por el eminente doctor Diego Carbonell. Allí brillaban lumbreras esplendentes que fueron sus maestros como el Dr. Antonio Justo Silva, Enrique María Dubuc, Caracciolo Parra León, Dr. Florencio Ramírez y otros que presenciaron su grado de bachiller en 1924. De allí pasó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar medicina. Era la Caracas apacible en su rostro aunque seriamente reprimida, pero despertada bruscamente de cuando en cuando como sucedió durante la convulsión estudiantil de 1928.
Los integrantes de esta valiente generación fueron siempre amigos del doctor Francisco Romero Lobo. El cuenta quienes fueron algunos de sus ilustres profesores en la prestigiosa Universidad del Avila: José Izquierdo, de anatomía; Enrique Tejera, de medicina tropical; y Francisco Antonio Rísquez, de semiología general y patología interna. En el Hospital Vargas el sabio insigne Prof. Luis Razetti de clínica quirúrgica; el Prof. Perdomo Hurtado, de clínica médica; y Leopoldo Aguerrevere, Prof. de clínica obstétrica.
Siempre recordó con respetuosa admiración al maestro Razetti, por sus excepcionales condiciones humanas de sapiencia, integridad profesional y responsabilidad moral. Fue Razetti el autor del famoso Código de Moral Médica, que hoy tiene vigencia en casi todos los países de la América Latina. Razetti fue su guía científico y moral en todo momento. Así llegó el 19 de septiembre de 1930 cuando recibió los títulos de médico cirujano y doctor en ciencias médicas. Fueron sus compañeros de grado José Rojas Contreras, Miguel Angel Rodríguez Rojas, Horacio Chacón Vargas, Humberto Tosta Pérez, Pedro Scarchiofo, César Quintana, Antonio Ramón Silva, Miguel Angel Espinoza, Martín Valdivieso y Ernesto Becerra.
La senda de la vida estaba señalada. Ahora había que comenzar a recorrer por esos caminos abiertos pero desconocidos de la existencia.
La marcha por la vida
Los móviles que impulsaron sus pasos fueron siempre firmes, seguros y orientados hacia un norte que era el bienestar de sus semejantes. Cuando Jesús de Galilea tomó su camino desde el pueblo de Caná de Galilea, sabía que habría de encontrar en las veras de su senda a los pescadores, a los leprosos, al monte de las bienaventuranzas, a la hija de Jairo, al borrico que lo portaría en la entrada triunfal en Jerusalén. Pero presentía también que en su camino encontraría a Moisés y a Elías en la cumbre del Tabor, donde se revelería toda su diafanidad y toda su gloria. Romero Lobo no imaginaba lo que le sucedería en los sesenta y tres años restantes que le proporcionaría la existencia. Pero su estrella era la fe. Su escudo la bondad, su esperanza el conocimiento de los hombres. Así llegó al Guárico donde fue médico de sanidad y al Zulia donde fue médico jefe de The Colon Developement Company. Pero la estrella de Bahalam no había señalado aún su detención sobre el límpido y definitivo portal de Belén. Entonces entró al Táchira por la ciudad de La Grita y cuando arribó al Hospital Vargas de San Cristóbal se impuso de la meta de su destino. La meta de su vida y de su amor. Porque aquí en San Cristóbal descubrió a Cecilia Ferrero Tamayo gentil, pura, radiante, como el lucero más preciado del firmamento sancristobalense. Ella era hija del insigne y respetable don Aurelio Ferrero Troconis, caballero apreciable por mil títulos y uno de los fundamentos de la San Cristóbal de su tiempo. Con doña Cecilia formó su hogar y con ella cumplió la ley de la procreación dándole a la patria diez hijos. Uno de ellos, el doctor Francisco Romero Ferrero, seguiría muy de cerca sus pasos, porque se haría cirujano como él, llegando, para seguir su ejemplo, a ser presidente de la Sociedad Venezolana de Cirugía de 1997 a 1999, y porque hoy es Individuo de Número probablemente entrante a la presidencia de la Academia de Medicina del Estado Táchira para el próximo lapso estatutario.
