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Revista de Filosofía
versión impresa ISSN 0798-1171
RF v.45 n.45 Maracaibo set. 2003
BRANT, Sebastian: La Nave de los Necios. Edición de Antonio Regales Serna, Ediciones Akal, Madrid, 1998, pp. 343.
La obra clásica de Brant, publicada originalmente en 1494 en Basilea, no se editó en nuestra lengua sino más de quinientos años después. Esta primera edición en castellano ha estado a cargo de Antonio Regales Serna, profesor de filología alemana en la Universidad de Valladolid, quien ya ha publicado otras obras sobre literatura medieval y del humanismo. Suyos son la traducción, los comentarios en notas a pie de página y la introducción a la obra, amplia y plena de datos útiles para internarse en la lectura de la misma. La edición además está enriquecida por ilustraciones de grabados tomados de la edición original, atribuidos a Alberto Durero y otros artistas.
La Nave de los Necios ha sido considerada como la obra literaria alemana más importante del siglo XV. No posee un argumento lineal, por decirlo así, sino que constituye un conjunto de comentarios en verso (112 en total) a modo de pequeños capítulos, pocas veces mayores de una página. Cada capítulo trata sobre alguno de los distintos tipos de tontos y de tonterías que podemos encontrar en el mundo. Algunos de los títulos, como "De los libros inútiles", "Del querer tener siempre la razón", "Ruido en la iglesia", "Casarse por dinero", "Disputar e ir a tribunales", dan cuenta clara de temas que son eternos en la historia del hombre. No todos los capítulos son de punzante reproche a la tontería humana. Dos (22 y 112) están dedicados a los sabios, y son una exhortación a buscar y seguir la sabiduría. Puede notarse en la obra una fuerte influencia de los temas de la Sagrada Escritura y de los clásicos griegos y latinos. Es fácil comprender que muchos capítulos dan oportunidad al autor de hacer mordaces ataques a la sociedad y a los poderes de su tiempo. Pero la obra es más profunda que una simple crítica social. Es satírica, sin duda, pero tiene un propósito más hondo, y Regales Serna concuerda con la tradición que la ha calificado como una obra moralizante o moralizadora. Su autor, Sebastián Brant (14571521) nació en Estrasburgo, Alsacia. Creció allí hasta 1475, cuando fue a estudiar derecho en Basilea. Como muchos académicos de su tiempo, cultivó intensamente los estudios de teología y los clásicos antiguos. Perteneció a una generación alemana bajo el influjo del humanismo en boga en el resto de Europa. Existía en ese entonces gran inquietud por la reforma de la cristiandad. Los sectores más cultivados veían con preocupación la corrupción del gobierno de la iglesia y las masas estaban desorientadas ante los cambios económicos que, aunque hicieron ricos y libres a muchos, significaron empobrecimiento y hambre para otros. Además, la presencia patente de la muerte colectiva, debido a epidemias como la peste negra (que acabó la vida de casi quince millones de personas en Europa occidental) contribuían a esta situación de crisis.
Es en ese ambiente que fue escrita la obra de Brant. Su intención no era abogar explícitamente por una reforma de las costumbres o de la religión. De hecho, la crítica ha apuntado que no existe una unidad de propósito en la obra. La tesis de Brant, como señala Regales Serna, es que todos somos necios. Y por lo tanto, más que un esquema moralizador, habría una especie de afán en la obra de exponer el mundo y la condición humana tal como ellos son. En este sentido, la obra es una exposición de la flaqueza humana, y una de las cosas que más apoyan esta intención expositiva, es precisamente la estructura de cada capítulo precedido por un grabado alusivo al tema tratado en el mismo. Algunos de estos grabados son bastante divertidos, y probablemente contribuyeron al éxito de la obra.
