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Cuadernos del Cendes
versión On-line ISSN 2443-468X
CDC vol.33 no.91 Caracas abr. 2016
La gramática del chavismo
Entre la pulsión socialista y el redentorismo popular
Notas de Investigación
Ramón Casanova*
* Sociólogo. Doctor en Estudios del Desarrollo. Profesor Titular del Área de Desarrollo Cultural y Educativo del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes-UCV.
Correo-e: rvcasanova@gmail.com
I PARTE
1.
Este texto reúne notas que esbozan preliminarmente preguntas y sugieren líneas de análisis e hipótesis para una investigación que pretende una primera interpretación de ese ambiguo y escurridizo movimiento que es el chavismo. Y lo quiere hacer desde el horizonte de las lógicas sociales y culturales que acompañan la construcción de su identidad política.1 El mismo descansa en una perspectiva acotada: la revisión de estas lógicas de acuerdo con la evolución de los imaginarios sociales y los valores políticos que lo hacen «singular» en la historia de las ideas y de los movimientos postliberales latinoamericanos recientes. Para desplegarla recurre al acervo de las tradiciones marxistas, weberianas y durkheimianas sobre las transformaciones sociales en ciclos de crisis histórica y cambio estructural,2 al igual que a las de la sociología latinoamericana en la valoración de estas en el curso seguido por el capitalismo en la región;3 esperando que nos faciliten indicaciones para el entendimiento de la experiencia venezolana, de acuerdo a las interpretaciones de las relaciones entre culturas políticas y dinámicas de poder en las transiciones que vienen ocurriendo.4
Desde este campo teórico y analítico, se considera que el tiempo, al interior del cual se mueve la sociedad venezolana en el espacio político abierto a fines de la década de los años 90, es la consecuencia de una crisis de largo aliento de la forma de modernización que abrió la economía petrolera, de las dinámicas demográficas y de urbanización que la acompañaron, y de las lógicas económicas, sociales y políticas que la sustentaron: un crecimiento económico veloz pero inestable, una industrialización irregular y frágil, una estratificación con movilidad social polarizada, una «invasión» del Estado en todas las esferas del espacio público.
Estas lógicas tendrán de suyo hasta hoy la continuación de procesos de desestructuración de tejidos de sociabilidad, de códigos socialmente aceptados para la regulación de la vida colectiva5 y de subjetividades e identidades políticas endebles y maleables con respecto a un proyecto de país, alimentando permanentemente sus contradicciones.
Serán las conflictualidades de este patrón de desarrollo del capitalismo venezolano,6 en el contexto de la nueva forma de acumulación y de la ofensiva del liberalismo político de la economía-mundo, las que marcarán las últimas décadas del siglo XX.
El chavismo surge de esas contradicciones, agudizadas por la ampliación de las franjas sociales sometidas a diversas formas de exclusión y precarización, siendo al mismo tiempo prolongación del declive del contrato social desarrollista y del ensayo de una alternativa al mismo.
2.
La investigación argumenta que, en la evolución social y cultural del chavismo con respecto a su identidad política, son reconocibles al menos tres itinerarios.
Uno primero, aquél que se despliega con el alzamiento popular del año 89 (que tiene antecedentes importantes), madurando en un movimiento diez años después, con la victoria electoral del 99, y concluyendo con el golpe de Estado y la huelga petrolera en los años 2002 y 2003. Un tiempo intelectual y cultural que se mueve esencialmente alrededor de la recuperación de las claves éticas del manifiesto republicano de siglo XIX.7 Ganará fuerza y logrará la primera victoria electoral aprovechando su énfasis en la necesidad de una reforma de la institucionalidad del Estado y en una crítica al funcionamiento de las elites políticas.
El argumento facilitará, en el primer itinerario, un respaldo social amplio que incluirá segmentos de los mismos patriciados políticos, capas académicas e intelectuales, sectores altamente escolarizados de las clases medias localizadas en las regiones de mayor urbanización, sectores gerenciales y técnicos de empleos de alta remuneración de economías especializadas en ciertas producciones industriales, agroindustriales y de servicios tecnológicamente avanzados. Así como, sobre todo, de esas difusas masas populares que incluirán las pequeñas burguesías tradicionales (dueños de talleres, carpinterías, comercios, productores rurales), los trabajadores de servicios públicos y de empresas privadas, el segmento militar de la generación de las últimas cohortes, el campesinado sin tierra y, sobre todo, las amplias franjas expulsadas del trabajo y que buscan refugio al desempleo en la economía informal.
Este itinerario supondrá el ocaso del «arreglo de clases» que estuvo en el pacto desarrollista abierto en el 58 y se prolongará, con idas y venidas permanentes, durante los años que siguen a su primera victoria electoral.8 Forzando el análisis, indicará un consenso social amplio que tendrá como adversarios segmentos de la antigua «clase gobernante», las burguesías comercial, industrial y financiera, fracciones de las clases medias, y las nuevas elites políticas que emergen, reivindicando un liberalismo radical frente al ocaso de los programas socialdemócratas y socialcristianos del contrato desarrollista.
Un segundo itinerario es el que cubre el tiempo que abre la radicalización ideológica del manifiesto, luego del golpe de Estado y la huelga petrolera. Será este itinerario quizás el más deliberante en la dirección de pensar la elaboración, no sin pugnas y diferenciaciones ideológicas, de una estrategia de largo plazo para darle un curso socialista al ciclo abierto por la victoria electoral.9
La política petrolera, la geopolítica con los Estados Unidos, los experimentos jurídicos para otros espacios y ejercicios de la democracia en la gestión económica y política y, sobre todo, las políticas sociales redistributivas, serán los campos de disolución del consenso del primer itinerario; más aún cuando se haga explícita su voluntad de darle un giro socialista a la transición. El miedo creciente de las clases medias urbanas, altamente educadas, a apuestas postliberales, la desesperanza de las viejas elites y el juego insurreccional de las burguesías (al perder espacios de decisión económica o al menos interlocutores en el alto gobierno), marcarán el segundo itinerario. En adelante y progresivamente, aquellos sectores de las clases medias que tuvieron simpatía por el primer manifiesto del chavismo se irán alejando.
Un tercer itinerario, abarca las «microfísicas políticas» que siguen a la muerte de Chávez, el definitivo «enclaustramiento» social del movimiento, el desdibujamiento de la estrategia de largo plazo, el ocaso cada vez más evidente del pensamiento socialista como eje para pensar el nuevo diseño de la sociedad y la tentación de una recomposición patrimonialista de la clase gobernante, se prolonga hasta hoy.
3.
