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Cuadernos del Cendes

versão impressa ISSN 1012-2508versão On-line ISSN 2443-468X

CDC v.26 n.71 Caracas ago. 2009

 

Visiones europeas y cruzadas estadounidenses: el transatlantismo en las relaciones internacionales contemporáneas

Makran Haluani *

* Profesor Titular de la Universidad Simón Bolívar, Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas, Caracas, Venezuela. Correo-e: mhaluani@usb.ve

Resumen

Se identifican los factores políticos, geopolíticos, económicos y militares inherentes a las relaciones internacionales contemporáneas y que afectan la influencia global del transatlantismo, específicamente mediante la OTAN. Se consideran las variables que causan la llamada «brecha transatlántica» o una exitosa cooperación transatlántica en lo que a crisis internacionales se refiere. Se examina el papel de potencias extratransatlánticas, tales como China Popular o Rusia, así como la influencia de instituciones regionales e internacionales como la OSCE o la OCDE, y de fenómenos y movimientos transnacionales como el terrorismo fundamentalista, para determinar el tipo y grado de efectividad de la actuación político-militar, total o parcialmente sincronizada o hasta individual, de los países e instituciones transatlánticas, particularmente la OTAN.

Palabras clave: Transatlantismo / Relaciones internacionales / OTAN

Abstract

This article attempts to identify political, geopolitical, economic and military factors inherent to contemporary international relations that shape transatlantism´s global influence, specifically through NATO. Variables that cause the so-called «transatlantic gap» or successful transatlantic cooperation in respect of international crises are also taken into account. The role of extra-Atlantic powers, such as China or Russia, the influence of regional and international organizations, such as the OSCE and the OECD, and that of transnational phenomena and movements such as fundamentalist terrorism are also considered to determine the type and level of the effectiveness of political-military actions, be they totally or partially synchronized or even individual, on part of transatlantic countries and institutions, particularly NATO´s.

Key words: Transatlantism / International relations / NATO

RECIBIDO: ENERO 2009  ACEPTADO: JUNIO 2009

Introducción

Al término de la II Guerra Mundial, las relaciones internacionales se caracterizaron por la ardua rivalidad ideológica, económica y militar entre el bloque euro-norteamericano transatlántico por un lado, y el soviético-euroasiático por el otro. Por más de cuarenta y cuatro años, esa feroz rivalidad determinó la identidad político-sistémica y la política exterior de todos los países del planeta, en especial las de aquellos llamados «tercermundistas». La pugna Este-Oeste, o como también se denominó, la Guerra Fría, marcó por casi medio siglo el rumbo de las relaciones internacionales de toda nación interesada en emprender y afianzar su desarrollo nacional. Habiéndose disuelto las dos instituciones más relevantes del bloque soviético, el Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o Comecon) y el Pacto de Varsovia para abril y julio, respectivamente, de 1991, el bloque euro-norteamericano (trans)atlántico representado primordialmente por la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) y la Comunidad Europea, la cual a partir de noviembre de 1993 pasó a ser la Unión Europea (UE), inauguró su dominio político y geoestratégico de las relaciones internacionales, reforzando así la supremacía, aunque en términos relativos de tiempo y espacio, de los principios económicos (neo)liberales, a nivel tanto nacional y regional como global.

La creación de Unión Europea Occidental (UEO) en marzo de 1948 y su implementación institucional para octubre de 1954 aspiraba en aquel entonces prestarle a la comunidad europea de entonces una dimensión militar propiamente europea y un tanto autónoma de la OTAN.

La Carta del Atlántico de agosto de 1941 y los subsiguientes Acuerdos de Bretton Woods de julio de 1994 coronaron su existencia con la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991. A partir de 1989, y un tanto más acertado en 1991, el triunfo del atlantismo occidental sobre el euroasianismo soviético les permitió mayor espacio político y geoestratégico global a las reglas del juego económico-financiero mundial de índole capitalista-mercantil, basadas en el libre comercio, la convertibilidad internacional de las monedas nacionales, y el predominio del principio de la demanda y la oferta para fomentar la producción industrial, el comercio regional y global, y la prosperidad económica, que incluso se llegó a aplicar en regímenes de corte socialista, como lo son China Popular, Vietnam y Siria, entre otros más. Para 1991 parecía iniciarse una hegemonía, por cierto para aquel entonces más indiferente y benévola que maléfica, del vencedor atlantismo euro-norteamericano en las esferas geopolíticas, ideológicas y económicas, representado visible, aunque no tan asertivamente, por los Estados Unidos.

Para febrero de 1993 se registra el surgimiento del fundamentalismo islámico violento contra la hegemonía atlántica, al menos contra su variante norteamericana, al perpetrarse el primer atentado contra el World Trade Center en Nueva York, los ataques fundamentalistas contra una misión militar estadounidense en Arabia Saudita en junio de 1996 y contra el destructor norteamericano Cole en Yemen en octubre del 2000. A partir de los atentados islámico-fundamentalistas del 11 de septiembre del 2001 contra los EE. UU., todo esto vendría a desencadenar dos importantes eventos militares, incitados por el neoconservadurismo republicano norteamericano, que galvanizaron al mundo islámico contra esa superpotencia: la invasión por fuerzas anglo-norteamericanas de Afganistán en octubre de 2001, y la de Irak en marzo de 2003. Esa reacción anglo-estadounidense fue vista por los fundamentalistas islámicos, tanto sunnitas como shiitas, como otro agresivo avance del transatlantismo contra la identidad e integridad civilizatoria islámica, que ocasionaría luego atentados terroristas en Madrid en marzo del 2004 y en Londres en julio de 2005.

Hasta el 11 de septiembre de 2001, el mundo y sus relaciones internacionales aparentaban un dominio hegemónico euro-norteamericano transatlántico manifestado por el ejercicio selectivo de su «poder duro» a través de la iniciativa estadounidense para librar a Kuwait en febrero de 1991, la intervención aérea de la OTAN en Bosnia-Herzegovina en 1994 y en Kosovo en 1999; por su indiferencia casi desalmada hacia regiones extraeuro-norteamericanas atlánticas (conflictos internos Somalia en 1993 y Ruanda en 1994), y por la imposición continua e indiscriminada en lo que al (neo)liberalismo económico se refiere. El surgimiento económico de países como la China Popular y la Federación Rusa a partir de 1999-2001, a través de sus cuentas de comercio exterior, exportación de recursos naturales, reservas internacionales, y su creciente confianza política y geopolítica ante el transatlantismo euro-norteamericano, ocasionó los primeros indicios del comienzo de un debilitamiento funcional-operativo, más no estructural, de la hegemonía geopolítica y económica mundial del transatlantismo.

Este ensayo aspira a identificar los factores políticos, geopolíticos, económicos y militares inherentes a las relaciones internacionales contemporáneas y que contribuyen a la actuación del transatlantismo a nivel global, específicamente mediante la institución supranacional más representativa, es decir la OTAN. Para el análisis se tomará en cuenta además los diversos factores que conducen o a la llamada «brecha transatlántica» o a una exitosa cooperación transatlántica en lo que a crisis internacionales se refiere. En este contexto se examinará el papel de emergentes potencias extratransatlánticas, tales como China Popular y Rusia, entre otras, así como la influencia de instituciones regionales e internacionales, como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE por su denominación en inglés), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), o la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre otras, y de fenómenos y movimientos transnacionales como el terrorismo fundamentalista, para determinar así el tipo y el grado de la efectividad de la actuación político-militar, ya sea total o parcialmente sincronizada o hasta individual, por parte de los países e instituciones transatlánticas, principalmente la OTAN.

El atlantismo: orígenes históricos y bases geopolíticas

Pese a que el término atlantismo comenzó a aparecer a mediados del siglo XV, precisamente con la llegada de Cristóbal Colón al continente que llegó a llamarse la(s) América(s) (Bailyn, 2005; Nweihed, 1992), el océano Atlántico se destacó desde un principio por conectar el Viejo Continente al Nuevo Mundo geográfica, demográfica, cultural, social, comercial y económicamente. La creación de las colonias europeas, ya sean españolas, portuguesas, inglesas, francesas u holandesas, en todo el continente americano le prestó al mismo una significativa valorización, especialmente en lo demográfico, económico y geocultural.1 La guerra de independencia norteamericana de 1774 a 1783 y el consiguiente nacimiento de los Estados Unidos resaltaban extraordinariamente la trascendencia del Atlántico en las relaciones internacionales de la época, abriendo la antes occidentalmente cerrada esfera geopolítica europea a una esfera geográficamente amplia, más allá de ese océano.

