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versão impressa ISSN 1012-1587

Opcion v.25 n.58 Maracaibo abr. 2009

 

Boceto para un estudio de los nexos entre metáfora, discurso y teoría

Edgardo Adrián López

Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta (Unsa) Salta capital, provincia de Salta, Argentina edadrian@yahoo.com

Resumen

A través de una interpretación poco frecuente de parte de la teoría de Peirce e introduciendo así las disparadoras nociones de “prácticas” y “discursos” sociales, intentaremos desgranar tres grandes discursos. En este punto no únicamente intervendrían una polémica en derredor de la verdad y de lo que pueden enseñarnos en ciencias sociales los famosos teoremas de Kurt Gödel, sino también las cuestiones epistemológicas y semióticas acerca del referente “externo” (Greimas) y del estatuto de los objetos en tanto “concretos espirituales” (Marx, Althusser).

Palabras claves: Peirce, Greimas, Gödel, metáfora, Semiótica.

Outline for a study of the connections among metaphor, discourse and theory

Abstract

Through an unusual interpretation of part of Peirce’s theory introducing the thought-provoking notions of social “practice” and “discourse,” an attempt is made to describe three broad kinds of discourse. At this point, not only a polemic about the truth and what Kurt Gödel’s famous theorems can teach us in the social sciences, but also the epistemological and semiotic aspects regarding the referent “external” (Greimas) and the meaning of objects as the “spiritual concrete” (Marx, Althusser) would take part.

Key words: Peirce, Greimas, Gödel, metaphor, Semiotics.

Recibido: 9 de julio de 2007 Aceptado: 13 de febrero de 2008

“¡Qué caudal de observaciones pacientes, pero serenas, es menester ir recogiendo con respecto a los movimientos, en apariencia irregulares, de estos mundos desconocidos, antes de dar por seguro que no se dejó uno engañar por meras coincidencias y que nuestras previsiones no serán defraudadas, antes de formular las leyes ciertas, adquiridas a costa de experiencias crueles, que rigen esa astronomía de la pasión!”

Valentín Marcel Proust1

“[... Los] grandes científicos son también [...], grandes resistentes [...] Siguen su ritmo [, aun a costa de enormes dificultades en el desempeño de sus tareas...]

[...] Saber escribir es [...] liberar la vida [...] de las cárceles que el hombre [le construye.] Esto es resistir [...]”

Gilles Deleuze2

1. INTRODUCCIÓN: EL “DUENDE” (DE) PEIRCE

En el despliegue de lo por desarrollar, apelaremos a la “metodología” del comentario parsimonioso, sintomal3, de los autores que son la base del artículo (Peirce, Gödel, Lacan, Greimas). “Danzaremos” (con algo de gracia, con un poco de torpeza) los senderos que se abren, procurando una argumentación y una “técnica” de escritura, aprendida de Derrida, Proust, Engels, Deleuze, Marx y Lacan, que se apura en “series”, por “desvíos” y por “rulos”, en el despliegue de los temas. Ritmo que se extiende en pequeñas “espirales” o en andares zigzagueantes, como en un ritornelo4 o en un desvío que se desvía de sí, gestándose la sensación de hablar de múltiples temas que guardan “débiles” conexiones (en el fondo, este trabajo es una multiplicidad integrada por series de asuntos destejidos con alguna lentitud).

Es factible que surja la impresión de un transitar poco claro, de un razonamiento “caprichoso”, pero es el costo de las diseminaciones, de las derivas, de los nomadismos que se ubican entre el lábil espacio de la crítica (que no es ciencia) y el reglamentado5 topoi de la ciencia (que, excepto algunos saberes de la envergadura del Psicoanálisis o de la Semiótica, carece de la “flexibilidad” imprescindible para “curvarse” sobre sí, demoliendo los juegos y redes de poder en los que se halla involucrada).

Comenzaremos, entonces, por enunciar que en uno de los pasajes de la voluminosa obra del estadounidense (Peirce 1987; Zecchetto, 2005), parcialmente traducida al castellano, encontramos dos conceptos que integra al principio en su modelo “triádico”, pero que luego no vuelve a retomarlos como elementos de él (de haberlo efectuado de forma sistemática, el citado modelo no sería únicamente de tres elementos, sino de cinco;6 esto lo apuntamos en distintos escritos, por ejemplo, en Carrique y López, 2002; López, 2006a). El norteamericano excluido y denigrado por las instituciones académicas (Zecchetto, 2005), al punto de casi convertirlo en un verdadero mártir intelectual, opina que además del Fundamento, el signo se compone también de un “Metasigno” o Precepto de Explicación, el cual vendría a justificar la “racionalidad” del signo a partir de una suerte de “naturalización” de la vinculación entre signo, objeto significado y su contenido semiótico.7

El Precepto de Explicación, que entonces podríamos rebautizar como Mandato de Naturalización, Precepto de Legitimación o Principio de Racionalización, que es constituido por el mismo signo, pero con cierto funcionamiento “externo” que lo convierte en “Meta/signo”, exigiría, a su vez, otro Mandato de Naturalización. Este daría cuenta de la relación entre el “primer” Precepto y el signo. Como es dable apreciar, ese proceso continuaría al infinito8 y sería factible denominarlo “semiosis de legitimación”. Ella supone que en este continuo apelar del signo a un nuevo Principio de Racionalización que asuma la misión de “soldar” su estructura, habita una tendencia en el signo a “buscar” la legitimación de lo que es.

Empero lo que se manifiesta en realidad es que en virtud de que el flujo no concluye nunca, la pretensión de autolegitimación del signo se estrella contra la imposibilidad de “racionalizar” los procedimientos de legitimación mismos en tanto procedimientos racionales “per se” y absolutos. Lo sígnico no puede camuflar que es culturalmente arbitrario.

Ahora bien, sabemos que los enlaces entre las “partes” clásicas del signo peirciano son el Signo “en sí”, el Interpretante y el Objeto; sus relaciones suscitan por igual un movimiento que es infinito y que Peirce denomina “semiosis”. (Para distinguirla de la otra, la llamaremos “semiosis de significación”9). Tal vez ocurra que la semiosis infinita entre el Precepto de Legitimación, que asegura que el signo-todo es una globalidad autosubsistente, opere a modo de “base” de la semiosis abierta entre Representamen, Interpretante y Objeto: la tríada se perfila en esa legitimación, puesto que es motivada y no convencional.

