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Revista de Filosofía

versión impresa ISSN 0798-1171

RF v.25 n.55 Maracaibo abr. 2007

 

Historia de las ideas en Venezuela: Rodolfo Quintero

History of the Ideas in Venezuela: Rodolfo Quintero

Johan Méndez-Reyes

Universidad Pedagógica Experimental Libertador Rubio - Táchira

Resumen

Este trabajo aborda textos de las principales obras (Caminos para nuestros pueblos, Lecciones de sociología del Trabajo, Elementos para una sociología del Trabajo, entre otros) de Rodolfo Quintero, pensador marxista venezolano. Se analizan los fundamentos doctrinales de su pensamiento, su interpretación de la realidad, sus ideas en educación, política, y su concepción de la guerra, la paz, y el destino latinoamericano en relación al poderío estadounidense. Se resalta su propuesta de una sociedad sin clases sociales, donde todos estén interesados en el ascenso de la economía, la elevación del nivel de vida de los trabajadores, dentro de una sociedad socialista.

Palabras clave

Rodolfo Quintero, Historia de las ideas en Venezuela, cultura del petróleo, marxismo venezolano.

Abstract

This work deals with texts from the main works (Caminos para nuestros pueblos, Lecciones de sociología del Trabajo, Elementos para una sociología del Trabajo, among others) of Rodolfo Quintero, Venezuelan Marxist thinker. The doctrinal fundaments of his thought, his interpretation of reality, his ideas on education, politics, and his concept of war, peace, and Latin-American destiny in relation to United States power, are here examined. It is also outlined his proposal of a classless society, where everyone would be interested in the expansion of economy and the rising of the workers level of life, in the milieu of a socialist society.

Key words

Rodolfo Quintero, History of the ideas in Venezuela, oil culture, Latin American Marxism.

Recibido: 21-02-06 Aceptado: 22-01-07

Introducción

A pesar de que existen numerosas publicaciones sobre autores y temas que han signado el debate intelectual en nuestro país, la historia crítica de las ideas en Venezuela sigue siendo una tarea inconclusa. La mayor parte de las publicaciones conocidas se reduce básicamente a juntar textos considerados “clásicos” o bien a una presentación general de la vida y obra de algunos intelectuales reconocidos, pero desde una perspectiva más anecdótica que heurística.

Esta tendencia se comprueba particularmente en el caso que nos ocupa en el presente trabajo, donde el autor seleccionado, a pesar de haber participado de manera activa en la vida política nacional y hecho aportes fundamentales para el análisis de la sociedad venezolana, no ha sido lo suficientemente valorado. De allí que para comenzar a llenar este vacío, pretendemos en lo que sigue, hacer algunas consideraciones críticas sobre el papel desempeñado por Rodolfo Quintero (1909-1985) en la conformación del proceso histórico zuliano, venezolano y, en particular, en la comprensión de nuestra manera de ser.

A este respecto, y dada la clara orientación ideológica que tuvo nuestro autor, nuestra investigación habrá de considerar también el contexto en el cual surgen y se desarrollan las ideas marxistas en Venezuela, así como su influencia en el proceso de conformación de nuestra sociedad actual.

Vale adelantar, por otra parte, que esta influencia tuvo mucho que ver con la necesidad de contrarrestar el predominio ideológico que en todos los órdenes del ser y del hacer había logrado la doctrina positivista en Venezuela; hasta el punto de poder decir que casi desde su aparición misma en 1860 y hasta casi la mitad del siglo XX, fue con su ayuda y desde sus postulados que se plantearon y resolvieron problemas tanto políticos, como sociales e históricos.

Fue también durante esta misma época –en el siglo XX– que nuestros gobernantes comenzaron a asumir las tareas impuestas por los centros hegemónicos mundiales. Venezuela se abrió al monopolio extranjero, esto se debió en primer lugar, por la necesidad económica y social en que se encontraba, y en segundo lugar, por el acelerado proceso de industrialización de algunos países europeos –por ejemplo; el británico– y no europeos –como el estadounidense–, que a la larga se convertirían en una potencia mundial. Tal circunstancia será aprovechada para que estas empresas se atribuyeran el papel de nuevo emancipador de los pueblos del continente latinoamericano y con ello desarrollar su proyecto político-económico y militar trayendo como consecuencia la penetración e instalación de empresas extranjeras en nuestro territorio, lo que se hace particularmente posible por las condiciones de represión en que se gestó y mantuvo la larga dictadura de Juan Vicente Gómez.

Contra esta presencia foránea y particularmente contra la opresión ejercida por Gómez, una serie de intelectuales y estudiantes se organizan a partir de 1928 para provocar un cambio político y social. Entre ellos destacan Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Pío Tamayo, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Miguel Acosta Saignes, y Rodolfo Quintero, entre otros; quienes influidos por las doctrinas socialista y marxista y otras corrientes filosóficas, comienzan a hablar de redención social, de liberación de nuestros pueblos y de lucha antifeudal y antiimperialista.

La aparición en el escenario intelectual venezolano del marxismo a finales de la década de los treinta, contribuirá a acelerar el fin del predominio teórico del cual había gozado el Positivismo hasta entonces, abriendo así el paso a los cambios políticos que signarán la transición hacia el período democrático. La influencia ejercida por el marxismo hará que los debates que tienen lugar en los distintos ámbitos y géneros, giren en torno a la preocupación por la política expansionista de las potencias mundiales –en especial la de los Estados Unidos–, y a intentar explicar los fracasos de los proyectos integracionistas latinoamericanos.

Dentro de este contexto, –como ya se dijo–, se ubica el intelectual zuliano Rodolfo Quintero (1909-1985), quien junto a Pío Tamayo y otros pensadores, inspiró y propulsó la corriente marxista leninista en Venezuela, cuyas ondas habrían de expandirse con rapidez, particularmente en buena parte de la comunidad universitaria. Tanto uno como otro destacaron en las aulas universitarias por ser grandes defensores de la causa socialista, de las tesis del materialismo dialéctico e histórico, y por haber interpretado la realidad venezolana desde la perspectiva de la lucha de clase.

Hay que dejar claro, sin embargo, que la obra de Rodolfo Quintero no se circunscribe solamente a la defensa de los textos de Marx y Lenin, pues son también innegables sus dotes en el área de la filosofía clásica, la antropología, la sociología y la historia. Al efecto, vale señalar el análisis antropológico y sociológico que hace de las sociedades latinoamericanas y de la venezolana en particular, en el cual muestra la relación entre el estado de pobreza en que se encuentra nuestro país y la situación de coloniaje en que se ha desenvuelto su historia; esa relación constituye, a su juicio, la causa fundamental del estado de subdesarrollo de éstas sociedades. Como solución, Rodolfo Quintero plantea la necesidad de un cambio social desde las masas, pero que implique también a los administradores de la nación. Para ello se debe luchar contra los opuestos a la superación del subdesarrollo y enfrentar a los ideólogos del colonialismo moderno, asumiendo posiciones activas, para desenmascarar y silenciar a los empeñados en tergiversar la verdad1.

Por cuanto estos cambios deben surgir del seno mismo de la sociedad, es fundamental conocer los esfuerzos hechos en este sentido por los pueblos en el pasado, a fin de tener una idea más clara de hacia dónde se debe marchar. Hacer la historia científica de los pueblos latinoamericanos –resalta Quintero- es la tarea primordial, entendiendo que ésta no debe circunscribirse a la descripción de sucesos, sino que debe abocarse a analizar procesos reales y acontecimientos vivos, para de esta manera contribuir a propagar la fuerza conseguida por aquellos países que han sabido buscar, encontrar y seguir la vía de la independencia y el progreso2.

Con esta visión Quintero se suma a las nuevas corrientes que intentan explicar la historia de los pueblos como un proceso colectivo y no como resultado de la acción de los grandes hombres. Valga lo mencionado hasta aquí para llamar la atención sobre la necesidad de un tratamiento más riguroso de la obra de Rodolfo Quintero. Con la presente investigación pretendemos contribuir a esta valoración, acercándonos de manera crítica a su obra y profundizando en sus aportes a la filosofía, la política, la antropología y la sociología, resaltando al mismo tiempo la contextualización de estos enfoques en una visión histórica de la sociedad. Con ello queremos contribuir a la elaboración de una historia de las ideas en Venezuela, en tanto que nos estaremos ocupando de una época de trascendencia en el desenvolvimiento de nuestra vida intelectual, además de reflexionar sobre sus planteamientos y sobre el legado que nos dejó, en un momento en que se está debatiendo en las esferas del espacio público la reivindicación de las ideas socialistas, con el objeto de propulsar un cambio social.