La Nave de los Necios fue uno de los primeros textos célebres en alemán, y ello contribuyó a su difusión en Alemania y otras regiones germanófonas. Esto es notable si se piensa que el movimiento humanista favorecía más la redacción de textos en latín que en lenguas vernáculas. Por otro lado, no era tan sencillo escribir en esas lenguas. No existía una clara correspondencia entre el lenguaje hablado y el escrito, ni menos aún gramáticas que no fueran del Latín (la primera fue la castellana de Nebrija, de 1492). Como señala Regales Serna, Brant, a pesar de haber nacido en una zona fronteriza de Francia, y haber vivido en ciudades de habla alemana toda su vida, tuvo empero que adiestrarse en escribir alemán, y concretamente en el dialecto de Alsacia. Una vez logró dominarlo, escribió en él sus principales obras, alternando con las que escribió en latín, idioma con el cual logró una difusión mucho mayor. Pero le interesaba y esto es importante llegar a la mayoría de sus paisanos más sencillos antes que al público más culto del resto de Europa.
Y fue en cierto modo ese éxito de La Nave de los Necios en alemán el que demoró su traducción a lenguas como el castellano, pues si bien la obra se conoció en España tempranamente, lo era más en su versión latina (realizada por Jacobo Locher, discípulo de Brant).
Como otras obras célebres de la historia, muchos de los elementos que aparecen en La Nave de los Necios (La crítica mezclada con humor, la figura del necio, la metáfora de la nave, el tipo de versificación, etc.) no son originales ni nuevos. La obra es una síntesis, y en cuanto tal, sí representa algo nuevo frente a las que le precedieron. Toma y engrana los elementos nombrados y otros, y los ensambla de una manera mucho más efectiva para el propósito moralizador que tenía el autor. De ahí su éxito, solo superado dieciséis años más tarde por el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam. Hay que decir también que un factor que contribuyó no poco a la difusión de la obra factor que Regales Serna trata en detalle en su introducción fue el hecho de que fuese escrita en pleno auge de la imprenta. Al respecto se calcula que entre 1450 (año aproximado de invención de la misma) y 1492, se habían impreso en Europa más de cinco millones de libros, documentos, panfletos y hojas sueltas.
Como otras obras escritas en el Renacimiento, época bisagra entre el medioevo y la modernidad, La Nave de los Locos tiene, quizá, más de medieval que de moderna. En muchas partes de la obra podemos darnos cuenta de las diferencias entre la visión medieval del mundo y la vida y la del Renacimiento. Antiguos prejuicios son reemplazados por nuevos, y en realidad nos cuenta comprender muchos aspectos de la mentalidad de los hombres medievales. Véase, por ejemplo, el comentario que Brant hace en el capítulo 20, titulado "Del encontrar un tesoro". Para la mentalidad moderna, el encontrarse algo, sobre todo si es algo valioso, es una suerte, y hasta casi una bendición divina; al menos la mayoría de los occidentales lo considera algo bueno. Pero para Brant, y para muchos de los medievales, el encontrarse algo, sobre todo si era valioso, era malo. Al respecto dice Brant claramente:
"Un necio es quien algo encuentra y, está tan ciego en su juicio, que dice: «esto me lo ha regalado Dios, no reparo en a quien pertenece». Lo que uno no ha sembrado vedado le está segarlo. Cualquiera sabría por su honor que pertenecía a otro. Lo que sabe no es suyo... mire que vuelva a aquél de quien ha sido,... o entréguelo a sus herederos; si no se pueden saber todos ellos, désele a un pobre o destínese a otro fin que sea grato a Dios. No debe quedar en tu casa... Encontrar y robar juzga Dios igual... Mucho mejor es no encontrar nada, que encontrarlo y no devolverlo. Lo que se encuentra y se lleva a casa, de muy mal grado vuelve a salir de ella" (p. 112).
Todo lo cual nos muestra que estamos frente a una concepción de la propiedad muy distinta al menos en el plano moral a la que iría a generalizarse en la modernidad y aun en nuestro tiempo, más afín con ideas como la de la superación de la propia condición por el propio esfuerzo, el empleo de la inteligencia en forma de astucia en las circunstancias humanas, y la importancia de aprovechar las oportunidades, sobre todo en el plano del interés individual. Otro aspecto curioso, y "medieval" de la obra, es el reproche a quienes se jactan de ser felices (¿Habrán sido tantos entonces como para merecer ese reproche?). Hoy esa actitud podría parecernos rara, en cuanto que es ya raro ser feliz. Para Brant, y para muchos de aquel tiempo
"Un necio es quien osa jactarse de que le sonríe mucho la fortuna y tiene suerte en todas las cosas... la fortuna es un signo de la fugacidad de las cosas y una señal de que Dios se despreocupa del hombre... A quien el diablo quiere engañar, le da felicidad y mucha riqueza. La paciencia es mejor en la pobreza que toda la felicidad, la riqueza y los bienes del mundo... nunca han existido necios más grandes que los que aquí siempre tuvieron felicidad" (p. 118).