En cualquier circunstancia, entre ambas semiosis sería creíble que haya una interacción dialéctica. F. i., quizá exista una retroinfluencia en la cual la semiosis de “racionalización” o “naturalización” apuntala la semiosis de significación, aun cuando esta no deja de hacer sentir sus influencias sobre la semiosis de legitimación. Si el signo acaba motivado, “legítimo”, “no arbitrario”, “no cultural” y “legalizado”, entonces la semiosis de significación resulta ser la que es o la que necesariamente debiera ser lo que es. En simultáneo, porque lo sígnico es motivado, queda justificada la semiosis de “racionalización” (el signo no arbitrario es el “único” signo que “mejor” se adecúa a lo que “nombra”).

Con el Fundamento acontece algo similar, puesto que la “base” del signo requerirá de otra que “encofre” el Fundamento, y así. Esta semiosis podría denominarse “semiosis de fundamentación”. Tal cual en la situación precedente, entre esa semiosis y la tríada sígnica puede haber una interacción dialéctica. Lo sígnico es motivado y legítimo en cuanto “deja hablar” al “ser” del mundo en su “transparencia”. Es lo sígnico que se halla fundamentado en ser lo que es por su “eficacia” a la hora de traer “ante los ojos” de la conciencia indagadora el corazón venenoso de los “entes”.10

Esta jerga cuasiheideggeriana y que se hace eco de las Metafísicas de la Conciencia, de la Presencia, del Sujeto y del Referente, no es el producto de la astucia de lo que, desmadejado, se cuela otra vez por una puerta trasera, sino que se trata de lexemas que nos vemos impelidos a utilizar con gran desazón de nuestra parte, con el objetivo de que lo por enunciar se torne inteligible.

Por añadidura, la invaginación de los “códigos” de la Metafísica en una teoría como la de Peirce, “reformulada”, explicita que hay al menos alguna solidaridad entre lo que él rubrica y los derrames metafísicos a que puede dar lugar11 y los rebalses, que nos permite explotar en positivo (ir a ítem 2). Por un lado, las dialécticas entre “semiosis de racionalización”, “semiosis de significación” y “semiosis de fundamentación” implican un signo que es lo que “presentifica” el “ser” tal cual es, al estar como signo legitimado, fundamentado y motivado. En eso se entromete la Metafísica. Pero en simultáneo, Peirce nos conduce al desmantelamiento de los tres grandes discursos del eurocentrismo cientificista, socavamiento que realizaremos en el “mojón” 2, en el instante debido.

El norteamericano, entonces, nos posibilita salir de la Metafísica, de la Filosofía, con algo de su metafísica. Esa fracción de metafísica que es útil para abandonar la Filosofía, la empleamos en calidad de herramienta para romper la “cerradura”, que vigila el propio Peirce, de su “casa” filosófica y que custodian las instituciones que acunan y consienten la Metafísica, la Filosofía, como lo que no podrá ser superado.12

Recuperando lo que tipeábamos previo a este excursus,13 es dable creer que el “feedback” dialéctico también puede entablarse entre la “semiosis de fundamentación” y la “semiosis de legitimación”. Lo sígnico se encuentra apuntalado en el grado en que el Metainterpretante, que es la cultura, la sociedad, “legaliza” un signo para un referente en cuanto el signo “más” idóneo. Al mismo tiempo, lo sígnico es lo “legal”14 en virtud de que se halla cementado como legítimo.

Por añadidura, podríamos sostener, sin forzar demasiado la teoría original del especialista en Geodesia, que el Fundamento del signo triádico es, en el fondo, la Práctica Social.15 Entonces, es probable que no tengamos inconvenientes en aceptar que el Principio de Racionalización16 sea el Discurso, en el sentido de un “haz de disposiciones” que contornea lo que está permitido, prohibido, aceptado, lo que es factible enunciar, etcétera. Id est, es el Discurso en la conceptuación de Eliseo Verón (1987) y de cierto Foucault (1991), y no en la de un Greimas y de innumerables semiólogos que homologan discurso con texto oral (Kristeva et ál., 1985).17

El diagrama de la página siguiente sintetizaría lo proferido hasta aquí.

Para no ser taxativos y llevar adelante con ese gesto una de las características del “Paradigma” de la Complejidad,18 que es el establecimiento de proposiciones flexibles, abiertas, provisorias,19 sería dable conceptuar que los enlaces enmarañados entre prácticas sociales y discursos son fundacionales de la relación fractal20 entre Signo (Representamen), Interpretante y Objeto, ya que, entre otros silogismos, el signo “global” acontece en el discurso y es actualizado por una praxis significante (au fond, cualquier práctica es social y es significante). En consecuencia, tendríamos que los nexos entre teoría y discurso vendrían inaugurados por el “cincelado” de un “fondo” de “racionalidad” a partir del cual es posible decir, observar, enunciar, pensar, imaginar y colocar en los devenires de la praxis algo significado.

2. TRES ENORMES DISCURSOS Y LA METAFÍSICA EUROCENTRISTA

Atendiendo al hecho de que el Principio de Racionalización puede ser el Discurso en su aspecto de Ley/Sentido que norma las acciones,21 quizá sea realizable una clasificación provisional22 de tres grandes “unidades” discursivas en cuanto formas de “racionalización”. En tanto maneras de “racionalización”, inciden en las prácticas críticas, en el ejercicio de la ciencia, en las praxis investigativas, en la puesta, en general, de la razón en operaciones.

Estos discursos serían, al mismo tiempo, el funcionamiento de algunos de los signos enumerados por el estadounidense, tomados como “sistemas”, “esquemas”, que enturbiarían el desarrollo de la ciencia, la argumentación de la crítica, etcétera. Así, el Ícono operaría como el “Discurso de la Representación”, el Índice, en calidad de “Discurso de la Causalidad”,23 y el Símbolo, a manera de “Discurso Fenomenológico”, puesto que, según Peirce, el mencionado signo es la “cosa” misma en su “interioridad”. Las fisuras y las “líneas de fuga” (Deleuze y Parnet, 2007) de las que sería capaz una teoría se hallarían condicionadas por las relaciones entre estos tipos de signos y los discursos a los que dan “alimento” luego de sistematizarse como Ley/Sentido.