1. Datos Biográficos

Rodolfo Quintero nació en Maracaibo (Estado Zulia) el 4 de diciembre de 1903, y murió en Caracas el 11 de noviembre de 1985. Fue etnólogo (Universidad Nacional Autónoma de México), Doctor en Ciencias Antropológicas (Universidad Central de Venezuela), profesor universitario, escritor, dirigente sindical y político. Usó los seudónimos Acero (Stalin), Doble Seis, Morrocoy Berd, y RQ, para protegerse. Hombre público de la “Generación del 28”, era estudiante en la Universidad Central de Venezuela durante los sucesos de la Semana del Estudiante de febrero de 1928. Encarcelado en el Castillo Libertador de Puerto Cabello, fue iniciado allí por Pío Tamayo en las ideas marxistas-leninistas; después fue enviado a las colonias de Palenque donde continuó su prisión (1928-1929).

Fue uno de los organizadores de la primera célula clandestina del Partido Comunista de Venezuela, creada en Marzo de 1931 y fundador en ese mismo año de la Sociedad Obrera de Mutuo Auxilio de los trabajadores petroleros de Cabimas (SOMAP), una de las primeras organizaciones gremiales de los trabajadores de la industria del petróleo.

Detenido en varias ocasiones entre 1931 y 1936, ocupó el cargo de Secretario General del Partido Republicano Progresista (PRP) en junio de 1936; más tarde se desempeñó como Secretario del Trabajo en el comité directivo central del movimiento de coalición que adoptó el nombre de Partido Democrático Nacional (PDN), en octubre de ese mismo año.

Ligado al movimiento obrero, Quintero fue uno de los principales dirigentes de la primera huelga petrolera que se dio en el país (de diciembre de 1936 a enero de 1937) y como consecuencia de ello, en marzo de 1937 fue expulsado de Venezuela, residiendo en Colombia hasta 1939.

Fue colaborador del semanario satírico El Morrocoy Azul, fundador y presidente del partido Unión Popular Venezolana (1944), nacido a raíz de sus diferencias con la política de conciliación de clases del PCV. Luego decidió participar en la fundación formal del Partido Comunista de Venezuela Unitario, en febrero de 1946, y del Partido Revolucionario del Proletariado, en octubre del mismo año. Expulsado nuevamente de Venezuela en 1949, se fue a México, donde cursó antropología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y tras el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958, se incorporó al trabajo universitario en la UCV, donde obtuvo el Doctorado en Ciencias Antropológicas y ejerció la docencia universitaria, sin dejar por ello ni su vinculación con el PCV, ni de participar en la fundación de la Central Unitaria de Trabajadores de Venezuela (CUTV) en 1963.

Quintero se labró una extensa y prolífica carrera universitaria, a lo largo de la cual analizó el movimiento obrero de Venezuela y los cambios que el petróleo produjo en la vida del venezolano. Durante ese tiempo fue docente en cátedras de las Escuelas de Sociología y Antropología, de Trabajo Social y de Historia, y miembro del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de esa casa de estudios. Igualmente fue presidente del Colegio de Sociólogos y Antropólogos de Venezuela, dirigió el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, fue Coordinador general de la obra colectiva Estudio de Caracas, editada por la UCV y de la investigación La independencia en Venezuela, también auspiciada por la UCV. Asimismo fue colaborador de reconocidas revistas científicas y culturales de los continentes americanos y europeos, manteniendo también presencia en varios periódicos de importancia nacional3.

2. Concepción marxista del autor sobre la sociedad y la historia

Rodolfo Quintero fue un estudioso de las teorías de Marx y Engels. Para él, el nacimiento del marxismo es el resultado de la reelaboración crítica de la evolución del pensamiento filosófico y sociológico de la humanidad, y su aparición tiene el carácter de una revolución en los campos de la filosofía, de la ciencia social y del pensamiento político.

Es el marxismo, dice Quintero, el que convierte al socialismo en ciencia, ya que antes éste era sólo utópico. Al respecto señala:

“Antes, como reglas generales, las teorías filosóficas y sociales negaban la existencia de leyes que presiden la historia de la sociedad, o las formulaban de manera arbitraria. El marxismo descubrió esas leyes objetivas y barriendo al idealismo da una explicación materialista de la historia…”4.

Gracias a la teoría de Marx y Engels –señala este marxista zuliano– la interpretación caótica y arbitraria de la historia, que imperaba hasta entonces, fue sustituida por un sistema ideológico, científico y armónico de la evolución social.

Marx no solo elaboró una teoría del cambio social, sino que se dedicó a la tarea de explicar y organizar la transformación de la sociedad capitalista. El Manifiesto Comunista, publicado en 1848, fue el primer llamado a la acción del movimiento socialista científico, y cada una de las obras de este pensador puede considerarse un aporte importante al conocimiento científico de la acción humana y de su historia. Para Quintero estaba claro que las propuestas de Marx habían ayudado a que los pueblos se organizaran en la búsqueda de la justicia social, con el fin de vivir en una sociedad sin diferencias de clases, donde no existan explotados ni oprimidos, ni marginalidad, ni pobreza; el marxismo había contribuido a la búsqueda de la conciencia social y había despertado la conciencia de los pueblos de todos los continentes, dando la respuesta buscada y esperada al problema de la lucha de clases del proletariado, haciéndole comprender a éste su misión histórica y señalándole caminos para su liberación. De hecho, la propia acción de Marx y Engels buscó responder a esta necesidad al asumir la tarea de fundar una asociación internacional de obreros como organización revolucionaria de clase5.

Como todos sabemos, el marxismo postula lo económico como el factor esencial sobre el cual se estructura la sociedad. Las demás manifestaciones de la cultura son superestructuras sociales, condicionadas por la infraestructura económica.

En la obra de Quintero se observan de manera implícita los tres postulados básicos del marxismo: la lucha de clases, la teoría del valor-trabajo y la ley de concentración de capitales, y sus propuestas siempre giran en torno a la propiedad colectiva de los instrumentos de producción y la rebelión de las clases desposeídas contra las clases poseedoras.

En este sentido, no le cabe duda alguna de que el marxismo es una síntesis científica de toda la experiencia del movimiento obrero revolucionario y de que como tal está íntimamente vinculado con la vida, con la actividad práctica revolucionaria de las masas oprimidas y explotadas. Quintero hizo de esta convicción una práctica de vida. Para él, hacer la historia científica de los pueblos latinoamericanos, no debe ser tarea sólo de historiadores sino también de filósofos, antropólogos y sociólogos, ya que el objetivo de la misma no puede ser únicamente describir hechos, sino analizar igualmente procesos reales y acontecimientos vivos.

En este sentido, la historia ha de ser concreta y su fuerza debe radicar en la verdad, en la forma de hacer llegar al pueblo los hechos y los pensamientos de los hombres para, “…forjar altas cualidades morales en las poblaciones y construir el porvenir”6.

Entendiendo la historia de esta manera, Quintero se dedica a hacer un estudio histórico detallado acerca del atraso en que se encuentran los pueblos latinoamericanos; atraso que a su entender se produjo por la penetración de modelos de planificación ajenos que engendraron inestabilidad social y que profundizaron los antagonismos existentes entre las clases que conformaban las sociedades latinoamericanas; es decir, profundizaron la contradicción entre las aspiraciones de la mayoría de mejorar sus condiciones de vida y el mero crecimiento económico, defendido por los grupos de poder. De allí que Quintero proponga la necesidad de diseñar caminos políticos diferentes al sistema actual que conduzcan al encuentro de soluciones para los problemas del desarrollo en nuestros países. Al respecto señala:

“… los diversos enfoques de éstos en el campo de la política expresados en técnicas de planeamiento, que como hemos dicho, no pueden estar signadas por tendencias a la repetición de la experiencias de las economías desarrolladas, creadoras del sistema de capitalismo mundial, porque el subdesarrollo es un fenómeno coetáneo del desarrollo; un orden socioeconómico con explicación filosófica”7.

En su obra Caminos para nuestros pueblos, Quintero analiza la realidad de nuestras sociedades, resaltando dos aspectos de gran trascendencia que nos describen la situación global, como lo son el desarrollo y el subdesarrollo. El subdesarrollo es el producto de una antinomia, de una contradicción dialéctica creada por la existencia de naciones avanzadas y naciones atrasadas. Las primeras, industrializadas, para seguir avanzando y no estancarse económica y socialmente mantienen a las otras, subdesarrolladas, sometidas a un ritmo lento de avance y le imprimen una dirección deformada. Las causas del subdesarrollo –según este intelectual zuliano– no son extrahistóricas, sino surgidas de condiciones bien conocidas dentro del desarrollo histórico de la humanidad y, en consecuencia, pueden eliminarse8.

El desarrollo –para este sociólogo– es un problema más amplio que el simple crecimiento del producto interno bruto, o la sola mejoría de los niveles de vida de la población. El término sustituye a otros usados antes, como “progreso” y “civilización”, que eran menos técnicos, quizás, pero que resultaban más comprehensivos. Por otra parte, las teorías del desarrollo económico surgen urgidas por la presión de las masas de los pueblos atrasados que subsisten en un ambiente de ingreso nacional medio y niveles de vida bajos, de insuficiencia alimenticia y bajo rendimiento agrícola, en un sistema comercial parasitario, con relaciones desfavorables en el comercio internacional y en el analfabetismo9.