En este espacio temporal de los análisis, la investigación intenta una interpretación: que la evolución de la construcción de la identidad del movimiento, acentuadamente desde su último itinerario, hace evidente la progresiva conversión del chavismo en un «movimiento redentorista». Ello en tanto que termina por concentrarse en las demandas de las masas con mundos materiales y culturales más pauperizados10 y declina la pulsión socialista, refugiándose en el asentamiento de la cultura política que las alienta, secularmente atada a un imaginario que tiene sus raíces en el catolicismo popular de las tradiciones agrarias.
4.
Sea como sea, para indagar tal perspectiva, necesariamente nos detendremos en precisiones teóricas y empíricas acerca de la definición de clase de estas masas, y en la exploración del peso y la influencia creciente que tendrán en la construcción de la identidad del movimiento.
Así, nos proponemos varias líneas sociológicas de análisis y de investigación empírica que nos permitan avanzar en la inteligibilidad del movimiento: i) una evaluación de las variaciones en el tiempo de la distribución social de las preferencias políticas, sirviéndonos de los datos electorales, esperando detectar las dinámicas de clase del movimiento; especialmente de las franjas que nos parece que constituyen el sujeto movilizador, sobre todo del último itinerario del movimiento: el subproletariado;11 ii) una ponderación de la composición de clase de acuerdo con indicadores de renta, ocupación y escolarización, tomando en cuenta la distribución territorial por especialización económica y urbanización; iii) una evaluación de los valores que hacen la cultura política, apoyándonos en un repertorio de encuestas de opinión; iv) una exploración, por medio de una encuesta, sobre los hábitos culturales de los mundos populares; y v) una valoración crítica de un acervo documental y hemerográfico mínimo con el que pretendemos observar los desplazamientos en los itinerarios ideológicos de la identidad del chavismo que, por lo demás, condicionan las aperturas o los cierres de clase en el ya largo e irregular recorrido.12
Avanzaremos, simultáneamente, en una descripción apretada del escenario social y político que inaugura y mantiene hasta hoy la forma de modernización propia del capitalismo rentístico, que, repetimos, está en el centro de la inteligibilidad de la particular institucionalidad de la sociedad venezolana.
Y haremos, entonces, una lectura de clase de los giros ideológicos del proyecto nacional que encarna el chavismo, siguiendo la especificidad de las fuentes intelectuales y culturales que lo nutren desde su aparición como un «club conspirativo»,13 que gira alrededor de un manifiesto que reivindica la tradición del republicanismo venezolano del siglo XIX y que se continua con la asunción cada vez más «difusa» del socialismo. Giro que hoy se tensa, articulado a la reproducción de estas tradiciones en una identidad «sincrética» que cohesiona políticamente a las masas empobrecidas, predominantes en el mundo del trabajo, y que perciben al socialismo desde la aspiración redentorista de las herencias salvacionistas del mesianismo y el milenarismo, de aquél catolicismo que ha estado desde siempre en el corazón del imaginario popular, dotando de significados sus percepciones de bienestar, justica, libertad, igualdad.14
5.
En el fondo, la estrategia de investigación tiene sentido al interior de una hipótesis general: el chavismo si bien es un movimiento anticapitalista por la cultura que hace su identidad es, también y sobre todo, antimoderno,15 «refugiado» hasta hoy en una sui generis lectura ahistórica de aquel republicanismo en su programa de reforma estructural de la economía y la política de la sociedad venezolana de hoy.
Ello en tanto construye preferentemente tal programa desde la posibilidad de un «retorno» a una communitas cohesionada por lealtades afectivas y movilizada por una democracia comunitaria: una sociedad de trabajo cooperativo entre iguales, de productores independientes en escalas de producción simple y autogestionada por gobiernos locales.
Un programa que recoge en lo esencial, despojado de su historicidad, el proyecto de sociedad sintetizado en el pensamiento de Simón Rodríguez16 y que remite en el terreno de la economía no puede ser de otra manera en el límite de la época del desarrollo del capitalismo que le toca vivir a la reivindicación de la comunidad preindustrial. Moviéndose, además, en la recuperación de las herencias de los mundos de producción y trabajo de la sociedad aborigen originaria y el comunitarismo agrario hispánico. Un ideario que corresponde a un momento del tránsito al capitalismo manufacturero y que expresa sociológicamente la reacción del artesanado frente a la emergencia del trabajo obrero y de la fábrica.
Para realizarla, en tanto síntesis de la originalidad latinoamericana, en la argumentación de Rodríguez y de Bolívar era necesario sobre todo una reforma política de las instituciones y otra moral pública, centrada en la educación popular según las reglas del Emilio rousseauniano, dándole corporeidad a una ciudadanía libre y realizando la igualdad;17 un manifiesto que será común al republicanismo jacobino y al utopismo socialista que prosperó en América Latina en el siglo XIX.18 Esta será la interpretación del republicanismo que persistirá en el núcleo militar que promoverá el levantamiento del año 92, particularmente en Chávez, y que tendrá repercusiones en su visión de la industrialización y de la democracia, alejadas, por ejemplo, de las argumentaciones al respecto del socialismo consejista de las tradiciones obreras.19 Una interpretación que llenará el espacio del diagnóstico de la decadencia y del malestar de la sociedad venezolana por efecto del contrato desarrollista, y tomará fuerza cuando el movimiento se proclame expresión de los sentimientos de los pobres.
Este será, en última instancia, el reservorio del manifiesto político de lo que el núcleo militar llamará Bolivarianismo y desde el cual una corriente, importante y mayoritaria en la dirección intelectual y política del movimiento, pensará la orientación del proyecto nacional y los significados de la emancipación, y definirá la naturaleza del actor histórico: el «pueblo», constituido por aquellos que viven una condición de opresión y que son portadores de las «virtudes innatas» que ella entraña. Una noción que se construye en un sentido ingenuo y desclasado; no desde el ámbito de las relaciones sociales, sino en la oposición no dialéctica entre oprimidos y oligarquía; lo que le otorga, por ello, la virtud de ser el sujeto emancipador. Deja así sin respuesta, entonces, la interrogante de si puede, un movimiento de esta naturaleza, encarnar la posibilidad de una hipótesis comunista20 para transformar la sociedad del capitalismo flexible de la revolución tecnológica y del trabajo.
Y en el último giro del chavismo, siguiendo al mismo Chávez, tal oposición encontrará otras justificaciones ideológicas y cohesionará su identidad política ya definitivamente en la asociación, socializada en el imaginario popular, entre religiosidad y socialismo. El cristianismo primitivo reúne los valores «naturales» del socialismo y este no es más que la realización plena de la utopía salvacionista: la del reino edénico al cual solo los pobres tienen derecho.21 La agustiniana Ciudad de Dios sustituirá la Ciudad Futura gramsciana como punto de llegada de la historia y culminación del ideal emancipatorio.
