Interciencia
versión impresa ISSN 0378-1844
INCI v.30 n.4 Caracas sep. 2005
La Naturaleza histórica de la biodiversidad: elementos conceptuales de una crisis
Marcela Pinillos1
1 Bióloga, Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Ecología Tropical, Universidad de los Andes, Venezuela. Estudiante de Doctorado en Ecología, Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Brasil. Becaria de CAPES, Brasil. Dirección: Blanco Encalada 2614, Capital Federal 1428. Buenos Aires, Argentina. e-mail: mpgpapers@hotmail.com
Resumen
La biodiversidad es presentada aquí como concepto y como problema en curso. Como concepto, refleja una forma novedosa de ver el mundo, siendo en el contexto de esta nueva ontología que la crisis que se le asocia adquiere sus dimensiones políticas y sociales actuales. La ontología de la biodiversidad responde al nuevo paradigma sistémico, que ve la realidad como el producto complejo y en constante mutación de la interacción reticular entre entidades de naturaleza diversa, las cuales son, a su vez, el producto de interacciones reticulares en un nivel de integración menor. Al reflexionar sobre las implicaciones de este paradigma en la comprensión de los sistemas vivos (organismos, sistemas ecológicos y sistemas socioculturales), se perciben también sus consecuencias éticas, adentrándonos así en la discusión de cómo la biodiversidad es componente protagónico del cuestionamiento que, cada vez más, se hace al proyecto social vigente. Se concluye que la biodiversidad se refiere a una problemática de naturaleza histórica bien definida: la esquizofrenia cognitiva de comprender el mundo de una manera y, sin embargo, actuar en él como si lo pensáramos de otra, constituyendo así el fundamento de una verdadera crisis existencial de la humanidad.
Summary
Biodiversity is here considered both as a concept and as an ongoing problem. As a concept it expresses an entirely new form of seeing the world, being in the context of this new ontology where the associated crisis acquires its current social and political dimensions. The ontology of biodiversity responds to a new paradigm, the systemic paradigm, which sees reality as a complex and continuously mutating product of a netlike interaction among entities of different nature, which in turn, are the product of reticular interactions at a lower integration level. When reasoning regarding the implications of this paradigm for the understanding of living systems (organisms, ecological and socio-cultural systems), their ethical consequences are perceived, which are at the core of the discussion on how legitimate is the existing social project. It is concluded that biodiversity entails problems of a well defined historical nature: the cognitive schizophrenia of understanding the world in one manner and yet acting as if it were in an entirely different way, therefore building the foundations of a true existential crisis of humankind.
Resumo
A biodiversidade é apresentada aqui como conceito e como problema em desenvolvimento. Como conceito, ela reflete uma maneira original de olhar o mundo, sendo no contexto dessa nova ontologia que a crise da sua conservação adquire as dimensões políticas e sociais atuais. A ontologia da biodiversidade responde a um paradigma emergente, o paradigma sistêmico, que percebe a realidade como o produto complexo e para todo mutável da interação reticular entre entidades de diversa natureza as quais são, elas também, o produto de interações reticulares num nível de integração menor. Ao refletirmos nas implicações deste paradigma a respeito da compreensão dos sistemas vivos (organismos, sistemas ecológicos e sistemas socioculturais), percebemos também as suas conseqüências éticas, devassando assim o caráter essencial da biodiversidade no questionamento, cada vez maior, que abala o projeto social hegemônico. Concluí-se que a biodiversidade refere-se a uma problemática de natureza histórica bem definida: a esquizofrenia cognitiva de compreender o mundo de uma maneira, porém atuando nele como se o pensássemos de outra; estabelece-se assim o fundamento de uma verdadeira crise existencial da humanidade.
Palabras clave / Biodiversidad / Ontología / Procesos Cognitivos / Retroalimentación / Sistemas Vivos /
Recibido: 17/12/2003. Modificado: 16/12/2004. Aceptado: 08/03/2005.
Introducción
El concepto de biodiversidad nos remite a un problema fundamental de nuestro tiempo, el constante empobrecimiento en la variedad de formas de vida de la biosfera, con todas sus implicaciones sobre el funcionamiento del planeta y el bienestar humano. La emergencia de ese concepto igualmente coincide con una crisis monumental de paradigma (ver Kuhn, 1962): la vieja constelación de concepciones, percepciones, valores y prácticas compartidas, que ha dado forma a nuestra realidad durante los últimos siglos, se hunde hoy bajo el peso de toda una nueva manera de aprehender el mundo, una manera sistémica, reticular, no-linear y contingente. Concomitantemente asistimos a una transición de hegemonía (de la cual la biodiversidad como problemática es un protagonista mayor), si atendemos a la definición dada por Gramsci en 1931 (citado por Coutinho, 1989) de hegemonía como el resultado de la dominación de un cierto tipo de proyecto común que, bajo la tutela de un determinado grupo social, establece el curso económico, político y cultural de una sociedad. Esta dominación, queda claro, es el resultado de la legitimidad del proyecto, legitimidad que se mantiene solo en la medida en que éste reúne y da coherencia al conjunto de atributos que la sociedad otorga a la realidad: la verdad que él encarna hace del mismo un proyecto moralmente válido.
La primera parte de este ensayo trata sobre la relación entre la biodiversidad como concepto y la emergencia de un nuevo paradigma científico, en el sentido de establecer cómo la definición de la crisis de la biodiversidad es enteramente modelo-dependiente: su contenido y sus alcances reflejan la visión emergente de la realidad. La segunda parte se refiere a la relación entre el concepto biodiversidad y la transición de hegemonía, puesto que la conservación de la vida reclama un nuevo proyecto social global a la vez que ofrece elementos para construirlo.