Ecos de esta alabanza a la medianía, a la humildad, a la conformidad (o si se prefiere, al conformismo) los encontramos también en otras tradiciones de otros pueblos del planeta, que exhortan a desestimar y desconfiar de la felicidad y la buena suerte (Pueden hallarse ejemplos en la literatura china, la de la India, la mesopotámica, la de la América precolombina y la de algunas culturas africanas). Al lado de esto, hay en muchas de esas tradiciones un reconocimiento a la sencillez e inclusive a la ignorancia y la inutilidad como condiciones benéficas para la humanidad, como encontramos, por citar solo el caso de China, en ChuangTsé1 ("el único árbol del bosque que se salvó de los leñadores era el que no servía para nada"), y en otros pensadores importantes del taoísmo, así como en algunos del budismo. Los sentimientos expresados en la obra de Brant cambiarían tras la reforma luterana y calvinista, y ya Max Weber trabajó ampliamente sobre la influencia de una visión más afirmativa de la felicidad y la prosperidad terrenal en el protestantismo, como uno de los factores que favorecieron el progreso material e impulsaron el capitalismo en países como Alemania e Inglaterra.
La Nave de los Necios Nos proporciona un mirador sobre otros tiempos y otros hombres, y pone, frente a nosotros una conciencia de otra época que reflexiona acerca de las miserias y debilidades del género humano. Es de desear que esta primera traducción pueda ser seguida de un texto más completo, ya para especialistas y quienes investiguen de cerca la literatura renacentista, donde puedan estar, como en las mejores ediciones de las obras clásicas, ambos textos: el de la obra en su idioma original y su versión traducida; es decir, una edición bilingüe. La presente edición preparada por Regales Serna, podrá aportar tanto al estudioso de temas como la filosofía y la literatura del Renacimiento, como al lector culto en general, un valioso documento que nos presenta de una manera viva los sentimientos de ese complejo periodo que fue el Renacimiento. Y habida cuenta que la mayor parte de las necedades expuestas por Brant siguen vigentes, puede decirse que su ingenio tiene aún algo que decir a nuestra problemática realidad.
Luis Vivanco Saavedra
Universidad del Zulia, Venezuela
ERASMO DE ROTTERDAM: Apotegmas de sabiduría antigua. Edhasa, Edición, prólogo y notas de Miguel Morey, Barcelona, 1998, pp. 271.
Erasmo de Rotterdam (14691536) fue uno de los escritores de su época que más se benefició de la imprenta, nacida pocos años antes que él. Se ha dicho inclusive que fue uno de los precursores de los "best seller", pues varias de sus obras se reimprimieron docenas de veces en vida de él. Ello le permitió ser uno de los primeros escritores que pudo vivir nada mal de su oficio. Pero, a pesar de que llegó a ser el autor clásico de una época como el Renacimiento, pocas obras de Erasmo siguieron leyéndose después de ese periodo. Con la evidente excepción de su Elogio de la Locura, que puede encontrarse en cualquier librería buena, pocas de sus otras obras retuvieron la popularidad que adquirieron mientras vivió.
Los Apotegmas de sabiduría antigua están muy dentro de la intención de Erasmo de difundir las ideas y los ideales clásicos en la intelectualidad de su época. Contra una actitud de rechazo o desdén por la cultura antigua (que es también, con mucha más apatía, la actitud de nuestra época), él reivindicaba el valor de los autores griegos y romanos e insistía en la necesidad, para todo hombre culto (y sobre todo para quienes cultivaban, por vocación o dedicación, el estudio de las Escrituras y la literatura) de conocer el latín y el griego. En eso concordaba con la concepción humanista, que daba la máxima importancia al conocimiento de los autores antiguos y sus lenguas.