II PARTE
6.
Ahondando: ¿por qué hablar de la retracción progresiva de la pulsión socialista y del viraje del chavismo hacia un movimiento redentorista?
Una anotación previa. Debemos insistir que las lógicas de urbanización acelerada con industrialización famélica (que se estancará finalizando la década de los años 60 como eje de la acumulación, sin haber avanzado mucho más allá de la etapa «fácil» de la sustitución de importaciones) (Purroy, 1982) y el peso creciente del Estado en la gestión del patrón de desarrollo del capitalismo venezolano, impactarán singularmente las dinámicas de clase del ciclo modernizador de la economía petrolera.
Desde este ángulo, en lo que nos interesa, la clase obrera que surge de estas lógicas22 mostrará persistentemente una debilidad estructural, vinculada a los dinamismos irregulares del trabajo, generada por el espacio de la industria inmobiliaria, de los emporios del petróleo y la siderúrgica, de la agroindustria, el ensamblaje y de la producción de bienes de consumo y, sobre todo, de los servicios comerciales y del empleo público burocrático. Numéricamente pequeña e inestable en el conjunto de la población trabajadora, con escolaridades mínimas y sometida a movilidad ocupacional, estará permanentemente amenazada por el riesgo de la expulsión del trabajo. Con ella, la modernización producirá un espectro deformado de relaciones sociales de producción alimentado, como hemos indicado, por un crecimiento desmesurado de segmentos ligados a la informalidad: el subproletariado, creciendo y reproduciéndose intergeneracionalmente en los circuitos depauperados, y funcionando como población sobrante empobrecida permanentemente (Singer, 2012). Esta se expandirá vertiginosamente con las nuevas formas de organización productiva que lleva aparejada la instalación del capitalismo flexible, y que toman cuerpo con la crisis nacional de la deuda y los programas de ajuste estructural que acompañan la restructuración del modo de acumulación mundial del capital,23 que, por lo demás, convierte a segmentos de las clases medias, que vivieron movilidades ascendentes, en nuevos pobres (Cariola y Lacabana 2005).
En lo esencial, esas masas empujadas por la forma de urbanización acelerada y resultantes sobre todo de la mutación social del campesinado, se desplazará y se continua desplazando vertiginosamente hacia las ciudades que localizan el tejido industrial y de servicios del ciclo modernizador. Constituidas en el trabajo de sobrevivencia, con reglas éticas difusas, moviéndose en la convivencia con la violencia y la ilegalidad, recrearán mundos de vida valorando pautas culturales a través de la industria del entretenimiento como principio organizador de sus aspiraciones, sincretizando unas sociabilidades en la articulación entre este principio y el imaginario comunitario y religioso heredado, que organiza los ghettos pobres armados a juro, desescolarizados y con patrones familiares desintegrados.
Así, la clase obrera y las masas construirán sus biografías políticas y vivirán sus experiencias de resistencia desde una precaria tradición de organización y socialización autónomas, articuladas o bien a través de un sindicalismo obrero clientelar pasivo o bien de movilizaciones populares esporádicas que giran, no en torno a revueltas contra el capital, sino a demandas por la participación en la renta petrolera; funcionando en la arena política como masas24 y conservando, eso si, en sus culturas políticas mucho de los mapas valorativos de sus historia familiares originarias del mundo rural de procedencia.
Diremos que en su evolución, el chavismo terminará progresivamente recreando y legitimando el imaginario de estas masas, atribuyéndoles una subjetividad antagónica, significándola desde las claves del patrimonio ideológico de su particular lectura del republicanismo para construir una idea de sociedad. Tomando fuerza y congelando la pulsión socialista cuando se «cierra» socialmente, sobre todo, al subproletariado.
7.
Avanzando en el desentrañamiento de los horizontes de las fuentes intelectuales de su patrimonio, diremos que hay desde siempre en la sensibilidad del chavismo la idea nostálgica de un proyecto de país que no pudo ser, pero que sigue persistiendo en el alma popular: aquel proyecto dibujado igualmente por el republicanismo venezolano del siglo XIX y que constituye, precisamente, la identidad nacional que hay que recuperar; repetimos: la sociedad de la reforma política para la ciudadanía y la organización de la economía fundada en la solidaridad de productores «libres» enunciada sobre todo por Simón Rodríguez. Un proyecto eternamente frustrado de nación. Su derrota última, en la argumentación del chavismo, no será otra que la del movimiento campesino igualitarista impulsado por Ezequiel Zamora.25
Es sobre esta idea de recuperación del proyecto originario de nación que se elabora la épica del movimiento. Se construye así, de esta manera, otro ámbito de su ideología: la atribución atemporal de una identidad constitutiva que permanece fija, al margen de la dialéctica de la «carga del tiempo histórico» (Mészáros, 2008) que se realiza en la asimilación de pautas que resultan de la articulación entre herencias y resistencias culturales con aquellas de la transformación incesante a través de todos los medios tecnológicos e ideológicos de la civilización universalista del capitalismo y que colocan la cuestión de la identidad nacional siempre abierta al interior de la tensión permanentemente renovada de las luchas sociales en el espacio gramsciano de la hegemonía cultural.
Esa sociedad primigenia, que permanece como aspiración detenida en el tiempo, constituye «la tierra prometida» a la que se puede y se debe regresar, pues encierra las claves libertarias e igualitarias proclamadas por el socialismo.
En este referente que persiste hasta hoy, acentuándose en el último itinerario, hay razones que involucran las mismas historias de vida, sociales y culturales, de la elite militar26 que integra inicialmente al movimiento y que llevará a definir el proyecto del chavismo.
En la bitácora del chavismo, la crisis en la realización de un proyecto nacional está asociada a la «degeneración» en la interpretación oligárquica del pensamiento bolivariano. La potencia de un proyecto alternativo debe remitir, ni más ni menos, a una resurrección de esa identidad originaria, fija y constitutiva, siendo una empresa política actual que se conserva pura en el pueblo, vale repetir, los oprimidos: en sus tradiciones asociativas, en sus músicas y romanceros folclóricos, en sus costumbres cotidianas y en sus celebraciones festivas.
8.