La atlantización de las relaciones internacionales rompió el monopolio europeo sobre la política mundial de la época al incluir tanto a los EE. UU. como al Atlántico norte en la nueva ecuación geopolítica mundial. Tal atlantización se agrandó al iniciarse para 1808 las guerras de independencia en México, en Centro y Sudamérica, permitiendo que la emancipación de esos países para 1824 destacara aún más el océano Atlántico como el nuevo eje y enfoque de un planeta cada vez más pequeño. Sin embargo, el Atlántico se caracterizaba hasta finales del siglo XIX por aspectos más geográficos que geopolíticos o geoestratégicos. En este sentido, el origen del atlantismo euro-norteamericano correspondió a la teoría geopolítica de 1890 del vicealmirante estadounidense Alfred Thayer Mahan sobre la preponderancia de los mares para lograr una hegemonía mundial, mientras que el euroasianismo soviético recaía en el postulado geopolítico del heartland, ideado en 1904 por el geógrafo inglés Halford J. Mackinder, el cual enfatizaba la masa terrestre euroasiática para asegurar cualquier dominio global. El enfrentamiento Este-Oeste garantizó así que, desde una perspectiva geopolítica global, tanto el euroasianismo como el atlantismo subyugarían bipolarizadamente las relaciones internacionales entre 1945 y el derrumbe del Muro de Berlín en noviembre de 1989. De hecho, podemos decir que el atlantismo pasó a ser un transatlantismo con el comienzo de ese enfrentamiento, manteniendo su vigencia más allá de la disolución de la URSS en diciembre de 1991, hasta hoy por hoy.

Después de la crisis de 1866-1871 entre el Gobierno británico, bajo Benjamín Disraeli y luego William Gladstone, y el estadounidense con los presidentes Andrew Johnson y posteriormente Ulysses S. Grant, por ajustes limítrofes entre los EE. UU. y los territorios anglo-canadienses y los activistas militantes irlandeses (Fenian raids), los británicos comenzaron a hablar del triangulo del Atlántico norte como sinónimo de las relaciones anglosajonas, indicando el papel geopolítico de Canadá como colonia británica para ese momento. El carácter geográfico del triangulo del Atlántico norte manifestó su importancia geoestratégica por primera vez al estallar la I Guerra Mundial en agosto de 1914, cuando el Gobierno británico, primero bajo Herbert Henry Asquith y luego David Lloyd George, se enfrentó al reto tripartito de respetar los principios de neutralidad de los EE. UU., intentar que esa misma neutralidad beneficiara a la Gran Bretaña e impedir que ella se retrasase ante la Alemania imperial-guillermina (Kennedy, 2008:23-25). Mantener aquel triangulo atlántico fuera de la influencia geopolítica y militar alemana, y posteriormente ganarlo para los aliados del entente cuando EE. UU. entró en la guerra a partir de abril de 1917, fue un factor decisivo en la derrota de los tres imperios del Eje Central en la I Guerra Mundial.

El término «atlantismo» bien puede entenderse como producto de la necesidad de cooperación ideológico-política que tanto la Gran Bretaña como los EE. UU. percibían como imperativa para mediados de 1941. Es por ello que el 14 de agosto, cuatro meses antes del ataque nipo-imperial contra la base naval estadounidense Pearl Harbor en Hawai y la subsiguiente entrada de los EE. UU. a la II Guerra Mundial, el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt suscribió con el primer ministro británico Winston Churchill la «Carta del Atlántico», a bordo del acorazado Prince of Wales. Ese documento, de vigencia ideológica contemporánea con posteriores implicaciones geoestratégicas transatlánticas, acentuó marcadamente los fundamentos político-ideológicos, económicos y geoestratégicos del atlantismo euro-americano en su momento y facilitó el camino hacia la institucionalización de esos mismos valores más allá de la II Guerra Mundial y hasta hoy, habiéndose transformado después de aquella conflagración mundial en el «transatlantismo».2

El documento que esos dos líderes del mundo occidental firmaron no representaba ningún tratado formal, sino más bien una declaración de ciertos principios políticos y económicos comunes «en la política nacional de sus respectivos países, en los cuales descansan sus esperanzas de lograr un porvenir mejor para el mundo» (v. Anexo I).

En cierto modo la Carta del Atlántico se basaba en el idealismo del programa de los «Catorce Puntos», con el cual el presidente estadounidense Woodrow Wilson aspiraba a crear condiciones geopolíticas y económicas mundiales favorables a una paz justa y duradera en Europa, una vez terminada la I Guerra Mundial (Cohrs, 2006; Spiering y Wintle, 2002). Aunque ese documento no constituía una definición clara, definitiva y oficial de los fines de la paz en aquel entonces, estipulaba «ciertos principios» obviamente occidentales en su orientación ideológica y cultural, tales como no pretender agrandar sus territorios; respetar el derecho soberano de los pueblos a elegir el régimen de gobierno que desean; lograr mayor colaboración entre todas las naciones para conseguir mejoras en las normas de trabajo, prosperidad económica y seguridad social, y permitir a todos los países cruzar libremente todos los mares e igual acceso al comercio y a las materias primas del mundo que les sean necesarias para su prosperidad económica (v. Anexo I). Con la victoria de los signatarios de ese documento sobre Italia en septiembre de 1943, Alemania en mayo de 1945 y el Japón para agosto de 1945, la Carta del Atlántico estableció las bases institucionales de entes como la ONU para octubre de 1945, y el Banco Mundial (MB) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) en septiembre de 1945 mediante el Acuerdo de Bretton Woods de julio de 1944.

El transatlantismo: orígenes históricos y consolidación institucional

Como una esfera geográfica definida, el Atlántico, en especial su región norteña, puso claramente a prueba su alta trascendencia geopolítica y geoestratégica, consagrándola más allá de la II Guerra Mundial, al dividirse Europa en dos campos ideológicos, políticos, económicos y militarmente opuestos, en lo que se denominó hasta diciembre de 1991 «la Guerra Fría» o el enfrentamiento Este-Oeste. Tanto el campo euro-occidental atlántico, demarcado política e ideológicamente por la fundación de la OTAN en abril de 1949, como el campo soviético, demarcado por la creación de la Comecon en enero de 1949 y luego por el Pacto de Varsovia en mayo de 1955, ocuparon su respectiva esfera geográfica; siendo el océano Atlántico un ámbito de enlace y de separación en el sentido tanto geográfico como geopolítico. Es precisa y principalmente por la Guerra Fría que el Atlántico norte adquiere su carácter geográficamente patrocinante de toda una situación confrontacional entre dos bloques de países, es decir la OTAN y el Pacto de Varsovia (Faringdon, 1989; Lewis, 1983). De no ser por al agudo antagonismo ideológico, económico y militar entre esos dos bloques, el Atlántico norte hubiera seguido siendo una región geográficamente tan vital para el intercambio comercial transatlántico como lo es el mar Báltico para el norte de Europa o el mar Rojo para la región afro-asiática. Es con el inicio de la Guerra Fría, y al vincular la masa terrestre euro-asiática con aquella ideológica, económica y militarmente europeo-occidental, que el atlantismo pasa a adquirir dimensiones transatlánticas.

El transatlantismo acaparó geográficamente por dos años los contornos conflictivos y beligerantes de la Guerra Fría. Hasta junio de 1950, fecha en que estalló la guerra de Corea, la zona del Atlántico norte monopolizó en rasgos generales el enfrentamiento Este-Oeste en todas sus dimensiones y alcances, concentrando los eventos confrontacionales entre los EE. UU. y la URSS principalmente en la crisis de Berlín de 1948/1949, la fundación de la República Federal de Alemania (RFA) en mayo de 1949 y la primera prueba de una bomba nuclear soviética en agosto de aquel mismo año. Todo esto representó trascendentales acontecimientos de la Guerra Fría en la esfera transatlántica norteña, junto con los rasantes avances mundiales en las tecnologías de comunicación, transporte e infraestructuras logísticas, que contribuyeron en aquel entonces a que todo interés y capacidad nacional tenía que transnacionalizarse, es decir traspasar sus fronteras nacionales, formularse, proyectarse y representarse en el ámbito regional e internacional. Esta condición habría de aplicarse primordialmente a aquellos países de cierto nivel de desarrollo político, socioeconómico, industrial, tecnológico y militar.