Dentro de este marco de ideas, es notorio que el progreso de los países subdesarrollados es adverso a los intereses dominantes de las naciones con alto nivel de industrialización, y, en consecuencia, muy avanzadas. Los pueblos atrasados constituyen el hinterland de los países desarrollados, porque los abastecen de materias primas importantes y proporcionan beneficios y posibilidades de inversión a sus grandes empresas, interesadas en hacer de las zonas subdesarrolladas mercados de importación y exportación.

Desde su óptica marxista, Quintero ve una relación dialéctica entre el desarrollo y el subdesarrollo: las naciones subdesarrolladas producen materiales primarios que las desarrolladas elaboran. Esta relación conviene a las naciones desarrolladas y por eso se oponen a cualquier transformación de la misma. Por ende, los intereses de ambos son contradictorios y provocan conflictos, que sólo desaparecen cuando las naciones subdesarrolladas se desarrollan. Cuando esto ocurre, estas naciones conquistan su soberanía y marchan libremente por la ruta del progreso. Por ello, propone aplicar el marxismo, que “como teoría y como movimiento histórico, tiende a superar esta contradicción dialéctica, a conseguir que el hombre domine totalmente la historia” 10.

La tesis fundamental de Quintero consiste en que para superar el estado de pobreza en que viven los pueblos en América Latina, es necesario liberarse de la cultura de conquista, –que es entendida como patrón de vida con estructura y mecanismos de defensa propios; de modalidades y efectos sociales y psicológicos que deterioran las culturas “criollas” y tienen expresión en actividades, invenciones, instrumentos, equipo material y factores no materiales: lengua, arte, ciencia–. mediante profundas transformaciones de la estructura económica, política y social. Para ello propone los siguientes objetivos:

Eliminación de las relaciones precapitalistas en el campo y la realización de una reforma agraria que entregue las tierras improductivas y los latifundios a los campesinos.

-Recuperación de los monopolios extranjeros.

-Control nacional del comercio exterior.

-Establecimiento de una política tributaria con tasas altas y progresivas.

-Establecimiento de un sistema estricto de control de cambios.

-Establecimiento de un control de precios y un programa de contracción de gastos no esenciales.

-Ensanchamiento del sector estatal de la economía11.

Nuestro autor –siguiendo a Silvert12– considera que para que América Latina pueda salir del estado de pobreza en que se encuentra, su desarrollo económico debe implicar necesariamente una revolución social. Debido a que las experiencias históricas indican que las vías capitalistas utilizadas desde hace años carecen de efectividad como instrumento para eliminar los efectos que la cultura de conquista engendra, como el del subdesarrollo de los países de América Latina, se hace necesario encontrar vías de desarrollo no capitalistas, un camino lleno de posibilidades y facilidades para el encuentro de soluciones adecuadas a nuestros problemas.

Para Quintero, estos cambios sociales y culturales necesarios deben ser impulsados por las masas; éstas resuelven de modo práctico las contradicciones básicas del desarrollo social y hacen posible la transición de lo atrasado a lo progresivo. Sin embargo, dice, es necesario ayudar a crear las condiciones para que la fuerza del pueblo pueda actuar.

“El desarrollo de nuestros países existe como posibilidad, como programa. Las masas, con su actitud, pueden transformar la posibilidad en realidad, poner en práctica los planes de desarrollo, superar la fase del subdesarrollo. Estudiar el fenómeno del atraso y planificar el progreso no es suficiente; es necesario vencer las contraposibilidades del mismo” 13.

En otras palabras, el desarrollo en América Latina es un proceso cuya culminación exitosa no está determinada simplemente por los deseos subjetivos de sus poblaciones, sino que también proviene de tendencias objetivas en su marcha ascendente. Puede hablarse del progreso de las naciones latinoamericanas “cuando se producen cambios que mejoran efectivamente las condiciones de existencia de sus pobladores, desplazan la cultura de conquista y establecen regímenes socioeconómicos que aseguran la satisfacción de las necesidades de las masas populares” 14.

Resumiendo los objetivos principales de los cambios que configuran el desarrollo, éste resulta ser un proceso integral (económico, político, social y cultural), que en América Latina se identifica con la lucha de los pueblos por la libertad y el progreso; que no es espontáneo; que debe planificarse y dirigirse con la participación de las masas populares:

“Que los mecanismos de control de los factores económicos y sociales pasen a las manos del pueblo, será posible en la medida que la descripción y el análisis se realicen honrada y decididamente, luchando por una mejor y justa organización de la sociedad” 15.

Como corolario, podemos también decir que superar el subdesarrollo significa construir sociedades donde sus componentes dispongan de los bienes materiales e inmateriales indispensables para la satisfacción de sus necesidades. De allí el imperativo de una base humanista en toda programación de desarrollo, que es lo que puede darle verdadero sentido como movimiento progresista.

Desarrollo, pues, no es para Quintero sólo la construcción de grandes industrias y centrales eléctricas, producción de acero, etc., sino que todo esto esté al servicio del hombre. Se trata de una empresa histórica llena de sentido y de actualidad, que se propone rescatar al hombre latinoamericano total, prisionero hoy de la cultura de conquista. Se trata de rehacer las relaciones económicas, sociales y culturales y afincarlas en la persona humana. Para lograrlo es preciso formar sociedades de hombres útiles, estudiosos y creadores de lo material y lo inmaterial; hay que elevar el sentido moral que despierte la solidaridad entre los hombres y entre los pueblos, convertir la generosidad y la compresión en una virtud latinoamericana. De esta manera, se puede hacer de nuestros pueblos verdaderas naciones.

En Elementos para una sociología del trabajo Rodolfo Quintero expresa desde el punto de vista sociológico, su concepción marxista del trabajo, resaltando que existe una interrelación armónica entre la naturaleza y el hombre, producto del trabajo. La historia propiamente humana comienza con la producción de los medios de existencia y es la interacción entre el hombre productor y el medio el que impulsa formas sociales en movimientos.

El trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta el punto –dice Quintero–, de que en cierto sentido deberíamos afirmar que el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo:

“Al repercutir sobre el trabajo y el lenguaje el desarrollo del cerebro y de los sentidos puestos a su servicio, la conciencia más y más esclarecida, la capacidad de abstracción y de deducción, sirven de nuevos incentivos para que ambos sigan desarrollándose, en un proceso que no termina, ni mucho menos, en el momento en que el hombre se separa definitivamente del mono, sino que desde entonces difiere en cuanto al grado y la dirección, según los diferentes pueblos y diferentes épocas, que a veces se interrumpe, incluso, con retrocesos locales y temporales, pero que, visto en su conjunto, ha avanzado en formidables proporciones; poderosamente impulsado, de una parte, y de otra, encauzado en una dirección más definida por obra de un elemento que viene a sumarse a los anteriores, al aparecer el hombre ya acabado: La Sociedad” 16.

En este sentido, la vida en sociedad va capacitando a los hombres progresivamente para realizar acciones diversas con la finalidad de satisfacer necesidades de los individuos y del grupo. Todos los sistemas de producción conocidos han tenido como objetivo la consecución de un mayor rendimiento del trabajo, pero no hay que olvidar que la vida en la sociedad –señala este pensador zuliano– se basa en su producción material, que es la resultante del trabajo de los hombres que la integran. La producción, pues, es siempre social, y el trabajo es una actividad humana social porque es en grupo, y nunca solos, que los hombres luchan contra la naturaleza. Por eso, puede definirse el trabajo “como la actividad del hombre que persigue la trasformación y adaptación de los objetos de la naturaleza para satisfacer sus necesidades” 17.

Quintero –siguiendo a Marx– considera que el trabajo es una condición incesante que la naturaleza impone al hombre en todas las formas de vida social. Los hombres para poder producir necesitan formar parte de una organización social determinada, relacionarse entre sí, y estas relaciones incluyen las formas de la propiedad sobre los medios de producción, la situación que ocupan las clases en la producción, las relaciones entre ellas y las formas de distribución de lo que se produce. Según Marx, “… al actuar sobre la naturaleza que está fuera de él, a través del movimiento, y al transformarla, el hombre transforma también su propia naturaleza” 18.

Ardiente defensor de estas tesis, Rodolfo Quintero critica en contrapartida al positivismo por querer trasplantar a la sociedad las leyes de la naturaleza, aplicando a los fenómenos sociales conceptos de la física y de la biología. Al respecto señala: “… según el sistema positivista, las ciencias sociales ocupan el último lugar en la ordenación de las ciencias, pero esta ordenación es falsa y deforma las relaciones entre el hombre y la sociedad…”19.

En este sentido, la formación de las sociedades humanas, gracias al trabajo en común de sus componentes y al desarrollo del lenguaje y de las técnicas, ayudó –señala el autor– a crear la psicología que tiene ahora el hombre. Para este sociólogo zuliano, el hombre no existe fuera de la sociedad20, y es la persistencia y la continuidad de la integración social lo que caracteriza a la humanidad. Desde su nacimiento el ser humano se encuentra colocado dentro de un sistema de actos y respuestas tradicionales, por lo que lo que se llama “natural” o se atribuye a la “naturaleza humana” es, en verdad, producto del acondicionamiento social del hombre.