La revuelta del Caracazo será un momento de aparición política de estas masas. Movilizadas en el tiempo de ese alzamiento «salvaje», pasarán, pues, a ser progresivamente el sujeto social del movimiento, articulándose alrededor del carisma y del liderazgo de Chávez y recreando una noción primaria de política. Permanecerán hasta hoy en el mismo, influyendo en el espíritu del movimiento, recogiendo y funcionalizando políticamente el imaginario popular y las memorias históricas de las culturas subalternas, recreándolo y resignificándolo alrededor de una no resuelta y confusa idea de socialismo.
La revuelta, que marca el debilitamiento de la institucionalidad y del contrato desarrollista, y la maduración, en consecuencia, de la crisis del capitalismo rentístico venezolano, empujado por las nuevas lógicas mundiales de la acumulación del capital, funcionará como el detonante final de un malestar cada vez más extendido que llevará a la victoria electoral del 99. En ella confluirá, como hemos dicho, un agregado social inorgánico, movido por el descontento de segmentos de las clases medias urbanas altamente educadas, de las pequeñas burguesías productivas y comerciales tradicionales que experimentan las secuelas de la recesión prolongada, de la clase obrera y el campesinado amenazados de pauperización, de los trabajadores y empleados precarizados de los servicios, de los estudiantes de las redes públicas que viven el riesgo de ocaso de la movilidad escolar, de los gestores de microempresas, de los desempleados y trabajadores autónomos que engrosan abultando el subproletariado.
9.
Ahora bien, cuando la radicalización del chavismo tome forma, la pulsión socialista alrededor del proyecto encontrará empuje pasajero en las experiencias de resistencia y de organización que se acumulan y maduran en los territorios que sirven de asiento a este enrevesado y heterogéneo universo social.
Espacios, en los que se manifiestan y son vividas sus contradicciones de clase, alojan movimientos, unos más viejos y otros que serán impulsados por esta radicalización, que elaboran subjetivamente las experiencias de vida de sus situaciones sociales: la violencia estatal, el deterioro de los servicios, la exclusión escolar, la miseria material, la segregación residencial.
En esencia, movimientos con identidad de clase que conciben la política desde iniciativas con cierta autonomía y que cubren necesidades y aspiraciones de un espectro de fracciones de clase amplios: pobladores por el derecho a otra ciudad al margen de la valorización especulativa del suelo; redes y circuitos juveniles que surgen en los espacios culturales reivindicando usos políticos alternativos de las industrias culturales y motorizando, con concepciones moleculares, resignificaciones críticas del consumo y de la democracia; agrarios por reparto de la tierra; barriales contra la violencia que los envuelve cotidianamente.
Sin embargo, no percibidos en su potencialidad, todos experimentarán opacidades, presionados para su rutinización al interior de las formas tradicionales de hacer política que hizo suyas el chavismo al organizarse en un partido centralizado.
10.
Y es que al leer las contradicciones en la clave de los oprimidos, tal y como la hemos definido más arriba, y darle centralidad a la idea de una resurrección del proyecto fundacional de nación, el chavismo se desentenderá ingenuamente del análisis de las conflictualidades sociales que engendra la nueva fase del desarrollo del capitalismo.
Mirados de manera equivocada, los ejes de las contradicciones que producen las estratificaciones emergentes del trabajo y que involucran otro campo de necesidades y expectativas, quedan confinados al margen; dejan, pues, afuera, contradicciones que definen antagonismos en sectores y fracciones de clase, que prosperan alrededor de la desregulación y de formas de organización del trabajo (afectados por el desmontaje de regímenes de contratación estables y cambios en cualificaciones y en categorías incluyendo la desaparición del algunas del trabajo), y que impactan a segmentos de clase cada vez más numerosos, incluyendo a las clases medias profesionales;27 o los que emergen del patrón de industrialización que acentúa la depredación del entorno de vida, tanto los que producen los riesgos de la contaminación ambiental urbana y de la ghettización de las ciudades, como los que propugnan modos alternativos de producción y de manejo de la naturaleza.
Se pasará por alto, entonces, las subjetividades que refieren el espacio de las contradicciones que lleva implícita la barbarización de la vida social en el mundo de la producción y la reproducción.
11.
Ciertamente que estamos frente a un tema movedizo por la naturaleza sui generis del movimiento: en el origen un «club jacobino» de una elite militar; luego un inorgánico agregado electoral socialmente abierto hasta constituir un movimiento popular que avanza, compactando inicialmente su identidad alrededor de un manifiesto republicano; que más tarde muta en uno socialista, para concluir en un confuso catecismo que reúne herencias culturales e intelectuales del nacionalismo antiimperialista, el socialismo burocrático, el cristianismo popular, el populismo desarrollista, el marxismo ortodoxo.
Todos misturados hoy en ese enrevesado socialismo del siglo XXI que registra los giros en la conformación de su rumbo, estando signado este en su «mise en scène» por «juegos de poder», «excomuniones» ideológicas y reacciones antiintelectualistas en la conducción del movimiento, tornando vacilante el diseño de una economía política para la transición.
12.
Con lo anotado y abriendo el campo de observación, podemos decir que la evolución ideológica del chavismo ha sido cuando menos volátil. La idea inicial ensamblada en el republicanismo tomará un giro con la radicalización del itinerario que se abre luego de los intentos de restauración liberal, a través de la influencia política de círculos intelectuales. Estos tendrán un peso decisivo en la preparación del manifiesto y del programa que elaborará los términos de una hipótesis comunista para el proyecto nacional y de una estrategia de largo plazo para la transición.28
Este manifiesto quedará definitivamente desdibujado a la muerte del Chávez y el viraje ideológico que experimentará el movimiento.
12.1
Ahora bien, conviene detenernos un tanto más en la exploración de las fuentes intelectuales de Chávez que indudablemente han sido decisivas en los giros del movimiento, por el fuerte liderazgo autoritario que desempeñara.
Esbozando conjeturas, que luego sin duda revisaremos, una primera proviene de las corrientes que se han movido siempre al interior de la corporación militar y que reivindican la tradición nacionalista del pensamiento de Bolívar. Será un eje que moverá hasta el final la tensión del pensamiento de Chávez, en sus empeños por codificar luego el socialismo con las problemáticas planteadas por esta tradición. Impactado, por lo demás, emocionalmente por ideas y gestas de la figura histórica, compactará un primer momento de su biografía política con la constitución de aquel «club jacobino» y la primera idea de su apresurado recorrido intelectual;29 sin olvidar que su etapa en la Academia Militar se corresponde con una renovación de la profesión en la cual sobresale un currículum que incluye disciplinas de las ciencias sociales y corrientes del pensamiento crítico.30
Como sea, Chávez pertenece a una generación que en su etapa juvenil vive las experiencias de una sociedad cruzada por las tensiones de los años marcados por lo que Debray llamará: «los años de las pruebas del fuego». No resulta fuera de lugar pensar que, siendo adolescente, la difusión de las ideas de un «marxismo elemental» le haya sido extraña (Guerrero, 2007).31
Pero su introducción efectiva al corpus de este pensamiento vendrá en la etapa previa a la insurrección y antes, en el contacto con aquella parte de la izquierda localizada en ciertas universidades y en círculos políticos extraparlamentarios, que procuraban revisar el fracaso de la experiencia guerrillera, intentando leer al marxismo y al socialismo en clave nacionalista (Garrido, 2000). Revisión que concluiría, eso sí, al margen de las perspectivas abiertas por las criticas del «marxismo occidental» al «comunismo soviético», en pensar al socialismo, antes que nada, como parte de un nacionalismo antiimperialista.