El propósito es exponer la naturaleza histórica de la problemática de la biodiversidad como la conocemos hoy. Frecuentemente ésta es enunciada como la consecuencia lógica de un largo registro de abuso humano, que habría comenzado a principios del Holoceno y ya causado, entre muchas otras, la crisis ecológica que llevó a la extinción de la megafauna pleistocénica (Meyer, 1996; WRI, 2001). Sin embargo, esta afirmación desconoce que la problemática de la biodiversidad es una construcción conceptual propia de nuestro tiempo, que responde a una serie de eventos y cuestionamientos que la legitiman desde lo social y la alimentan desde lo científico. Esos eventos y cuestionamientos marcan el límite temporal de validez de tal problemática, haciendo que una extrapolación de ésta, más allá (o más atrás, en el pasado) de esos límites, no solo sea inútil sino también capaz de entorpecer nuestra comprensión de su significado.
Biodiversidad y Paradigma Emergente
A la luz de la ciencia, tal parece que vivimos en un mundo cada vez más complejo en lo que a formas de vida se refiere: nunca hubo tal cantidad de especies descritas en los inventarios taxonómicos (Meyer, 1996; Solbrig, 1991; Dobson, 1996) ni se reconocieron para los sistemas vivos tantos niveles de integración, desde los virus hasta la ecósfera. Cabe aclarar que tales niveles de integración hablan de una estructura fluida que emerge de integrar procesos y entidades, dentro de un cierto marco conceptual, para configurar un sistema cuyas características son dependientes de su escala espacial y temporal. Sin embargo, este fenómeno corre paralelamente con la desaparición de una proporción creciente de organismos de todo tipo, en la medida en que procesos de sustitución de ecosistemas naturales, polución y sobreexplotación se asocian, muchas veces con consecuencias imprevistas, para cambiar las características ecológicas del planeta (McNeely, 1988).
Estos dos procesos, no necesariamente contrapuestos, de aprehensión intelectual y transformación de la naturaleza, muestran empero una marcada asincronía; así, en tanto que el empobrecimiento en especies y hábitats del mundo natural, mediado por actividades humanas, parece haber adquirido ya a partir del siglo XVIII las características dinámicas que hoy le reconocemos, mostrando un espectacular incremento durante la segunda mitad del siglo XIX y todo el XX (Kates et al., 1990), la preocupación social sobre los alcances y la profundidad de las transformaciones antrópicas solo recientemente tomó forma en la cultura y el lenguaje. Es así que el término biodiversidad solo fue acuñado en 1985, por W. G. Rosen, poco después de la publicación de la Estrategia Mundial de Conservación y de la Agenda 2000 (Younès, 2001; Collar, 2003; Núñez et al., 2003) Es fácil concluir que la simple evidencia de las transformaciones en curso no fue suficiente para causar la percepción global de crisis ambiental y, más específicamente, de crisis de la biodiversidad.
El Sistema Vivo
Para entender esta asincronía habría que reflexionar sobre cuáles han sido los cambios que han venido redefiniendo el conjunto de características que científicamente atribuimos a la realidad, en general, y a los sistemas vivos en particular. Para no entrar en un análisis histórico que superaría los objetivos de este ensayo, solo se mencionarán las características más relevantes de lo que se entiende hoy como el fenómeno de la vida y brevemente se discutirá cómo éstas se distancian de los supuestos con los que se inauguró la ciencia moderna de la mano de Descartes, Newton y Galileo (reversibilidad, universalidad, dualidad mente-materia, objetividad, atomismo y mecanicismo; Capra, 1996; Ulanowicz, 1999).
En primer lugar, el hecho de usar el término sistema vivo ya califica el fenómeno como uno que es comprendido desde una perspectiva sistémica, definiendo sistema como una entidad cuyos atributos estructurales y funcionales resultan de la interacción organizada y relativamente coordinada de sus partes. Esta perspectiva, como resalta Von Bertalanffy (1994), permite reflexionar sobre entidades y procesos que poseen naturalezas diferentes, y explicitar la idea de que esas entidades y procesos no pueden ser entendidos mediante la desagregación analítica en sus componentes más elementales; el todo es más que la suma de sus partes y el funcionamiento de las partes carece de sentido fuera de su todo sistémico. Así, la vida es un fenómeno cuyas características no son reducibles a la suma de los mecanismos físicos y químicos que se observan en los primeros niveles de integración de la materia (Capra, 2002; Lewontin, 2002).
Otro resultado notable del pensamiento sistémico aplicado al estudio de la vida, es la posibilidad de extender el adjetivo vivo a entidades diferentes del organismo, independientemente de la naturaleza de los procesos que intervienen en su comportamiento, siempre que esas entidades posean un conjunto de rasgos definitorios de tal cualidad. Ese conjunto de propiedades definitorias de la vida vino de la mano de la termodinámica de Prigogine, a partir de la cual los sistemas vivos pasaron a ser entendidos como sistemas termodinámicamente abiertos que presentan un grado variable de orden funcional; este orden funcional sería el resultado de un proceso mediante el cual el sistema vivo disipa aditivamente entropía positiva hacia su medio y acumula multiplicativamente entropía negativa en su estructura (Margalef, 1996; Prigogine, 1997). Desde esa perspectiva los organismos, al igual que los sistemas ecológicos y socioculturales, dentro de los cuales ocurren, son considerados sistemas vivos. La ecósfera misma puede ser definida como tal sin caer en proposiciones superorganicistas (ver Kirchner, 2002) y en consonancia con lo propuesto por Morowitz en 1992 (citado por Capra, 2002): la vida es una propiedad del planeta.