En sus análisis marxistas de la sociedad, este autor manifiesta que en la variedad de las formas de organización social se observa un recorrido de progreso. El hombre se desenvuelve y avanza durante el periodo del salvajismo, destacándose como un colaborador activo de la naturaleza; de allí pasa a ser creador de nuevos procesos, particularmente cuando domestica animales y plantas. En la fase de civilización hace rendir más su fuerza de trabajo hasta un extremo tal, que la mayoría de la población es “domesticada” al ser sometida a la esclavitud. En este sentido concluye que la evolución de la sociedad es la historia del dominio progresivo del hombre sobre la naturaleza 21.

Podemos notar que estas ideas planteadas por Quintero sobre la evolución de la sociedad y sobre la historia misma, discrepan claramente con las sostenidas por los positivistas, quienes parten tanto en uno como en otro caso, de una concepción mecánica del hombre, el cual, lejos de aparecer como un ente creador, es pensado como un elemento pasivo en el devenir histórico social y sobre el que influyen de manera determinante las condiciones geográficas. De hecho, para los positivistas, las acciones del hombre son el resultado de “... la raza, el clima, el medio físico y telúrico, la situación geográfica, la extensión territorial y cuantos rasgos especiales obran en cierto modo automáticamente en la existencia y el destino de las sociedades” 22.

La propia realidad se encarga, a juicio de Quintero, de demostrar la inconsistencia de las tesis positivistas, pues no logran explicar el hecho de que el control sobre el medio social –las relaciones de clases, de grupos, de individuos–, no haya sido alcanzado, en algunos aspectos, en proporciones similares a las del control sobre la naturaleza, que se logra por el conocimiento de ésta y progresa paralelamente a la sistematización de dicho conocimiento en las ciencias naturales.

De hecho, si las condiciones de la vida humana dependieran del sometimiento de las fuerzas naturales únicamente, desde hace bastante tiempo los hombres serían libres y vivirían con sus necesidades satisfechas, sin miseria y sin hambre, sin desocupaciones y sin guerrear los unos con los otros. Pero lo cierto es que, a pesar del gran desarrollo de la ciencia y de la técnica, muchos hombres viven en situaciones lamentables. Y esto sucede porque lo decisivo es la organización de la sociedad y las relaciones entre sus componentes, fundamentalmente las relaciones del trabajo23.

El hombre, gracias a la transformación que por el trabajo opera en la naturaleza y a la producción de bienes materiales, reforma la vida y la sociedad. Un objeto que no haya sido abordado por el trabajo y la práctica es un objeto misterioso24.

La práctica es ante todo la actividad productiva de los hombres, y sólo a merced de esta actividad puede existir la sociedad. La naturaleza suministra objetos, y el hombre con su trabajo los convierte para su beneficio colectivo. Las condiciones del trabajo caracterizan el ambiente social, el hombre modifica su contexto para poder vivir en armonía con la naturaleza.

Por otra parte, dice Quintero, al participar el hombre en la producción planificada debe encontrar el campo de acción para revelar y mejorar su capacidad de creación, por tanto se mueve en el campo de la libertad.

La libertad, según nuestro autor, y siguiendo a Marx, sólo puede florecer tomando como base la necesidad; y la condición fundamental para su florecimiento, es la reducción, por ejemplo, de las jornadas de trabajo, que se logra suprimiendo el modo capitalista de producción. “El tiempo libre, que es tanto el tiempo de asueto como el que se dedica a la realización de una actividad más elevada, convierte, naturalmente, a quien dispone de él en un sujeto distinto, y como tal se incorpora al proceso directo de la producción”25.

De la actividad del hombre depende el desarrollo de las fuerzas de la sociedad. Marx comentó justamente que los “hombres hacen su propia historia…”, y más adelante, “… pero no la hacen a su libre antojo, bajo circunstancias que se encuentran directamente, que existen y transmiten el pasado…”26.

El progreso es, pues, necesariamente el resultado del esfuerzo colectivo e individual de los hombres; efecto de la victoria de las fuerzas progresistas en la lucha contra las fuerzas reaccionarias –antiprogresistas–.

No se puede negar hoy que el progreso humano responda principalmente al desarrollo económico y social de la sociedad, y que sea impulsado por la elevación de la productividad del trabajo. Por ende, es necesario que haya una sociedad basada en valores humanos, en valores que no sean los de la compra venta. Cuando se habla de progreso, éste debe estar concebido para la felicidad del género humano, donde exista libertad para todos, y el trabajo puede contribuir efectivamente al progreso social.

A partir de esta concepción general sobre la sociedad y el trabajo, Rodolfo Quintero se aboca a estudiar la realidad venezolana y a tratar de identificar los factores que han servido y sirven de obstáculo en la búsqueda de un camino hacia esa sociedad justa que tanto desea. No tiene que andar mucho para encontrar la causa principal que ha impedido el desarrollo de las fuerzas sociales en Venezuela: el petróleo y el modelo cultural que con él se impone en el país.

La cultura del petróleo, dice, ha deteriorado a las culturas “criollas”, porque su esencia radica en la explotación del hombre y se sustenta sobre la doctrina consumista que deja a un lado la parte humana para centrar el sentido de la vida en la mercancía, y ésta se ha expandido en actividades, invenciones, instrumentos, equipos materiales y hasta en factores no materiales como la lengua, el arte, la ciencia, entre otras cosas.

Se trata de un estilo de vida definido por rasgos particulares, nacido en un contexto bien definido: la explotación de la riqueza petrolífera nacional por empresas monopolistas extranjeras. Entre los rasgos de vida propia de la cultura del petróleo predomina el sentido de dependencia y marginalidad, hasta el punto de que los más “transculturados” llegan a sentirse extranjeros en su propio país, tienden a imitar lo extraño y a subestimar lo nacional, piensan a la manera “petrolera” y para comunicarse con los demás manejan el “vocabulario del petróleo”.

Estos cambios afectaron todas las esferas de la vida social. Los portadores de la cultura del petróleo actuaron según patrones de la producción en serie y provocaron cambios en la indumentaria. “Habituaron a los venezolanos a la ropa de media confección, producida industrialmente y distribuida por cadenas poderosas de tiendas”27.

La penetración en la cultura nacional de elementos materiales de la cultura del petróleo: viviendas, alimentos, vestidos, es complementada por un conjunto de técnicas de propaganda del nuevo estilo de vida, a fin de crear en la población criolla hábitos que ayuden al desenvolvimiento de los mercados capitalistas: “Expresión de la cultura del petróleo en territorio venezolano son las construcciones verticales y los edificios de departamentos, aunque no sean necesarios, porque hay terreno suficiente. Pero imitan los rascacielos”28.

La cultura del petróleo –señala el autor– presiona igualmente a las culturas rurales para que modifiquen su escala de valores, hábitos y pautas, imponiendo una transformación que provoca ansiedad colectiva y engendrando situaciones conflictivas donde juegan sentimientos nacionalistas.

Esta cultura deja huellas grandes y profundas, formando lo que Quintero llama “hombres Creole” y “hombres Shell”, nacidos en el territorio venezolano pero que piensan y viven como extranjeros; hombres de las compañías y para las compañías, personas antinacionales, expresión de un mestizaje repugnante, resultado de una política de “relaciones humanas” aplicada por los colonialistas.

Lo grave, sin embargo, es que ella es primero impuesta y después es aprendida, pues dado que todo hombre es un ser histórico y que la cultura de la que forma parte cambia en el tiempo, los nuevos patrones se internalizan y pasan a la generación siguiente, reproduciendo en ésta el extrañamiento respecto a los valores propios y haciendo más profunda la dependencia respecto a los centros de poder.

Debido a las consecuencias negativas que esta cultura imperialista produce en la sociedad nacional, Quintero manifiesta que hay combatirla defendiendo la nuestra y creando ambientes favorables para la recuperación, entre otras, del grupo social de los trabajadores petroleros, y así hacer posible el renacimiento de las “ciudades-petróleo”.

Para Rodolfo Quintero, la cultura del petróleo destruye grupos sociales y ciudades. Debido a que flotan como objetos, los hombres que habitan en las “ciudades petróleo” se sienten vacíos, sin organización, educación, prestigio social ni protección jurídica. No tienen una filosofía de la vida auténtica, ni explicación de su propia existencia, y viven en un ambiente de ascenso vertical del consumo de aguardiente, del crimen, la prostitución y la homosexualidad. Por ello plantea la necesidad de su destrucción:

“La cultura del petróleo, creadora y destructora de los campamentos y las “ciudades petróleo”, surgen y dominan en países subdesarrollados como el nuestro. Es un complejo dinámico contrario al progreso nacional. De ahí la conveniencia y la necesidad de su desintegración, de su eliminación como sistema, como estilo de vida de los venezolanos”29.

Por la misma razón, la cultura del petróleo tiende a impedir que el hombre logre ser él mismo y vivir en un estado de síntesis creadora con otros seres o cosas: “No le permite pensar ni actuar por sí mismo, lo obliga a recurrir siempre a algo o a alguien exterior a él. Necesita reverencia, servir, odiar o combatir a alguien. Lo hace tenso, beligerante, violento, apasionado”30.