Por lo demás y siguiendo a Derrida (de quien, al igual que de Proust, mis muertos queridos, casi no puedo hablar...), tan de luto por su Argelia a la que abandonó para aceptar ser colonizado por la agresiva Francia, a los fines de intentar, en un corsé plagado de impotencias y barreras de toda índole, deconstruir las infinitas facetas del Discurso del Amo, sería enunciable que el Símbolo, el Índice y el Ícono, junto a los discursos asociados, anidarían el propio Discurso interminable de la Metafísica eurocentrista. Filosofía violenta que sería imperial, colonialista y legitimadora de la alucinada “supremacía” de la cultura occidental (Derrida, 1971, 1975, 1977). “Supremacía” que se apoyaría en la sugestión “indiscutible” de ser la inventora de la ciencia, sin (querer) recordar que un cuestionado antropólogo mostró que ese saber tan sobreestimado no es más que el pensamiento autoritariamente “domesticado” y perteneciente a unos “indios” peculiares, que son los “blancos” europeos.24

3. HORIZONTES TEÓRICOS: EL CAMPO  DE LA METÁFORA, EL DISCURSO IMPERIAL DE LA CIENCIA Y EL PROBLEMA DE LA VERDAD

Hemos puesto en consideración la pertinencia de la noción de “discurso” a través de un Peirce un tanto “irreconocible”, para desembarcar en la existencia de tres grandes discursos que entorpecen con sus rasgos mitometafísicos un ejercicio del pensamiento, de la crítica, de la razón y de la ciencia que no sean ingenuos en relación con el referente, la causalidad y los fenómenos.

Para completar lo que anhelamos en esa empresa que puede ser catalogada de “idealista”, cuando es profundamente materialista, puesto que de lo que se construye como referente conocemos lo que hemos elaborado en cuanto tal, habrá que aludir ahora a la “verdad”.

Subrayamos que esta toma de posición es consecuentemente marxista y materialista, porque de lo que imaginamos como causas sabemos lo que nuestros puntos de partida idearon en calidad de causas y por cuanto lo que denominamos “fenómenos” es lo que opacamos con el lenguaje. Únicamente para soviéticos y leninistas testarudos y que se quedaron en 1909, con la edición de Materialismo y empiriocriticismo (Lenin, 1973), el materialismo puede significar la torpeza materialista de ignorar lo que nos regaló el Psicoanálisis, la Semiótica, la teoría de la enunciación, la teoría de los discursos, entre otros saberes. La postura materialista de avanzada, y que haría orgulloso al cofundador del Partido Comunista, es aceptar que entre el signo y la “cosa” palpita un “abismo” que es “llenado”, aunque no del todo, por el Metainterpretante, que es la sociedad con su modo de producción y sus luchas.

Por su lado, las conexiones entre metáfora y teoría, si bien no son separables de lo subrayado en el apartado 2, pondrían en crisis la pretensión del discurso científico de operar fuera del Campo de la Metáfora.25 Los contactos entre dicho campo y la teoría tal vez reforzarían los estudios disparadores de Julia Kristeva, injustamente “repudiada” por Greimas y su equipo, investigaciones que postulan que el texto poético se transformaría en el Archi/Discurso y en el “esquema” de cualquier proceso de significación. En particular, el texto poético sería la Metalógica del discurso de la ciencia (Kristeva, 1981, 1983).

En otro plano de sentencias, pero acodados en la deconstrucción insondable de la ciencia que intentamos concretar, un teórico conservador de la Historia, Jerzy Topolsky26 (1985:41 y ss.), expone algunas consideraciones que ayudarían a desmantelar el Logos de la Representación, hermanado por nosotros con el Ícono de Peirce:

a) La inferencia no es una simple cuestión de lógica formal, sino que es

“[...] un proceso mental [que consiste] en la aceptación de [una] conclusión, a partir [de una] relación entre las premisas” (1985: nota 5 de p. 38), “psicologismo” que fue rechazado furiosamente por Husserl (1997a).

b) Elucubra una “definición”27 semántica de la “verdad” que nos libra del positivismo que se reproduce por doquier, y hasta en las tomas de partido que son menos positivistas, respecto a concebir que lo verdadero es una adecuación entre la sentencia “p” y el referente “r”.

La alternativa que ofrece Topolsky, radical en contraposición a sus demoledores reparos hacia Marx,28 consiste en que una proposición “p” (formulada en lenguaje objeto) es verdadera si y solo si hay una proposición “p’” también verdadera (formulada en el metalenguaje que es la teoría), perteneciente a un “modelo”. En suma, es casi la postura althusseriana respecto a que lo que se “constata” no es la justeza de lo dicho con relación a lo “real”, sino la lógica “interna” de la teoría o Generalidad II (Althusser, 1973). Id est, una proposición “p” es “verdadera” si puede ser enviada a un “modelo” que la “valide”, a partir de que la proposición “p’” ya está confirmada como verdadera. En alguna medida, “p” debe ser un “clon” de “p’”, metonimia (la verdad de “p” coincide con la de “p’”) y metáfora (la verdad de “p” es como la de “p’”). En síntesis, mímesis, metáfora y metonimia.

Por descontado, el “modelo” a partir del cual se infiere la verdad de “p” por comparación con la de “p’” funciona a modo de un campo metafórico que “legitima” la circunstancia de que “p” sea como “p’”.

A nuestro entender, la “definición” semántica de la verdad implica que “p” tiene un significado verdadero si “p’” se lo “dona” desde un “modelo”, es decir, si el “modelo” funciona como un horizonte de Ley/Sentido. Lo que supone, a su vez, que la inferencia, debido a que concluye en una proposición del formato “p deriva de p’”, es un proceso de metaforización: la demostración de “p” es como la deducción de “p’” en el “modelo” (“p’” que a su tiempo derivará de otro enunciado...).