Para difundir esos valores y esa cultura clásica que tanto amaba, Erasmo escribió la presente obra, compuesta de sentencias comentadas brevemente por él de escritores y pensadores como Sócrates, Aristóteles, Platón, Homero, Dionisio, Diógenes, etc. Como se ve, aunque el libro original estaba en latín, predominaban los autores griegos.
Obras como la presente, y otras de Erasmo como los Adagios y los Coloquios, contienen lo que podríamos llamar semillas de filosofía o filosofía en su simiente, en más de un sentido, pues constituyen dichos o sentencias ante los cuales una de las primeras reflexiones que pueden suscitarse es la de por qué y cómo han llegado hasta nosotros. Si verdaderamente nada sucede por azar, y todo tiene una causa, especialmente aquello referido al pensamiento humano, el que estas sentencias lleguen hasta cada sucesiva época como el oleaje de un mar de cultura que baña a cada generación, es algo que da que pensar. Por más que cosas como el sistema educativo, la televisión y los medios conspiren para hacernos ignorar ese oleaje cultural, siguen permaneciendo esos pensamientos, que aun guardan tesoros para quien se adentra en ellos, con el pensar como única herramienta y como intención seria. En verdad, quien enfrenta así estos apotegmas, no sale con las manos vacías del encuentro. Esto nos lleva a otro sentido en el cual estos apotegmas son semilla de filosofía, que es el de reflexionar ante lo que allí se nos dice en sí. Olvidemos por un momento la época en que fue dicho, la cultura de donde procede, la lengua, el personaje que lo expresó. Midámoslo por el propio valor de sus palabras. Es una buena prueba, y es la que pone en práctica la mayoría de la gente común y corriente que, aun siendo culta, no posee ni tiene por qué poseer la formación de un estudiante de filosofía o de letras. Es para ese público de legos cultos para el que escribía también Erasmo, y entre ese público arraigó profundamente el interés, el gusto y el goce de la lectura de sus libros. Era, ciertamente, un público minoritario, aunque mucho más numeroso que el de los filósofos o los teólogos o los eruditos y las autoridades temporales o espirituales de la época. Y es la misma minoría mediana que siglos más tarde haría la revolución francesa, o las independencias latinoamericanas. Era la gente culta, pero no académica, acomodada, pero no rica, a la cual se dirigía Erasmo, porque, satisfecha en sus necesidades básicas, estaba hambrienta en lo espiritual. Por ello, eran los sectores que podían cambiar la situación de la cristiandad europea, y para ellos fue que Erasmo principalmente escribió sus libros, incluyendo el presente.
Aparentemente, Erasmo estructura esta obra según un orden de importancia de los filósofos griegos, desde los más sencillos hasta los más profundos. Primero concurren los apotegmas de "filósofos ilustres", luego los de los siete sabios de Grecia (aunque incluye a varios otros filósofos que no eran de ese grupo, y deja fuera a Cleóbulo y Quilón, que sí lo eran), y culmina con Platón y Aristóteles. La obra se tituló originalmente Libro de Apotegmas (Apophthegmata, en la edición príncipe latina de 1531). Como podría esperarse, en los comentarios de Erasmo a los pequeños textos traducidos podemos encontrar más de un leit motiv erasmiano: Temas como la primacía de lo moral, la búsqueda del conocimiento y el cultivo de sí mismo, y el énfasis en cualidades como la paciencia y la compasión, que contribuirían a erigir un ideal de tolerancia al cual aportó no poco el sabio holandés.