Desde el punto de vista ecológico, esa acumulación de entropía negativa trae aparejada una tendencia al aumento de la complejidad estructural de la vida en su conjunto, v.g. la producción de nuevos, variados y espacio-temporalmente discretos estados dinámicos de equilibrio, cada vez más distantes del equilibrio termodinámico general (Margalef, 1996). De manera similar, en el tiempo ontogénico ese mismo proceso sería el responsable de la constante auto-estructuración (autopoyesis) de los organismos, no obstante que el medio en el que están tienda a llevarlos en la dirección de la desintegración. Prigogine (1997) llama auto-organización a ese proceso en los dos tiempos que mencionamos, el ecológico y el ontogénico. Sin embargo, Maturana et al. (2001) establecen una diferencia fundamental: en tanto que el proceso de auto-organización (producción de formas novedosas de interacción entre componentes del sistema) es posible en el tiempo ecológico, no lo es al nivel de la vida individual de los organismos. Esto sería así porque, si bien los organismos son sistemas termodinámicamente abiertos, son cerrados desde el punto de vista funcional; es decir, sus componentes y las relaciones entre éstos están predeterminados de tal manera que cada uno de ellos es indispensable para el funcionamiento de los demás. Una variación funcional generaría una reacción en cadena que pondría término a la vida del organismo. Desde esta perspectiva, los organismos solo se auto-estructuran a partir de un patrón de organización previamente definido, en tanto que la auto-organización provendría de una dosis variable de azar, selección natural y determinismo en los procesos a nivel de los sistemas supra-organísmicos.
La existencia de un organismo, como sistema dinámico, consiste en un fluir de cambios estructurales que sigue un curso contingente con las interacciones de ese organismo con su medio, bajo condiciones de conservación de su patrón de organización y de su correspondencia estructural con el medio. La forma básica como esto sucede es a través de la producción de moléculas que, a su vez, intervienen en la producción de nuevas moléculas, fenómeno circular de conservación de la organización a la que se denomina también autopoyesis (ver Maturana y Mpodozis, 1987).
Capra (2002) propone otra propiedad para los sistemas vivos, la de poseer un genoma que contiene su patrón de organización, que regula su actividad autopoyética y que les otorga la capacidad de autoreplicarse. Sin embargo, se desprende claramente de lo anterior que tal propiedad no sería aplicable a los sistemas auto-organizativos; empero, es evidente que la actividad autopoyésica de los sistemas ecológicos y socioeconómicos emerge de la interacción de los procesos de auto-estructuración de los organismos que los componen, lo que consecuentemente da importancia a la información genética contenida en tales organismos. De hecho, siguiendo esta línea de reflexión, en niveles de integración auto-organizativos ese no-poseer-un genoma-determinado, aunado a la capacidad de valorar el potencial adaptativo de la información genética de los organismos en su interior, a través del escrutinio de la eficiencia de procesos autopoyéticos individuales, sería justamente lo que permitiría la evolución biológica. La evolución sería así un proceso emergente de los sistemas ecológicos y, más recientemente, también de los sistemas socioculturales, en tanto que la biodiversidad el resultado de ese proceso evolutivo (Solbrig, 1991; Margalef, 1996). Esta primera síntesis de la visión sistémica de la vida podría complementarse avanzando una idea sobre la sutil diferencia que segregaría los sistemas ecológicos de los sistemas socioculturales: la intencionalidad del proceso de auto-organización. Entonces, los sistemas socioculturales integran, en general, procesos y subsistemas de naturaleza similar a los que integran los sistemas ecológicos, pero que en gran medida se auto-organizan de acuerdo a objetivos determinados por ellos mismos (aunque la gran mayoría de las veces el producto de esa auto-organización no sea justamente el previsto por la intención). En la Tabla I. se resumen los atributos propuestos para cada nivel de integración de la vida, según lo discutido hasta aquí.

Parece claro que la pintura de la vida que emerge a la luz de este cuerpo teórico, no se parece en nada al símil de la máquina que acompañó el trabajo de los científicos durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX, una máquina cuyas estructuras fundamentales interactuaban para producir un proceso (trabajo) en respuesta a una fuerza ejercida. Capra (1996) opone este símil al que hoy se deriva del pensamiento sistémico: los sistemas vivos como una red interactiva de estructuras que, a su vez, son también una red interactiva de estructuras en un nivel de integración menor. Mires (1996) señala que tal imagen sistémica bien podría ser una sofisticación de la metáfora de la máquina, a la que se le habrían sumado elementos del gran avance tecnológico de nuestro tiempo, las redes electrónicas de información. Cabe no obstante argumentar que en cualquier metáfora mecanicista, no importa cuan sofisticada sea, la estructura responde lineal y teleológicamente al funcionamiento en tanto que, cuando se trata de sistemas vivos, estructura y funcionamiento emergen la una de la otra en un patrón circular e impredecible de causación.
Es difícil saber hasta qué punto la revolución electrónica ha influenciado nuestra percepción de la naturaleza, o si ha sido una percepción renovada de la naturaleza la que sienta las bases de la revolución electrónica; cabe pensar que las dos cosas son ciertas y se retroalimentan positivamente (Mires, 1996). De hecho, fue de la mano de la ciencia que dio origen a la revolución electrónica, la cibernética, que conceptos como los de bucles de retroalimentación e interacción en redes entraron en el cuerpo teórico de los sistemas vivos (Capra, 1996; Margalef, 1996). Si la visión sistémica superó el presupuesto estructura + fuerza = proceso, los bucles de retroalimentación, particularmente los positivos, actuando en el complejo contexto de las redes, eliminaron el estatuto de reversibilidad de la realidad (Capra, 1996).
Este estatuto de reversibilidad, proveniente de la mecánica de Newton y según el cual a cada fuerza ejercida sobre un cuerpo le responde otra de la misma magnitud pero en sentido contrario, ejerció una influencia notable sobre los primeros modelos de sucesión ecológica y alimentó la idea del equilibrio estable en los sistemas vivos (Ulanowicz, 1999; Halffter, 2003). Aún más, es de suponer que la idea del equilibrio estable, al darle una supuesta dirección al curso de los acontecimientos, derivó en conceptos como el de progreso (o de la inevitabilidad de la historia), aun después de que la reversibilidad había sido puesta en duda por la teoría de la evolución (ver Ruse, 1998).