Chávez, lector obsesivo de la epopeya de Bolívar, encontrará en estos experimentos teóricos el terreno de intercambio con estas corrientes.
Y más. En un escenario internacional y nacional marcado por una profunda crisis teórica del campo intelectual de la izquierda, acosada por el derrumbe de los socialismos realmente existentes, del ensayo chileno y de las experiencias centroamericanas, de la propia derrota armada, del desinflamiento de los eurocomunismos y su desplazamiento hacia el liberalismo, y en una búsqueda obstinada por procurar una actualización del republicanismo para hacer el diagnóstico de la complejidad de la sociedad venezolana del capitalismo rentístico, se desplazará en giros ideológicos que lo llevarán a explorar el argumento de la tercera vía socialdemócrata, las resbaladizas ideas cesaristas de Ceresole, el socialismo del siglo XXI de Dieterich (2005;2006). Este último, que resultará una referencia efímera, se continua en el intercambio permanente con núcleos que lo acompañarán en la gestión de gobierno32 y que acelerarán el viraje de la transición luego del golpe de estado y la huelga petrolera, contribuyendo a la elaboración del programa (República Bolivariana de Venezuela, 2007).
12.2
Años de radicalización serán los años del «descubrimiento» mundial del chavismo en los espacios del pensamiento crítico y marxista33 y de la generación de un ambiente nacional que recuerda la época de los debates polémicos del bolchevismo ruso antes de Stalin.34
Será el tiempo de la afirmación de la pulsión socialista alrededor de los contenidos del proyecto nacional, involucrando no solo los espacios intelectuales, sino los movilizados territorios sociales.
Un Chávez más veterano (que lee vertiginosamente los clásicos y renovadores del pensamiento socialista) y ensimismado por la ola solidaria que ha despertado en la izquierda mundial, que lo mira como paradigma de los movimientos antiglobalizadores, arriesgará la lectura del socialismo en el horizonte del pensamiento republicano, tomando cuerpo así lo que terminará por llamarse el socialismo bolivariano.
En adelante, será la zona de tensiones que moverá la disputa ideológica y política. Más cuando asocie estas dos fuentes intelectuales con el catolicismo popular, se apoye preferentemente en la corporación militar y definitivamente haga la apuesta por construir la viabilidad del proyecto desde las sensibilidades de las masas precarizadas.
13.
Afirmándose en el liderazgo carismático de la figura central, el chavismo terminará apostando cada vez más por una cultura política en torno a un campo ideológico que reproducirá finalmente en una «teología» ideas del republicanismo, del socialismo y del primer cristianismo, generando una mitología que junta y resignifica memorias subalternas de la religiosidad popular, del igualitarismo campesino y del bolivarianismo épico.
Con ellos intentará articular y cohesionar estos sectores, quedando, entonces, conformado el movimiento para su último itinerario: un movimiento que se apoya en las políticas redistributivas, cada vez más en formatos asistencialistas, dirigidas a las masas precarizadas y en la expansión clientelar del empleo público. Campo incapaz de tal propósito, pues sobrevalorando los resultados de las políticas redistributivas y sin transformaciones de las dinámicas productivas, que seguirán reproduciendo las culturas del trabajo de las mismas, terminarán por fortalecer una ética del consumo y socializar la aspiración a la imitación del patrón cultural de las clases medias en el mundo popular.35
Y es que desprovistas, entonces, de mapas de referencia para la educación política, recrearán subjetividades esencialmente «patrocinadas» desde el Estado, repitiendo y construyendo la acción colectiva en la expectativa entre los valores del mercado -identificados con el consumo-, que los socializa cotidianamente a través de la industria de los medios, percibiéndolos como los únicos mecanismos para progresar en la escala social y el límite objetivo del horizonte de futuro, operando como normas valorativas para aproximarse a la política.
14.
Hacia adelante todo pareciera indicar que la tensión ideológica y política se resolverá, con el progresivo control de la elite militar de los medios económicos y políticos del Estado, en un congelamiento de la pulsión socialista.
Cada vez más aferrada a la mitologización del ideario de Chávez y a su uso político, la nueva «clase gobernante», crecientemente dependiente de la elite militar, intenta sostenerse sirviéndose de los viejos recursos del clientelismo y de la expansión de una burocracia, recreando la tentación de un patrimonialismo36 y exaltando su identidad política en el imaginario religioso y comunitario para otorgarle legitimidad,37 colocando al chavismo en el universo cultural de las masas «oprimidas».
Con la desaparición del líder y diluida la disputa, el chavismo acusará un vacío intelectual y terminará degenerando así en un puro redentorismo popular.
III PARTE
15.
Hay tres rasgos que definen en el escenario actual los límites de las dinámicas desencadenadas por el ciclo abierto por el chavismo.
El primerio, la debilidad en la direccionalidad que se viene imponiendo en la gestión de la economía, en la perspectiva de la ruptura del capitalismo rentístico, y la pérdida de la capacidad estratégica para orientar el curso socialista de la industrialización.
La perspectiva crecientemente dominante, de «retornar» a una economía de «productores independientes» en una organización simple (lo hemos dicho, asociada de alguna manera al pensamiento de Simón Rodríguez), ha degenerado en un circuito «espurio» de la economía social, fragmentado en pequeñas empresas (industriales, agrícolas y de servicios), con una lógica de baja productividad, escasa innovación tecnológica, alta inversión y precarización del trabajo. Mientras, el sector industrial y agroindustrial, controlado por la burguesía, se conserva estancado y el estatal persiste en su dependencia extractivista, sin que ninguno de estos dos últimos experimente ninguna diversificación significativa.
Los desafíos de la industrialización, esbozados en los planes de desarrollo, no se han emprendido y la economía prolonga, entonces, un patrón de industrialización concentrado en sectores de producción orientados al consumo y al extractivismo, importando casi todo, y con el Estado absorbiendo y promoviendo el trabajo de peor calidad por medio de la economía social y del empleo público.