La presente edición aparece bajo un título parecido al original, y es una antología que comprende 594 aforismos. Miguel Morey Farré ha hecho la selección, así como el prólogo y las notas. Aunque en el pie editorial pone primera edición, en el prólogo Morey dice que ya había habido al menos dos traducciones castellanas casi contemporáneas a Erasmo de esta misma obra. Ambas fueron hechas en Amberes en 1549. La primera por el Bachiller Francisco Tamara y la segunda por el Médico Juan de Jarava, que además incorporaba otros contenidos además de los apotegmas. La edición presente es una revisión de la versión de Tamara. Morey aclara que, en esta versión actual de la obra de Erasmo, más que "una edición trufada por una sangría de notas críticas" prefiere "apostar decididamente por el gesto de la mera lectura y devolver a la luz al Erasmo que leyeron, y tal como lo leyeron nuestros clásicos ". Ello ha implicado, como lo declara Morey, varias decisiones, como la de actualizar la grafía y eliminar algunos arcaísmos, e inclusive respetar algunas inconsistencias de la primera traducción. Y en estas decisiones "el oído de lector, el olfato de escritor ha sido" como él dice "la principal guía en el momento de tratar de poner a prueba el umbral de nuestra tolerancia a una lectura pausada, capaz de ponderar el peso interno que tienen las palabras y de rumiar su aptitud mayéutica para llevarnos a ese lugar otro de donde brotan las preguntas y en donde se esconde el desafío de lo inteligible: el juego sin fin de la inteligencia" (p. 29). Son quizas decisiones respetables. Por otro lado, en la descripción que hace de Erasmo en el prólogo, Morey realiza ciertas afirmaciones que lucen un poco descaminadas o inexactas. En la página 16 nos dice que Erasmo "no es filósofo ni teólogo, es ante todo un moralista". Ciertamente, es esto último, y puede concederse que no fuera filósofo (quizá se habría ofendido de ser llamado así) pero es difícil despojarle de su categoría de teólogo, por los aportes fundamentales que dio a la teología. De acuerdo que no se quedaba en ser solo teólogo, pero no parece prudente despojarle de esa vocación a la cual dedicó tantas obras y trabajos. Es verdad que atacó mucho a teólogos, pero era a los que habían pervertido ese oficio, no al oficio mismo. A medida que uno empieza a conocer un poco mejor al personaje Erasmo, a través de sus biografías, sus escritos personales y sus obras, se da cuenta de sus limitaciones y grandezas (una de éstas últimas fue que no ocultó nunca aquellas) y por ello cuando el editor afirma que "sus críticas a los poderes profanos y religiosos de la época, sus contactos con Moro o Lutero, nos lo señalan con los rasgos firmes del reformador religioso" no podemos concordar con él, y creemos que el mismo Erasmo hubiese sonreído2 de un juicio semejante, pues muchos quienes han podido estudiar más profundamente la vida del gran humanista coinciden precisamente en que una de sus debilidades fue esa carencia de "rasgos firmes" mencionada. Si ciertamente Erasmo quería la reforma de la iglesia, no era un "reformador", y menos uno con "rasgos firmes" como Lutero o Calvino, quizá porque era demasiado razonable para un entusiasmo así, tan heroico y tan seguro de sí mismo y del error de los demás.
Sin embargo, nos parece que en la presente versión de los apotegmas de Erasmo, más que los tropiezos, resaltan los logros, que pueden evidenciarse en la calidad de la refundición nada fácil de esta obra en un castellano actual, y la acertada selección de los textos de la antología. Ciertamente, como dice el editor, es una obra que nos puede llevar no solo al interés en Erasmo y sus ideas, sino aun más, a intentar la reflexión sobre los cientos de temas allí planteados. Nos enlaza con ese mundo clásico, que no deja de lucir refrescante ante la compleja simpleza de la contemporaneidad, sobre todo a través de la sensatez del comentario erasmiano. En ese sentido, la presente edición puede verse como una contribución a la renovación de los estudios sobre Erasmo de Rotterdam y su valioso pensamiento.
Luis Vivanco Saavedra
Universidad del Zulia Venezuela
FITZGERALD, M.J.: Albert of Saxonys Twenty-five Disputed Questions on Logic, ed. Crítica, Brill, Leiden-Boston-Köln, 2002; pp. IX , 429.
Conocimos a Michael Fitzgerald en París, en junio de 1990, en ocasión de la celebración del Centenario de Alberto de Sajonia. Ya para entonces trabajaba en la preparación del volumen que hoy presentamos. Y nos consta que, desde entonces, el trabajo fue continuo y minucioso. No es de extrañar, por tanto, que el resultado haya sido el que ahora nos depara la prestigiosa Editorial Brill, como n. 79 de su Colección Studien und Texte zur Geistesgeschichte des Mittelalters.