La ciudad de San Cristóbal y las salas del Hospital Vargas fueron la tierra prometida de Francisco Romero Lobo. El Vargas era entonces el primer centro hospitalario del interior del país. Allí estaban Rafael Zamora Pérez, Pedro Felipe Arreaza Calatrava, Albano Adriani, Ramón Ignacio Chacón, Gonzalo Vargas Zúñiga, José Rafael Rangel y Philips Harzt. Una pléyade de médicos jóvenes arribaría pronto, y entre todos ellos modernizarían la ciencia médica regional, crearían la Sociedad Médica y el Colegio de Médicos del Táchira y elevarían a niveles insospechados la medicina, la cirugía, la ortopedia y traumatología y en general, todas las especialidades con que contaba el escenario médico venezolano de la época. El Vargas es la cuna de las especialidades médicas en el Táchira. Allí en el Vargas, entre el trajinar corriente, ocurrieron hechos y maravillas como sus sapientes sesiones anátomo clínicas semanales y como la operación practicada el 7 de junio de 1951 por él, jefe del servicio de cirugía y por el Dr. Ernesto Santander, jefe del servicio de urología bajo el título de "Trasplante uretral a neovejiga formada a expensas del ciego, colon ascendente y parte del transverso y formación de uretra ileal". Se trataba de un caso quirúrgico difícil y delicado, que fue muy detenidamente analizado desde todo punto de vista durante varios meses antes de la operación. Porque como dejó escrito Shakespeare, los males desesperados se alivian con remedios desesperados, o no tienen alivio. Se orientaron debidamente los cirujanos en el interesante trabajo de RK Glicheist, Merriots, Howard y Tierge de Chicago (Surgery, Gynecology and Obstetry, junio 1950), referente al primer caso operado con éxito el 13 de octubre de 1949 en el Hospital Presbiteriano de Chicago, después de haber practicado el original procedimiento quirúrgico en perros durante algún tiempo. El segundo caso conocido, el de los doctores Francisco Romero Lobo y Ernesto Santander, era el primero realizado en Venezuela quizá el segundo en el mundo porque la literatura consultada no citaba otro caso semejante.
El Hospital Central
Cuando inició sus labores en el Hospital Central en agosto de 1958, este centro asistencial era el décimo en la América Latina. Durante 25 años permaneció el Dr. Francisco Romero Lobo en él como jefe del servicio de cirugía 1 cuyos adjuntos fueron el Dr. Germán Pineda Romero y el Dr. José Luis Rincón Santos. El Dr. Romero Lobo se dedicó especialmente a la cirugía del tubo digestivo; a la cirugía ginecológica y a la cirugía de la pared abdominal, siendo pionero en el uso de los injertos de duramadre en las plastias abdominales, así como también en las úlceras de miembros inferiores.
Durante su ejercicio como jefe de servicio, se dedicó a la docencia universitaria, siendo profesor de clínica quirúrgica de los estudiantes de la Universidad de los Andes.
Después de jubilado en 1976, solicitó que lo dejaran como asesor emérito del hospital.
Trabajos científicos
Son numerosísimos, especialmente en el campo de la cirugía. La Sociedad Venezolana de Cirugía de la cual fue su presidente durante el lapso 1965-1967, la Sociedad Venezolana de Traumatología, el capítulo tachirense de cirugía, el capítulo tachirense de obstetricia y ginecología y otras asociaciones científicas dan razón de su inmensa y fecunda labor investigativa y de su incansable trabajo y fecunda experiencia llevados a las páginas de las revistas; libros y boletines científicos. Así lo atestigua, entre otras fuentes, el Boletín de la Sociedad Médica del Hospital Vargas, cuya colección completa se encuentra en la Academia Nacional de Medicina.
Sumo gremialista
El doctor Francisco Romero Lobo es uno de los fundadores del Colegio de Médicos del Táchira, el primero que en 1941 se constituyó en el país y que vendría a ser pilar fundamental para la creación de la Federación Médica Venezolana. Fue presidente del Colegio de Médicos del Táchira de 1951 a 1952, y de 1954 a 1955. Asistió como delegado por el Táchira a muchas reuniones de la Federación Médica Venezolana y fue vicepresidente de esta connotada institución entre 1953 y 1954. Siempre se mantuvo pendiente de los problemas gremialistas de sus colegas.