Dado que la II Guerra Mundial había dejado a pocas naciones con el grado de desarrollo y capacidades anteriormente mencionados, y que la mayoría absoluta de los demás países del África y Asia seguían siendo para la época colonias de las potencias europeas, la Guerra Fría se inició en un «club cerrado» y de relativamente pocas naciones. Es por ello que la victoria de Mao Tse Tung en China, que condujo a la creación de la República China Popular en el Asia oriental en septiembre de 1949, impuso una variable marxista-leninista, ciertamente diferente y hasta inferior a la URSS en lo económico, industrial-tecnológico y militar, pero ideológicamente semejante a aquella soviética y en una esfera geográfica lejana al Atlántico. De este modo, para finales de 1949 la región del Atlántico norte comenzó a compartir con el océano Pacífico la escena geográfica mundial de la Guerra Fría (LaFeber, 2002; Walker, 1995). Con la guerra de Corea encabezando entre junio de 1950 y julio de 1953 los eventos político-bélicos más importantes para aquel entonces, el Atlántico norte pasó a un segundo plano en lo geográfico, mas no en lo militar, ya que la confrontación ideológico-militar EE. UU.-China Popular en el este asiático se encontraba complementándose con la confrontación OTAN-URSS en el territorio europeo.

Entre 1955 y hasta la construcción del Muro de Berlín en agosto de 1961, varios acontecimientos político-militares en Europa y el Medio Oriente le devolvieron al Atlántico norte su auge geopolítico mundial, revitalizando el papel preponderante de la OTAN en esa esfera. Sin embargo, la formación del Pacto de Varsovia en mayo de 1955; la crisis y la guerra de Suez en octubre-noviembre de 1956; la represión del Pacto de Varsovia a la revuelta de Imré Nagy en Hungría en octubre-noviembre de 1956; la radicación de misiles nucleares norteamericanos «Júpiter» en Turquía y «Atlas» en Inglaterra e Italia en 1958; el derribo de un avión de reconocimiento U-2 estadounidense en la URSS en mayo de 1960, destacaron plenamente el epicentro geopolítico y geoestratégico euro-asiático de la Guerra Fría. Con el ascenso de Fidel Castro al poder en Cuba en enero de 1959, la invasión anti-castrista en la Playa Girón en abril de 1961, y la crisis EE. UU.-URSS en octubre de 1962 por los misiles nucleares, el mar Caribe cobró su notoria omnivigencia geoestratégica en ese periodo, confirmándose en lo geográfico como un teatro secundario del Atlántico, pero atlántico-central en lo temático del enfrentamiento Este-Oeste.

Es importante resaltar en este contexto el papel preponderante, tanto geográfico como geoideológico, de América Latina en la esfera transatlántica de la Guerra Fría y el valor geoestratégico del Atlántico para los EE. UU. y la URSS, debido a su dual característica geográfica de barrera oceánica y enlace marítimo entre el continente americano por un lado y el europeo y el africano por el otro. La lucha Este-Oeste por América Latina entre 1954 y 1975 se caracterizó por diversos intentos de reformas sociopolíticas y económicas, como en Guatemala y Panamá, la formación de cuadros guerrilleros rurales y urbanos revolucionarios y las respuestas gubernamentales conservadoras, culminando con la muerte de Che Guevara en Bolivia en octubre de 1967 y las «guerras sucias» en el Cono Sur.3 La tesis sostenida por los círculos conservadores en ambos lados del Río Grande en aquel entonces, de que toda América Latina se había vuelto un laboratorio soviético para «experimentos revolucionarios y contrarrevolucionarios», tiene bastante validez, considerando el cuadro mental-geopolítico confrontacional y de suma cero de los «Guerreros Fríos», compitiendo constantemente por resguardar sus respectivas zonas de influencia ideológica y geoestratégica, negándole al otro el acceso a su territorio, pero intentando simultáneamente ganar puentes de influencia en sus respectivas zonas. Esta pugna Este-Oeste, que se manifestó sobre todo en el África entre 1961 y 1975 en Argelia, Nigeria, Angola, Mozambique, Rodesia, Sudáfrica, no se materializó tan abierta y militarmente en América Latina como en el caso en África (Coker, 1984; Marte, 1994).

El teatro latinoamericano presentó así a todo el sur del océano Atlántico un conjunto geopolítico trascendental para la Guerra Fría. En los años setenta Argentina asumió nuevamente el esfuerzo de formar la Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS) con el Brasil, Sudáfrica y Portugal, y luego con Sudáfrica, Chile, Paraguay y Uruguay4 de manera infructuosa, dado que nunca se cristalizó como un ente transatlántico funcional y estructuralmente formal y capacitado para asumir un rol integral en el enfrentamiento Este-Oeste. Se puede atribuir a la estrategia estadounidense en esa época de concentrar sus esfuerzos en Europa y enfocar la preponderancia político-militar de la OTAN, siendo sus miembros –tanto el norteamericano como los países europeos– los aliados ideológicos, geopolíticos, económico-industriales y militares en su escala de preferencia e intereses nacionales más importantes para EE. UU. que los países sudamericanos y africanos australes.

Mientras tanto, el Atlántico norte mantuvo su preponderancia geoestratégica hasta el fin de la Guerra Fría en diciembre de 1991, debido sobre todo al sobrepeso ideológico, geopolítico, económico-industrial y militar del factor euro-atlántico en esa conflagración. Precisamente por el carácter geográfico euro-asiático de la URSS y por la ambición estadounidense de preservar su omnipresencia en Europa, la rivalidad EE. UU.-URSS llegaba a ser la más aguda en el territorio europeo, donde se concentraban los esfuerzos confrontacionales de ambos lados, representados por la OTAN y el Pacto de Varsovia. Pese a la serie de eventos y crisis extraeuropeas, como la fundación del Movimiento de los Países No Alienados en septiembre de 1961, la pugna ideológica chino-soviética a partir de 1960, la «nuclearización» de la China Popular en octubre de 1964 y la guerra de Vietnam entre 1963 y 1973, Europa y su colateral petro-geoestratégico para EE. UU., el Medio Oriente, seguían siendo el epicentro de toda actuación político-diplomática, geopolítica y militar del euro-atlantismo, representado por la OTAN y la UE, tal como lo manifestaron la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, el fin de la «primavera de Praga» en agosto de 1968, la doctrina de la Paridad Cualitativa Nuclear (Mutual Assured Destruction, MAD), alcanzada entre la URSS y los EE. UU. para junio de 1968, la firma y ratificación del Tratado SALT I/ABM (Strategic Arms Limitation Talks/Accord on Anti-Ballistic Missiles) entre las dos superpotencias en mayo de 1972, así como la guerra de Yom Kippur en octubre de 1973.

En este mismo orden de contexto ideario, el transatlantismo, impulsado cada vez más por la Guerra Fría, seguía su curso eurocéntrico con sus omnipresentes variables medio-orientales. La revolución fundamentalista de los ayatolas shiitas en Irán en febrero de 1979, la Paz de Camp David en marzo de 1979, la firma (pero no ratificación) del Tratado SALT II EE. UU.-URSS en junio de 1979, la invasión soviética de Afganistán en diciembre de 1979, la guerra Irán-Irak entre 1980 y 1988, la «Doble Resolución» de la OTAN en abril de 1982, así como el lanzamiento de la Iniciativa para la Defensa Estratégica (IDE) norteamericana («Guerra de las Galaxias») en marzo de 1983, destacaron el enfoque geográfico y geopolítico del transatlantismo para la época, mientras que la guerra de las Malvinas entre Argentina y la Gran Bretaña en abril de 1982 comprobó el carácter secundario del Atlántico sur para las potencias de la OTAN. Vale recalcar aquí que la iniciación de la política de Glasnost y Perestroika en la URSS de Mijail Gorbachov a partir de 1986, el derrumbamiento del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y la disolución de la misma URSS en diciembre de 1991 debieron haber debilitado teóricamente el enfoque atlántico-norte en las relaciones internacionales en aquel entonces, circunstancia que se produjo por un lapso de diez años, es decir hasta el 11 de septiembre del 2001.

¿Qué es en realidad el transatlantismo? Al abordar el fenómeno aceptado como el transatlantismo hoy por hoy, se hace imprescindible vincular funcional y estructuralmente diversos aspectos geográficos, geoestratégicos y geopolíticos con factores ideológico-políticos y económicos, variables socioculturales y estructuras institucionales.

Vale comenzar con definir el atlantismo como fenómeno originario del transatlantismo. En este sentido, su significado concierne funcionalmente a aquel conjunto de países industrializados, geográficamente ubicados en ambos lados del Atlántico norte, agrupados institucional, transnacional y primordialmente en la OTAN, que comparten valores ideológico-políticos, económicos y socioculturales, así como intereses nacionales geoestratégica y geopolíticamente afines. De allí que, y aludiendo a la Carta del Atlántico de agosto de 1941, el atlantismo representa aquellos países con sistemas políticos, instituciones, voluntades y opiniones públicas en pro de ideales políticos, económicos y socioculturales conocidos generalmente como valores «occidentales», reflejados políticamente en las democracias parlamentarias o presidenciales institucionalizadas, economías de mercado, derechos y libertades individuales de toda clase garantizadas por el/un Estado de derecho.

