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EPISTEME
versión impresa ISSN 0798-4324
EPISTEME vol.35 no.2 caracas dic. 2015
Recensiones
Jesús Ojeda1
1Instituto de Filosofía. E-mail del autor: ojedajesusdario@yahoo.es
iek, Slavoj., Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas (Islam and modernity: some blasphemic reflexions), traducción de María Tabuyo y Agustín López, España, Editorial Herder, 2015, 81 pp.
El filósofo esloveno Slavoj iek nos presenta este año 2015 un breve libro que se suma a su prolífica obra. Lo denominó Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas (Islam and modernity: some blasphemic reflexions), publicado por la editorial Herder y traducido por María Tabuyo y Agustín López. Como todos los títulos estilados por iek, este último es igualmente polémico e incómodo, pero a su vez nos da pistas para que, como lectores, nos ubiquemos en la cuestión a la que nos invita a pensar y discutir. El autor nos indica que hará unas reflexiones blasfemas. Quiere señalar con esto que dirá cosas que a los oídos de devotos pacatos o sostenedores de pensamientos dogmáticos e ideológicos sonarán a infamias a Dios, negligencia frente a lo sagrado o irrespeto a los fundadores religiosos.
Ahora bien, sobre qué versan estas reflexiones. Versan, fundamentalmente, sobre el islam como forma de vida y su historia. El libro se divide en tres apartados, mas no capítulos. Se diría que se trata de tres momentos, de tres acordes de una misma inquietud teórica. En el Punto de Partida, breve sección inicial, iek analiza un caso concreto que sucedió en Francia: el atentado, realizado por dos encapuchados, en las oficinas del periódico satírico Charlie Hebdo, ocurrido el 7 de enero de 2015, en el que hubo 12 muertos y 11 heridos. El motivo de este deplorable hecho parece ser la caricaturización irreverente de la figura de Mahoma. En ella el filósofo nos propone que aprendamos a deliberar acerca de los problemas en el momento de su aparición, porque el paso del tiempo no genera una verdad más equilibrada. Y pensar sobre este caso específico requiere moverse más allá de ese sentimiento de solidaridad ―yo soy Charlie (Je suis Charlie)― que es fruto espontáneo de una situación indignante. Así se podrán descubrir las razones de fondo, las falsedades que se esconden detrás de esos actos humanitarios que más bien forman parte de un espectáculo mediático con unos intereses políticos específicos. Una gran imagen nos muestra, por ejemplo, tomados de las manos algunos de los líderes más directamente responsables de la situación de desequilibrio mundial actual o el beneplácito general y aplauso a unos cuerpos de seguridad que por tradición han sido cuestionados por sus actuaciones. En fin, se presencia el triunfo de la ideología que arrasa con todo antagonismo. Para iek, en los procesos ideológicos no se busca enmascarar la realidad sino más bien dar insumos a una fantasía subconsciente colectiva que necesita estructurar dicha realidad social.
En el segundo apartado intitulado El islam como modo de vida, iek señala, en un primer momento, que se deben evitar las posiciones encubiertas o de mea culpa y condenar, sin reservas, los asesinatos que atentan contra las libertades humanas fundamentales. En otros términos, es perentorio rechazar todas aquellas justificaciones con las que se intentan atenuar los hechos terroristas análogos al de Charlie Hebdo, porque el problema de las argumentaciones psico-filosóficas manidas es que se podrían utilizar, igualmente, para justificar cualquier horror histórico como el hitleriano.
Lo importante para iek no son las cicatrices dejadas o las motivaciones que originaron los hechos, sino el proyecto político que emerge como reacción contra las injusticias. Por lo tanto, no habría que recurrir a la banalización del crimen con preguntas de este estilo: ¿Quiénes somos nosotros en Occidente, perpetradores de terribles matanzas en el Tercer Mundo, para condenar esos actos? Tampoco hay que justificar los hechos de intimidación desde los miedos de muchos izquierdistas liberales occidentales que se sienten culpables de islamofobia, ya que esta postura patológica, encarna, siguiendo a Lacan, claramente la paradoja del superego: cuanto más un individuo se atiene a la demanda del Otro (el partido, la ideología dominante, Dios, etc.), más culpable se siente por no estar a la altura de su cumplimiento. Asimismo, ha de evitarse el exceso o la demonización de los terroristas por cuanto de seguirse esta vía se vería la hoja parra mas no la desnudez.