El sendero humanitario
Con todas estas aportaciones, el doctor Francisco Romero Lobo siguió con gran preocupación el desarrollo de la cirugía en Venezuela y el mundo, a través de jornadas, congresos, revistas y todos los medios de actualización médica. Pero dentro del ejercicio de la medicina y la práctica de la cirugía mayor, no olvidó nunca el compromiso del hombre con la humanidad urgida en todos los aspectos. A sus experiencias en Guárico y en Casigua se sumarían ahora los contactos directos con los problemas de los menesterosos con que le confrontaban su condición de director de sanidad del Estado Táchira, la presidencia de la Junta de Beneficencia regional, los pacientes quirúrgicos y traumatizados del Seguro Social, y los pacientes de la Cruz Roja de la cual fue presidente de 1950 a 1953 y donde acudía una gran masa de gente adolorida y de bajos recursos. A ello se sumaba sus excursiones por el interior del estado, como por el Hospital San Roque de Pregonero, el Hospital las Mercedes de Colón, el Hospital Padre Justo de Rubio y el hospital San Vicente de Paúl de San Antonio. Todo esto lo ponía en relación no sólo con el acontecer médico de las regiones que visitaba, sino también con los problemas sociales, materiales, de pobreza, de necesidad de educación y de pauperismo general. El cúmulo de estos factores fueron creando y agigantando en él una gran sensibilidad social y un deseo vehemente por aliviar las penas de los más desposeídos, y no sólo de aliviar sus padecimientos corporales, sino sus necesidades espirituales, anímicas, materiales y comunitarias. Estas inquietudes y su anhelo de procurar la solución de tantas condiciones adversas, le llevaron a ser miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1945 a 1947; miembro de la Asamblea Legislativa del Estado Táchira; senador suplente y principal al Congreso Nacional; presidente ejecutivo ad honorem de la Fundación para el desarrollo del Estado Táchira (FUNDATACHIRA) de 1963 a 1971, concejal y presidente del Ayuntamiento del distrito San Cristóbal en dos oportunidades.
El municipalista
Las últimas designaciones revelan su gran apego por la ciudad y los deseos porque San Cristóbal progresara en toda índole de niveles, culturales, literarios, materiales y comunitarios. Su más viva intención era adecentar la ciudad y hacerla más cónsona y propicia para la felicidad de quienes en ella vivían. Así fue como se dirigió a Estados Unidos para actualizarse en asuntos municipales que promovían una sociedad moderna. Resultados de esas observaciones y estudios fueron el diploma de la University of Southern California School of Public Administration, of management training in municipal administration, en los Angeles, California, en octubre de 1964 y el diploma del X Congreso Interamericano de Municipalidades, (reunido en Louis Ville Kentucky) Estados Unidos del 4 al 8 de octubre. Con este bagaje regresó a San Cristóbal a poner todos los nuevos conocimientos en práctica, y fue así como escribió dos folletos importantísimos. El primero es El Municipio, núcleo primario de la nacionalidad y base de la democracia. Dos años de acción municipal. San Cristóbal enero de 1966. El segundo es Observaciones y estudios de asuntos municipales. Informe presentado a Fundacomún sobre el seminario de la Universidad de California del Sur para concejales (EE.UU). Barquisimeto noviembre de 1964. Además de ello dictó una conferencia sobre asuntos municipales en el Rotary Club de San Cristóbal en diciembre de 1964.
Deferencia especial con la ciudad de San Cristóbal fue la que demostró en la obra del cuarto centenario de su fundación. A este respecto trajo a su urbe amada el VI Congreso Venezolano de Cirugía, el cual alcanzó gran éxito y realzó en forma científica y elocuente las conmemoraciones del cuatricentenario. Inquietud elocuente de quien fue Individuo de Número del Centro de Historia, convertido desde el 23 de mayo de 1922 en Academia de Historia del Táchira, lecho de reposo donde el espíritu duerme, como definió Fontenelle.
Por sus afanes y realizaciones municipalistas recibió el "Emblema de Oro Ciudad de San Cristóbal" el 31 de marzo de 1969, la máxima consideración que concede la municipalidad, y que es otorgada a aquella persona que por su espíritu emprendedor y su amor a la ciudad se haya hecho acreedor a tal distinción.