Es importante recalcar aquí que el atlantismo no es necesariamente sinónimo en lo cultural del anglosajonismo, debido a que naciones como Francia, España, Portugal o Islandia, entre otras, se entienden como atlánticas, más no anglosajonas. Es así como el concepto de transatlantismo se percibe como una ampliación de lo geográfico primordialmente, geoestratégico, político y económico del atlantismo, abarcando un conjunto de países tradicionales y originalmente atlánticos, más aquellos de la UE, notando la estrecha proximidad geográfica y geopolítica de Europa occidental y central al Atlántico, la alta afinidad valorativa en lo ideológico-político, económico y sociocultural, así como la extensa congruencia de los intereses nacionales geoestratégicos entre los países de la OTAN por un lado y de la UE por el otro.

Son cuantiosos los países miembros de la ONU, OCDE, OSCE, UEO u otros organismos, ya sean regionales o internacionales, que profesan su apego a los mismos valores políticos y económicos de la Carta del Atlántico, de la OTAN y la UE, pero su lejanía física del norte del Atlántico obviamente no permite calificarlos como atlánticos. Por ello es que resulta razonable delimitar el círculo de los países considerados como «transatlánticos» a aquellos de la Europa central, del norte del noreste (bálticos) o del sureste; es decir en la vecindad geográfica inmediata de la OTAN y con valores político-ideológicos y económicamente afines de la misma. De allí que son los miembros de la OTAN y de la UE los que se denominan en este ensayo la «comunidad transatlántica», distinguiéndola de la esfera euro-asiática de Europa.

La brecha transatlántica: ¿existe?

El transatlantismo se presenta, se entiende y se discute en la bibliografía especializada, especialmente en idioma inglés, como un fenómeno institucionalizado existente, omnipresente y altamente influyente en las relaciones internacionales, tanto desde una perspectiva histórica como contemporánea (Craglia y Onsrud, 1998). Representado institucionalmente por la comunidad transatlántica, y concretamente por la OTAN y la UE, el transatlantismo no deja de ser un fenómeno un tanto controversial en el sentido objetivo de la palabra, ya que su composición geográfica, actuación geoestratégica y logros geopolíticos no están del todo libres de controversias y cuestionamientos. Dada la primacía de los intereses nacionales y la diversidad en el poder nacional de sus miembros, ni la agenda ni la actuación y los logros concretos de la OTAN y la UE en la arena internacional, ya sean por separado o por conjunto, arrojan un cuadro analíticamente definido en cuanto a una clara calificación positiva o negativa al respecto, aun cuando existen indicios irrefutables de la importancia del transatlantismo como una decisiva fuerza en las relaciones internacionales como signos de una insípida presencia en la arena internacional. Las medidas políticas y legislativas de los países transatlánticos dentro de la OTAN y la UE, tanto en conjunto como por separado, ante los sucesos del 11 de septiembre de 2001 indican una voluntad y postura política unida y consecuente para enfrentarse al terrorismo internacional de índole islámico-fundamentalista. No obstante tal unanimidad, las acciones concretas ejecutadas a raíz de esas políticas apuntan hacia un cuadro más bien fracturado en el bloque transatlántico.

La discusión sobre la brecha transatlántica, es decir ese cuadro fracturado de resultados inconclusos y poco satisfactorios en cuanto a la actuación del bloque transatlántico, no puede iniciarse sin aludir en primer lugar a la estrategia estadounidense, inclusive unilateral, de enfrentar el reto fundamentalista radicalizado. La declaración de la Doctrina de Bush («Con nosotros o en contra nuestra») en septiembre de 2001, la invasión de Afganistán en octubre de ese mismo año, la proclamación de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) en septiembre de 2002 y la de la «Guerra Preventiva», de septiembre de 2002, la invasión de Irak en marzo de 2003, el fracaso hasta la fecha en «pacificar» Afganistán y «democratizar» Irak, así como los escándalos alrededor de la política norteamericana respecto a los derechos humanos (Guantánamo, Abu Ghraib, «Operativo Rendición»), han provocado sustanciales críticas contra el unilateralismo estadounidense, acentuando más las asimetrías y divergencias que las simetrías y convergencias en la alianza transatlántica (Apodaca, 2006; Margulies, 2007). De allí que el debate sobre la efectividad y continuidad funcional y estructural del transatlantismo como actor omnipresente y omnipotente en las relaciones internacionales esté caracterizado y definido por la respuesta a la interrogante de si los factores de asimetría y divergencias prevalecen sobre aquellos de simetría y convergencias en la alianza transatlántica.

Una revisión de la bibliografía, tanto especializada como general, existente y disponible en los últimos años en idioma inglés sobre la actual situación del bloque transatlántico revela a primera vista una tendencia más positiva que negativa en relación con la apreciación académica de la efectividad política, geopolítica y geoestratégica del mismo en el seno de las relaciones internacionales. Mientras que la tendencia negativa acentúa las dificultades y diferencias en las percepciones políticas, geopolíticas y geoculturales entre los países europeos y los EE. UU. en cuanto a las perspectivas de una unidad transatlántica internacionalmente eficaz y efectiva,5 prevalecen en la bibliografía estudiada las visiones positivas o al menos equilibradas al respecto.6

Al contrastar los factores positivos de la alianza transatlántica con aquellas variables negativas que influyen directa o indirectamente, encontramos que una evaluación analíticamente empírica y satisfactoria de la efectividad y continuidad del bloque transatlántico solo puede lograrse al entablar una apreciación más holística que sectorial y disciplinaria del estado actual del transatlantismo en las relaciones internacionales contemporáneas. Al tomar en cuenta tan solo una aproximación empírica en cuanto a las motivaciones y/o capacidades de los países transatlánticos, estaremos obviando los factores culturales, geoculturales e ideales, es decir los valores euro-atlánticos occidentales en lo político y económico, que ejercen una enorme influencia ideológica a nivel mundial hoy por hoy. Pese a que diversos países aplican la variante económico-industrial de los valores transatlánticos en sus respectivos sistemas económicos nacionales (capitalismo, neoliberalismo, propiedad privada) y obvian aquellos políticos (democracia, derechos humanos, libertad de expresión), la globalización de los valores euro-atlánticos occidentales representa un considerable factor de influencia ideal transatlántica mundialmente imposible de ignorar al apreciar su papel internacional.

No es suficiente tomar en cuenta las cifras estadísticas que resaltan el poder nacional material –ya sea netamente económico-tecnológico-industrial, o el militar o una combinación de los dos– de los países transatlánticos, sino que vale más bien indicar los eventos y situaciones conflictivas regionales y/o internacionales que definen y demarcan su influencia político-diplomática. De allí que si concluimos que la alianza transatlántica parece desempeñarse, mediante la OTAN y la UE, de un modo efectivo y exitoso a nivel mundial, podemos afirmar por ende que la brecha en los vínculos transatlánticos, aceptando su existencia como tal, no representa un perjuicio o ni siquiera un obstáculo serio para la efectividad y continuidad de su actuación a nivel global, ya sea de índole político-diplomática o militar. Brechas, asimetrías y divergencias forman parte de toda estructura institucional, tanto regional como internacional. La importancia de las brechas reside principalmente en su capacidad de obstaculizar y hasta paralizar la función de la institución correspondiente. Es por ello que la interrogante principal en este ensayo es: ¿cómo y hasta qué punto obstaculiza la brecha transatlántica el transatlantismo como actor político internacional?

Factores cohesivos de la alianza transatlántica

Habiendo establecido anteriormente que el debate académico sobre la alianza transatlántica no apoya la tesis de una omnipresente «brecha transatlántica», es decir que el bloque transatlántico sufra de una ruptura intrínseca y permanentemente característica de su actuación política mundial, han de enfocarse en este ensayo los factores tanto cohesivos como agravantes que definen tal actuación. Como factor primario cohesivo de la comunidad transatlántica vale nombrar la proximidad geográfica de sus países, agrupados alrededor del norte del océano Atlántico, uniendo así a América del Norte con la Europa atlántica en una determinada esfera física. Esta definida agrupación geográfica, agregándole aquel cúmulo de valores ideológicos, políticos y socioeconómicos, mencionados anteriormente y resaltados en la Carta del Atlántico (v. Anexo I), conduce a una agrupación geopolítica transatlántica, compuesta por el «foco duro» de los países atlánticos y luego aquellos euroasiáticos, o sea transatlánticos. La iniciación del enfrentamiento Este-Oeste en el terreno europeo 1947/1948 fue el factor más trascendental que produjo la OTAN, la institución históricamente más atlántica que pudiera existir para le época. Su ampliación geoinstitucional a 19 Estados signatarios en 1999, luego a 26 en 2004 y posiblemente a 28 para 2009, si Albania y Croacia siguen la invitación hecha a ellos en abril de 2008, condujo geográfica y geopolíticamente a la transatlantización de la OTAN, desplazando así el centro focal de su área de acción político-militar hacia Europa central, es decir hacia la masa euroasiática.