Con el advenimiento de los bucles de retroalimentación y la visión de la realidad como una red de redes de interacción, fue haciéndose evidente el restringido dominio de validez de la mecánica newtoniana: a una pequeña fuerza ejercida en una dirección sobre un componente de una red ecológica, por ejemplo, podría suceder una serie de alteraciones de diferente naturaleza y de diferente intensidad. Tales alteraciones serían: extensibles a toda la red, independientes en gran medida de la intensidad de la fuerza ejercida, sujetas a variaciones caóticas y mayormente correlacionadas con atributos del componente afectado, como su grado de conectividad y/o la naturaleza de las interacciones en las que participa. Es de notar el éxito que este nuevo estatuto de no-linealidad de la realidad tuvo en prácticamente todas las disciplinas que habían abrazado la visión sistémica. En economía fue particularmente importante, por ejemplo, la teoría de la causación circular, formalizada inicialmente por Myrdal (1960) y que, en franca oposición a los teóricos del laissez faire, introdujo la idea de bucles positivos de retroalimentación en la explicación de cómo el subdesarrollo de regiones y naciones puede perpetuarse cuando las sociedades son dejadas a la mano invisible del mercado. Myrdal, al exponer su teoría, subraya otra consecuencia de esta nueva forma de pensar la realidad: la de cuestionar la validez de los límites disciplinarios (estructura derivada a su vez de la visión analítica cartesiana) al poner en evidencia que, en una red de interacciones, frecuentemente es imposible pensar un problema exclusivamente en términos de variables económicas, sociológicas o de cualquier otro tipo. Los sistemas vivos emergen, así, como objetos de estudio necesariamente transdisciplinarios e integradores.
En la Figura 1 se sintetizan diferentes percepciones de la realidad, relativas particularmente a los sistemas ecológicos, tratando de integrar algunos de los elementos conceptuales discutidos hasta aquí con el fin de identificar el escenario según el cual la idea de crisis ambiental aparece. En el escenario A la idea religiosa de perfecta creación no admite variaciones ni, consecuentemente, crisis alguna que no sea de origen divino. El escenario B ya admite variaciones pero, bajo supuestos de reversibilidad y equilibrio estable, la continuidad de la realidad conocida está asegurada. Por su parte el escenario C es una versión más sofisticada del B, donde se han integrado las ideas de evolución y de equilibrio dinámico (nótese como el área gris que representa el campo de equilibrio dinámico del sistema varía gradualmente a lo largo del eje tiempo), pero permanece el supuesto de reversibilidad; podríamos pensar que es una visión sistémica temprana de la realidad, aún perceptible en algunas disciplinas científicas. Cabe notar que bajo los dos escenarios anteriores se puede interpretar el marco conceptual que originó la visión super-organísmica de los sistemas ecológicos, presente por ejemplo en la teoría de la sucesión de Clements (que propone que, a cada lugar sobre la superficie terrestre, corresponde un cambio progresivo y secuencial de la vegetación, el cual procede desde la invasión de especies pioneras y continúa a través de estadios intermedios hasta alcanzar un clímax estable, maduro y relativamente uniforme, constituyendo todo esto un proceso determinístico y predecible; Marshall, 1998), en la definición de ecosistema de Odum (quien veía el ecosistema como una unidad natural donde componentes bióticos y abióticos interactuaban a manera de producir, con el tiempo, un sistema estable alrededor de un punto constante de equilibrio; ONeill, 2001) o, más recientemente, en algunos postulados de la teoría GAIA (Kirchner, 2002).

El escenario D es una versión más compleja del escenario C, en la que se añade a la idea de cambios graduales en la organización de los sistemas ecológicos, la de alteraciones abruptas o catastróficas. Justamente es bajo este nuevo marco conceptual, el cual entró a las ciencias de la naturaleza gracias a nuevos descubrimientos en las áreas de la paleontología y la geología (ver Hobsbawm, 1995), que la idea de crisis ambiental aparece. Así, el sistema representado en D oscila en un campo de equilibrio dinámico del cual puede apartarse, bien sea porque su dinámica interna y/o factores externos lo empujan en la dirección de un nuevo campo de equilibrio. El resultado, un sistema nuevo cuyas características son fundamentalmente inciertas, abrió también la posibilidad de que toda la estructura humana construida sobre la base del sistema original colapsara durante la transición catastrófica. El escenario E, que llamaremos escenario Pos-Mo por que representa la visión posmoderna de la naturaleza formulada por Marshall (1998), merece una discusión más detallada; en ese escenario, para el que el autor adopta como base científica la concepción individualista de las comunidades vegetales, presentada por Gleason en 1926 (Gleason, 1991), la percepción de crisis nuevamente desaparece.
Ontologia y Crisis de la Biodiversidad
Se acepta ampliamente que el vasto arreglo de organismos sobre nuestro planeta, y podríamos añadir de sistemas vivos en general, debe ser valorado por cuatro tipos de razones: éticas, estéticas, por los beneficios directos, actuales o a futuro y mediados o no por el mercado, que se derivan de ellos, y por causa de la estabilidad de los procesos biosféricos que, al emerger de su interacción, ofrecen beneficios económicos indirectos (McNeely, 1988; Solbrig, 1991; Ehrlich y Ehrlich, 1992; Halffter y Escurra, 1992). Si bien consideraciones de orden estético o moral pueden estar en la base de algunos movimientos conservacionistas (Collar, 2003), el público general adscribe sus preocupaciones por el medio ambiente a la conservación de la base natural que directa o indirectamente sostiene el sistema productivo de cada sociedad y/o de la sociedad global, como se deduce del capítulo 15 de la Agenda 21: "Los bienes y servicios esenciales de nuestro planeta dependen de la variedad y variabilidad de genes, especies, poblaciones y ecosistemas. Los recursos biológicos nos alimentan y visten, proveen nuestros hogares, nuestra farmacopea y nutren nuestro espíritu" (UNEP, on-line).