La Academia de Medicina del Táchira
El hombre verdaderamente grande tiene como máxima aspiración prolongarse en el tiempo, máximo cuando ha sido un sabio, un maestro y un benefactor. Así lo hicieron Aristóteles, y Platón, y entre nosotros el maestro Luis Razetti. La idea de esta Academia de Medicina inundó la mente del doctor Francisco Romero Lobo durante largo tiempo, especialmente durante las últimas décadas de su vida, cuando fue Miembro Correspondiente Nacional por el Estado Táchira de la Academia Nacional de Medicina, docta institución a la cual se incorporó como Miembro Correspondiente Nacional por el Estado Táchira, con el puesto Nº 14, desde el 12 de febrero de 1970 y donde permaneció hasta su muerte, acaecida el 25 de agosto de 1993. De esta docta institución, así como de la Academia de Medicina de Zulia recabó las informaciones y asesorías concernientes así como recibió el apoyo de eminentes figuras de la medicina nacional como los doctores Pedro Rincón Gutiérrez, José Trinidad Rojas Contreras y Hugo Murzi. A estos efectos, en los años que precedieron a 1987, nos envió a unos cuantos médicos de la localidad una obligante esquela donde nos daba a conocer su ambicioso proyecto, a la vez que nos pedía adherirnos y coadyuvar en él y nos solicitaba el currículum vitae. La idea y la acción se fueron ampliando hasta formar la comisión organizadora y así llegó el 7 de marzo de 1987, cuando la gobernadora del Estado, Prof. Luisa Teresa Pacheco de Chacón, por decreto ejecutivo Nº 19 de esa fecha creó la Academia de Medicina del Estado Táchira, la cual había sido la máxima aspiración de la Sociedad Médica. Procuró el ilustre galeno que su Academia no tuviese la más mínima contaminación política, y ese aspecto, como herencia suya, se ha logrado mantener hasta nuestros días.
El hombre universal
Ser universal significa estar proyectado a todos los horizontes de acción y pensamiento del mundo. El doctor Francisco Romero Lobo supo estudiar al hombre en toda su dimensión, deteniéndose a considerar su naturaleza, su hábitat y sus apetencias y necesidades prioritarias. Por ello sus consideraciones abarcaron un gran espectro humano social. El hombre ya como paciente o ser social que tiene su manera peculiar de existir en el mundo, o ya como integrante de una gran familia que es la patria fue la finalidad de su consagración vital y profesional. Por el hombre y la patria laboró con incansables mística y tesón. El hombre y la patria fueron centro de sus análisis y estudios. Quizá la más resaltante de las labores realizadas en este sentido culminó con su nombramiento de embajador extraordinario y plenipotenciario de Venezuela ante la Santa Sede en marzo de 1972 y ante la Soberana Militar Orden de Malta donde estuvo activo desde noviembre de 1972 a abril de 1974. Quiso así el gobierno de Venezuela enaltecer a uno de sus hombres más íntegros y virtuosos, y fue complacencia para Su Santidad Pablo VI recibir ante la Sede Apostólica a uno de los representantes más puros y cristianos de la América Latina, conocedor a profundidad del drama, condiciones y potencialidades de estos países, entre ellos Venezuela.
Historia de la medicina en el Táchira
El Doctor Francisco Romero Lobo no quiso partir a la eternidad sin dejar compendiada para siempre la historia de la medicina en el Táchira en un hermoso libro. Allí están estampados el origen de nuestro arte y nuestra ciencia: la fundación y trayectoria de nuestros dos primeros hospitales: el San Juan de Dios y el Vargas. La misma fundación y trayectoria de los hospitales interioranos de nuestra entidad; las semblanzas de los primeros médicos de que se tenga recordación en esta parte de los Andes. Todo está hilvanado con un arte supremo y con un transido sentimiento humanitario y de amor a la ciencia. El banco de Fomento Regional Los Andes (Banfoandes) de cuya junta directiva fue miembro principal desde 1951 hasta 1954 ha querido contribuir al lucimiento de este centenario publicando la segunda edición del libro, así como ha sido su deseo ofrecer generosamente su coral y otras galanuras para la dignificación del acto de esta noche. Es ésta una de las tantas manifestaciones con que la sociedad tachirense se adhiere a este jubiloso y justo homenaje.
Con la "Historia de la Medicina en el Táchira" y con la clamorosa respuesta de gratitud del pueblo tachirense, el brillo de este centenario queda esplendiendo perpetuamente en el cielo de los Andes, como una estrella rutilante cuyos lampos iluminarán a las presentes y futuras generaciones.