Paralelo a este desplazamiento euro-oriental, o sea, transatlantización de la OTAN, la UE también siguió este camino, aspirando igualmente a llenar el vacío geopolítico y geoeconómico dejado por el derrumbe de la URSS, el Pacto de Varsovia y el CAME. De allí que pareciera como si la OTAN y la UE estuvieran compitiendo por ocupar y «operacionalizar» el espacio euroasiático política y económicamente tan importante para ellos. No obstante esta aparente rivalidad UE-OTAN, fue la constante cooperación entre ellos, y a nivel netamente institucional, lo que caracteriza, clarifica, aunque no defina entera y satisfactoriamente, la actuación mundial de la comunidad transatlántica. Esas dos instituciones han establecido, concretamente desde 2001, una red de organismos multilaterales de consultas regulares a diversos niveles y sectores de cooperación institucional, como cumbres bianuales de sus respectivos cancilleres y Comisiones Militares, reuniones entre sus Comisiones de Seguridad y Política trianualmente, así como reuniones mensuales, tanto formales como informales, entre los embajadores de sus países, en las cuales se involucran el Secretario General de la OTAN y el Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la UE.

Llama la atención en este contexto que la intensificación de la cooperación institucional transatlántica comenzara a finales de 2001. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 lograron impulsar e institucionalizar una mayor cooperación UE-OTAN mucho más que la disolución de la URSS en diciembre de 1991. Es de asumir que en los diez años transcurridos entre esos dos importantes eventos no se presentaron circunstancias o situaciones amenazantes para la comunidad transatlántica que justificaran una colaboración y vinculación más estrecha. Los atentados de septiembre de 2001 significaron para la alianza transatlántica más peligro material, económico e ideológico-valorativo que la disolución de la URSS. El reto del fundamentalismo islámico radical, ya sea sunnita o shiita, que se inició en febrero de 1993 y luego en septiembre de 2001 contra los EE. UU. y luego se materializó contra España e Inglaterra, en marzo de 2004 y en julio de 2005, respectivamente, comprobó el surgimiento de un «nuevo enemigo» para la comunidad transatlántica.7 Sumándose este surgimiento a la activación del Artículo 5 de la OTAN, la alianza transatlántica cuenta a partir de 2001 con un poderoso factor extrínseco unificador de sus filas. El terrorismo internacional, en particular aquel fundamentalista islámico, hasta cierto punto y a partir de finales de 2001 y hasta la fecha ha sustituido a la Guerra Fría como raison d’être de la alianza transatlántica.

Considerando la alianza transatlántica como un sistema supranacional, este se destaca por ser el más homogéneo y simétrico, así como el menos anárquico a nivel mundial contemporáneamente. Las razones de su comparativamente alta funcionalidad pueden resumirse en los siguientes indicadores:

• La democratización de las estructuras y procesos políticos nacionales de sus miembros, es decir, la prevalencia de factores societales de base sobre aquellos elitescos al debatir y producir decisiones nacionales, contribuyó a una mayor armonización y coordinación de sus relaciones intrainstitucionales.

• La elevada interdependencia y cooperación en el sistema transatlántico de producción e intercambio de información entre sus miembros coadyuvó considerablemente a reforzar aquellas estructuras y procesos de toma de decisión multilaterales que compensan la debilidad o hasta la ausencia de organismos sólidamente integrados y centralizados de toma de decisiones en tales instituciones supranacionales europeas como la misma UE.

• Aunque ni la OTAN ni la UE todavía representan entes decisionales verdaderamente suprarregionales en la esfera transatlántica, su actual funcionamiento y cumplimiento con los requerimientos correspondientes satisfacen las expectativas y necesidades reales y contemporáneamente posibles de coordinar sus decisiones políticas multilaterales de alcance regional y global.

Más allá de la OTAN y la UE, las instituciones transatlánticas son numerosas. Entre las más activas está la Asociación del Tratado del Atlántico (ATA). Se trata de una red de contactos no gubernamentales e informales entre líderes políticos, académicos, diplomáticos y periodistas, creada en junio de 1954 y dedicada a promover los valores sociopolíticos atlántico-occidentales en los países euroatlánticos y más allá de los mismos, mediante foros y debates.8 Al producirse el derrumbe de la URSS en diciembre de 1991, la ATA modificó sus estatutos de modo que les permitiera incluir entre sus miembros a personas influyentes en la esfera pública de países fuera de la OTAN como miembros asociados y observadores, permitiendo en 1999 y 2004 la oportunidad de expandir sus actividades a esos países y conducir así la nueva doctrina de seguridad de la OTAN de abril de 1999 y su ampliación tanto doctrinaria («policía global») como geográfica («out-of-area-operations») hacia el centro y el este europeo, el Mediterráneo e inclusive hacia el sur del Cáucaso.

Aparte de decenas de organismos euroatlánticos, privados y públicos, políticos, económicos, tecnológico-industriales, civiles y militares (v. Anexo II), otras instituciones transatlánticas, como la Transatlantic Trends,9 la Atlantic Initiative,10 el Institute for Cultural Diplomacy,11 y la Atlantic Community12 se entienden como organismos no gubernamentales que cumplen con la función de apoyar las labores de los Gobiernos transatlánticos, en primer lugar aquellos de la OTAN y en segundo lugar de la UE, en reforzar los lazos, vínculos y encuentros tanto gubernamentales como no gubernamentales, a fin de compensar, más no sustituir, los espacios de información y comunicación masiva, así como de cobertura mediática que esos Gobiernos no siempre pueden y/o desean realizar y sostener (Gardner, 2004; Gheciu, 2005). Aunque no exista una coordinación ni perfecta ni sistemática en esta red de contactos informales, la labor que realizan esas instituciones no gubernamentales es crucial para asegurarles a los Gobiernos de turno en los países de la OTAN y de la UE cierta sinergia societal-gubernamental nacional y el soporte societal necesario para generar la legitimidad político-electoral que los Gobiernos precisan, a fin de cumplir con los quehaceres acordados por la OTAN, como por ejemplo el uso de sus tropas para misiones de combate y/o logística en situaciones de mantenimiento de paz como en Bosnia y Kosovo u otras operaciones bélicas un tanto controversiales, como actualmente contra los talibanes afganos.

Un óptimo indicador de esta cohesión existente de los países transatlánticos puede apreciarse en las tendencias de opinión en los mismos referente a los diversos temas que interesan y conmueven a la comunidad euro-atlántica. En su encuesta del 2007, la prestigiosa organización Transatlantic Trends destaca los valores comunes que vinculan a las sociedades y Gobiernos de los países transatlánticos, específicamente en lo político-ideológico y económico. Los resultados de esta encuesta apuntan hacia diversos aspectos de las relaciones euro-atlánticas, es decir euro-norteamericanas, que refuerzan la impresión de que tales relaciones no sufren de una brecha ni teórico-conceptual ni práctico-geoestratégica, sino más bien diferencias en los modi operandi al aplicar ciertas políticas para enfrentar situaciones que la comunidad transatlántica considera perjudicial para la estabilidad política y el bienestar socioeconómico de sus países en ambos lados del norte del Atlántico. Entre las opiniones mayormente favorables a la alta cohesión de la alianza transatlántica podemos señalar:13

• El 57 por ciento de los europeos y el 67 por ciento de los norteamericanos coinciden en que los EE. UU. y la UE poseen suficientes valores (y capacidades) en común como para ser capaces de cooperar en los problemas internacionales, frente al 37 por ciento de los europeos y el 23 por ciento de los norteamericanos que consideran que los EE. UU. y la UE poseen valores tan diferentes que la cooperación resulta imposible.

• Aunque el mayor porcentaje de europeos (46 por ciento) sigue opinando que las relaciones entre los EE. UU. y Europa han permanecido igual a lo largo del año 2007, disminuye el porcentaje que considera que dichas relaciones han empeorado, pasando del 34 por ciento en 2007 al 29 por ciento para el año 2008.

• Aumenta ligeramente el porcentaje de europeos que desean reforzar las relaciones con los EE. UU., mientras que una mayoría relativa de europeos continúa pensando que la UE debería adoptar una línea más independiente de los EE. UU. en materia de seguridad y diplomacia.

• Una amplia mayoría de europeos (67 por ciento) continúa opinando que la UE debería abordar las diferentes amenazas internacionales de manera conjunta con los EE. UU. antes que de manera independiente.