Por ello, desalojar la cultura del petróleo es aumentar las oportunidades del hombre venezolano para la satisfacción de sus necesidades, lo cual hace necesario crear un ambiente en el cual los trabajadores petroleros se vinculen y se interrelacionen con los demás pobladores fuera de los campos petroleros, de acuerdo con sus tradiciones, costumbres, lengua, de manera que vivan mejor en un marco de culturas nacionales y regionales enriquecidas gracias a los mecanismos propios de una verdadera transculturación31.

Rodolfo Quintero combatió fuertemente la cultura del petróleo, no sólo por ser extranjera, sino por traer hambre, miseria y desigualdad. Estaba convencido de que la cultura del petróleo había contribuido en alto grado a convertirnos en un pueblo dependiente, alienado, devenido en objeto de planes de los grandes imperios. Por ello, consideraba necesario luchar por sacarla de nuestro entorno y una vez desplazada aquella – la cultura hostil– correspondía a la nación dominar la tecnología y utilizarla para el progreso del país, así como dedicarse a rehacer las instituciones que la soportaban para limpiarlas de los elementos de dominación externa. La siguiente cita del autor, resume su espíritu de lucha contra esta cultura:

“Hablar de lucha contra la cultura del petróleo es plantear la necesidad de una lucha social. Elevar el nivel de conciencia de los hombres. Lucha inseparable de la lucha de clases, porque todo progreso cultural de las masas está ligado a un progreso de la conciencia de los conflictos fundamentales de la sociedad. Llevar a cabo en el terreno nacional la lucha concreta que reclama conocer con claridad quién es el enemigo mayor, donde están los contrarios y discernir entre quienes tienen un pensamiento diferente, quien puede ser aliado y aportar una colaboración efectiva a la construcción común”32.

En este sentido, hablar de lucha contra la cultura del petróleo es plantear una lucha social, la elevación de la conciencia de los venezolanos, inseparable de la lucha de clases, ya que todo progreso cultural de las masas está ligado a un progreso de la conciencia de los conflictos fundamentales de la sociedad. Una lucha que se enfrenta a problemas que exigen transformaciones estructurales, que da lugar a crisis, expresadas en una desorganización del orden social, provocada por la falta de capacidad de la sociedad para impulsar su desarrollo; crisis que, según Quintero, pueden ser superadas por las masas populares si éstas actúan con firmeza y están bien dirigidas; si persiguen la humanización de agrupamientos de venezolanos víctimas de la enajenación colonial, deshumanizados hoy por la acción dirigida de monopolios extranjeros que, al mismo tiempo que los explotan, los alejan de sus tradiciones, de su pasado histórico y cultural; haciendo de su ambiente natural y social un medio extraño, escarnecido, ridiculizado, interiorizado33.

Combatir la hegemonía de la cultura del petróleo, es combatir por la libertad del hombre venezolano, concebida ésta como la conciencia de la necesidad34. Y siendo así, cada paso de la población nacional hacia “el enriquecimiento de nuestras culturas arranca secretos a la naturaleza, da la medida de su libertad y, en consecuencia, la medida del progreso del país”35. En Antropología de las Ciudades Latinoamericanas36, Rodolfo Quintero se dedica a resaltar la importancia de la ciudad en la vida del hombre, en tanto permite asegurar el bienestar común, al tiempo que ofrece una explicación antropológica y sociológica de cómo han evolucionado las ciudades latinoamericanas.

Las ciudades, como todos sabemos, aparecen en la vida de los grupos humanos una vez que su organización social y niveles culturales les llevan a tratar de satisfacer las necesidades básicas en un ambiente controlado. De allí que el urbanismo tenga como finalidad “… hacer que las ciudades ofrezcan condiciones óptimas para la convivencia humana y con ella tener sociedades bien organizadas…”37.

Una ciudad –señala este pensador zuliano– puede ser considerada desde dos puntos de vista simultáneos. Por una parte, es el lugar donde un gran número de personas viven juntas con una densidad elevada. Un campo de deportes lleno de millares de fanáticos no puede considerarse una ciudad, puesto que éstos no viven allí, como “tampoco puede tenerse como ciudad a una aldea de 800 habitantes que viven en una superficie de seis hectáreas…”38.

Según Mauricio Gómez39, las ciudades no son meras agrupaciones de edificios, o tan sólo sistemas arteriales para la circulación de vehículos, su esencia es ese rostro de la sociedad y sus aspiraciones, expresado en la complejidad de un objeto material cuyos extraordinarios problemas y cuya importancia pública ha originado la moderna ciencia del urbanismo40.

Dentro de este marco de ideas, podemos entender que aunque la ciudad no determina la manera de vivir los hombres, sí la condiciona. Los habitantes de las ciudades son personas que defienden intereses diversos, que tienen ocupaciones especializadas y edades distintas, defienden ideologías diferentes, creencias religiosas e interrelaciones muy variadas; todo ello en el marco –señala Quintero– de los cambios que se operan en los medios de producción. Por ejemplo, al ser destruida la base económica feudal, y rotas las viejas relaciones entre los individuos y los grupos, se producen cambios en la manera de vivir y organizarse los habitantes de las ciudad. Aunque desde el punto de vista material ésta pueda permanecer la misma, cambia la funcionalidad de sus componentes y las creencias, profesiones e ideologías de quienes la habitan. La ciudad feudal no es la misma que la ciudad moderna donde funcionan sociedades urbanizadas capitalistas.

Ubicándose en el contexto latinoamericano, Quintero explica que a comienzos del siglo XX, en nuestras sociedades fue formándose un complejo de técnicas y relaciones sociales traídas desde afuera, llamadas por algunos autores islotes de modernismo o industrialización, por lo escasamente vinculadas al conjunto las ciudades latinoamericanas. Estos islotes asumen características semejantes a las denominadas “ciudades de tipo específico” –definidas por Pierre George41–, que nacen adheridas a un núcleo urbano de pequeñas dimensiones y de cultura criolla. Se conforman así ciudades mixtas en las que, alrededor de la ciudad nativa, van apareciendo barrios de rasgos extranjeros que la mayoría de las veces terminan por engullir la ciudad tradicional.

De esta manera, si bien es cierto que las ciudades son creadas por los hombres, en el caso de las grandes ciudades de América Latina éstas no son obra de los grupos humanos latinoamericanos, sino de grupos provenientes de otros lugares, de lo que resulta una ciudad que no tiene bien marcadas las huellas de nuestras culturas: son ciudades artificiales42. Como lo dijo José Martí: “… sólo perdura y es para bien la riqueza que se crea y la libertad que se conquista con las propias manos”43.

Para Quintero “Nuestras ciudades son producto e imagen de estructuras económicas de tipo capitalista, dependientes en forma sustantiva de factores de tipo externo”44. Esta circunstancia plantea, en consecuencia, la tarea de la transformación de las ciudades en espacios donde los criollos no sean unos extraños; en ambientes que faciliten la satisfacción de sus necesidades básicas. Sin embargo, no se trata de abandonar o destruir lo artificial en nuestras ciudades, sino de hacerlo útil para los grupos humanos que viven en ellas; se trata de impulsar el proceso de cambio social a través de la urbanización, denominada nativa o histórica, que garantice la creación de ciudades que satisfagan las necesidades materiales del pueblo y sus exigencias espirituales.

Quintero señala como causas históricas esenciales de la deformación de los procesos de urbanización en América Latina el capital extranjero y el latifundio precapitalista. El hombre del campo fue pasando, sin las transiciones necesarias, de su aldea a la ciudad, del trabajo en la agricultura al trabajo fabril, de un medio social a otro, generando los conocidos cinturones de miseria alrededor de estas ciudades artificiales.

Posteriormente, la miseria que se generó en las ciudades latinoamericanas se agudizó por la acción cada vez más intensa del capital extranjero monopolista. En el caso de Venezuela, por el capital petrolero fundamentalmente, donde las ganancias obtenidas podían haberse distribuido aunque fuera “desordenadamente” hasta el punto de que el proletariado “desconociera los extremos de la pobreza”; sin embargo, ocurrió injustamente lo contrario, olvidando a la población mayormente necesitada.

3. La universidad necesaria para la conformación de una nueva sociedad

En su obra Los estudiantes, Rodolfo Quintero no sólo resalta la importancia que tiene para una sociedad la educación en todos sus niveles, sino que también cree pertinente tener Universidades cuyos principios estén basados en la solidaridad y la justicia social, y no sólo circunscritos al carácter científico y tecnológico de las mismas.

Por otra parte, esta institución debe estar conformada por estudiantes de todas las clases, capaces de reflexionar y de luchar por su condición de vida. Y en lo que respecta a los profesores, el modelo de universidad necesaria comprende, en un primer plano, la formación y calificación continua de la docencia, descartando las improvisaciones. La única base –señala el Dr. Quintero– aconsejable en un proceso de selección de profesores ha de ser la idoneidad científica y pedagógica, comprobada en la práctica de manera democrática mediante verdaderos concursos, y la revalorización periódica de dicha idoneidad.