Las razones directas de consumo y producción cubren, en general, toda la variedad de productos (maderas, fibras, fitoquímicos, genes, pesca, caza, etc.) que tienen o podrían tener un valor de mercado (con el auge del ecoturismo, hasta las motivaciones de índole estética podrían entrar en esta categoría); por el contrario, servicios ambientales indirectos como la regulación de la concentración de gases de invernadero, el ciclado de agua y nutrientes, el sostenimiento de los flujos energéticos en la atmósfera o, aún, la conservación misma de las especies de valor económico directo (Dirzo y Miranda, 1990, citados por Halffter y Escurra, 1992), se han mostrado consistentemente invaluables en términos económicos (Collar, 2003), o por lo menos altamente elusivos a la aprehensión del mercado (McNeely, 1988; Swanson, 1995). Lo que aquí resulta interesante notar es cómo son estos últimos servicios, justamente los que hacen uso de un marco conceptual sistémico para justificarse científicamente, aquellos para los cuales se teme una transición catastrófica que pondría en riesgo la supervivencia humana ("...la biodiversidad se ha convertido en ...el símbolo del mundo ...que está a punto de cambiar de manera irreversible"; Halffter y Escurra, 1992). Ésta es también la razón por la cual la aproximación teórica abrazada para dar sustento científico a la conservación es de carácter ecosistémico (CBD, on-line).
Volviendo al escenario Pos-Mo de la Figura 1, vemos que se asume la inexistencia de algo que pueda llamarse sistema vivo más allá del individuo, en tanto que los denominados sistemas ecológicos y socioculturales existen como simples asociaciones espacio-temporales fortuitas de individuos altamente desconectados entre sí, lejos de que cualquier principio de auto-estructuración y de auto-organización les de una coherencia sistémica. Marshall (1998) sustenta en la ecología esta visión, la que identifica con la posmodernidad científica, oponiéndola a las premisas de unitarianismo, autoregulación y super-organismicidad con las cuales identifica el pensamiento sistémico en general: "Los ambientalistas operan bajo la realidad ontológica de la unidad de la naturaleza ...suscriben conceptos metafísicos que promueven y soportan el unitarianismo ...la naturaleza es concebida como existiendo en un balance armonioso, ordenado, autoregulado y estable, que exhuda leyes y significados que deben ser obedecidos con el fin de que la humanidad encuentre el camino de la convivencia con el resto de la naturaleza ...Pero cualquier organismo está profundamente desconectado con casi todos los organismos en el mundo, la prevalencia de la fragmentación y la disparidad entre miembros de las colecciones de individuos del mundo natural debe ser enfatizada".
Este marco conceptual está también en la base de la argumentación de Trudgill (2001) para quién, por ejemplo, conceptos como estabilidad (incluso en su forma de equilibrio dinámico) o disturbio son el resultado de una mera imposición de valores culturales sobre la naturaleza. En consecuencia, tanto para Marshall (1998) como para Trudgill (2001), la crisis de la biodiversidad se plantea totalmente en términos éticos, de respeto a la otredad de los organismos no-humanos. Habría que reflexionar si, bajo esta ontología, la percepción general de crisis ambiental se sostendría como una preocupación política y social fundamental de nuestro tiempo. Lo que parece cierto, sin embargo, es que el concepto de biodiversidad y las múltiples dimensiones de la crisis que se le asocia, emergen en un contexto de negación del estatuto reduccionista en la ciencia, al que se le opone una concepción sistémica. La reemergencia del reduccionismo, ya no vía la metáfora de la máquina sino a través del atomismo caótico del escenario posmoderno, bien podría vaciar la crisis de significado.
Biodiversidad y Crisis de Hegemonia
Retomando la definición de hegemonía provista al principio de este ensayo, el dominio de un proyecto social que determina el curso económico, político y, en general, cultural de una sociedad, nos proponemos ahora explorar cuáles son las premisas conceptuales que sustentan el proyecto vigente y cuáles, en el caso de existir, serían las contradicciones entre éstas y aquellas que sustentan la percepción de la crisis de la biodiversidad.
El proyecto social vigente es, históricamente hablando, una construcción compleja. Sin duda tiene raíces en la ideología liberal que ascendió, a partir de la Revolución Francesa, de la mano del ideal progresista de la modernidad (Wallerstein, 2002), pero se puede rastrear más atrás en el tiempo, hasta los albores del capitalismo agrario en la Inglaterra del siglo XVI (Wood, 2001) o tal vez incluso hasta las grandes empresas coloniales que lideraron la ocupación europea del continente Americano (ver Kates et al., 1990). Comenzaremos por decir que el fundamento de este proyecto se basa en la idea de que es moralmente válido traducir la naturaleza en términos de capital, ya sea bajo la forma de bienes, recursos o servicios. De acuerdo con Zimmerman (1997), el ideal progresista de la modernidad se basa en el deseo de emancipar la humanidad, dominando la naturaleza a través de la ciencia y la tecnología y liberando las fuerzas productivas contenidas en ella. Igualmente Wood (2001) señala la convicción implícita en la perspectiva capitalista, según la cual el derecho natural de propiedad se establece por medio del trabajo o del mejoramiento, sinónimos ambos de la acción de retirar algo de su estado natural para transformarlo con fines de lucro. De alguna manera, la innegable necesidad de servirse de la naturaleza para sobrevivir generó la convicción de que la naturaleza estaba ahí para servir a la humanidad, una reflexión teleológica similar a la de las partes de la máquina cuya existencia era justificada por la máquina en sí.
Evidentemente, esta convicción no solo dominó bajo sistemas de gobierno típicamente capitalistas, sino también en los hoy casi extintos estados socialistas. De hecho, la dualidad entre capitalismo y socialismo es, según Wallerstein (2002), el cara y sello de un mismo proyecto emancipatorio liberal. Como no es objetivo de este trabajo discutir con detenimiento las características ideológicas del proyecto liberal (para ello ver Wallerstein, 2002; Hobsbawm, 2001), basta decir que en él siempre se conjugaron, en dosis variables, el libre mercado y el Estado reformador y científico, en la procura de una sociedad perfecta que permitiese la emancipación de todos los individuos.
Una lectura profunda de los supuestos que subyacen al proyecto emancipatorio liberal, permite encontrar elementos importantes de la metafísica reduccionista. Por ejemplo, la búsqueda de una fórmula única y verdadera que llevase a la sociedad perfecta nos remite al estatuto de equilibrio estable y al de universalidad (este último concebía las ciencias humanas y sociales como regidas por leyes y principios universales similares a los que regían la física newtoniana, al universo como dominado por un sofisticado mecanismo de relojería en el que a causas necesarias seguían consecuencias igualmente necesarias, y a la ciencia, como la búsqueda permanente de una Ley General que explicase toda la realidad y unificase las disciplinas; ver Ulanowicz, 1999). Igualmente, el supuesto de que la naturaleza puede ser transformada indefinidamente en capital asume su inagotabilidad, pero tal inagotabilidad solo es concebible bajo el principio de reversibilidad, a su vez consecuencia del principio de acción y reacción de la mecánica de Newton. Ese supuesto nos llega hoy renovado bajo la premisa de que la tecnología va a resolver los problemas ambientales, aún sin que medie ninguna transformación fundamental en la percepción utilitarista de la naturaleza por parte de la sociedad (Zimmerman, 1997); sin embargo, ésta vuelve a ser negada en la medida en que los efectos racionalizadores de la tecnología, en términos de demanda de recursos naturales, son anulados y ampliamente superados por bucles de retroalimentación positiva entre tecnología y expansión económica (Sachs, 2002).
Pero tal vez el elemento clave, claramente identificado por Gramsci cuando expone su tesis sobre el Estado liberal del Homo oeconomicus (Coutinho, 1989), es el carácter reduccionista del proyecto. Este reduce no sólo la naturaleza, sino también la humanidad, a una dimensión económica estrecha: naturaleza y sociedad son convertidas en factores de producción, en tanto que la producción es reducida a su contenido económico y tal contenido, finalmente, reducido en términos de lucro, ya sea éste privado o social. Ese parece ser el fundamento de la afirmación según la cual el fin de toda política es la eficiencia económica (Michael, 2003) y el motivo por el cual un fenómeno esencialmente multidimensional, complejo y polisistémico como la diversidad de la vida, escapa persistentemente a los esfuerzos de conservación que se planifican desde lo económico (ver Bulte y Van Kooten, 2000; Guimarães, 2001).
Esta apreciación todavía merece una consideración más extensa. Con el colapso del socialismo y la erosión del estado de bienestar, las fuerzas atrás de la ideología del libre mercado han sido desatadas (Zimmerman, 1997). Aun cuando la carrera por mercaderías y mercados lleva ya algunos siglos impulsando emprendimientos capitalistas más allá de sus fronteras nacionales, sólo en las últimas décadas se creó un orden internacional en el sentido de promover una economía transnacional irrestricta. Detrás de esto, explica Sachs (2002), hay una visión utópica, cuasi-religiosa del futuro, la de una arena global para la competencia económica donde solo cuente la eficiencia, emancipada de las distorsiones y los obstáculos que suponen las tradiciones o las estructuras locales (las cuales solo traerían pérdida de la eficiencia y disminución del bienestar posible). Todos los jugadores económicos tendrían allí el derecho, en cualquier lugar o tiempo, de ofrecer, producir o adquirir la mercaduría que deseen, un derecho que hasta ahora les ha sido negado por la insidiosa diversidad de órdenes sociales, legales y culturales en el mundo. Esta utopía concibe el planeta como un área homogénea a ser cruzada por bienes y capital, como un enorme y único mercado donde los factores de producción son comprados al precio más barato y los productos vendidos al mayor precio posible. Como explicaba Myrdal ya en 1960, este proyecto de laissez faire obedece al principio de la convergencia, supuesto dominante de la ortodoxia económica que no es otro que el de un idealizado equilibrio estable al que convergerían todos los sistemas socioeconómicos (escenarios B y C de la Figura 1).
Sin embargo, el problema fundamental de la utopía del libre mercado consiste en imaginar un mundo política, económica y culturalmente homogéneo pero heterogéneo y rico en términos de los sistemas vivos que posee. La base conceptual más evidente de este supuesto podría ser el estatuto cartesiano que establece la dualidad mente-materia. Solo si la mente que conoce, aquella de la cual emergen la cultura, la política y la economía, fuese independiente del mundo material que ella objetivamente comprende (y construye) no existiría tal contradicción. Sin embargo, a la luz del pensamiento sistémico también esta dualidad es superada y se revela la incompatibilidad de la utopía económica liberal con la biodiversidad.
Primero se debe aceptar que la mente es una cosa cuya base material es la interacción entre el sistema nervioso y su todo orgánico (Lorenz, 1993), interactuando recíprocamente en el proceso de construir la realidad que rodea al organismo. Ese construir la realidad supone un proceso constante de construcción-destrucción de nuestro ambiente. Con especificidades propias de especie (y de cultura, en el caso de los seres humanos) elegimos aquellos elementos del medio que son relevantes para este proceso, los transformamos y los retornamos de maneras que ya no son más recurso para los de nuestra propia especie, aunque sí, tal vez, para los de otra (Lewontin, 2002). En la red de las interacciones ecológicas, cada proceso de construcción-destrucción del ambiente influencia y es influenciado por los de otros organismos de manera tal que su resultado individual es único y su resultado colectivo, el medio, es una entidad en permanente alteración. Se establece así el mecanismo fundamental que lleva a la diversificación de las formas de vida a lo largo del tiempo evolutivo, o al declinio de la biodiversidad en tiempos históricos.
Siguiendo una línea de reflexión similar, Maturana y Mpodozis (1987) postulan que cada organismo es una unidad con su circunstancia y que la forma como el organismo se acopla estructuralmente y de manera continua al medio, creando su circunstancia, está en la base misma del fenómeno de la cognición. Al conocer, el organismo crea el mundo a su alrededor. En los seres humanos, cognición y lenguaje se retroalimentan positiva y recíprocamente en la red de las interacciones socioculturales, de manera que el mundo que conocemos y creamos como individuos es también, en gran medida, el que conocemos y creamos como colectividad. Pensar el planeta como culturalmente homogéneo es, de hecho, crear en la circunstancia del sistema vivo sociocultural un planeta homogéneo en todo sentido.
Conclusión
A lo largo de este ensayo se ha expuesto la doble naturaleza histórica de la biodiversidad como problemática. En primer lugar, es un concepto que responde a una forma particular de ver el mundo, una forma que se asienta sobre bases epistemológicas de sistemicidad, no linearidad, conectividad y contingencia, en oposición a los estatutos de reversibilidad, reduccionismo y universalidad que dominaron desde la ciencia el devenir social de los últimos siglos. En segundo lugar, se refiere a un proceso de empobrecimiento de las formas de vida del planeta; basados en una percepción reduccionista de la realidad en el que la vida dejó de ser tal para transformarse en factor de producción, asistimos al agotamiento por el absurdo de un modelo emancipatorio liberal fundado en la dominación de la naturaleza y su substitución por capital.
La conjugación de estos dos fenómenos, el científico y el socioeconómico, nos revelan el carácter histórico único de la problemática de la biodiversidad; vivimos la esquizofrenia cognitiva de comprender el mundo de una manera y, sin embargo, actuar en él como si lo pensáramos de otra. ¿Existe ahí una contradicción? ¿Acaso el mundo que conocemos no es también el que creamos? En la complejidad de las relaciones que estructuran los sistemas socioculturales, se originarían los tiempos y los patrones de respuesta entre lo que comprendemos y la organización que emerge de esa comprensión; la percepción de crisis sería parte de esos patrones de respuesta y elemento clave para cualquier reflexión futura. En ese sentido se plantea que la problemática que nos ocupa es un protagonista mayor del cuestionamiento a la validez moral del proyecto social vigente, el cual estaría dejando de reflejar la verdad socialmente admitida, y ofrece elementos para la construcción de uno nuevo, uno en la que el Homo oeconomicus de la fábula liberal ceda su lugar de privilegio al Homo sapiens.
Al final, la palabra biodiversidad es casi un eufemismo científico para tratar el evento fundamental por excelencia: la vida. La crisis de la biodiversidad no es otra que la crisis de la vida como la entendemos; esa comprensión nos envuelve a todos como miembros de un sistema sociocultural, como individuos y como organismos, diluye como falsa la presunción de que ésa es una crisis del mundo natural, en oposición al mundo construido de los humanos, y amplía la percepción de ella más allá del valor de uso, actual o potencial, de los sistemas vivos, para constituir los fundamentos de una verdadera crisis existencial de la humanidad.
AGRADECIMIENTOS
La autora agradece a Guillermo Sarmiento por su orientación y al Pueblo Brasilero por apoyar sus estudios a nivel de doctorado.
REFERENCIAS
1. Bulte E, Van Kooten GC (2000) Economic science, endangered species and biodiversity loss. Cons. Biol. 12: 113-119. [ Links ]
2. Capra F (1996) A teia da vida. Cultrix. São Paulo, Brasil. 256 pp. [ Links ]
3. Capra F (2002) Las conexiones ocultas: Implicaciones sociales, medioambientales, económicas y biológicas de una nueva visión del mundo. Anagrama. Barcelona, España. 389 pp. [ Links ]
4. CBD (On-line) Forest biodiversity: the ecosystem approach. Convention on Biological Diversity. www.biodiv.org/programmes/ cross-cutting/ecosystem/default.asp [ Links ]
5. Collar NJ (2003) Beyond value: biodiversity and the freedom of mind. Global Ecol. Biogeogr. 12: 265-269. [ Links ]
6. Coutinho CN (1989) Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Campus. Rio de Janeiro, Brasil. 142 pp. [ Links ]
7. Dobson AP (1996) What is Biodiversity? En Dobson AP (Ed.) Conservation and Biodiversity. Scientific American Library. New York, EEUU. pp. 7-31. [ Links ]
8. Ehrlich PR, Ehrlich AH (1992) The value of biodiversity. Ambio 21: 219-226. [ Links ]
9. Gleason HA (1991) The individualistic concept of plant association. En Real LA, Brown JH (Eds.) Foundations of Ecology: Classic papers with commentaries. University of Chicago Press. Chicago, EEUU. pp. 98-117. [ Links ]
10. Guimarães RP (2001) A ética da sustentabilidade e a formulação de políticas de desenvolvimento. En Viana G, Silva M, Diniz D (Orgs.) O desafío da sustentabilidade: um debate socioambiental no Brasil. Fundação Perseu Abramo. São Paulo, Brasil. pp. 42-71. [ Links ]
11. Halffter G (2003) Sobre diversidad biológica: Una presentación, dos conferencias y un apéndice. Bol. S.E.A. 33: 1-17. [ Links ]