A lo explanado es factible agregar:

c) Debido a que establecer la existencia de un referente “extradiscursivo” es algo problemático,29 la ciencia tiene que metaforizar,30 en razón de que no puede demostrar el valor de verdad del supuesto del “Ser” (cf. infra). A partir de que el Ser no es demostrable y está en “retirada”, hay metaforización de su “ausencia” e indecibilidad (Derrida, 1989).

d) Insiste un poderhacer en la metaforización y en ella se inventa un “objeto” que es deseable, esto es, se elige, entre múltiples posibles objetos de análisis, uno que responde a los anhelos del investigador. En esto no se aprecia nada a censurar; lo que el científico tiene que explicitar es cuáles son los deseos que lo condujeron a elaborar de tal y tal manera su objeto, lo que se logra con el autosociopsicoanálisis recomendado por Bourdieu et ál. (1995).

e) La metaforización en liza construye el discurso científico en tanto determinado hacer-hacer, podersaber y hacer/saber.

f) Los teoremas de Gödel, que emplearemos para redondear la demostración acerca del estatuto de un referente “extradiscursivo”, pueden interpretarse analógicamente31 como que determinados conceptos, propiedades y enunciados son decidibles si la metáfora que los estudia queda “fuera” de la polémica. F. e., puedo argumentar sobre la verdad de las proposiciones en la medida en que el concepto “verdad” no pretenda ser definido con rigor. De hecho, esta es una de las sorprendentes conclusiones de Gödel (1981c) respecto a que nociones como “número”, “verdad”, etcétera, nucleares en las Matemáticas, no pueden ser acotadas, sino que se tienen que aceptar como axiomas para comenzar a inferir otras sentencias.32

g) El funcionamiento de la metaforización conduce a que la metáfora sea, en algún punto, metonimia y mímesis. En efecto, la metáfora no es, literalmente, el objeto metaforizado (Derrida, 1989). Por ende, adopta el “todo” del objeto a través de una “parte” que es metaforizada como la “cosa” misma (López, 2006c).

La mímesis, por su lado, no deja de intervenir, ya que mima el objeto bajo las figuras de la metáforametonimia. Cabe añadir que no estamos de acuerdo con los análisis que requieren un corte extremo entre ambos elementos de la retórica, puesto que son adecuadas las preguntas: ¿ese hiato no toma metafóricamente lo que sería la separación en general, y no lo significa metonímicamente? La metáfora, al no abrazar en su totalidad lo que significa, ¿no es ya metonimia? Y esta, ¿no metaforiza el conjunto que bordea, en la débil fracción que efectivamente esculpe?33

h) Respecto a la verdad, la imbricación de cinta de Möebius entre metáfora y metonimia ocasiona que lo verdadero sea una metáfora, que al hablar del referente interno respecto del discurso, adopte una “parte” en lugar del “todo” (el referente interno mencionado por la “realidad” a secas). Además, causa que la proposición “p”, al ser como “p’”, metaforice metonímicamente la “realidad” y, por un juego de espejos, haga de esa construcción la “representación” exacta del referente “externo” al discurso, legitimando la metaforización interna del “modelo”.

i) El “modelo” coloca, entonces, “afuera” lo que ya tiene “dentro”, pero crea la ilusión de que lo que le es “interno” a él no es sino la metáfora fiel y sin un plus ingobernable, del Ser “puro”.

4. DISCUSIÓN. ¿HAY REFERENTE “EXTERNO”? “RESPUESTAS” DESDE ALGUNA SEMIÓTICA MATERIALISTA

Para desacelerarnos y a modo de una reseña de lo argüido hasta el momento, diremos que el apartado 1 elevó una interpretación poco frecuente de un segmento de la teoría de Charles Sanders Peirce a los fines de introducir las nociones de “prácticas” y de “discursos” sociales. Con ello quedaba preparado el terreno para desgranar tres grandes discursos que serían facetas de las mitofilosofías socavadas por el materialista trabajo de Derrida (2), mitometafísicas que les compelería a las ciencias fundamentar, como el Lenin de 1909,34 un materialismo que, entonces, se volvería lo contrario de sí, esto es, se tornaría idealismo (Lenin, 1973).

En el ítem precedente se polemizó en torno a uno de los ejes más sensibles del discurso científico, cual es el inagotable problema de la verdad (3). Se mencionaron los resultados obtenidos por Gödel (198 1b) y lo que se podría conseguir si aplicamos por analogía sus deducciones al tema de si existe o no un referente externo respecto del discurso.

A continuación abordaremos este asunto para concluir con las notas posibles para un estudio más sistemático y menos “barroco” de los nexos entre metáfora, teoría y discurso, reforzando lo adelantado en la síntesis del apartado 2.

Greimas, en su admirable texto que habla de los vínculos entre la Semiótica y el resto de las ciencias sociales (1980),35 deja en la periferia la cuestión de si hay o no un referente externo, y se limita a indicar que ningún discurso puede alcanzar ese supuesto referente. Observado el argumento en perspectiva, es consistente afirmar que para que la ciencia sea ciencia tiene que abandonar de una buena vez la agobiante pretensión positivista y de realismo ingenuo de apelar a la llamada “realidad” para justificar su cientificidad.

Este paso no es imprescindible para ratificar la cientificidad de las ciencias y acarrea más inconvenientes que soluciones, desbarajustes que Derrida explicitó al deconstruir los platonismos en los que nos empozamos cuando insistimos obcecadamente en cimentar, de modo torpemente “materialista”, la existencia de lo real. Sin embargo y tal como lo adelantamos supra, las ciencias apelan a una artimaña discursiva que se resume en manipularnos para que creamos que el referente interno que elaboran es el referente externo sin más.

Para cortar con cualquier acusación de querer negar la “realidad” (e.g., como lo haría un leninista recalcitrante), sostendremos que es ocioso embargarse en la demostración sobre la existencia de lo real. Únicamente intelectuales alejados de los imperativos de la producción concreta y embobados con lo que Bourdieu llamó “disposición escolástica”, pueden intentar la demencial empresa de la argumentación más obvia de toda la historia del pensamiento. Lo que anhelamos demostrar es que la cientificidad de las ciencias no requiere asumir si la “realidad” existe o no y de qué manera.

Para nosotros es acaso la postura más consecuentemente materialista y marxista, dado que reconoce el acontecimiento incontestable de que sea lo que fuere la mentada “realidad”, esta es significada, y lo que tenemos en “primer” lugar es la significación culturalmente condicionada y no lo real a secas. Por añadidura, las ciencias nunca hablan de los “entes” tal cual “existen”, sino de objetos conceptuales o “concretos espirituales”, al decir del Marx del volumen I de los Grundrisse (1971).

Luego de los prolegómenos, lo que realizaré será la demostración de que las proposiciones “existe un referente externo” y “no existe un referente externo” son indecidibles, id est, no puede determinarse el valor de verdad de ambas sentencias.