Según iek, existen varias formas políticas de aproximarse al fenómeno dual de la radicación de los musulmanes y el sentido de tolerancia timorata de los liberales de izquierda. Una es la anticipada explicación dada por Friedrich Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra. De acuerdo con este filósofo alemán, Occidente se halla en la etapa del Último Hombre, vale decir, esa criatura que se encuentra inmersa en sandios placeres cotidianos, que no asume ningún riesgo y que la apatía la consume y paraliza, en fin, ese ser signado por el cansancio de la vida. Todo lo contrario se constata en los miembros de algunas tendencias religiosas de Oriente que están dispuestos a cualquier sacrificio incluyendo sus propias vidas.
El otro intérprete que va en esta misma dirección del filósofo, es el dramaturgo y poeta William Butler Yeats. En su poema La segunda venida dice lo siguiente: los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de intensidad apasionada. Nos quiere advertir con esto que los indicados para llevar las riendas de la historia son incapaces de implicarse en causas significativas para el ser humano, lo que deja el espacio para los fundamentalismos y toda forma de expresión de fanatismos racistas y sexistas.
Esta idea del escritor irlandés, de acuerdo con iek, no nos ayuda mucho a entender el verdadero problema porque habría que percatarse de que los que se hacen pasar por terroristas fundamentalistas no son tales. En realidad, detrás de sus actos lo que prevalece es resentimiento velado. No luchan por su identidad cultural sino que, como han interiorizado los valores occidentales, se miden desde esos parámetros y así escamotean sus propias convicciones de diferencia.
Para iek, este fundamentalismo falso es una reacción a las deficiencias de la izquierda liberal, dado que los principios medulares de esta corriente política ―libertad, igualdad, derechos humanos― no han tenido la suficiente fuerza persuasiva capaz de contener los efectos violentos de aquél. En realidad ambas posiciones terminan por retroalimentarse. Además ambas, como formas de vida, son expresión de la modernidad y se fundamentan en es imposible permanecer en silencio cuando nos enfrentamos a
, lo que equivale al concepto lacaniano l imposible-a-supportere; hay actos que ninguna de las dos aceptan porque se consideran lesivos a ciertos criterios de estabilidad social. De aquí que sea necesario, para mantener la facticidad de los valores occidentales, ir más allá de la tolerancia y aupar la contribución de una izquierda radical renovada, de una izquierda liberada de sus espantos históricos y complejos presentes, para lograr así que la base, en la que se apoyan los promotores de actos terroristas, se derribe. Aunque habría que advertir que para iek es un error no separar el universalismo liberal de las identidades étnicas sustanciales particulares porque como dice, en forma metafórica, al final de esta sección: aparte de manzanas, peras y uvas, debería haber un lugar para las frutas como tales.
Con el sugestivo nombre de Un vistazo a los archivos del islam, iek se aproxima, en esta última parte del libro, a la compleja situación contemporánea que se ha venido analizando. Inicia con la pregunta ¿Qué es el Islam, este exceso perturbador que representa Oriente para Occidente y Occidente para Oriente? Basa sus reflexiones en las investigaciones históricas y psicoanalíticas tanto de Fethi Benslama como de Eric Santner. El primero, a través de un análisis de los archivos del islam, escudriña los dogmas de esta religión escondidos en su soporte místico de Agar. El segundo, desde la figura de Moisés, establece una distinción entre el conjunto de narraciones míticas explícitas
―historia simbólica― y las prescripciones de carácter ideológico y ético que configuran la tradición de una determinada comunidad.
El filósofo esloveno establece una comparación entre el judaísmo y el islam, aunque dando mayor espacio a este último como se patentiza en el título del libro. El autor señala las diferencias que se encuentran entre estas dos religiones. En el judaísmo, su genealogía se sustenta en la lógica paternal de Dios, en cambio en el islamismo Alá no es padre, ni siquiera un padre simbólico, es un imposibleReal en sus dos dimensiones: por un lado, existe un abismo entre el hombre y la divinidad por lo que no es posible una relación simbólica entre el hombre y el puro Uno Trascendente y, por otra parte, este gran Otro funge como un superego que, en palabras de Lacan, exige sangre de manera continua. El islam fluctúa entre estas dos perspectivas inexorables.
Otra de las diferencias resaltada por iek es que el judaísmo se institucionalizó y se dotó de una iglesia mientras que en el islam la institución es realmente el Estado que realiza todas las funciones esenciales: establece la autoridad religiosa suprema, construye las mezquitas, crea las universidades y regula la educación religiosa, entre otras atribuciones.
