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Cuadernos del Cendes

versão On-line ISSN 2443-468X

CDC vol.34 no.94 Caracas mar. 2017

 

Entrevista

Nelly Arenas
«Perder la libertad nos hace más pobres»
Reflexiones sobre el populismo, el autoritarismo y la democracia

Carlos Aponte, Héctor Briceño

* C. Aponte. Sociólogo, Doctor en Estudios del Desarrollo, Profesor-investigador del Area Sociopolítica del Cendes. Correo-e: 
carlosaponte1@gmail.com  
H. Briceño. Doctor en Ciencias Políticas por la USB. Profresor-investigador del Area Sociopolítica del Cendes. Correo-e: hbricenomonte@gmail.com 

La entrevistada, Nelly Arenas, es Profesora Titular e Investigadora del  Área de Desarrollo Sociopolítico del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela (Cendes-UCV). Es Socióloga, Magíster en Historia de América Contemporánea y Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Fue Directora de la Revista Cuadernos del Cendes y Coordinadora del Doctorado en Estudios del Desarrollo de la misma institución. Igualmente, fue profesora de la Universidad de los Andes y de la Universidad de Oriente entre 1975 y 1986. Sus principales líneas de investigación son: el populismo, especialmente el asociado con el chavismo; las visiones sobre el petróleo en Venezuela; globalización e identidad; la transición sociopolítica en Venezuela con énfasis en el estudio del actor empresarial. Ha publicado numerosos artículos en revistas arbitradas tanto nacionales como internacionales, así como libros y capítulos de libros.


Carlos Aponte / Héctor Briceño: Usted ha realizado una importante contribución –junto con Luis Gómez Calcaño– para caracterizar al régimen político venezolano, construido por el chavismo, como un populismo autoritario. Sin embargo, hace unos meses, Fernando Mires planteó que debía abandonarse la idea de populismo, reavivando con ello la crítica que se ha hecho a ese concepto por su excesiva vaguedad y desbordada polisemia. ¿Cómo responde usted hoy a ese tipo de cuestionamientos hacia el uso de la idea de populismo?


Nelly Arenas: Una suerte de pandemia del vocablo populismo domina el lenguaje de estos tiempos. Periodistas, literatos, políticos, amas de casa, analistas políticos aficionados, todos lo usan en el afán de descalificar a quien se le endosa el socorrido sustantivo. En esta perspectiva, qué duda cabe, el populismo despliega toda su capacidad polisémica. Cada quien le otorga el significado que le acomoda según su punto de vista, con lo cual el abanico se vuelve tan amplio que sirve para nombrar tantas cosas que al final no nombra ninguna. Pero habría que diferenciar el uso cotidiano, indiscriminado del término, del empleo académico del mismo. Todo un cuerpo de literatura en el campo de la teoría política se ha ocupado denodadamente del concepto. Particularmente desde1989, cuando Ghita Ionescu y Ernest Gellner publicaron una compilación de acuciosos trabajos relativos al tema, Populismo. Sus significados y características nacionales, el concepto comenzó a ser objeto de interés académico haciéndose de un lugar en las ciencias políticas. No existe hoy ningún diccionario en la materia que no lo incluya. Queda claro, por supuesto, que tampoco hay acuerdo unánime en la academia sobre su significado. Sin embargo, igual ocurre con otros conceptos sin que nadie se inquiete. Pasa, por ejemplo, con el término democracia. Muy poco tiene que ver la democracia de nuestras sociedades modernas con la de los griegos. No obstante, a más de dos mil años de distancia, el término vale para los dos momentos históricos. Con el apelativo de «democracias populares» se arroparon los totalitarismos de los países de Europa del este; ocho «partidos democráticos» colaboran en China con la dirección central del Partido Comunista; la dictadura Cubana se ha vendido al mundo como una democracia de estirpe «diferente» y en Venezuela, el chavismo conquistó a la sociedad prometiendo una democracia participativa. El «socialismo» también puede ser un buen ejemplo de la pluralidad de significados que un concepto puede portar: es tan modelable, que ha superado la capacidad plástica de una goma de mascar.


Desbrozando el grano de la paja, debemos decir que en el campo propiamente académico, el populismo ha alcanzado un lugar que permite aproximarnos a algunos tipos de regímenes que ciertamente poseen cualidades distintivas. Para ello, hay que empezar reconociendo la decantación del concepto en la dirección de una estrategia política, producida en los últimos años. Con ello, estaríamos de acuerdo en que la política sería su dominio fundamental y no otras áreas, como la economía. Este trabajo de decantación ha sido obra de diversos estudiosos del fenómeno como Kurt Weyland y Francisco Panizza, entre otros. Como estrategia política, el populismo se despliega en un discurso en el cual el conflicto entre los poderosos y los débiles (el arriba y el abajo) se construye como el núcleo principal de su imaginario. Dicho conflicto sigue el referente schmittiano de amigo-enemigo. El enemigo es todo aquello que impide la felicidad de las pobres gentes, manteniéndolas oprimidas y humilladas. Es esta la razón por la cual el enemigo debe ser extirpado como a un tumor maligno del cuerpo sano y virtuoso del pueblo. Esta visión de la política es potencialmente un pasaporte al autoritarismo.

Todo discurso político, ciertamente, se despliega en el espacio de la confrontación; se edifica sobre la base de un antagonismo con Otro. Lo que no es cierto es que la meta común sea reducir, aniquilar a ese Otro. No es verdad que este lenguaje identifique a todos los líderes políticos. No son equivalentes los discursos de Donald Trump y de Barack Obama. La campaña electoral para las elecciones presidenciales francesas puso en la vitrina dos maneras radicalmente distintas de hacer política: la de Emmanuel Macron frente a la de Marine Le Pen. ¿Qué tuvieron de común ambos discursos? El de Macron se orientó hacia el centro, aceptando la pluralidad y la europeidad; el de Le Pen fue xenófobo y nacionalista. ