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Revista de Filosofía

versión impresa ISSN 0798-1171

RF v.44 n.44 Maracaibo mayo 2003

 

TAMARIZ, Felipe: Physiologia Prima Medicinae, Edición por Blas Bruni Celli y Ángel Muñoz García, Universidad Central de Venezuela, Facultad de Medicina, Caracas, 2001.

El libro comienza con una presentación a cargo del Doctor Miguel Re-quena, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. El Doctor Requena explica cómo el Doctor Bruni Celli, de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela y de la Academia Nacional de la Historia, quien es un destacado estudioso de la Historia de la Medicina, tanto universal corno nacional, puso en sus manos un documento denominado cuadernillo de apuntes titulado "Physiologia Prima Medicinae/Cuaderno de Medicina", en el cual se registran las clases dictadas por el Doctor Felipe Tamariz, Protomédico, el año 1796. El documento de 205 años, en aceptable estado de conservación, representa una pieza única en la historiografía médica venezolana y en el conocimiento del pensamiento filosófico venezolano de finales del siglo XVIII.

El documento original está escrito en latín y siendo apuntes tomados por un estudiante de Medicina, presenta muchas abreviaturas y errores orto-gráficos. Debido a esto, su transcripción presentó muchas dificultades técnicas que se pudieron resolver con la colaboración del profesor Ángel Muñoz García, experto en lengua latina y en pensamiento filosófico colonial venezolano.

Según el Doctor Requena, presentador del libro, del análisis del texto y de la figura del Doctor Felipe Tamariz hecha por los investigadores Muñoz García y Bruni Celli sc desprende que se está en presencia de una ventana abierta para conocer mejor el embrión que dio origen a la Facultad Médica de Caracas y Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela.

El libro continúa con unos "Estudios Preliminares" a cargo del doctor Blas Bruni Celli, quien explica cómo encontró el documento: una investiga-dora de la Academia Nacional de Historia, la sra. Antonieta de Rogatis, lo encontró incorporado al legajo de una acusación por estupro. La sra. de Rogatis se lo entregó a la Bibliotecaria Archivera de la Academia, la doctora Ermila Troconis, y ésta al ver que se trataba de un texto de Medicina, escrito en latín, lo puso en manos del dr. Bruni Celli para su estudio.

El Doctor Bruni Celli habla a continuación, de la vida y de la labor docente y médica del Doctor Tamariz, de la ubicación del manuscrito en la historia de la medicina y finalmente de los principales elementos que resaltan en cl texto en cuestión: El origen de la palabra Medicina; el origen de la teoría de los cuatro elementos (en la que aparecen referenciados algunos de los filósofos griegos como Tales, Heráclito y Empédocles); el Hipocratismo de Tamariz y por último la figura de Tamariz en la ciencia fisiológica de su tiempo.

Los "Segundos Estudios Preliminares" están hechos por el profesor Ángel Muñoz García de la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Zulia. Estos estudios llevan el título siguiente: "La filosofía en Venezuela a finales del siglo XVIII. Reflexiones en torno a un texto de Medicina ". El profesor Ángel Muñoz García explica cómo en 1788 dos nuevos profesores se hacían cargo de la Cátedra en la Real y Pontificia Universidad de Caracas. Uno en Filosofía, Baltasar Marrero, quien pasaría a la Historia como el renovador de la Filosofía y con ello de la enseñanza universitaria en Venezuela. El otro, Felipe Tamariz, quien sucediendo en la Cátedra de Medicina a su fundador Lorenzo Campins, había de ser igualmente renovador de estudios y de la concepción de la Medicina para nuestro país. Marrero fue reconocido, según el profesor Muñoz, como el fundador de la Filosofía Moderna en Venezuela. Tamariz, sin embargo, sigue en la sombra.

Para el profesor Muñoz García, "el texto, a pesar de su brevedad, resulta interesante no sólo para la Medicina, sino también para la Filosofía". Este investigador "pretende exponer el substrato filosófico que manifiesta el texto y averiguar el grado de asimilación de la Filosofía Moderna en Venezuela, a finales del siglo XVIII".

Se trata de un texto universitario y los estatutos de la Universidad vi-gentes desde su fundación en 1725, prescribían que la ensehanza debía hacerse en la estricta línea aristotélico-tomista. Ver cómo se pudo conjugar esto con la nueva línea de la Filosofía Moderna es muy interesante, especialmente en un texto de Medicina de 1796. El profesor explica cómo era la situación de la Medicina en Caracas a finales del siglo XVIII, (poco valora-da y degradada en general) y el advenimiento a la Cátedra de Medicina de Caracas en 1788 de Felipe Tamariz. Señala su carácter innovador y su lucha por convertir la Medicina y el arte de la cirugía en una verdadera ciencia y en una auténtica e importante profesión. Tamariz domina el lenguaje y en concreto ej latín. De las diversas partes de la Medicina, en el título del Tratado, Tamariz llama a la Fisiología "Prima Parte" y hay que entender esto como parte primera en el orden lógico de la exposición pues antes de aprender cómo conservar la salud o restituirla, es preciso aprender fisiología, que enseña cuál es ese estado natural del organismo que hay que conservar o restituir.

El profesor Muñoz lleva a cabo un análisis del texto que, a primera vista, parece un agregado de capítulos, disputas y cuestiones presentadas al azar. No obstante, afirma que Tamariz no era mal filósofo y no podía denominar alegremente las distintas partes de su escrito. Utiliza Disputationes y Quaestiones y Capítulos, pero no con el fin de contentar a sus colegas aristotélicos o de satisfacer a los modernizantes. Tamariz, como filósofo, pero moderno, conocía muy bien la doctrina de Gassendi, quien acusaba a Aristóteles de convertir a la Filosofía en una scientia disputatrix, descartando de ella todo lo que no fuera disputable y discutible. Y no es que, decididamente médico más que filósofo, pretendiera cubrirse las espaldas y utilizar el método disputante como camuflaje aristotélico. Tras un Capítulo único introductorio, teórico, expositorio sobre la Medicina en general y la división del Curso, el tratado propiamente tal está dividido en cuatro Disputationes. Las dos primeras divididas en Quaestiones, por cuanto sus temas son de corte más filosófico y racional, de los que Tamariz considera que su contenido sigue siendo todavía discutible. Las dos últimas, de contenido ya médico, divididas en Capítulos. Es cierto que no deja de ser un tanto incongruente una Disputatio sin discusión, dividida en capítulos teóricos pero el autor quiere dejar claro que los temas más empíricos no van a ser tratados al modo filosófico sino al nuevo modo científico. Tamariz como filósofo o científico moderno tiene a la experiencia corno base fundamental de su ciencia. El profesor Muñoz se pregunta entonces si Tamariz es médico o filósofo, o mejor aún, si considera que la Medicina es Filosofía o una Ciencia, independiente y no filosófica. No hay que olvidar que Tamariz, con-temporáneo de Kant, vive la época en que la Física se está asentando como ciencia y originando que otras ramas de saber comiencen su independencia de la Filosofía. La Medicina entre ellas. Tamariz mismo define la Medicina como una ciencia pero no como una episteme aristotélica. En la Filosofía tradicional la medicina es una ciencia subalternada a la Física y si Tamariz considera la medicina como ciencia no lo hace ya como ciencia subalterna-da a la Física sino en el nuevo sentido que la palabra tenía ya en su época, sentido cargado de experimentalismo, significando lo que la Filosofía tradicional entendería más bien como Arte.

Para Tamariz, como expresa en un informe al rector, la Medicina "es puramente experimental". En nuestro Tratado apela continuamente a la experiencia o a los autores experimentalistas. La inmensa mayoría de sus razonamientos son del tipo inductivo, generalizando a partir de hechos experimentales.

Como colofón se puede decir que para el profesor Muñoz García se trata de un escrito netamente modernista, a pesar de las concesiones hechas no tanto al aristotelismo sino a Aristóteles. Y un texto así no se explica a menos que se reconozca que las Ideas Modernas ya se paseaban por Caracas con una cierta carta de ciudadanía.

La fecha del tránsito de la Filosofía Tradicional a la Moderna que se maneja es la del Curso de Filosofía de Baltasar Marrero, iniciado en 1788 y que se resuelve en sentencia judicial en 1791. No obstante una orientación tan decididamente modernista como la del escrito de Tamariz, no se adquiere en poco más de cinco años. Ambos vivían ya en una ambiente de ideas modernistas que muchos otros compartían.

Después de los "Estudios Preliminares", el libro trae la reproducción facsimilar íntegra del Cuaderno Physiologia, Prima Medicinae (pars) leído por el Doctor Felipe Tamariz. A continuación su transcipción, traducción y notas. Termina con una amplia bibliografía y los índices.

Se trata de un libro muy interesante pues nos muestra la introducción de las ideas modernas en Venezuela, no sólo en el ámbito de la Filosofía sino en el de la Medicina que desde entonces, finales del siglo XVIII, pasa a tener el rango de ciencia.

María del Carmen Dolby Múgica 

Universidad de Navarra – España

TURNBULL, Neil: Qué sabes de filosofía. Ediciones B, Barcelona, 1999; pp. 192.

Las obras de popularización de la filosofía y los manuales para legos en esta materia suelen ser ejercicios de martirio para sus autores, que de antemano deben dar por hecho que se les criticará y atacará acerbamente des-de distintos lados, a veces con justicia, casi siempre con poca comprensión del valor de su esfuerzo. Los críticos, si el autor es conocido, preguntarán por qué él quiere escribir una cuestión tan pedestre, y si el autor es desconocido, preguntarán quien es éste que viene a explicamos una materia grosso modo como si fuera toda una autoridad. Criticarán que faltan nombres e ideas, que no se le da suficiente atención a tal o cual periodo, que las explicaciones y relatos son simplistas e imperfectos, que el autor está prejuiciado y sus juicios son sesgados, en fin, Vae auctoris !

Lo que no suele ni decirse ni tomarse en consideración al examinar este tipo de obras es que ellas cumplen una labor esencial, y por ende, son necesarias. Que sus faltas y fallas son los obstáculos que el lector, a medida que va ascendiendo en su conocimiento, aprenderá a superar, llenando lo que perciba como lagunas en el tema y en sí mismo con sus propios aportes.

Muchas son obras de estudio, que deberían leerse con un cuadernillo de apuntes al lado, o intercalando notas del lector entre las páginas que provocaron su atención, o sino una nueva modalidad (j, Nueva?! Ya existía en la edad media...) que sería que los editores dejaran generosos espacios en blanco al margen de los textos en cada página, para invitar al lector a escribir sus comentarios. A este respecto, Umberto Eco (Como se hace una tesis de grado) ya nos invitaba a rayar los libros con los cuales trabajamos.

Hay obras de divulgación que son mejores que otras. La presente, a pesar de varios defectos que contiene, aparece como una de las más interesantes de este tipo publicadas últimamente. Su autor, Neil Turnbull, es catedrático de filosofía política y teoría social en la Universidad de Nottingham Trent, Gran Bretaña. La obra incluye varios elementos poco acostumbrados en este tipo de textos, como el del tipo de papel empleado, parecido al cartón en su color y textura, lo cual, por inusual, no deja de ser atractivo. Asimismo, los diferentes tipos de letras empleados (hemos contado hasta ocho distintos, a lo largo del texto) y las muchas ilustraciones, algunas llenas de humor (unas, re-producciones de grabados clásicos, y otras, de dibujantes y caricaturistas modernos) hacen más atrayente esta edición. Esta presentación ligera de la obra quizá la haga más del gusto de un público lego, y sobre todo juvenil. Quizá motive cierto prejuicio acerca de la obra, y pensemos que ella cae en superficialidades o descuidos. Y en realidad, sus páginas plantean una serie de interrogantes provocativos, que son como un acicate al lector, no solo para continuar la lectura de este libro u otros libros de filosofía, sino simplemente a pensar, bajar el libro de las manos y con la mirada en el vacío, pensar, reflexionar, dejar divagar la mente por la aventura de pergeñar errores y fantasías, imaginaciones y enredos. E ideas. Cualquier obra que pueda hacernos pensar, ponernos a pensar, posee un valor intelectual básico. Mas, a pesar de todo esto que hemos dicho, el libro adolece también de varios defectos que son principalmente los prejuicios del autor, que si se quedaran en su tratamiento a un pensador o a un periodo, no serían tan graves. Pero esos prejuicios, construidos ya como una forma de ver toda la filosofía, aparecen recurrente-mente, desde el inicio del libro hasta el final.

Se trata, pues, de una obra que pareciera (no necesariamente por intención de Turnbull) invitarnos o provocarnos no a concordar con su autor, sino a que nos forjemos una concepción de la filosofía distinta a la suya y mejor aún que la suya. Una tarea no fácil, pero posible y más gratificante para la existencia que la de solo limitarnos a leer para adquirir un barniz de conocimiento.

Dos prejuicios del autor, expresados en afirmaciones que desmerecen la obra, quizá arranquen de una cierta visión parroquial de la filosofía, anclada a modos locales (específicamente anglosajones, y del siglo XX) de entender la historia y la sociedad. Continuamente parece que el autor estuviera hablando a personas de un mundo desarrollado, tildando de "tecnócratas", con una visión rígida y esquemática del mundo a tales o cuales filósofos. O sino, motejando a otros de "filisteos" por poseer, a su juicio, una visión estrecha y cerrada de la vida. Estos dos términos aparecen desde el comienzo de la obra hasta sus capítulos finales. Parecería que el autor estuviera construyendo una historia de la filosofía en la cual ésta, a través de algunos autores, lucha un drama entre diversos modos de ser o de vivir la existencia. El otro prejuicio se refiere a que, de manera consciente o inconsciente, el autor recurrentemente trata de defender o hacer una especie de apología de la filosofía, como si quisiese demostrar, o al menos insistir en que es bueno ser filósofo, y que es mejor serlo que tener otras ocupaciones en la vida, o peor, ser "tecnócrata" o "filisteo".

Sin embargo, a pesar de sus posibles deficiencias, reiteramos que esta obra puede ser útil para atraer el interés a la filosofía. Ya quedará de parte de cada lector continuar hacia lecturas más enriquecedoras, o renunciar a seguir en esta búsqueda.

Luis Vivanco Saavedra 

Universidad del Zulia, Venezuela

STRATHERN, Paul: Hume en 90 minutos, Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 1998, pp. 82.

Muchas cosas buenas y malas pueden escribirse sobre las obras de popularización de algunas materias, y ese es también el caso de las obras de popularización de la filosofía. A veces son más de popularización que de filosofía; a veces dicen las cosas de manera tan sencilla que, si bien por un lado se agradece un esfuerzo nada fácil, por otro lado, sentirnos, sobre todo si empezamos a conocer un poco del tema que se nos habla, que un buen caudal de cosas importantes o de detalles significativos han quedado fuera. De hecho, podemos llegar a sentirnos defraudados por algunas obras que pretenden hacer un favor a la filosofía presentándola más o menos simpáticamente, como asesorada por un "experto en imagen". Un caso así —de no pocos que ha habido en la actualidad- es la obra El Mundo de Sofía, de Joostein Gaarder, que ha alcanzado un gran éxito comercial y el un tanto dudoso honor de ser llevada al cine. Si escritores y cineastas han podido ganar fortunas con la dramatización de la vida de Jesucristo, algún día tenía que llegarle el turno a la filosofía de ser presentada así. Poco importará a algunos que, según sea el caso, haya verdadera religión o filosofía en la mercancía ofrecida, lo importante es el éxito. Y nuestra época no se atreve mu-cho a discutir con el éxito.

Pero no todas las obras popularizadoras de la filosofía son de esa calidad como la nombrada. Hay muchas excelentes, como las Lecciones preliminares de filosofía de Manuel García Morente, libro con el cual muchos nos pudimos enamorar de la filosofía, e inclusive casarnos con ella, lo que ya es más problemático. O la Historia sencilla de la filosofía de Rafael Gambra, libro de lectura amenísima, bueno tanto para estudiantes como para público en general; y por último, uno de mis favoritos, infortunada-mente no traducido al castellano hasta donde sé: Philosophy de Cyril M. Joad. Son libros de cabecera, volvemos a ellos siempre con agrado, y los dejamos con gratitud.

¿Y el libro que aquí se reseña? Tiene varias ventajas. Primeramente trata sobre un autor específico, lo cual le permite concentrarse un poco más sobre el tema. Segundo, es escrito por un especialista, un profesor de filoso-fía. Ello evita —en teoría- que se nos vayan a decir cosas muy inexactas. Tercero, es breve: esto es lo que promete en el título y lo cumple. Si el libro. nos molesta, al menos lo hace por poco tiempo.

¿Y el contenido? Bien. La lectura es amena; a veces demasiado coloquial o con una familiaridad que quizá en el público anglosajón no caiga demasiado artificial o falsa. Da la impresión que cl autor quiere tratar a sus lectores como a un grupo de amigos reunidos en un café en una charla in-formal, o peor aún, como un instructor a un grupo de boy scouts decididos a entrar en excursión. A muchos les agradará ese estilo, a mí no. Pero no es buena Icy juzgar el contenido de una obra por su estilo. Fuera de las superficialidades, lo que dice sobre Hume ¿es exacto? ¿es completo? ¿No estaremos siendo demasiado exigentes para un libro de noventa minutos?

No. noventa minutos son el tiempo de una clase. Es más del tiempo que darnos a muchas conferencias. En ese tiempo se pueden decir muchas cosas sobre Hume. Cosas importantes. Paul Strathern dice varias. No dice todo, ni está especialmente interesado en empatizar con el autor (ya sabemos que guarda su empatía para el lector). Si a uno no le gusta mucho Hume, es probable que le guste menos después de leer este libro. Si como a mí, a usted le cae bien Hume (no sus ideas, que me parecen detestables, sino su personalidad, que me parece admirable) sentirá probablemente que este libro le ha hecho injusticia. La causa de ello es que frecuentemente no-tamos cierta ironía, cierta sorna al juzgar al personaje, y sobre todo, al juzgar los sentimientos y el modo de ser de ese tiempo época y lugar. Si, como se ha dicho, el deber de un historiador es tratar de comprender una época más desde ella misma y menos desde sus propias opiniones o prejuicios, Strathern no está en peligro de cumplir ese deber, ni como historiador, ni como biógrafo. Frecuentemente se deslizan en el texto salidas mordaces contra la religión, la moral o la política, no solo de la época de Hume, sino más en general. Quizá es parte de una moda filosófica actual, en la cual los autores prefieren pasar por cínicos que por hombres de buena fe. No sabemos si el autor es inglés, pero si lo es, no nos parece que esta obra sea un ejemplo del fiar play británico. Pero si se leen otros de la misma serie editorial (como los dedicados a Locke o Wittgenstein), uno se dará cuenta de que el autor o autores de estas obras no intentan presentarnos como especial-mente antipáticos a los personajes que tratan, sino que ellos parecen seguir aquí una tendencia opuesta a las de algunas obras de popularización de otras épocas, que nos presentaban a los pensadores corno una especie de héroes o mártires de la ciencia o la filosofía (recuerdo especialmente las referidas a Espinosa y sobre todo a Galileo). Esta tendencia también es mala: exponer las ideas de un pensador no debería trocarse en un ejercicio hagiográfico ni panfletario. Y menos en filosofía.

Un punto positivo de la obra —a mi juicio el más positivo- es que presenta un conjunto de citas de Hume, lo cual es invaluable, dada nuestra tradicional escasez de textos de cualquier tipo. Strathern ha hecho una buena y justa selección de citas de Hume, de las que reflejan bien su pensamiento sin depender mucho de su contexto. Si nos desagrada lo que dice sobre Hume, podemos leer a éste en sus mismas palabras, y condenarlo o absolverlo por ellas.

Por otro lado, es un libro que, aunque pueda leerse en noventa minutos, también puede leerse lentamente. Esta es para mí la prueba de fuego. Hay obras en filosofía que son cortas, cortísimas. Pienso ahora en la Carta a Meneceo de Epicuro, o en el Discurso del Método de Descartes. Pueden leerse en un rato o en una tarde en la montaña, lejos de teléfonos, cocinas y televisores. Y resisten también una lectura lenta. Y rinden más frutos en esa lectura meditada. Creo que eso no pasa con este libro de Strathern. Un lec-tor a quien malignamente se lo recomendé me dijo que lo estaba leyendo lentamente, y que cada vez más aumentaba su sospecha de que mucho de lo que allí se decía no era lo que Hume decía. Es exagerado, claro, pero yo también quedé con esa sensación de que las ideas de Hume estaban siendo presentadas como por alguien obligado de mala gana a hacerlo. No creo que ese sea el caso, evidentemente. Pero es malo que lo parezca así.

Por último, nuestro sentir es que un libro que trate sobre filosofía (no precisamente de filosofía) debe dejar en el lector el ánimo de seguir leyendo sobre el tema. En el caso de este libro de Hume, sería deseable que el libro nos dejara con ganas de leer más sobre Hume y de Hume. Creo que no se cumple cabalmente ese propósito en este libro, a pesar de todos sus méritos y de los famosos noventa minutos. Quizá el problema es Hume: puede que necesite más de noventa minutos, o al menos unos noventa minutos mejor administrados.

Luis Vivanco Saavedra

Universidad del Zulia, Venezuela