Para este intelectual zuliano, la universidad que necesita Venezuela sólo puede ser delineada desde un enfoque integral de la institución y su dinámica, no desde la suma de concepciones y planes acabados individuales. En su construcción deben participar universitarios de orientación progresista, sin discriminación alguna, con iguales responsabilidades, “… sólo así es posible plasmarla en un proyecto socialmente eficaz”45.

Desde este punto de vista, las universidades deben se consideradas como parte de las luchas por el progreso y la independencia nacional, con miras a la igualdad de clase y la justicia social. Por ello, hay que conectar la universidad a todos los espacios, a los reclamos de la industria, al campo, a la salud, al trabajo, a la vivienda, los servicios, etc., con el propósito de ofrecer soluciones palpables y que ayuden a consolidar la revolución científico-técnica46. Sin embargo la universidad debe ir todavía más allá:

“El cambio educativo planteado por la revolución científico-técnica es más acelerado que el proveniente del cambio social; es cierto que la época científica actual está ligada a una transformación social profunda, pero no depende mecánicamente de ésta”47.

La universidad necesaria ha de ser el producto de una síntesis creadora, impulsada por los cambios necesarios que demandan los problemas sociales del país. Ella tiene que convertirse en una institución apta para transformarse en centro elaborador de una cultura nacional, con docencia sensible a los cambios sociales que reclaman la estructura económica y social del país, que aporte con su acción específica al proceso de la revolución venezolana, y que entronque con las necesidades de la ciencia y del pueblo48.

La finalidad de la universidad necesaria es la de proporcionar al Estado los cuadros científicos y técnicos que exige un progreso independiente de los grandes imperios.

Por otra parte, la universidad necesaria, que es académica, jurídica y organizada, debe surtir las demandas del Estado con respecto a los profesionales, técnicos y científicos que se requieren para asegurar el bienestar común. En este sentido, su organización y funcionamiento debe dirigirse hacia un proceso de “proletarización” de los estudiantes de las disciplinas comprendidas en sus planes de estudios, a fin de que intereses una vez egresados, coincidan con los de la clase obrera y el pueblo.

Según Rodolfo Quintero, las sociedades latinoamericanas requieren de hombres nuevos capaces de asumir la defensa de la soberanía del pueblo y de utilizar los recursos naturales y humanos en pro de las mayorías. Estos hombres deberán formarse en la nueva universidad y no han de ser utilizadas por monopolistas extranjeros, cuyo beneficio es individual. Por ello, la universidad necesaria unida al pueblo, tendrá la responsabilidad de construir y poner en marcha un proyecto social, económico, político y cultural que incluya a las mayorías.

4. Lo humano ante la guerra y la paz

Un aspecto importante dentro del pensamiento de Rodolfo Quintero, es su concepción sobre la guerra y la paz. La guerra es para él violencia armada y organizada entre diferentes clases sociales o entre Estados y grupos de Estados que procuran objetivos políticos determinados, no alcanzados por otros medios y formas de lucha ideológicas, económicas, políticas. Haciendo un análisis histórico argumenta:

“Buena parte de las guerras habidas en el periodo de la esclavitud tenía como finalidad conseguir brazos esclavos; en el feudalismo hay guerras de rapiña y pillaje y persiguen la posesión de territorios con siervos adscritos. En los comienzos del capitalismo las guerras persiguen fundamentalmente la liquidación de los restos del feudalismo…”49.

De esta manera, la guerra es un aspecto del desarrollo social, depende del proceso de ese desarrollo y de las relaciones entre las clases y los Estados. Sin embargo, el fenómeno de la guerra no se identifica plenamente con el fenómeno de la lucha de clases, ni con el fenómeno de la política.

“… durante la guerra el fenómeno de la lucha de clases y el de la política tienen manifestaciones propias que pueden no ser de violencia armada. Tampoco puede aislarse de los otros fenómenos sociales…”50.

La guerra, para este zuliano, es un medio; sin embargo, dice, el sistema social del capitalismo monopolista la convierte en fin. Debido al aumento acelerado de sus necesidades materiales, el capitalismo impulsa el crecimiento del potencial económico de sus países, lo que lo obliga a intervenir directamente en otros países.

Dentro este marco de ideas, hay que resaltar que la política proyecta la guerra y crea las condiciones en lo económico y lo ideológico que facilitan su desarrollo. La guerra es entonces un fenómeno social que se desarrolla vinculado a la ideología política y a la ciencia y a otros factores de la conciencia social. Por tanto, constituye un aspecto de las “relaciones humanas”, funcionando en el ámbito de la moral: “El éxito en la guerra depende en alta proporción del estado de ánimo de las masas, que derraman su sangre en el campo de batalla”51.

Desde una perspectiva filosófica y según se deduce de lo expuesto hasta aquí, la guerra es la obra del hombre para destruir al hombre. Conocer cómo y para qué éste domina la naturaleza, por qué construye y perfecciona los instrumentos de su propia destrucción, es una de las contradicciones más esenciales entre el hombre y sus obras.

Compartimos con el autor su convicción de que la guerra es un fenómeno en contradicción con el esfuerzo constante del hombre para asegurar su bienestar, es decir su existencia se opone al afán humano de creación. Sin embargo, para el autor, la destrucción del hombre por el hombre puede llegar a ser parte de un proceso constructivo. La posibilidad y las circunstancias están registradas en la historia humana. Estas ideas de Quintero se asemejan a las planteadas por el positivismo, el cual considera a la guerra como una condición necesaria para el progreso del hombre, de la sociedad y por ende de la humanidad: “la guerra ha sido siempre, en todos los tiempos y países, uno de los factores poderosos en la evolución progresiva de la humanidad....”52.

Para el positivismo – y en el caso particular para Vallenilla Lanz– la guerra proviene de dos necesidades esenciales del hombre: la necesidad de conservación personal, lo cual lo lleva a defender y utilizar sus instintos agresivos para asegurar su supervivencia, y la necesidad de extensión, que lo lleva a dirigir su agresividad hacia la conquista de nuevas metas.

Siguiendo el esquema positivista, Vallenilla Lanz recurre a los principios de la ciencia para explicar esta necesidad de la guerra en la evolución de la humanidad. En este sentido, nos dice:

“La guerra es ante todo la expresión concreta de las necesidades de extensión y conservación personales... por ello siempre implica una necesidad de agresividad, de poder y la voluntad de usar la fuerza para alcanzar su fin los principios científicos cada vez más extendidos en el mundo comprueban que la humanidad no se transforma por obra y gracia de los ideólogos...”53.

La guerra, como tal, pude ser ofensiva o defensiva, según resulte de la primera o de la segunda de estas necesidades –extensión o conservación personal–, pero, en todo caso, siempre implica recurrir a la violencia para obtener su fin.

A pesar de la similitud, las ideas de Quintero sobre la guerra tienen algunas diferencias con el positivismo. Por ejemplo, para él existen “… guerras injustas y guerras justas, opuestas al progreso social y animadoras del mismo; guerras de dominio y guerras de liberación…”, y más adelante agrega: “… las que benefician sólo a un grupo reducido de personas y las que contribuyen al desarrollo de la humanidad…”54.

En otras palabras, Quintero justifica la guerra en algunas ocasiones. La guerra es justa cuando dentro de sus finalidades busca poner fin a la guerra como actividad permanente de los hombres, es decir, cuando busca librar a la humanidad de los efectos de este fenómeno, cuando se busca hacer guerra a la guerra.

La contradicción entre guerra y afán de creación del hombre es universal y absoluta, pues “prosigue aún en las oportunidades de coexistencia y conversión de una en otro, cuando toma formas particulares”55. De ahí que sea importante en la lucha de las sociedades por el progreso, eliminar uno de los contrarios, creando situaciones estables de paz, que es lo que le permitirá alcanzar plenamente el progreso.

La humanidad urge de mejoras, pero avanza poco en la ruta para conseguirlas porque derrocha sus grandes realizaciones en la guerra y en la preparación de la guerra. Contradictoriamente, el desarrollo de la ciencia y de la técnica que debería servir para resolver esos urgentes problemas de la humanidad han servido para hacer más “eficiente” la guerra para convertirla en un mecanismo de destrucción del hombre como especie. No deja de alertar Quintero sobre el daño que puede ocasionar a la vida en la tierra una posible tercera guerra mundial56. Corresponde al propio hombre impedir que ese mecanismo se ponga en marcha y para ello debe servirse también de la ciencia y de la técnica, para reducir sus terribles efectos57.

Por tanto, es sólo contra la guerra injusta que se justifica la organización de la guerra. Frente a los opresores, se justifica planificar una guerra que ofrezca posibilidades de rechazar en cualquier momento el ataque o de impedir el uso de armas nucleares. El agredido debe tomar la iniciativa estratégica, debe luchar para impedir que la propia especie humana desaparezca, y Quintero señala cuáles pueden ser las vías para lograrlo:

“El hombre hoy se prepara para una guerra contra la guerra. Planifica operaciones para eliminar efectos de las armas nucleares, destruir la base económica de la guerra, desorganizar el sistema de dirección estatal y militar que la hace posible, y derrotar los agresores”58.