Cuando en Gödel ocurre esto, lo que usualmente se asume es que lo indecidible se tiene que adoptar con carácter axiomático.36 En nuestro caso, las ciencias deben tomar como punto de partida que hay un referente externo a pesar de que cuando se articula lo dicho en una afirmación, esta carece de valor de verdad. Lo que es otro modo de enunciar que las ciencias pueden y tienen que prescindir del debate en torno a si la realidad existe o no, tal cual ya lo hemos anticipado, duda radical que fue planteada por escépticos griegos como los célebres Pirrón o Sexto Empírico.37

Comencemos con lo afirmativo e invoquemos lo verdadero. Evaluemos ahora que postular que sí constatamos un referente externo respecto del discurso es responder a la pregunta “¿existe la ‘realidad’?” de manera positiva. Pero lo que está ocurriendo en la argumentación es responder con signos a una interrogación efectuada con signos. Lo que puede derivarse en lo siguiente: ¿preguntamos sobre la “realidad” como signo o como “realidad”? Este problema no puede saldarse, puesto que “realidad” ya es un signo, de tal suerte que no huimos de una interrogación por un signo confeccionada con signos. Conviene advertir que, según eso, la pregunta original y, por ello, la proposición original adquiere una respuesta negativa. Asumiendo que la sentencia era verdadera, arribamos a que es falsa.

Ficcionemos, entonces, que la proposición acerca de la existencia de un referente externo al discurso es falsa, a pesar de lo increíble que pueda aflorar. Pero algo así implica que hemos podido “huir” del discurso, del lenguaje, de la cultura, de la “mente”, de los signos y que pudimos, como un dios, comprobar que en ese “afuera” del pensamiento no hay nada. En virtud de que esto es inaudito, la asunción de que es falsa la existencia de un referente externo es incorrecta. Por consiguiente, hay que concluir que es un enunciado verdadero. Y entonces volvemos a la situación anterior: el valor de verdad oscila continuamente entre lo verdadero y lo falso, sin poder resolverse por una o por otra tendencia.

5. POSIBLES38 CONCLUSIONES

Para no ser reiterativos con lo expuesto a lo largo de las páginas que desfilaron (iteraciones que, por lo demás, fueron de cuando en cuando concretadas a manera de un racconto orientativo para el lector), nos abocaremos a efectuar una síntesis de los planteos que desfilaron en el artículo que llega a su ocaso, sin los colores de un atardecer de melancolía.

De la amable polémica en torno a Peirce, a Lacan, a Greimas, a Derrida, a Gödel, a Topolsky, a la concepción tradicional de la verdad y a la interferencia perniciosa de tres grandes discursos que “representan” una Mitofilosofía, que habría que abandonar en pos del ejercicio de un pensamiento materialista y genuinamente posmetafísico, es dable abocetar que uno de los corolarios de la exigencia materialista y marxista, respecto de que las ciencias prescindan de si existe o no un referente externo y del principio de que partan de su aceptación axiomática, es que las ciencias, como discursos, “deben” ocuparse de los referentes internos que elaboran.

Por añadidura, “fenómenos”, “causas” y “verdad” son elementos que nos sirven, pero en la medida en que son términos “engañosos” que hay que emplear con sumo cuidado. Si no anhelamos ser ingenuamente críticos, científicos y marxistas y materialistas principiantes, tenemos que hallarnos en continua alarma contra esas palabras que son signos.

Ello supone tener que dilucidar constantemente los procedimientos discursivos, epistemológicos y metodológicos involucrados en las estrategias argumentativas y en la construcción de los temas, problemas y objetos de estudio que “artefactúan” las ciencias. Es decir, implica que esos saberes peculiares reflexionen acerca de los mecanismos semióticos que las atraviesan; v.g., sobre los “fenómenos” comentados en los apartados 2 y 1.

Pero por eso mismo, la Semiótica adviene como un auxilio que es una ciencia que tiene la capacidad de ser una crítica que, en cuanto tal y en cuanto habilitada para cuestionar39 los recursos de la razón con la razón, escapando de la paradoja, desmantela la cientificidad de las ciencias. La Semiótica es ciencia y está más allá de la ciencia, siendo crítica que es apta para desmadejar la crítica, las ciencias,40 sus apuestas de poder.

En la espera (acaso inútil, de náusea) respecto a un probable aprendizaje magnífico de la ciencia y de la crítica, en torno a sus límites, quizá podamos cantar junto a Virgilio (1966h:15):

“[...] Mira cómo oscila el mundo sobre su inclinado eje, y cómo las tierras y los espacios del mar, y el alto cielo y todas las cosas se regocijan con la idea del siglo que va a llegar [...]”.

Notas

1. Recibí, en maravilloso regalo, en una fecha en que el polvo gris de las realidades se mezclaba con la arena mágica de los días (tal cual lo enuncia quien se me asoma como el escritor más grandioso que haya dado la especie humana hasta ahora), el consejo de una mujer, que siempre ocasiona en uno alteraciones tan inesperadas como fantásticas, de leer una obra infinita: los ocho volúmenes del inmortal escritor francés, a quien dedico mi pobre arte.

Para no dejar pasar la oportunidad, anhelaría exponer que en más de una circunstancia deslizo mis simpatías por determinados autores y mis reservas para con otros, opiniones que no puedo apoyar con sentencias, a causa de las limitaciones editoriales de la revista. Sin embargo, lo que se trasluce en estos tímidos gestos es no aspirar a ser un “Papa” del conocimiento.
Yendo a otro hojaldre, el epígrafe se halla en Proust, 1999:499. Los indicios de su nombre de pila asoman en un autor (que muchas veces se enreda en juicios muy conservadores y moralistas), el cual nos comunica, a través de la anécdota íntima acaecida entre los “sirvientes” de monsieur Marcel, su otro nombre (Painter, 1967a; Painter, 1967b: 250).

2 Para alguien, los epígrafes podrían resultar demasiado “largos”; en ellos aflora esa intromisión bienvenida del otro, hospitalidad que no puede ser agasajo si se censuran sus palabras. Este epígrafe en particular fue extraído de Deleuze y Parnet, 2007:80-81.

3 Althusser et ál., 1998.

4 Deleuze y Parnet, 2007.

5 Normado al extremo que los abstracts deben poseer un “formato”; los artículos, subtitulaciones orientativas, pero que los afean; el aparato erudito, con las citas que respondan a parámetros internacionales aceptados; la “subjetividad”, colocada en suspenso; la metodología, cartesiana (es decir, “clara y distinta”), entre otras pautas sumamente arbitrarias. Prerrogativas discrecionales que les otorgan a los pares facultades déspotas de decisión sobre lo que “merece” ser esparcido y lo que no.