Todo parece conspirar para el desarrollo de las fuerzas productivas, vale decir, para la creación de las condiciones materiales y subjetivas de una sociedad socialista. La incapacidad para encarar la gestión industrial promoviendo la innovación tecnológica y del trabajo, expresada, por ejemplo, en la reproducción de un tejido institucional de educación que presta escasa atención en el campo de los recursos humanos a la formación y a la investigación científica y tecnológica, mediante el expediente del «diálogo de saberes» que las equipara (y las reduce) a otro saber como cualquiera y, además, concentra la expansión matricular en campos que engrosan sobre todos profesiones irrelevantes, es una señal que indica que la economía de la transición prolonga el patrón primario exportador y alienta una organizada alrededor de un circuito de producción social endémico.
El segundo, la desinstitucionalización permanente del espacio social democrático que traslada la acción política a ámbitos estatales carentes de sentido social constructivo, promoviendo lógicas de la integración por mecanismos patrimoniales.
Las propuestas, que giran desde el manifiesto inicial en torno al despliegue de una democracia directa en la gestión económica y el autogobierno, han tendido a desdibujarse, entre otras cosas, porque las instituciones diseñadas en las experiencias concretadas, simplemente se han funcionalizado como extensiones del Estado a través de mecanismos de control financiero y político y, además, porque durante todos estos años no se ha materializado lo que es el corazón de la construcción de la cultura contrahegemónica para Gramsci: el tejido asociativo (círculos de debate, bibliotecas, centros y ateneos) para la educación política que haga posible la socialización de las capacidades sociales para la práctica de tal democracia.
Más aun, porque el ciclo político, afincado ideológica y constitucionalmente sobre coordenadas de una reinvención democrática del espacio público, sostenida en la transferencia del poder del Estado y en la participación, tiende en la práctica reformista a mantenerlo. Ello en la medida en que la coexistencia de espacios, que propenden (alcaldías, gobernaciones) a estilos de control burocrático de áreas de las decisiones y emergentes que propician innovaciones en torno a modos de autogobierno (con infraestructuras débiles para llevar adelante la participación), se congela sin haber permitido romper con la cultura política de la sociedad.
El último, el debilitamiento de la pulsión socialista para orientar el curso de la transición, con la dificultad para pensar las contradicciones alrededor del significado de los socialismos reales, la crisis estructural del capita (Mészáros, 2001), los nuevos espacios de construcción de los sujetos potencialmente anticapitalistas.
La pugna, visible al interior por el control corporativo de la instituciones del Estado, y el achicamiento del nexo político con la sociedad a una pura relación asistencialista con las masas empobrecidas, signan la acción del movimiento en adelante.38
16.
Mirado en la perspectiva de su evolución, pudiéramos profundizar, entonces, en el análisis del último itinerario.
Los rasgos que se observan en la actualidad dejan ver que, al reducir el espacio a las masas precarizadas, quedó desdibujada la cuestión de cuáles sectores y fracciones de clase pueden impulsar un proyecto nacional socialista; en otras palabras, el tema ausente en el espacio del debate ideológico y de la organización del chavismo, es el del bloque histórico. Ello en tanto que lo ha desplazado y simplificado, remitiendo la cuestión al tratamiento tradicional de la hegemonía política en la izquierda: el de las alianzas y las coaliciones.
Con ello, la articulación del proyecto a los efectos culturales y políticos que pueden producir los valores que encierra una identidad nacional entendida como fijación nostálgica de un paraíso perdido.
El socialismo no puede ser la construcción de una mayoría electoral sino, precisamente, de un bloque que esté movido por la aspiración a otra civilización.
La particularidad de las transformaciones productivas y tecnológicas del capitalismo flexible es que de una u otra manera se trata de una dinámica universalizadora cuyos cambios registran la reducción del trabajo manual, la multiplicación del trabajo intelectual y el aumento de la educación prolongada, la reconversión industrial, la precarización y tercerización del empleo, la urbanización de la población, el aplastamiento del uso del tiempo de ocio alrededor del consumo, la depredación del ambiente; pero también, la generación de subjetividades antagónicas que se realizan en el trastocamiento de los sentidos de la igualdad y la libertad, de nuevas concepciones del espacio de la vida íntima y pública, de la homogenización de los valores culturales que mueven las sociabilidades de la uniformización del habitus cultural (liberal) globalizado del bienestar.
Es alrededor de estos campos, que son al mismo tiempo los de la crisis estructural del capital, que se ha hecho evidente que la alternativa de un programa radical contrahegemónico está asociado a las luchas que, con cada vez más fuerza, emergen en el ámbito mundial y que dejan a descubierto que ya no es posible apostar al confinamiento nacional. La idea del «socialismo en un solo país» o del «eslabón más débil» ya no indican vías históricamente posibles de realización de la hipótesis comunista.
Y al introducir el argumento de que el capitalismo enfrenta no una de las tantas crisis cíclicas, sino una crisis estructural, salta al la vista, por un lado, que el espacio de las conflictualidades es socialmente más amplio y que forma parte de una tendencia que indica el envejecimiento y modifica sustancialmente el programa de la izquierda mundial. Mészáros, entre otros, con notable intuición y agudeza, ha insistido en la necesidad de un otro programa radical.
El chavismo, cada vez más «encerrado» en la construcción de la identidad política, asimilando los imaginarios del subproletariado, por lo demás, confiriéndole una virtualidad «natural» a sus resistencias, en tanto encarnación histórica de las memorias de opresión del pueblo, y a estas memorias el potencial para armar la sociedad posible en la «resurrección» de una identidad originaria, y de resolver así la cuestión aún pendiente del sujeto político, capaz de concluir la construcción de la nación, si bien dota de un mínimo sentido, primario, el accionar de esta clase, ello resulta insuficiente para hacerse cargo de la dialéctica social del desarrollo del capitalismo y de las contradicciones que lo marcan hoy día.
Insuficiente, pues, reduce el valor del socialismo en el proyecto emancipador a, digamos, solo la cuestión nacional y desplaza el tema de la hegemonía a la «vaga» del movimiento popular, obviando que, si bien puede permitir su maduración, no puede conducir una «reforma intelectual y moral» que involucra en las subjetividades más zonas y más actores.
17.