Desde nuestra óptica la guerra es hoy un mal que atañe y afecta a la humanidad en su conjunto y la facultad de desatarla es utilizada como recurso por las grandes potencias para mantener su hegemonía sobre el globo terráqueo. Con el agravante de que las actuales formas de guerra permiten que sólo sean afectadas los otros, es decir aquellos pueblos sobre los cuales las grandes potencias desatan su ira, quedando indemne su propio territorio y población. En este sentido creemos pertinente utilizar todos los medios racionales posibles para combatir la guerra por la vía pacifica. Rodolfo Quintero diría: “hay que hacer la guerra justa”. La guerra injusta no ha sido, no es ni será una finalidad para la humanidad interesada en satisfacer sus necesidades. Ni mucho menos, un medio para progresar.

Finalmente, es necesario señalar que nuestro autor entiende que tanto el progreso de la humanidad como la preservación de toda la naturaleza viviente, conllevan un proceso de lucha contra la injusticia, aunque se adelante con el carácter de guerra. Dado que las causas de la guerra son propias de un sistema social injusto, necesario es luchar por superar ese sistema injusto. Sólo así, mediante la eliminación de las causas de las guerras injustas, quedarán sin fundamento las guerras justas.

De allí que Quintero considere indispensable la organización de los hombres a partir de una nueva visión del mundo, de un nuevo carácter, valores, hábitos y moral. Es necesaria la construcción de una sociedad de hombres conscientes que se interrelacionen íntimamente, y comprendan cuáles son los verdaderos objetivos de la sociedad. En otras palabras, es necesario crear una sociedad donde el hombre piense y actúe en pro de los intereses de la humanidad.

Desde esta perspectiva, la paz es entendida por Quintero como una lucha de transformación social. La construcción de un mundo sin guerras es el gran objetivo de la humanidad, la finalidad de los grupos humanos en la ruta del progreso social. Como fin, la paz es lo principal.

Según Quintero, la paz es obra de los hombres, así como lo es la guerra. Por ello, establecer la paz exige esfuerzos, exige una lucha constante por parte de esa inmensa mayoría de la humanidad que se muestra contraria a la práctica de la guerra.

La necesidad de vivir en paz está relacionada con la libertad y el bienestar de la humanidad, pero para gozar de ella en la actividad práctica es preciso poder aplicarla y actuar conforme con la necesidad hecha conciencia.

“La humanidad plantea siempre los problemas que es capaz de resolver. La eliminación de la guerra es una necesidad histórica y una posibilidad fortalecida ahora por la existencia de millones de personas que viven en sociedades contrarias a la guerra”59.

Un mundo pacifico es el ideal de la inmensa mayoría de los hombres que pueblan la Tierra, pero el sólo hecho de proclamarlo no basta para verlo realizado. Los hombres deben luchar para constituirlo. Al respecto señala Quintero: “A lo largo de los siglos los hombres soñaron con un regimen que librase a la humanidad de las guerras. El sueño se hace realidad si los hombres comienza a luchar para lograrlo…”60.

Por otra parte, la lucha por la conquista de la paz no es un proceso automático de desarrollo de la conciencia y la razón; por el contrario, el mismo no puede desligarse de los demás problemas sociales. Su éxito no lo predetermina el destino, sino la actividad y la organización de los hombres, su conocimiento de las condiciones y los objetivos de la lucha. El lograrlo no será fácil, pero ha de ser sin embargo la meta común de toda la humanidad pues de ello depende la propia supervivencia de la especie. Es necesario estar conciente de ello y es necesario estar dispuestos a correr el riesgo: “hay condiciones que favorecen ahora la lucha por la paz. Pero la labor de eliminar la guerra seguramente cueste a la humanidad, nuevas y grandes pérdidas de vidas y riquezas”61.

Conclusiones

De la lectura de la obra de Quintero surge un pensador denso, coherente y un brillante expositor del marxismo no sólo venezolano, sino también latinoamericano. Vale como prueba de ello su análisis filosófico, antropológico, y sociológico de las sociedades latinoamericanas y venezolanas, del que se puede afirmar sin vacilaciones que a pesar de los años transcurridos no ha perdido vigencia. De hecho los temas que estudió se mantienen en boga, pues su propuesta gira en torno a las raíces mismas de la modernidad política.

Quintero es también un reivindicador de los estudios de sociología y antropología como disciplinas científicas que pueden aportar muchas y nuevas alternativas para la comprensión de nuestra realidad latinoamericana y venezolana.

En efecto, hacer un análisis de la cultura del petróleo y mostrar el deterioro causado por ésta a las culturas “criollas”, tanto en sus manifestaciones materiales como formas de habitación, de movilización, de vestimenta, pero sobre todo en las no materiales como lengua, arte, ciencia, etc., constituye un valioso aporte de Quintero al diagnóstico de la sociedad venezolana.

La cultura del petróleo, muestra Quintero, ha contribuido en alto grado a convertirnos en un pueblo dependiente, alienado de sí mismo y fácil objeto de los planes de los grandes imperios. Resulta en consecuencia fundamental emprender una lucha colectiva por desplazar esa cultura del petróleo y apropiarnos del conocimiento tecnológico que la misma ha introducido en el país pero para orientarla hacia fines propios, hacia la consecución del progreso entendido como bienestar común, y no como beneficio de unos pocos.

La cultura del petróleo, muestra Quintero, ha contribuido en alto grado a convertirnos en un pueblo dependiente, alienado de sí mismo y fácil objeto de los planes de los grandes imperios. Resulta en consecuencia fundamental emprender una lucha colectiva por desplazar esa cultura del petróleo y apropiarnos del conocimiento tecnológico que la misma ha introducido en el país pero para orientarla hacia fines propios, hacia la consecución del progreso entendido como bienestar común, y no como beneficio de unos pocos.

Está conciente Quintero de que no puede construirse un sistema social acorde con las necesidades del pueblo sin antes erradicar de la sociedad este mal, y esto sólo puede lograrse a través de la educación, otorgándole al pueblo las herramientas necesarias para formarse, prepararse y desarrollar medios que le permitan combatir la injusticia social en que vive. De ahí la necesidad de caminos políticos que conduzcan al encuentro de soluciones para los problemas del desarrollo.

Desde una perspectiva sociológica y antropológica, la historia ha de ser también concreta; su fuerza radica en la verdad, en la forma de hacer llegar al pueblo, los hechos y los pensamientos de los hombres; para “…forjar altas cualidades morales en las poblaciones y construir el porvenir”62.

Consecuente con ello, su propuesta está dirigida a superar el estado de pobreza en que se encuentran los pueblos en América Latina, ayudando a esclarecer las vías que conducen hacia la liberación de la cultura de conquista; insistiendo en la necesidad de realizar profundas transformaciones de la estructura económica, política y social, las cuales deben ser llevadas a cabo por el pueblo a través de una revolución social.

Con respecto a la concepción del trabajo, Rodolfo Quintero lo concibe, desde un punto de vista sociológico y antropológico, como el cambio constante de acciones entre la naturaleza y el hombre. La historia propiamente humana comienza con la producción de los medios de existencia; la interacción entre el hombre productor y el medio le impulsa hacia formas sociales en movimiento.

El trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta el punto de afirmar que el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo.

Otro aporte a destacar tiene que ver con la educación, la cual, como ya apuntamos, constituye un elemento trasformador que permite la construcción de un hombre nuevo y de una sociedad próspera y distinta. La educación es el medio por excelencia para superar el atraso, herencia de nuestro pasado colonial y de la posterior imposición de la cultura del petróleo. Quintero considera –al igual que nuestro Libertador– “que la más dura esclavitud a que puede estar sometido un pueblo es la ignorancia”63.

En su obra Los Estudiantes, Rodolfo Quintero resalta la importancia que tiene para una sociedad la educación de los ciudadanos en todos los niveles de la misma. Al respecto, cree pertinente tener Universidades cuyos principios estén basados en la solidaridad y la justicia social, y que sean estos valores los que orienten el conocimiento científico y tecnológico.

Otro aspecto importante en el pensamiento de Quintero es su concepción sobre la guerra y la paz. La guerra es un fenómeno social que se desarrolla vinculado a la ideología política, la ciencia y a otros factores de la conciencia social. Por tanto, constituye un aspecto de las “relaciones humanas” que funciona en el ámbito de la moral.

Por otra parte, el desarrollo de la ciencia y de la técnica ha convertido el fenómeno de la guerra en un mecanismo de destrucción del hombre como especie, en tanto produce daños irreparables en las condiciones de vida sobre la tierra, Corresponde al propio hombre servirse también de la ciencia y de la técnica para reducir sus efectos terribles e impedir a toda costa que se ponga en marcha el mecanismo que desate una posible y quizás definitiva tercera guerra mundial.