Tradicionalmente se ha tenido a Guillermo Ockham como el gran tratadista de la suppositio medieval; una opinión que nuestra dedicación en algún momento al estudio de Alberto de Sajonia nos hizo más bien hacer recaer en este último. No sin motivo, cuando Boehner escribió su inconcluso estudio sobre la lógica medieval, y al momento de referirse a la suppositio, abandonó el texto de su admirado consodal Ockham, para centrarse en el del Maestro de París. Ello hace que celebremos de un modo especial la edición que presentamos, de la que no dudamos que contribuirá no poco a poner de relieve la figura de Albertucio.
El volumen se abre con una Introducción, en la que el autor discute con detalle la tradicionalmente alegada relación de magisterio de Juan Buridano respecto su alumno Alberto de Sajonia, inclinándose finalmente por negar tal relación, estableciendo más bien relaciones de afinidad entre la obra de Alberto y la de Maulfelt.
Con el mismo minucioso cuidado, la Introducción continúa estableciendo el orden cronológico en que, al entender del autor, fueron escritas las obras lógicas de Alberto. Su conclusión, de importancia para esta edición, es que la presente colección de estas 25 Quaestiones constituye una de las últimas obras lógicas salidas de la mano de Alberto, lo que les atribuye una especial relevancia, por cuanto expresarían el último y más maduro pensamiento lógico del autor. Este puede constituir uno de los principales argumentos para estimar esta colección. Alberto de Sajonia, más que un ecléctico en lógica, como ha sido catalogado en alguna ocasión (a nuestro entender, demasiado alegremente), fue un escritor del final de la Edad Media, con lo que pudo aprovechar muy bien y reelaborar toda la enseñanza que habían establecido precedentemente sus colegas.
Entrando ya en las Quaestiones, el autor hace la descripción de los manuscritos existentes, estableciendo el stemma entre ellos. Sin embargo nos dice que, para el establecimiento del texto, prefirió no prescindir de ninguno de los principales manuscritos, cuando cualquiera de ellos ilustraba un tópico filosófico más claramente, o proporcionaba información no contenida en los otros.
Por lo demás, la edición se nos presenta impecable: texto latino anotado y con su correspondiente apparatus, realizado éste y las Notas con precisa minuciosidad. Al texto, el autor añadió como Apéndices varios otros que juzgó pertinentes para entender mejor diversos aspectos de Alberto; textos no transcritos hasta ahora, con autoría del propio Alberto, Buridano y Estrodo.
Un muy completo Índice temático cierra el volumen. Índice que agradecemos de modo especial pues, por sus características, sospechamos que, en aras de su utilidad, el autor hubo de elaborar manualmente, y sin la comodidad (y consecuentes limitaciones para el posterior usuario) de una indexación electrónica.
Ángel Muñoz García
Universidad del Zulia - Venezuela
PENA GONZÁLEZ, M.A.: Francisco José de Jaca. La primera propuesta abolicionista de la esclavitud en el pensamiento hispano, Universidad Pontificia, Salamanca, 2003, pp. 433.
A finales del Siglo XVII coincidían en las cárceles de La Habana, rumbo a la metrópoli, dos misioneros capuchinos. Ambos, uno del oriente y otro del occidente, provenían de Venezuela. Su delito, haber predicado defendiendo la eliminación de la esclavitud de los negros en las Colonias. En su celda, ya no conventual sino carcelaria, los dos aprovecharían para poner por escrito sus alegatos sobre el tema, que conformarían lo que Pena González llama la primera propuesta abolicionista del mundo hispánico. Uno de tales escritos, la Resolución sobre la libertad de los negros y sus originarios, en estado de paganos y después ya cristianos, es el objeto de estudio de Pena González. Su autor, Francisco José de Jaca había misionado por los lados de Cartagena, donde unos años antes Alonso de Sandoval escribía su De instauranda Aethiopum salute y Pedro Claver se empeñaba en la catequización y liberación de los negros esclavos.
Se podría decir que hasta ahora sólo se conocía a estos dos Capuchinos referencialmente. Y que este volumen de Pena González resulta el primero que, específica y detalladamente, estudia la figura y principal escrito de Francisco José de Jaca. Su figura, por cuanto el autor recompone la biografía de José de Jaca, recabando datos documentales con los que cubre lagunas que, a veces, hacían incomprensible el desarrollo de la vida del misionero. Y su escrito, pues Pena González ha podido publicarlo completo, sin las omisiones que normalmente tenían ediciones anteriores. Y aquí radica el origen de los distintos intereses de la obra.