• Aunque varían ligeramente de un país a otro, se registra un alto consenso en cuanto a los siguientes temas y factores en la arena internacional que representan amenazas para las sociedades y Gobiernos transatlánticos: alta dependencia energética; fuerte crisis económica; reforzar la OTAN; terrorismo internacional (fundamentalista); proliferación de armas nucleares y otras no convencionales de destrucción masiva (Irán, grupos terroristas, «Estados fallidos»); efectos dañinos del calentamiento del planeta; mitigar tensiones en Oriente Medio; gestionar mejores relaciones con China Popular y Rusia; estabilización de Afganistán y de Irak; combatir la delincuencia organizada mundial y la producción y distribución de las drogas.

Factores agravantes de la alianza transatlántica

Las variables de índole negativa que perjudican y perturban la continuidad cohesiva de la alianza transatlántica pueden dividirse en dos categorías: unas identificadas como divergencias puntuales, o sea estructurales, de los distintos miembros transatlánticos, y las otras destacadas como determinadas diferencias funcionales, aunque convergentes en su esencia temáticamente estratégica. En cuanto a las divergencias estructurales, se puede afirmar que hasta las «convergencias estratégicas» dentro de la comunidad transatlántica contienen elementos de división y de diferencias estructurales correspondientes a las políticas y capacidades de cada país transatlántico. Aunque exista consenso en cuanto a la trascendencia de sostener la cohesión funcional de la alianza y a la apreciación compartida de la mayoría de los valores y temas relevantes en la actualidad internacional, las «divergencias puntuales» que uno que otro país transatlántico profesa y persigue se atribuyen por lo general a las exigencias y capacidades nacionales a las que se encuentra sometido periódicamente el liderazgo gubernamental de turno de dichos países.

Pese a todo consenso estratégico transatlántico, son estas «divergencias puntuales» las que, dependiendo del grado de la agudeza de la discrepancia, la importancia del país afectado o la eminencia mediática, tanto nacional como regional o internacional, del tema en cuestión, resaltan las diferencias en determinados temas o eventos que hacen que tales «divergencias puntuales» no dejen de ser lo que su denominación sugiere, es decir: puntuales, ya que esto reside en su carácter y origen de índole principalmente estructural nacional. La toma de decisión política y las correspondientes condiciones y circunstancias sociopolíticas y económicas en cada país obligan a asumir políticas exteriores y a adoptar políticas públicas orientadas y ajustadas a metas más nacionalistas que supranacionalistas. De allí que la «puntualidad temática nacionalista» refleja una importante diferencia estructural coyuntural, pero que no representa una ruptura seria, duradera o de implicaciones estratégicas.

No obstante la dimensión estratégica de las diferencias que puedan darse en las apreciaciones nacionales de temas internacionales, el alto consenso existente a nivel societal y gubernamental en la comunidad euro-atlántica referente a los diversos desafíos y factores internacionales anteriormente citados y considerados como perjudiciales para la misma refuerza la noción de que tales diferencias estratégicas se vuelven tácticas, en el sentido de que representan y hasta dependen de factores y circunstancias puntuales, coyunturales, «pasajeros» y por tanto superables.14 En términos generales, esas «divergencias puntuales» pueden resumirse actualmente en los siguientes tres puntos: actual liderazgo norteamericano de la alianza transatlántica, divergentes apreciaciones en cuanto a las amenazas mundiales y a la modalidad de eliminarlas o reducirlas, así como la considerable brecha en las capacidades militar-logísticas y tecnológicas entre los EE. UU. y la UE.

De acuerdo a la encuesta realizada por la organización no gubernamental Transatlantic Trends,15 la imagen crítica que los europeos poseen del liderazgo de la superpotencia norteamericana en los asuntos internacionales se ha mantenido prácticamente sin cambios desde 2004. Mientras que en 2002 el 64 por ciento de los europeos consideraba que el liderazgo de los EE. UU. en materia internacional era deseable y el 31 por ciento lo consideraba indeseable, la proporción de opiniones positivas y negativas se ha invertido en 2004 y ha permanecido prácticamente constante desde entonces hasta el año 2008. En medio de este panorama de opinión, los europeos continúan mostrándose más críticos hacia el presidente Bush que hacia EE. UU. como país. En 2002 el 64 por ciento de los europeos consideraba que el liderazgo internacional estadounidense era deseable, al tiempo que un 38 por ciento aprobaba la gestión del presidente Bush en materia de política internacional. Esta distancia de aproximadamente 20 puntos porcentuales se ha mantenido bastante, al tiempo que las opiniones sobre EE. UU. y su presidente se volvieron más críticas. En 2008, el 36 por ciento de los europeos poseía una opinión favorable del liderazgo estadounidense y el 19 por ciento aprobaba la gestión del presidente Bush en su política internacional.

Es de anotar que dos de los aliados políticos europeos más incondicionales de los EE.UU., Tony Blair de Gran Bretaña y José María Aznar de España, perdieron las elecciones en sus respectivos países por su cercanía a las políticas de George W. Bush (Rubin, 2008:103). La política estadounidense de implementar globalmente la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), proclamada en septiembre de 2002 por el presidente Bush como parte de su «Auto-Defensa Ofensiva», ha conducido a «excesos» en la conducta de la política exterior y produjo, desde la perspectiva europea, actuaciones unilaterales poco o nada consultadas con sus aliados en la OTAN y de preocupantes implicaciones para la UE.16 De allí que las diversas actuaciones mayormente unilaterales por parte de los EE. UU. a partir de 2001, con las invasiones de Afganistán y de Irak (2003), la instalación de sistemas de radares antimisiles en Polonia y la República Checa, el apoyo militar a Georgia y la insistencia de Washington en incluir a este país en la OTAN, su política «no oficial» de torturas y secuestros de sospechosos de terrorismo fundamentalista en detrimento de los más básicos de los derechos humanos (Abu Ghreib, Guantánamo, «Operativo Rendición») representan situaciones y circunstancias perjudiciales para la política y los intereses europeos en trascendentales áreas geopolíticas para la UE como las son del Medio Oriente y la esfera euroasiático-rusa.

Mientras que norteamericanos y europeos comparten en gran medida la apreciación sobre la naturaleza de las amenazas contra su seguridad, ya sea por separado o en conjunto, territorial, política y socioeconómica, persiste la segunda «divergencia puntual» en la diferente evaluación de su gravedad y cómo enfrentarlas. La visión europea de seguridad continental apunta más hacia una «defensa ofensiva» y la «seguridad humana», en el contexto de su PESC y de su Estrategia Europea de Seguridad (EES), aprobada en diciembre de 2003 y que incluye la posibilidad de intervenciones europeas directas, dejando abierto su carácter militar, civil o mixto (Flechtner, 2006:160-161). La EES es una de las áreas de integración europea de mayor crecimiento y desarrollo, apuntando a la creación de una «Gendarmerie», «Grupos de Batalla» o la Fuerza Europea de Reacción Rápida (FERR), destinados a darle a la UE mayor autonomía de acción, incluyendo netamente lo militar, en casos de crisis perjudiciales a los intereses comunes de la UE. Existe además una matriz de opinión calificada que exige un papel más asertivo y «balanceador» por parte de la UE frente a los EE. UU. un tanto militarizadamente unilateral y prepotente, ahora que la OTAN es más hábito que necesidad con la disolución de la URSS (Calleo, 2003:49).

El tema de compartir el liderazgo transatlántico en cuanto a las crisis geopolíticas y/o económicas regionales y mundiales también provee material para «divergencias puntuales» entre los EE. UU. y la UE, en el sentido de que el «unilateralismo accionista» estadounidense no solamente causa inquietud a nivel individual-nacional en la mayoría de los países europeos, sino inclusive a nivel institucional-regional de la misma UE. Las divisiones dentro de Europa se hacen evidentes en cuanto a debatir y ejecutar su PESC y EES coherentemente ante las iniciativas, actuaciones y capacidades estadounidenses y las reacciones de otras importantes potencias extrarregionales como Rusia y la China Popular. La política estadounidense en el Medio Oriente, ya sea Irak, Afganistán, o Israel-Palestina, demuestra claramente esta problemática situación de «liderazgo compartido» para la UE.17 En la apreciación de Robert Kagan, la «cultura estratégica» de los EE. UU., es decir la visión neorrealista norteamericana de un mundo definitivamente jerárquico y caótico, con énfasis en lo militar, es un tanto peligrosa y anacrónica para los europeos contemporáneos (Kagan, 2002). Mientras que Europa, entre otras razones por su desastrosa experiencia beligerante continental y su pasado colonial, ha optado por la modalidad de la diplomacia profesional, cooperación y negociación multilateral en un mundo de reglas y normas consensuales, los EE. UU. en un mundo «desregularizado» y hobbsiano por definición, prefieren apoyarse en su proeza militar para defender sus ideales e intereses nacionales, tanto regionales como globales.