En cuanto a las coincidencias, iek, a partir de la idea de Santner, sostiene que tanto en el islamismo como en el judaísmo se hallan dos niveles de lectura: la explícita y la implícita. Ser miembro de una comunidad religiosa supone la aceptación de ambos niveles de compromiso. Históricamente se ha dado de esta forma a pesar de los diferentes intentos por ocultar la parte no manifiesta, reacia al simbolismo. En cuanto a este nivel implícito, las dos religiones reprimen sus gestos fundadores, en donde las mujeres juegan un papel crucial.
En el caso del judaísmo, su dimensión oculta surge tanto de la figura de Moisés (su asesinato), tal como lo ha planteado Freud en su polémico libro Moisés y la religión monoteísta como de la de Abraham en su condición de extranjero (egipcio). No obstante, esta represión de la violencia fundadora ha sido el soporte fundamental que ha permitido que los judíos sobrevivan durante siglos.
En referencia al islam se tiene que decir que la historia de Agar no se menciona en el Corán, aun cuando esta esclava egipcia le dio al patriarca Abraham su primer hijo, Ismael. Pero su presencia femenina permanece de manera subterránea en los rituales del mahometismo, basta con apreciar, por ejemplo, la obligación que tienen los peregrinos, cuando se dirigen a la Meca, de recorrer seis veces las inmediaciones de las colinas de al-Safa y al-Marwah, con lo que se simboliza, según la tradición Hadith, la situación de Agar que desesperadamente estuvo buscando agua, para dar de beber a su hijo, hasta que un Ángel le señaló donde encontrarla.
En la figura de Agar se unen el judaísmo y el islam, a través de la relación de Isaac e Ismael y en la figura paradigmática de Abraham, el Padre de los creyentes. San Pablo da una versión cristiana de esta relación. Por un lado, se tiene a Isaac, equivalente al engendrado por un padre simbólico y, por el otro, a Ismael el uno biológico. Para iek esta interpretación es parcial porque se excluye una dimensión para imponer la otra con la finalidad de conjurar los acontecimientos desagradables y de difícil asimilación.
Otra mujer que dejó su impronta en los inicios del islam es Jadiya. iek nos recrea los sucesos en los que esta abnegada mujer ayuda a su esposo Mahoma en los momentos más embarazosos en los que éste tuvo dudas de su misión de portador de Dios. Jadiya, a través de la persuasión, la mostración y el apoyo marital, logró que el Profeta alcanzara la verdad y proyectara la religión a extensos territorios. El otro evento se relaciona con Abdallah, el padre de Mahoma. La historia de este personaje está marcada por dos mujeres: Amina y la otra. Una es la madre de Mahoma y de la otra lo que sabemos es que se negó a tener relaciones sexuales con Abdallah y que tiene la cualidad de ver más allá de la apariencia, del velo. Vio en Abdallah la falta de luz en sus ojos, lo que representa el esperma que éste había sembrado en Amina con el que se engendró al Profeta. Como en las otras ocasiones, es una mujer (extranjera) la que exterioriza la verdad que se esconde detrás de la normalidad. iek recrea este caso de Abdallah utilizando la novela policial, la anécdota entre los pintores Zeuxis y Parrhasios y la obra de Shakespeare Como gustéis. El uso de estos recursos literarios es una constante en todos los libros del filósofo.
iek, tras haber resaltado el hecho de que las religiones analizadas tienen una dependencia de lo femenino, sobre todo de la mujer extranjera, nos advertirá que no hay que ver un islam bueno que reverencia a las mujeres y un islam malo caracterizado por ocultar u oprimir a las mujeres. De lo que se trata es, más bien, de verlo como el paso de la mujer como la única que verifica la verdad misma a la mujer cuya naturaleza carece, muchas veces, de razón y fe, que hace trampa y miente y provoca a los hombres interponiéndose entre ellos y Dios como una nube perturbadora. La figura de la mujer siempre ha representado un escándalo ontológico o constitutivo en el asunto simbólico religioso. Su exposición a la luz pública es una ofensa a Dios. Esta perturbación permanece aun hoy, una muestra es la prohibición del estado francés de que las musulmanas lleven velo en las escuelas.
Todas estas ideas de iek lanzadas de manera provocativa y con reducidos pero contundentes apoyos argumentativos y documentales, es lo que hace de esta breve obra un punto de referencia polémico en torno al tema del islam y su relación con la cultura occidental. No hay duda de que no dejará indiferente a aquella persona que se aventure a leerlo.