Porque en ella, quien esté interesado en el concepto de esclavitud en la antigüedad clásica y en la Edad Media podrá conseguir las ideas fundamentales que componen el hilo conductor de tal concepto. Igualmente, quien lo esté en el contexto histórico-teológico del mismo. Una amplia y sistematizada bibliografía de más de treinta páginas constituye una importante ayuda a quien quiera información acerca de los diferentes aspectos del tema de la esclavitud de los negros. El que busque elementos para la comprensión de la actividad de la Iglesia en referencia a la esclavitud de los negros, encontrará aquí amplia información sobre la llevada a cabo por la Orden Capuchina. Y, por supuesto, también el que quiera conocer ese trabajo específicamente en la Resolución de Francisco de Jaca, del que se hace un minucioso análisis.
Según Pena González, Francisco de Jaca enfoca el problema desde el punto de vista de los derechos humanos, y los derechos que el misionero llama "católicos y piadosos". Como observa Pena, ya esta misma división resulta novedosa, por cuanto que se trata la de los derechos humanos- de una expresión casi ausente en aquella época. Obviamente en tales derechos, y tras unas consideraciones acerca del hombre como imagen de Dios, Jaca estudia el tema en el Derecho Natural y el Derecho de Gentes, para concluir, en contra de las opiniones generalmente reinantes en el momento y de autores de peso como pudiera ser Molina y otros, que los argumentos que se daban en el momento la buena fe de los compradores de negros o la ignorancia invencible acerca de la licitud o ilicitud de la trata no podían considerarse válidos. Cuanto a los segundos, los derechos católicos y piadosos, Jaca no consigue explicación en la esclavitud del cristiano, una de cuyas condiciones es la libertad. Tampoco le convencen otros argumentos normalmente esgrimidos para mantener la esclavitud de los negros, así fuera sólo como mal menor: que los Reyes e incluso el Papa permitían la trata, o que ésta era necesaria para el bien de la república. La conclusión a que llega el misionero no es otra sino que ha de darse libertad a los negros esclavos y ha de restituírseles cuanto han producido con su trabajo.
Hemos aludido anteriormente al subtítulo del volumen, con el que Pena González manifiesta su convicción de que fue precisamente en Venezuela donde se lanzó, al menos en el mundo hispánico, el primer grito en contra de la esclavitud. Algo que pudiera resultar sorpresivo por decir lo menos a muchos. Pero en realidad ha de tenerse bien claro que si Alonso de Sandoval rompió armas por la evangelización de los esclavos, y si Pedro Claver compraba los esclavos que podía para ponerlos en libertad, la acción de Francisco de Jaca resultaría a la larga mucho más contundente: formular fundamentos racionales, y esgrimir los argumentos que convencieran a los legisladores a la abolición de la esclavitud. De hecho, nos dice el autor que Jaca influyó en la política indiana de Carlos II, quien, al menos, exigía el 5 de julio de 1685 al Consejo de Indias una información sobre la opinión de teólogos y togados sobre la licitud de la trata de negros.
El Doctor Miguel Anxo Pena González es Profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fueron varios los años que dedicó a muy diversas Bibliotecas y Archivos del Vaticano (Archivo Secreto, Archivo de Propaganda Fide, Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe), Sevilla (Archivo de Indias, Archivo General del Arzobispado) y Simancas, para poder redactar esta obra.
Ángel Muñoz García
Universidad del Zulia Venezuela
Notas
1 En Chuangtsé, así como en su predecesor Lao-tsé, y en otros taoístas, estos conceptos que aquí hemos mencionado: sencillez, inutilidad, humildad, son afines o cercanos al de vacío, el cual es un concepto clave en el pensamiento taoísta. En poesía son clásicas las obras como los Siete poemas estúpidos de Yao Ming-liang (siglo XVII).
2 Ciertamente, es difícil, conociendo un poco a Erasmo, imaginarlo "a lomos de su caballo, riendo a carcajadas" (p. 15). No porque careciera de humor, pues lo tenía, y mucho, pero una cosa es el humor y otra las risas, y por algo se ha dicho que "el peor humorismo es el que hace reír" (Pedro León Zapata).