Como contrapartida, la paz es considerada como una lucha de transformación social. La construcción de un mundo sin guerras es un gran objetivo de la humanidad; constituye la finalidad de los grupos humanos en la ruta del progreso social. Como fin, la paz es lo principal.

Para finalizar, hay que resaltar que Quintero propone una nueva sociedad sin clases sociales, donde todos sus integrantes estén interesados en el ascenso de la economía y en la elevación del nivel de vida de todos los trabajadores. Una nueva sociedad que será producto de una revolución socialista llevada a cabo por el pueblo, pues sólo la lucha del pueblo puede erradicar de la sociedad la explotación y hacer reinar la verdadera justicia social y la equidad entre sus habitantes.

Dejamos aquí, pues, estas reflexiones e inquietudes sobre la obra de Rodolfo quintero que consideramos guardan hoy por hoy algunas enseñanzas que es necesario rescatar y valorar.

Es un defensor a ultranza de la condición humana, su obra gira bajo la reivindicación social de los pueblos oprimidos por los grandes imperios capitalistas, sus trabajos desde la óptica antropológicas y sociológicas han hecho un aporte a la humanidad, haciendo una lectura de la realidad sencilla para comprender de manera más objetiva y científica nuestro pasado, abogando un cambio social, cultural, ideológico, político y económico de nuestros pueblos latinoamericano, donde su inmensa mayoría viven en las peores condiciones humanas en un territorio que es completamente rico en toda la extensión de la palabra. Como diría Quintero: “preparémonos en todos los niveles y hagamos justicia social”64.

Hemos tratado también de llamar la atención sobre el legado que nos ha dejado Rodolfo Quintero por medio de sus obras, injustamente olvidadas65.

Quintero supo valorar realmente la fuerza que tiene la ideología como elemento motor de una sociedad; toca ahora a nosotros aprovechar el poder ideológico de su obra; descubrir, rescatándola del olvido, su manera de comprender nuestras circunstancias, de entender un mundo cambiante, y con ello, de ayudarnos a construir una interpretación más cercana quizás a la realidad.

Estamos convencidos de que puestas sobre el tapete nacional sus ideas pueden servir en mucho para esclarecer el camino, sobre todo en un momento en el que se debate la reivindicación de la clase obrera, la justicia social, y la lucha contra el imperialismo.

Bibliografias

1.  HERNÁNDEZ, Luis Guillermo, PARRA, Jesús. Diccionario del Zulia. Edición Banco Occidental de Descuento, Maracaibo, 1999, p. 1803-1804.        [ Links ]

2. QUINTERO, Rodolfo: Caminos para nuestros pueblos. UCV Ediciones, Caracas, 1969, p. 89.        [ Links ]

3.  QUINTERO, Rodolfo.: Elementos para una sociología del trabajo. UCV, Caracas, 1963, p. 130. (en adelante, citado como Elementos.)        [ Links ]

4.  QUINTERO, Rodolfo: Caminos para nuestros pueblos. UCV. Caracas, 1969, p. 57. (Obra citada en adelante como Caminos.)        [ Links ]

5.  VALLENILLA LANZ, Laureano: Cesarismo Democrático, Monte Ávila Editores, Caracas, 1990 p. 86. (Este autor fue un importante representante del positivismo venezolano de la época del gomecismo.)        [ Links ]

Notas

1 QUINTERO, Rodolfo: Caminos para nuestros pueblos. UCV Ediciones, Caracas, 1969, p. 89.

2 QUINTERO, R.: Ob. cit., p. 101.

5 El programa y los estatutos de la Primera Internacional extendieron la influencia de la teoría marxista sobre los proletarios de los diferentes países del mundo.

6 QUINTERO, Rodolfo: Elementos..., p 11.

7 Ibid., p. 151.

8 QUINTERO, Rodolfo: Caminos para nuestros pueblos. UCV. Caracas, 1969, p. 57. Obra citada en adelante como Caminos...

9 Problemas que aún hoy en día se mantienen sin resolver, a pesar de que existen gobiernos que tienen esa intención pero que por tratarse de países subdesarrollados dentro de relaciones capitalistas, no logran romper el círculo vicioso de la dependencia.

10 QUINTERO, Rodolfo: Caminos..., p. 157.

11 Ibid. p. 159. Podemos notar, que estos planteamientos que hace Quintero en las décadas de los sesenta, han sido retomados por el Gobierno Bolivariano de Venezuela que desde 1999 y a partir de una nueva Constitución, ha elaborado leyes para combatir la pobreza en Venezuela y salir del subdesarrollo en que ésta se encuentra.

12 Antropólogo argentino que publicó La sociedad problema, una obra donde analiza los problemas de la pobreza en América Latina. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1962

13 Caminos..., p. 195.

14 Caminos..., p. 199.

15 Caminos..., p. 236.

16 Elementos..., p. 17.

17 Elementos..., p. 19.

18 MARX, Carlos: El Capital. F.C.E. México, p. 100.

19 Elementos..., p. 25.

20 Concepción antigua desde los primeros escritos filosóficos griegos, por ejemplo, en Aristóteles está ya presente esta tesis.

21 QUINTERO, Rodolfo. Elementos..., p. 21

22 VALLENILLA LANZ, Laureano: Cesarismo Democrático, Monte Ávila Editores, Caracas, 1990 p. 86. Este autor fue un importante representante del positivismo venezolano de la época del gomecismo.

23 Elementos..., p. 22.

24 Idea planteada ya por Marx en sus obras. (Cfr. El Capital. F.C.E. México, Escritos económicos varios. Editorial Grijalbo, S.A. México, 1962, y Sobre el sistema colonial del capitalismo, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1964).

25 Elementos..., p. 133.

26 MARX, Carlos: El Capital, p. 120.

27 QUINTERO, R.: El petróleo y nuestra sociedad. UCV, Caracas, 1970, p. 15.

28 QUINTERO, R.: La cultura del petróleo. UCV, Caracas, 1968, p. 22.

29 QUINTERO, R.: La cultura del petróleo, p. 82.

30 QUINTERO, R.: El petróleo y nuestra sociedad, p. 85.

31 Ibid., p. 69.

32 Ibid., p. 80.

33 Ibid., p. 77.

34 Para Quintero “…la liberación de las masas populares implica la liberación de la personalidad que ha sido apropiada por la cultura extranjera” cfr. El Petróleo y nuestra sociedad, p. 76.

35 Ibid., p. 80.

36 QUINTERO, R.:.Antropología de las ciudades latinoamericana. UCV, Caracas, 1964.

37 Ibid., p. 16.

38 Ibid., p. 77.

39 Arquitecto Mexicano, quien en su obra ¿Qué hacer por la ciudad de México? dice que las urbes del mundo son las huellas digitales que deja la cultura sobre la superficie del planeta.

40 Ciencia que es entendida por Quintero como cuerpo de estudios científicos interesados en la aparición, desarrollo y las consecuencias del fenómeno urbanización. La misma ha surgido por la preocupación y la finalidad de conocer al hombre y su sociedad.

41 Conferencia publicada por el Centro de Estudios de Problemas de Arquitectura de París. Traducción del profesor Eduardo Neira Alva. Punto, N° 9, septiembre, 1962, Caracas, cfr. QUINTERO, R.: Antropología de las ciudades latinoamericanas..., p. 92.

42 Las causas del subdesarrollo -una de cuyas manifestaciones es la ciudad artificial propia de un proceso de urbanización deformado-, resultan localizables en el desenvolvimiento histórico de la humanidad y pueden ser transformada.

43 MARTÍ, José: Obras completas. La Habana, 1957.

44 QUINTERO, R.: Ob. cit., p. 200.

45 QUINTERO, R.: Los estudiantes. UCV. Caracas, 1974, p. 88.

46 Con ello se ayuda a estructurar –según el Dr. Quintero- el frente nacional democrático y antiimperialista, con participación de profesores, estudiantes y trabajadores.

47 Ibid., p. 98

48 Ibid., p. 101.

49 QUINTERO, R.: El hombre y la guerra. UCV, Caracas, 1965, p. 26.

50 Ibid., p. 38.

51 Ibid., p. 33. Estas ideas son inspiradas por Lenin con su obra El Programa militar de la revolución obrera.

52 VALLENILLA, Lanz: Ob. cit., p. 386.

53 Ibid., p. 348.

54 Ibid., p. 348.

55 QUINTERO, R.: El hombre y la guerra, p. 70.

56 Ideas que fueron planteada por R. Quintero en la décadas de los 50 del siglo pasado.

57 QUINTERO, R.: Ob. cit., p. 82.

58 Idem, p. 82.

59 Ibid., p. 185.

60 Ibid., p. 186.

61 Ibid., p. 179.

62 QUINTERO, R.: Caminos para nuestros pueblos, p. 11.

63 QUINTERO, R.: Los estudiantes. p. 90.

64 QUINTERO, R.: Los estudiantes. p. 75.

65 A nivel internacional e incluso nacional, se ha debatido muy pocos sobres sus ideas, de hecho en Maracaibo y en nuestra ilustre Universidad –LUZ- se ha difundido poco sobre su obra.