En esta enumeración, que podría seguir, se observa el impacto de un conglomerado de elementos que son en realidad extracientíficos, pero que se los trasviste de “ineludibles” y poco o nada se vinculan al explanamiento de las ideas, las que, si son “demasiado” novedosas, acaban lisiadas por la preeminencia de tales “criterios” formalistas casi rayanos en el prejuicio, los cuales son, en última instancia, los que impiden que una investigación se publique.

6 Eso fue apuntado en distintos escritos.

7 La comunicación se “compagina” a partir de una investigación de mayo de 1991.

8 En uno de los artículos citados, estipulamos que había al menos cinco clases de semiosis infinitas en Peirce y no la única que hasta hoy parece reconocerse (Carrique y López, 2002).

Recientemente, la colega que figura en primer término en el paréntesis, munida de la aguda observación de un alumno avanzado de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta (Salta capital, provincia de Salta, Argentina), arguyó que las semiosis “infinitas” en Peirce, además de ser múltiples, están constreñidas en los universos o “semiosferas” plus ou moins, “estrechas”, que son las culturas y sociedades “ancladas” en determinado siglo y bajo el impacto de cierto modo de producción.

9 No se nos escapa la visible redundancia que insiste en la terminología aconsejada, puesto que toda semiosis es significación; no obstante, hemos debido acatar la obviedad para distinguir clases de semiosis que no ocurren en idénticos planos de abstracción.

10 Heidegger, 2008a. Heidegger, 2008b.

11 “Incontinencias” mitofilosóficas que son “hermanas” de determinada forma de practicar la crítica y la ciencia (que es lo que deseamos jaquear). Pero no se podría haber puesto en aprieto al “Rey” en su tablero sin haber dado el rodeo que llevamos adelante, porque los supuestos de una cierta manera de ejercer la ciencia y los sustratos que cimentan el amor a la cientificidad no se revelarían.

No abogamos, empero, y tal como lo anticipamos, por un relativismo posmoderno que haga imposible la insurgencia contra el capitalismo, sino que tratamos de lograr que la crítica y la ciencia se apoyen en otros terrenos que no sean los “argamasados” por la Metafísica, la Filosofía y toda clase de idealismos financiados para derechizar las ciencias sociales en unas academias que funcionan como templos “laicos”. En esas “curias” se reparten “togas”, jerarquías, existen “sacerdotes”, se conmemoran fechas de “importancia” colectiva, hay excomuniones, existen “unciones”, se revientan a unos, se incluyen a otros, se forman “endogrupos”, tráficos de influencia, etcétera.

12 Deleuze y Parnet, 2007.

13 Ineludible para que el apartado atesorara nexos con los otros que siguen...

14 Apelamos a una sinonimia forzada para no enchastrar un estilo al que obsesivamente adoramos.

15 Si anhelásemos invocar a un Bourdieu pocas veces considerado con Marx, podríamos añadir en el estrato del Fundamento la “lógica práctica” y el “sentido práctico”, que, a su vez, se engarzan en las estrategias que los jugadores de un campus usan para permanecer en el juego, con lo que también sumaríamos la noción de “campo”.

16 En este lugar sería adecuado agregar el habitus.

17 Habría que ser justos y resaltar que en elucubraciones políticamente menos “felices”, como las deshilvanadas en las agudas glosas acerca de Literatura y revuelta, Kristeva no iguala “discurso” y “texto oral” (Kristeva, 1998).

18 A riesgo de incomodar a los que asocian cualquier autoritarismo de izquierda con el pensamiento de Marx, el nacido en mayo de 1818 fue uno de los “fundadores de discursividad” del “Paradigma”, puesto a la moda por el “boom publicitario” que es Edgar Morin, “arrepentido” marxista de los años sesenta.

19 Es por causa de un profundo respeto por los enunciatarios y por los potenciales lectores que pulimos las frases para que no emerjan como el monólogo autocomplacido de un presunto amo del conocimiento. Es ese respeto a la escucha del otro lo que nos lleva a divulgar nuestras preferencias por algunos intelectuales y nuestro distanciamiento respecto de otros, con el objetivo emancipatorio de que en el “contrato enunciativo” se explicite lo que traemos con nosotros (Greimas, 1980). Eso que nos acompaña (y que acompaña a cualquier dicente, investigador o no), articula efectosafectos de sentido, manipulaciones enoncivas, efectos de verosimilitud y seducciones. Es factible que pueda resultar “subjetivista”, pero intenta dejarle al otro la libertad de no aceptar nuestras elecciones.

Lo que nos enseña determinado Pierre-Felix Bourdieu en numerosas de sus obras es que el investigador debe autoobjetivarse en la escala de sus fuerzas, “confesando” sus preferencias, sus opciones teóricas, etcétera, a fin de que los colegas y los lectores sepan que lo que puede aflorar objetivo y neutro está “contaminado” de opciones que tienen que ver con las trayectorias institucionales, psicológicas, de aprendizaje, etcétera, de quien indaga.

20 Signo, Objeto e Interpretante pueden originar un “triángulo” que se divida en otros triángulos internos, gestándose una figura fractal.

21 Aunque estamos enterados de que en un latín riguroso “acción”, “práctica” y “praxis” no son sinónimos y que lo son menos en la tradición marxista no dogmática, las compulsiones del estilo que nos “disciplinan” para evitar las redundancias poco elegantes, nos conducen a homologar términos que habría que conservar diferenciados, en particular porque “acción” es propio de una “sociología” ideológica de corte weberiano y “praxis” remite a Marx.

22 En consecuencia, la polémica iniciada no es el eje del artículo ni lo que nos importa desenredar, sino uno de sus momentos internos...

23 En efecto, dado que un fenómeno, proceso, estado de cosas, orden, desorden, etcétera, tiende a “indicar” en un pensamiento linealmente causalista, repercusiones y causas.

24 Lévi-Strauss, 1980.

25 No abogamos con ello por el irracionalismo, el nominalismo y el relativismo extremos que pueblan los escritos de determinados posestructuralistas como Foucault, sino que nos apoyamos en esta deconstrucción de la ciencia y de la cientificidad para justificar lo ineludible que es separar crítica, ciencia y praxis.