La tercera «divergencia puntual» en la comunidad euro-atlántica se destaca en las prioridades presupuestarias y sus correspondientes implicaciones entre los EE. UU. por un lado y la UE por el otro. Los europeos, en términos generales y por motivos de su traumática experiencia histórica con guerras continentales, ponen más énfasis en lo que a gastos públicos –tales como salud, educación, seguridad social y pensiones de vejez– se refiere que en los sectores de la investigación y desarrollo de defensa y seguridad militar. En el caso de los EE. UU., la supremacía cualitativo-tecnológica militar y logística norteamericana ante todos los países del mundo se ha hecho patente a partir del programa de la Iniciativa de Defensa Estratégica del presidente Ronald Reagan de 1983. Los gastos norteamericanos en la investigación y desarrollo de armamentos de toda clase y de logística de defensa superan aquellos de los veinticinco países más desarrollados y potentes por su PTB.18 De los 1.473 trillones de dólares dedicados globalmente a gastos militares en el año 2008, los EE. UU. acaparan el 48 por ciento, mientras que a Europa le corresponde el 20 por ciento, a China Popular y al Asia el 8 por ciento cada uno, a Rusia el 5 por ciento, al Medio Oriente el 5 por ciento cada uno, y a América Latina el 3 por ciento.19 Es esta supremacía y capacidad de actuación autónoma militar global y singular estadounidense lo que es imposible de superar o hasta reducir en el futuro cercano por la UE, Rusia o la China Popular, en lo que a avances tecnológico-militares se refiere. La grave crisis financiera global de finales del 2008 más podría debilitar a los EE. UU., que reforzar militar-logísticamente a las demás potencias.

La significativa brecha en las capacidades militares entre los EE. UU. y la UE es una clase de «divergencia puntual» que quizás no es ni omnipresente ni del todo decisiva en cohesionar las relaciones intra-transatlánticas, pero sí es de gran trascendencia en eventos y crisis político-militares de alto componente militar-logístico que requieren y conducen a intervenciones militares directas por parte de la OTAN, como la guerra Bosnia-Serbia de 1994-1995 o Kosovo en 1999. El anterior secretario general de la OTAN, George Robertson, detalló en su época una lista de «deficiencias» militares europeas que hacen que la actuación norteamericana beligerante sea tan decisiva en resolver conflictos regionales o en mantener al menos cierta ventaja militar-logística ante sus rivales, ya sean de la comunidad euro-atlántica o fuera de la misma.20 Esta lista, encabezada por el transporte aéreo estratégico, reabastecimiento de aviones en vuelo, misiles de alta precisión, reconocimiento aéreo (aviones sin pilotos) o satelital, sigue vigente en su composición y en sus repercusiones para el papel político-militar de la UE a nivel global, en el sentido de que toda actuación estadounidense posee técnicamente, con sus ventajas anteriormente señaladas, más oportunidades de éxito militares en lo inmediato. En conflagraciones internas donde entran factores políticos, socioculturales, intrínsecos o extrínsecos, como en Afganistán o en Irak, evidentemente incontrolables, las ventajas militares no se traducen, al menos no a corto plazo, en un éxito político de largo plazo del uso de esas ventajas.

Conclusiones: las relaciones internacionales contemporáneas en la sombra del transatlantismo

Dada la circunstancia concreta y real de que el transatlantismo existe como un ente geográfico, político, geopolítico y sociocultural y es representado institucional y dualmente por la OTAN-UE, la respuesta a la interrogante en cuanto a la estabilidad y funcionalidad de la comunidad euro-atlántica como un actor relevante (geo)política, regional e internacionalmente reside en determinar la funcionalidad de la actuación conjunta, oportuna y exitosa de esas dos instituciones en la arena internacional. Considerando el enfoque principalmente cualitativo de este ensayo, una apreciación objetiva de la actuación regional y global de la OTAN-UE ha de basarse en evaluar la exitosa continuidad y estabilidad conceptual-institucional y funcional-práctica que estos dos entes poseen frente a las demás y cuantiosas instituciones multilaterales regionales y mundiales, desde las Naciones Unidas pasando por la Comunidad Andina de las Naciones (CAN). Aunque se dan opiniones donde el grado de su éxito funcional en un sentido ontológico-teleológico bien puede cuestionarse, es innegable el consenso entre los académicos y estudiosos de la materia en cuanto al impacto de la OTAN-UE en la política regional y mundial.

De allí que, no obstante las evaluaciones académicas calificadas sobre la existencia de una brecha multidimensional y multisectorial en las relaciones e instituciones transatlánticas, la continuidad organizacional y funcional de la OTAN y de la UE, así como su relativo y cierto éxito en alcanzar una considerable parte de sus metas, afirman que sus logros superan, aunque precariamente, sus fracasos en lo que a sus proyectadas metas se refieren. Sin embargo, el rigor analítico nos exige responder la interrogante referente a las condiciones y circunstancias, bajo las cuales la actuación (geo)política regional y/o internacional del bloque transatlántico pudiera terminar exitosa, frustrada o mixta. En términos analíticos, calificar la actuación de la OTAN-UE como un éxito completo, un fracaso total, un deficiente éxito, un digno fracaso o como «record mixto» depende en alto grado tanto de la situación, crisis o evento en cuestión, como de la voluntad política, mecanismos y capacidades existentes a nivel de la OTAN y de la UE para enfrentar tales situaciones y crisis. Ya que ninguna solución de una crisis dada debe juzgarse a corto plazo, todas las crisis actualmente vigentes quedan en la categoría de «resultados mixtos», como el caso de las misiones de paz de la OTAN en los Balcanes y en Afganistán.

La «guerra de los cinco días» entre Georgia y Rusia de agosto de 2008 es el más reciente ejemplo de lo que podemos llamar «crisis definitorias» de la estabilidad y funcionalidad de la alianza transatlántica. La incapacidad de las instituciones transatlánticas, además de la OSCE, de impedir o hasta influir sobre el curso y/o los resultados de esa guerra no certifican necesariamente un fracaso de las mismas, ya que son cuantiosas y recurrentes las crisis y conflictos que no pueden evitarse o impedirse desde la esfera euro-atlántica. La lectura de esa guerra referente a la funcionalidad de la alianza transatlántica consiste más bien en evaluar su influencia sobre la satisfactoria solución a mediano y largo plazo de las implicaciones políticas, geopolíticas y energéticas de esa crisis. Los eventos de agosto de 2008 en el Cáucaso, si bien indican cierto resurgimiento político-militar de Rusia en la esfera euro-asiática, refuerzan también la alianza transatlántica en su composición y en sus metas. Sin embargo, el que la UE, mediante la mediación del presidente francés Nicolás Sarkozy, lograra negociar un cese de fuego entre Rusia y Georgia y la separación de fuerzas militares bajo observación de la OSCE resaltó la capacidad de la UE para intervenir exitosamente en conflictos regionales sin la actuación ni previa ni posterior de la OTAN.

La alianza y el bloque transatlántico se entienden como un macro-actor extrarregional y fundamental para la estabilidad de las relaciones internacionales, en donde una división de labores regionales y mundiales entre ambos es una condición necesaria, más no suficiente, para garantizar resultados satisfactorios de su actuación política conjunta. Si la UE aspira a ser una «potencia global civil con dientes», reactivar la Unión Europea Occidental y/o reforzar y efectivamente utilizar su Fuerza Europea de Reacción Rápida (FERR) debe tornarse una urgente prioridad, ya que aplicar soluciones militares (Afganistán) o policiaco-militares (Balcanes) está fuera de la capacidad de iniciativa, maniobra, negociación y mediación netamente europea civil en conflictos político-militares. Es por ello que toda actuación de la UE en esta categoría de conflictos demuestra y aumenta su dependencia de la OTAN, o sea de los EE. UU., convirtiendo a estos cada vez más en una «potencia europea».

Concluimos además que la alianza transatlántica parece desempeñarse, mediante la OTAN y la UE y sus correspondientes estructuras y mecanismos, como la Asociación para la Paz (ApP), PESC, FERR, entre otros, de un modo relativamente efectivo y exitoso a nivel mundial, comparado con su ausencia o la falta de su actuación. También podemos afirmar que la brecha en el transatlantismo, aceptando la existencia de tal «ruptura» y apartando las opiniones académicas al respecto, no representa un perjuicio, ni siquiera un impedimento serio, para la efectividad y continuidad de la actuación transatlántica a nivel práctico global o de índole político-diplomática y/o militar. La UE, a través de la PESC, la FERR, «Galileo» y otras medidas y capacidades autónomas, puede lograr hacerse más responsable de su propia seguridad continental, pero para cumplir simultánea y satisfactoriamente con su papel de un importante actor global dentro de la alianza transatlántica, su cooperación y hasta su dependencia de la OTAN-EE. UU. es, a corto y a mediano plazo, claramente ineludible.