12. Halffter G, Ezcurra E (1992) Qué es la Biodiversidad? En Halffter G (Ed.) La Diversidad Biológica de Iberoamérica I. Acta Zoológica Mexicana. Volumen especial. pp. 3-24. [ Links ]
13. Hobsbawm E (1995) Era dos extremos: o breve século XX, 1914-1991. Companhia das Letras. São Paulo, Brasil. 598 pp. [ Links ]
14. Hobsbawm E (2001) Ecos da Marselhesa: Dois séculos revêem a Revolução Francesa. Companhia das Letras. São Paulo, Brasil. 157 pp. [ Links ]
15. Kates RW, Turner II BL, Clark WC (1990) The great transformation. En Turner II BL, Clark WC, Kates RW, Richards JF, Mathews JT, Meyer WB (Eds.) The earth as transformed by human action. Cambridge University Press. New York, EEUU. pp. 1-17. [ Links ]
16. Kirchner JW (2002) The Gaia hypothesis: fact, theory and wishful thinking. Climatic Change 52: 391-408. [ Links ]
17. Kuhn TS (1962) The structure of scientific revolutions. University of Chicago Press. Chicago, EEUU. 212 pp. [ Links ]
18. Lewontin R (2002) A tripla hélice. Companhia das Letras. São Paulo, Brasil. 138 pp. [ Links ]
19. Lorenz K (1993) La ciencia natural del hombre: "El manuscrito de Rusia: 1944-1948". Tusquets. Barcelona, España. 398 pp. [ Links ]
20. Margalef R (1996) Information and uncertainty in living systems: A view from Ecology. Biosystems 38: 141-146. [ Links ]
21. Marshall A (1998) A Postmodern natural history of the world: eviscerating the GUTs from ecology and environmentalism. Stud. Hist. Phil. Biol. Biomed. Sci. 29: 137-164. [ Links ]
22. Maturana H, Mpodozis J (1987) Percepción: configuración conductual del objeto. Arch. Biol. Med. Exp. 20: 319-328. [ Links ]
23. Maturana H, Magro C, Santamaria R (2001) A biologia do conhecer: suas origens e implicações. En Magro C, Graciano M, Vaz N (Orgs.) Humberto Maturana, a ontologia da realidade. Universidade Federal Minas Gerais. Belo Horizonte, Brasil. pp. 31-52. [ Links ]
24. McNeely JB (1988) Values and benefits of biological diversity. En McNeely JB (Ed.) Economics and biological diversity. IUCN. Gland, Suiza. pp. 9-36. [ Links ]
25. Meyer WB (1996) Human impact on the earth. Cambridge University Press. New York, EEUU. 253 pp. [ Links ]
26. Michael JA (2003) Efficient habitat protection with diverse landowners and fragmented landscapes. Envir. Sci. Policy 6: 243-251. [ Links ]
27. Mires F (1996) La revolución que nadie soñó o la otra posmodernidad: La revolución microelectrónica, la revolución feminista, la revolución ecológica, la revolución política, la revolución paradigmática. Nueva Sociedad. Caracas, Venezuela. 183 pp. [ Links ]
28. Myrdal G (1960) Teoria econômica e regiões subdesenvolvidas. Instituto Superior de Estudos Brasileiros. Ministério de Educação e Cultura. Rio de Janeiro, Brasil. 210 pp. [ Links ]
29. Núñez I, González-Gaudiano E, Barahona A (2003) La Biodiversidad: Historia y contexto de un concepto. Interciencia 28: 387-393. [ Links ]
30. ONeill RV (2001) Is it time to bury the ecosystem concept? With full military honors, of course! Ecology 82: 3275-3284. [ Links ]
31. Prigogine I (1997) Tan solo una ilusión? Una exploración del caos al orden. 4ª ed. Tusquets. Barcelona, España. 325 pp. [ Links ]
32. Ruse M (1998) Evolución y progreso: crónica de dos conceptos. En Wagensberg J, Agustí J (Eds.) El progreso, un concepto acabado o emergente? Tusquets. Barcelona, España. pp. 69-105. [ Links ]
33. Sachs W (2002) Globalization and sustainability. Heinrich Boell Foundation. Berlín, Alemania. 29 pp. Disponible en www. worldsummit2002.org [ Links ]
34. Solbrig O (1991) The origin and function of Biodiversity. Environment 33: 17-39. [ Links ]
35. Swanson TW (Ed.) (1995) The economics and ecology of biodiversity decline: The forces driving global change. Cambridge University Press. Cambridge, RU. 162 pp. [ Links ]
36. Trudgill S (2001) Psychobiogeography: meanings of nature and motivations for a democratized conservation ethic. J. Biogeogr. 28: 677-698. [ Links ]
37. Ulanowicz RE (1999) Life after Newton, an ecological metaphysic. Biosystems 50: 127-142. [ Links ]
38. UNEP (On-line) Conservation of Biological Diversity. Agenda 21, Ch. 15. www.unep.org/documents/default.asp [ Links ]
39. Von Bertalanffy L (1994) Teoría general de los sistemas. Fondo de Cultura Económica. Bogotá, Colombia. 311 pp. [ Links ]
40. Wallerstein I (2002) Após o liberalismo: Em busca da reconstrução do mundo. Vozes. Petrópolis, Brasil. 271 pp. [ Links ]
41. Wood EM (2001) A origem do Capitalismo. Jorge Zahar. Rio de Janeiro, Brasil. 143 pp. [ Links ]
42. WRI (2001) World Resources 2000-2001. People and ecosystems: the frying web of life. Elsevier. Oxford, RU. 389 pp. [ Links ]
43. Younès T (2001) Ciência da biodiversidade: Questões e desafios. En Garay I, Dias B (Orgs.) Conservação da biodiversidade em ecossistemas tropicais: Avanços conceituais e revisão de novas metodologias de avaliação e monitoramento. Vozes. Petrópolis, Brasil. pp. 29-42. [ Links ]
44. Zimmerman ME (1997) Lécologie profonde (Deep Ecology) et lécofascisme. En Larrère C, Larrère R (Eds.) La crise environementale. INRA. París, Francia. pp. 269-281. [ Links ]










uBio 