Acaso una de las razones por las que el amigo de Deleuze se enredó en un solipsismo escasamente revolucionario sea porque su crítica arqueológica de los juegos de poder y su protesta genealógica contra los discursos no pudo entender que, a pesar de todo, había que conservar la ciencia como una manera de acercarse a formulaciones plus ou moins, aproximadas a la infinitud de la “realidad”, a modo de una guía para las acciones colectivas y para la reproducción de la comuna en el tiempo. Lo que no es óbice para abandonar el constante desmantelamiento de la ciencia, la cientificidad y de las prácticas de los científicos, personajes y praxis que son tan miserables como las acciones de cualquier otra persona o como las que se reproducen en cualquier espacio de lucha.

Acerca de lo oportuno de distinguir entre ciencia, praxis y crítica, cf. López, 2006a.

26 Nos servimos de él para que no nos enrostren que usamos y abusamos de “teóricos” posmodernos y posestructuralistas que hacen gala de una epistemología anarquista extrema. La definición de la verdad que polemizamos no es la de un “ultra”, sino la de un intelectual conservador y hasta reaccionario en lo que se refiere al amigo de Engels y al marxismo...

Por supuesto que a caballo de estas ideas se niegan los hechos, se cae en el delirio de que todo no es más que discursos, que nada existe, que todo es relativo, etcétera, pero esas sentencias no son las nuestras. La infeliz circunstancia de que estos nihilismos tan convenientes para el statu quo sean difundidos en las universidades, no quita que haya que asumir lo que revolucione aún más, una práctica crítica y una praxis científica que sea brillante en la pelea contra el orden en curso, que es uno de los sistemas más inteligentes que hubo en la historia de la especie. Realmente surge increíble que como marxista deba ofrecer esa clase de indicaciones a esta altura del siglo.

27 Los motivos por los que entrecomillamos la palabra tienen relación con que “verdad” no es estrictamente definible en ningún sistema, “modelo”, teoría, etcétera, que pretenda ser lógicamente consistente a raíz de las advertencias en los escritos de Kurt.

Empero tales investigaciones se sitúan en la lógica formal más clásica, rígida y ortodoxa que, según nuestro modesto parecer, tiene que enriquecerse con una lógica más flexible, que es la provista por la dialéctica. Por ella, y sin entrar a discutir a favor o en contra de una dialéctica tripartita, es aceptable que la exigencia de consistencia a lo Gödel implica un desequilibrio psíquico que linda con lo tirano, al demandar no solo una coherencia que únicamente lo muerto puede detentar, sino por estipular una Unidad tan compacta que anula la intervención enriquecedora y relativizante de los otros (acerca de esto último, ir a López, 2006b:8).

28 Aunque no lo podemos argüir en el “parergon” de una nota, en el jovencísimo Marx (que es declarado “superado” y “muerto” sin siquiera conocer que su nombre era Karl Heinrich Mordejái Marx Levy; Attali, 2007:24, 53) había devaneos increíbles acerca de la verdad y de lo verdadero que nada guardan de la larguísima tradición aristotélica y platónica.

Al parecer, en las numerosas empresas de edición de sus obras “completas”, una de las cuales se proyectaba en 133 volúmenes (Attali, 2007:417), sin que se llegara a ir más allá de 45 tomos en una fecha tan cercana como la de 1994, se ignoró una suerte de ensayo “menor” en el que, a través de El sobrino de Rameau (Diderot, 1992), afirmaba que la Filosofía es mero “sentido común pretencioso” (i); por su lado, la verdad era sopesada una especie de “locura” (ii). El enamorado de Jenny adivinaba que en la locura hay verdad (iii) y que la insanía es hasta una condición de la verdad (iv; Attali, 2007:78), siendo Marx uno de los que podrían colocarse en la “línea” de “génesis” del Psicoanálisis (Attali, 2007:16) y de la Semiótica. De tamañas sentencias no sería difícil concluir que en la verdad y en lo verdadero no hay que confiar demasiado, puesto que los “incautos” se tornan autoritarios y “dogmáticos”, lo cual es una suerte de “locura” pantanosa e improductiva. Por añadidura, la verdad, lo verdadero, pueden mentir...

29 No afirmamos que la “realidad” no existe, sino que como cualquier discurso, y por ende el de la ciencia misma, no trabaja con lo “real”, sino con derivados lingüísticos; los “objetos” construidos no son las “cosas en sí”, sea lo que fuere que signifique tal expresión (ver apartado 4).

30 Con una lucidez enceguecedora, la profesora Carrique nos indicó que, au fond, la metáfora es la Archifigura retórica que contiene a todas y que es, consecuentemente, el Archisigno.

31 Esto no quita rigor a la argumentación; lo que establecemos son los puntos de partida del razonamiento que es analógico, en virtud de que los teoremas invocados son aplicables a sistemas que tengan la suficiente complejidad para definir las cuatro operaciones elementales de las Matemáticas, condición que no es pertinente en las ciencias sociales.

32 Únicamente a título de ejemplo y para que lo que anticipamos no quede sin apoyatura, los categoremas de “verdad”, “número”, entre otras ideas liminales, no pueden acotarse porque su definición ya supone su concepto.

33 Por lo demás, es factible pincelar que metáfora y metonimia invocan algo de tiempo. Al “llamarlo” “condensan” tiempo e incluso suponen que son casi atemporales.

Esta noción me fue comunicada el 20 de julio de 2008 por el artesano autodidacta Humberto Edgardo López, residente en la localidad de Reyes, provincia de Jujuy, Argentina. También fue él quien me ofreció una de las “facetas” acerca de la dinámica del “vacío” poder en el contexto de las nuevas tecnologías, artículo que se publicó en la Revista Opción, N° 56.

34 Al respecto, creemos que si Marx no procuró razonar su punto de partida materialista no fue por no percatarse de algo que dejaba sin demostrar, sino en virtud de que el más leve intento de apuntalar una toma de posición materialista y de argumentar a favor de la existencia de la realidad consigue exactamente lo opuesto de lo que se propone: acaba por hacer de la materia y de lo material un principio y, en consecuencia, un concepto, es decir, incurre en lo que niega la concreción de lo material y de la materia.