Si nuestras decisiones teóricas y analíticas están bien encaminadas, cabría preguntarse si el ciclo político, más que formar parte de una alternativa, lo sigue siendo del tiempo del patrón de desarrollo que inaugura el capitalismo rentístico, correspondiendo sencillamente al momento de la crisis de los medios institucionales (extraeconómicos que controlaban a las clases pobres y neutralizaban su potencialidad conflictiva) sin tocar los resortes materiales del mismo.
Por lo demás, detenido en un remozamiento del extractivismo minero como motor de la acumulación, de la mano de una nueva clase gobernante que, moviéndose en las fronteras de una revolución pasiva, en última instancia, actualiza la herencia del viejo patrimonialismo latinoamericano, cobrando materialidad, por el sujeto social que reivindica y la cultura política que elabora, no como una opción para sortear las encrucijadas abiertas por la crisis histórica que vive la sociedad venezolana.
Notas:
1 Se retoman argumentaciones de un texto anterior, preparado en un momento de gran efervescencia alrededor del significado político del chavismo, en el cual intentábamos leer sus claves intelectuales al interior del debate actual en torno de la democracia, el Estado y la economía en las filosofías políticas. Mirando la evolución del movimiento once años después, hemos revisado la valoración del mismo (Casanova, 2005).
2 En particular de los análisis de las consecuencias políticas y sociales de la economía del capitalismo industrial en Marx, 1976 y 2003; Durkheim y los estudios de la anomía (1995); Max Weber y los trabajos sobre las formas de dominación (1974).
3 Sobre todo, Fernandes, 1978 y Gino Germani, 1977.
4 Especialmente desde la perspectiva de la caracterización de los sectores populares, las identidades políticas, los imaginarios y las zonas de tensión que abren las modificaciones en las dinámicas del trabajo. Ver Singer, 2012; Ruy Braga, 2012 y José de Souza Martins, 2011.
5 Ahumada, en un análisis sociológico primero de este patrón de desarrollo, hablará a comienzos de los 60 de las constantes que lo definirán: fragmentación cultural, conflictualidad permanente y desintegración social (Jorge Ahumada, 1967:33-40). Las interpretaciones, igualmente tempranas de estos procesos, comunes al capitalismo periférico latinoamericano, desde el concepto de anomia y del análisis de las culturas populares urbanas, se encuentra, entre otros, en Morse, 1971:112-119.
6 Expuesto en sus principios sistémicos en Baptista, 2010.
7 Hablamos de manifiesto para indicar el corpus de valores que mueven la intencionalidad normativa de la visión que orienta el curso de una (cualquiera) experiencia de transformación históricamente situada.
8 La selección de algunas figuras de los patriciados para el alto gobierno y el apoyo de éstos (por ejemplo, de la Comisión de Notables), las alianzas políticas que incluirán un espectro ideológico en el cual aparecen partidos de la izquierda clásica y de la extraparlamentaria, de la socialdemocracia, del nacionalismo, de los movimientos de las iglesias populares, de núcleos académicos de las universidades públicas que reivindican un socialismo, son síntomas que dicen de un itinerario ideológico y una identidad de clase aún difusas del chavismo.
9 La preparación de los argumentos que llevarán al viraje socialista en Chávez puede verse en Harnecker, 2004a.
10 Ciertamente, los años ochenta y noventa introdujeron en el capitalismo rentístico venezolano modificaciones drásticas en el patrón de estratificación social, como consecuencia de la recomposición de la lógica de la reproducción ampliada del capitalismo y los efectos locales de los cambios en el nuevo modo mundial de acumulación. Los ajustes económicos que se sucedieron en este escenario, siguiendo la pauta del Consenso de Washington, trastocaron el mercado de trabajo lanzando al desempleo y a la informalidad grandes masas de trabajadores, y, junto con segmentos de las clases medias depauperadas, aparecieron formas de exclusión, segregación y marginación que originaron franjas sociales definidas por prácticas de trabajo precario, mundos culturales carenciados y habitad residenciales ghettizados.
11 Caracterizamos a ese grueso y diversificado campo de categorías sociales que integran el trabajo informal por su funcionalidad a la valoración del capital en el ciclo de acumulación globalizada del mismo. André Singer, siguiendo a Paulo Singer, especificará su nexo estructural y su historicidad definiéndolas como subproletariado. Ver Singer, 2012. Francisco de Oliveira indicará que no se trata de una masa marginal, en el sentido que se le dio al concepto en la sociología de comienzos de la segunda mitad del siglo XX y por lo tanto fuera del circuito de reproducción ampliada: «... la masa marginal se convierte, por las políticas de funcionalización de la pobreza, en manutención de los ´ejércitos de reserva´ aptos para procesos de trabajo más primitivos, con los cuales ganar un lugar funcional en la acumulación de capital» (Oliveira, 2004:208). Por eso, los conceptos de exclusión y de inclusión deben ser objeto de una crítica teórica a la vez que revisada la noción de sector de la economía propia del liberalismo. La anotación argumentada de esta crítica está en Tavares, 2004.
12 Dejaremos de lado el abundante material bibliográfico en el que preferentemente se ha recogido la evolución del chavismo (biografías, testimonios, reportajes) para ocuparnos de la revisión crítica de la documentación programática que ha sido decisiva en la conformación de sus manifiestos. Tal solo no remitiremos a aquél en la medida en que sea indispensable para la compresión de acontecimientos y polémicas que marcan virajes ideológicos.
13 Fundando a fines de los años 70 y comienzos de los 80 como una «logia militar» cohesionada alrededor de la reivindicación ética y política de Bolívar y que tomará el nombre de Movimiento Bolivariano Revolucionario 200.
14 Una Importante contribución al estudio de las raíces del mesianismo y el milenarismo latinoamericano es el de Maria Isaura Pereira de Queiróz, (1969) y de su presencia en las culturas populares la de José de Souza Martins (2008 y 2011).
15 Distante de la tradición radical de la modernidad de la democracia plebeya que instala la revolución francesa y, sobre todo, la Comuna de Paris, y hacen suya las culturas anarquistas, socialistas y comunistas del movimiento obrero.
16 Educador, escritor, ensayista y filósofo venezolano, tutor y mentor de Simón Bolívar (Nota del editor).
17 En Sociedades Americanas, Rodríguez (1990) presenta su programa que reclama la originalidad de las instituciones para construir la América republicana. Este aparece en el documento preparado bajo la conducción de Chávez y que nucleará a un grupo de militares de su promoción: «El árbol de la tres raíces» (Chávez Frías, 2007).
18 Para los experimentos del socialismo utópico que se ensayaron en América Latina sigue siendo una fuente historiográfica clave los textos recopilados (y la presentación introductoria) por Carlos Rama (1979).