Anexo I

Texto de la Carta del Atlántico del 14. 08. 1941

El Presidente de los Estados Unidos de América y el Primer Ministro representante del Gobierno de S.M. en el Reino Unido, habiéndose reunido en el océano, juzgan oportuno hacer conocer algunos principios sobre los cuales ellos fundan sus esperanzas en un futuro mejor para el mundo y que son comunes a la política nacional de sus respectivos países:

1. Sus países no buscan ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo.

2. No desean ver ningún cambio territorial que no esté de acuerdo con los votos libremente expresados de los pueblos interesados.

3. Respetan el derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza.

4. Se esforzarán, respetando totalmente sus obligaciones existentes, en extender a todos los Estados, pequeños o grandes, victoriosos o vencidos, la posibilidad de acceso a condiciones de igualdad al comercio y a las materias primas mundiales que son necesarias para su prosperidad económica.

5. Desean realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, en el dominio de la economía, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económico y la protección social.

6. Tras la destrucción total de la tiranía nazi, esperan ver establecer una paz que permita a todas las naciones vivir con seguridad en el interior de sus propias fronteras y que garantice a todos los hombres de todos los países una existencia libre sin miedo ni pobreza.

7. Una paz así permitirá a todos los hombres navegar sin trabas sobre los mares y los océanos.

8. Tienen la convicción de que todas las naciones del mundo, tanto por razones de orden práctico como de carácter espiritual, deben renunciar totalmente al uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras, consideran que, en espera de poder establecer un sistema de seguridad general, amplia y permanente, el desarme de tales naciones es esencial. Igualmente ayudarán y fomentarán todo tipo de medidas prácticas que alivien el pesado fardo de los armamentos que abruma a los pueblos pacíficos.

Franklin D. Roosevelt - Winston Churchill

14 de agosto de 1941

Anexo II

Glosario de institucciones transatlánticas

ACDA Arms Control and Disarmament Agency

ACE: Allied Command Europe

ACLANT Allied Command Atlantic

ACO Allied Command Operation

ACT Allied Command Transformation Act

AFCENT  Allied Command Central Europe

AFNORTH  Allied Command Northern Europe

AFNORWEST Allied Command Northwestern Europe

AFSOUTH  Allied Command Southern Europe

ARRC/F Allied Rapid Reaction Corps/Force

ATD Advanced Technology Demonstrations (U.S.)

BALTAP  Allied Forces Baltic Approaches

BMDO  Ballistic Missile Defense Organization (U.S.)

CAPS Conventional Armaments Planning System

CEPA Common European Priority Area (EUCLID program/EU)

CESDP  Common European Security and Defense Policy

CFE Conventional Forces in Europe

CFSP Common Security and Defense Policy

CJTF Common Joint Task Force

CNAD Conference of National Arms Directors

CWC Chemical Weapons Convention

DITB Defense Industrial and Technological Basis

DPC Defense Planning Committee

DTRA Defense Threat Reduction Agency (U.S.)

EAA Euro-Atlantic Association

EAA European Armaments Agency

EADC European Aerospace and Defense Company

EADS European Aerospace, Defense and Space Company

EAPC Euro-Atlantic Partnership Council

EBRD European Bank for Reconstruction and Development

ECAP European Capability Action Plan (Petersberg-Summit)

ECDP European Common Defense Policy

ECHO European Community Humanitarian Office

ECJ European Court of Justice

ECMM  European Community Monitoring Mission

EDA European Defense Agency

EDC European Defense Community

EDIG European Defense Industrial Group

EFTA European Free Trade Association

EIB European Investment Bank

EMS European Monetary System

EMU Economic and Monetary Union

EP European Parliament

EPC European Political Cooperation

EPU European Political Union

EREA European Research Establishments in Aeronautics

ERRF European Rapid Reaction Force

ESDI European Security and Defense Identity

ESDP European Security and Defense Policy

EU European Union

EUCLID European Cooperative and Long-Term Initiative in Defence

FAWEU  Forces Answerable to the Western European Union

GARTEUR  Group for Aeronautical Research and Technology

GPS Global Positioning System

IBERLANT  Allied Forces Iberian-Atlantic Area

IEPG Independent European Program Group

IGC Inter-Governmental ConferenceJACCO  Joint Armaments Cooperation Organization

JSRC Joint Sub-Regional Commanders

LANDCENT  Allied Land Forces Central Europe

LoI Letter of Intent (concerning measures to facilitate the restructuring of European military industry)

LTS NATO Long-Term Study

MoU Memorandum of Understanding

NAC North Atlantic Council

NACC North Atlantic Cooperation Council

NAMEADSMA NATO MEADS Management Agency

NATO North Atlantic Treaty Organization

NBRM NATO Basic Military Requirements

NIAG NATO Industrial Advisory Group

NPT Nuclear Non-Proliferation Treaty

NRF NATO Response Force

NSO NATO Standardization Organization

NSS National Security Strategy

OCCAR Organization for Joint Armament Cooperation

OECD Organization for Economic Cooperation and Development

OSCE Organization for Security and Cooperation in Europe

PAPS Periodic Armaments Planning System

PCA Partnership and Cooperation Agreement

PfP Partnership for Peace/NATO

PJC Permanent Joint Council

PoCo Political Committee f National Political Directors

POLARM Ad Hoc European Political Group on Armaments

PPEWU Policy Planning and Early Warning Unit

RTO Research and Technology Organization (NATO)

SAC Standing Armaments Committee

SACEUR Supreme Allied Commander Europe

SACLANT Supreme Allied Commander Atlantic

SEA Single European Act

SEM Single European Market

SCITEC Science and Technology Strategy Study (WEAG)

SDI Strategic Defense Initiative

SEA Single European Act

SHAPE Supreme Headquarters Allied Powers Europe (now ACO)

SOCRATE System of Cooperation for Research and Technology (EU)

TEU Treaty on the European Union

THALES Technology Arrangement for Laboratories for Defense European Science

TTCP The Technical Cooperation Program

WEAG Western European Armaments Group

WEAO Western European Armaments Organization

WEU Western European Union

Notas:

1 Birmingham, 2000; Cañizares-Esguerra, 2006; Egerton, 2007; Elliot, 2007.

2 www.exordio.com/1939-1945.

3 Dent, 1999; Grandin, 2004; Julian y otros, 2003.

4 www.amersur.org.ar/Pollnt/OTAS.html.

5 Anderson y otros, 2008; Armitage, 2008; Brimmer, 2006; Fehl, 2008; Games y Rothman, 2007; James, 2006; Kotzias y Liacouras, 2005; Pond, 2003; Voskopoulos, 2007; Weidenfeld, 2006; Williams y Jones, 2001.

6 Anderson y otros, 2008; Bailes, 2006; Balis y Serfaty, 2004; Bertram, 2003; Damo, 2006; Dannreuther, 2006; Ferná, 2008; Gärtner y Cuthbertson, 2005; Hallenberg y Karlsson, 2006; Hamilton, 2004; Hamilton y Quinlan, 2006; Ilgen, 2006; Jones, 2007; Lansford y Tashev, 2004; Leech, 2002; Peterson, 2003; Rynning, 2005; Sadigov, 2008; Serfaty, 2007; Sloan, 2002; Steffenson, 2005; Stent y Shevtsova, 2002; Toje, 2008.

7 Gardner, 2004; Hamilton, 2004; Rynning, 2005.

8 www.ata-sec.org.

9 www.transatlantictrends.org.

10 www.atlantic-initiative.org.

11 www.culturaldiplomacy.org.

12 www.atlantic-community.org.

13 V. nota 8.

14 Anderson y otros, 2008; Fehl, 2008; Brimmer, 2006; Games y Rothman, 2007; James, 2006; Kotzias y Liacouras, 2005; Weidenfeld, 2006.

15 V. nota 8.

16 Hook, 2007; Jervis, 2005; Johnson, 2006.

17 Balis y Serfaty, 2004; Brimmer, 2004; Jones, 2007; Toje, 2008.

18 Adams y Ben-Ari, 2006; Gregory y otros, 2004; James, 2006.

19 Consúltese www.globalissues.org/article/75/world-military-spending.

20 Howorth y Keeler, 2004; James, 2006; Thomas, 2000.

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