Por si fuera poco, el exiliado en Gran Bretaña no entendía la materia, lo material y lo inmaterial de forma endiabladamente “materialista”... A partir de la mención de las Tesis sobre Feuerbach, nos recuerda Attali, uno de los escasos comentaristas lúcidos del repudiado por las academias (2007:13, 16), que lo denominado.

“[...] realidad, el mundo sensible, no deben ser captados en la forma [torpe, simplificadora] de objeto [sino] en [tanto producto de la interacción con] la actividad humana concreta [...]”, id est, en cuanto praxis y como dialéctica con esa práctica social (Attali, 2007:98).

35 Obra querida, por cuanto fuera acercada por la ahora Mg. Susana Rodríguez, docente de la Facultad de Humanidades de la universidad en la que me doctoré, cuando era un inquieto estudiante que exploraba con avidez todo lo que le ofrecían. Fue también el primer texto con el que me inicié en esa aventura deslumbrante que es el estudio de los signos, junto al Lic. Miguel Costilla, la Dra. Viviana Cárdenas, la Dra. Elena Altuna, entre otros profesionales con los que ya casi no guardo enlaces.

Divulgo lo que se ventila porque como docente universitario suele ocurrirme que muchos alumnos son, a veces o casi siempre, muy creativos y arrojan, por comunicarlo así, ideas que, como profesores, nos las apropiamos. La cuestión es que también debiéramos citar las fuentes o advertir que la protohipótesis no nos pertenece. Por igual, esto suele acontecer con otros colegas que, en sus comentarios, nos aportan nociones valiosas. Adquirí la costumbre de dejar constancia de lo que no me pertenece como “autor”. De allí la referencia a profesores y estudiantes, que puede inducir la sensación de un egotismo del tamaño de una catedral, cuando en el fondo es el pleno ejercicio de una honestidad intelectual sin amortiguaciones.

Puesto que esta clase de “circonfesiones” (neologismo inventado por ese “amigo” de soledades que fue/es Derrida, 1994) puede acabar “desaliñada” para la “pulcritud” de los protocolos académicos, difundo que tienen el sentido de explicitar las “cartas” con las que intervenimos en el “juego” institucional e instituido de las afiebradas publicaciones.

Aprovecho para aclarar también que el movimiento “pendular” entre el abuso de la primera persona del singular y el de la tercera del plural se debe a una toma de partido epistemológica y metodológica, honda en consecuencias: se asume que lo escrito es redactado por un enunciador no abstracto ni “impersonal” y, en simultáneo, se deconstruye lo narcisista que se cuela en la palabra, “borrando” un “yo” con el anónimo de lo “colectivo”.

36 Otra de las posibles consecuencias de Gödel es que no todo lo que de alguna manera se intuye que es verdadero es demostrable. En simultáneo, algo que no es posible cuestionar (como la realidad del mundo...), no tiene que ser razonado con datos incontestables. Acá debe intervenir el principio de dar por argüido lo que se apuntaló, más allá de cualquier titubeo razonable genuinamente. En este aspecto, los argumentos radicales del escepticismo extremista no pueden ser refutados con el 100% de pruebas firmes, pero sí con un porcentaje menor, por así gubiarlo, que dé por esgrimido lo que el escéptico radical no acepta por obcecación relativista.

37 Afirmaban que nada existe. Si algo hay, no se puede conocer, y si algo pudiera saberse, no se puede comunicar.

38 Tratándose de un esbozo lo que fue cincelado, quedará tal vez pendiente “mayor” rigor para indagaciones futuras, por lo que lo que se esculpió hasta aquí debiera bastar para “cerrar el telón”, a pesar de que pueda haber un “público” que le reclamaría a Shakespeare que avivara con sus manuscritos desaliñados la hoguera que se apaga en el instante en que se retiran los gnomos inspiradores.

39 En ese impugnar puede nacer una lucha, alguna pelea. Y resulta que en la lucha contra el imperio de una razón que sepultó lo sublime, el tiempo, lo temporal, no necesitan “excusa” para acaecer ni para “gastarlos”. Pasan, respiran, existen y cerca del final de esas peleas nimias o que detentan lo suyo, uno se percata, de acuerdo con lo que me comunicara el artesano Humberto López, que resistió, aguantó y resistió, casi en una desierta soledad, desierto que sería el de un profeta, el de un alucinado o el de un “vidente”. Ese “visionario”, que se torna así por querer derrocar el sistema del Juicio y los Tribunales de la Razón (Deleuze y Parnet, 2007), espera que la inventiva no sea acaparada únicamente por el formato de la ciencia, sino que pueda ser ejercida por las potencias de la crítica, que son menos propensas al “zarismo” epistemológico y menos confiadas en el engaño de la verdad.

40 Por dichas consideraciones y en el foro de discusión bautizado “Semioticians”, estipulé en 2005 que la Semiótica es “epistemología”, “metodología”, ciencia, crítica y guía en el terreno de la praxis.

Las palabras van entrecomilladas por mis prevenciones libertarias acerca de la epistemología y la metodología, que las más de las veces operan a modo de “policías” de la imaginación teórica.

En otra “meseta” de reflexiones, en una cálida reunión del 28 de julio de 2006, el psicoanalista de tendencia lacaniana Antonio Gutiérrez, destacado poeta de Salta capital, me hizo recordar argumentos por los cuales las objeciones de Mario Bunge y de muchos otros acerca de la no cientificidad del Psicoanálisis carecen de pertinencia, a causa de que Lacan axiomatiza que dicho saber no es ciencia, concebida como un conocimiento de estos contornos que dibuja un objeto que es “presencia”, mientras el Psicoanálisis se ocupa de una estructura completamente ausente, que es, por ejemplo, el objeto “a”, que ocasiona que aquel saber analice una Falta.

Sin embargo, esta lectura de Lacan que se alinea con las recomendaciones de su yerno y de Germán García (Cueto, 2001), me parece a mí que descuida los otros argumentos del expulsado por la Asociación Psicoanalítica Internacional donde subraya que el Psicoanálisis revoluciona la manera “cartesiana” en la que se vino realizando la práctica científica hasta el arribo de Freud, pero conservándose al modo del Semanálisis de Kristeva, que es ciencia que está, en simultáneo, allende la ciencia (Lacan, 1987c). Es entonces, en mi modesta opinión, ciencia en redor del Inconsciente y saber que desmadeja la ciencia y cualquier conocimiento que sea el reverso del Discurso del Amo y del Discurso de la Universidad (Lacan, 1992).

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