19 El diagnóstico chavista recuerda en algunos momentos los debates de la primera sociología alrededor del impacto del capitalismo y de las implicaciones perversas de la desaparición del mundo de la comunidad precapitalista, que unas corrientes miraron desde la necesidad de volver a las pautas de convivencia de la misma.
20 En el sentido de que el socialismo y el comunismo como meta es una posibilidad abierta y socialmente construida y no una creencia dependiente de un finalismo histórico y determinista (Badiou, 2012).
21 Que tienen mucho que ver con el imaginario histórico que introduce la evangelización religiosa en la elaboración de una visión de América como Tierra de Gracia y su conversión en un imaginario de las culturas populares. Esta visión edénica ha sido investigada, entre otros, por Sérgio Buarque de Holanda (1987). Ver también, Isaac Pardo, 1982).
22 La formación y la evolución de la clase obrera venezolana se encuentra descrita en Godio, 1980 y 1982 y en Croes, 1973.
23 Con la crisis, la apertura neoliberal y las dinámicas de tercerización y precarización del trabajo asalariado, que acompañan la innovación tecnológica en la producción del capitalismo de acumulación flexible, se reducirá sensiblemente el empleo formal y se expandirá el volumen de las franjas que no pueden incorporarse en el ciclo de industrialización sustitutiva, refugiándose en las actividades de sobrevivencia y constituyendo una nueva informalidad y no un residuo de relaciones precapitalistas (Tavares, 2004:15 y 16).
24 Las sociabilidades políticas no provendrán de circuitos culturales y educativos autogenerados comunes a las tradiciones anarquistas, socialistas y comunistas como si lo fueron en otras experiencias latinoamericanas. Entre otras cosas porque el socialismo siempre fue una cultura política marginal en el proceso de formación de la clase obrera y más una corriente de pensamiento contendiente en el campo intelectual nacional (Casanova, 2016).
25 Militar y líder radical venezolano que propugnaba una extensa reforma agraria a favor de los campesinos (Nota del editor).
26 Chávez recreará con nostalgia persistentemente su procedencia de la sociedad pastoril llanera y la sociabilidad que emerge de ella: «Si uno pudiera volver a nacer y pedir donde, yo le diría a papá Dios: Mándame al mismo lugar. A la misma casita de palmas inolvidable, al mismo piso de tierra, las paredes de barro, un catre de madera y un colchón hecho entre paja y goma-espuma. Y un patio grande lleno de árboles frutales. Y una abuela llena de amor y una madre y un padre llenos de amor y unos hermanos, y un pueblecito campesino a la orilla del rio», citado en Orlando Lamas León y Jorge Lagañoa Alonso, 2012). Consultar igualmente, Harnecker, 2003).
27 Por ejemplo, aquellas contradicciones que comienzan a madurar en las percepciones del horizonte educativo de las clases medias por las modificaciones institucionales que tienden a concentrar el conocimiento en los circuitos privados, en un mercado de trabajo cada vez más asociado al capital patrimonial (tradición educativa familiar, institución educativa, relaciones y contactos).
28 Estos círculos tendrán un antecedente en aquel que introduce en 1996 un documento preparado en colaboración (Chávez, 2014) y concretado en el programa de gobierno del 98 (Republica Bolivariana de Venezuela, 2001). Este círculo, vinculado a la comunidad académica de la Universidad Central de Venezuela, ya había esbozado unas primeras ideas en Varios, 1992. Ver también Giordani, 2012).
29 La formación de este club, como tantos que han sido frecuentes en el ejército venezolano, es relatada por Chávez en Bilbao, 2002 y en la entrevista biográfica concedida a Rosa María Elizalde y Luís Báez (s/f).
30 Ver Marcano y Barrera Tyszka, 2004.
31 Mezcladas sin duda con la memoria de los alzamientos de las rebeliones campesinas de su región y que forman parte de su historia familiar.
32 Consultar, por ejemplo, Grupo Areópagos, 2008.
33 Entre otros, Perry Anderson (2003), Alan Woods, (2006), Marta Harnecker (2004b); Carlos Fernández Liria y Luís Alegre Zahonero (2006), Carlos Tablada y Wim Dierckxsens (2006), Kohan, (2006), Michel Lebowitz (2006), Gianni Vattimo,(s/f), Teothonio dos Santos (2007), Claudio Katz (2008) y Atilio Borón (2008). István Mészáros vendrá al país en varias oportunidades, mostrará interés por la experiencia en entrevistas y será leído con atención por Chávez. Igualmente, Noam Chomsky, Ernesto Laclau, Tony Negri, Slavoj Zizek manifestarán simpatías. Otros intelectuales se residenciarán por temporadas en el país y se vincularán a centros de pensamiento y áreas de gestión gubernamental, siendo una la misma Harnecker.
34 En medio de esta sensibilidad, intentarán valoraciones con matices más o menos críticos, intelectuales no militantes, por ejemplo, Roland Denis (2001), Javier Biardeau (2009), Edgardo Lander (2008), Steve Ellner y Daniel Hellinger (2003). Junto con ello, se escribirán una profusión de tesis de postgrado en toda la región y se publicarán incontables revistas y libros con colecciones que recogen la literatura clásica y la renovación del pensamiento crítico.
35 Un balance de las consecuencias de la extensión del consumo en la sociedad de mercado está en Zygmunt Bauman,1999. Un análisis del funcionamiento (y de la percepción que hacen las elites) de los mecanismos del consumo en la reproducción del patrón cultural de las clases medias se encuentra en Owen Jones, 2012).
36 Fernando Calderón definirá el patrimonialismo que sigue presente en América Latina y representa un obstáculo decisivo para alentar procesos de cambio estructural, teniendo como referencia el caso boliviano, en tanto Estado corporativo controlado por las altas burocracias y tecnocracias que manejan el emporio económico estatal y las relaciones con el mercado, sostenido en el juego clientelar de organizaciones del sector público y de la sociedad a través de mecanismos de prebendas y de empleos, y soportando la legitimidad por medio de la familia y grupos primarios, produciendo en si mismo cultura que estructura sociabilidades (Calderón, 1999).
37 Promoviendo una liturgia bolivariana alrededor del líder: «Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros, los y las delegadas/Santificado sea tu nombre/Venga a nosotros tu legado para llevarlo a los pueblos de aquí y de allá/Danos tu luz para que nos guíe cada día/No nos dejes caer en la tentación del capitalismo/Mas líbranos de la maldad y de la oligarquía/Porque de nosotros y nosotras es la patria, la paz y la vida/Por los siglos de los siglos, amén».
38 No por azar va despareciendo la identificación con el socialismo y hablando cada vez de bolivarianismo.
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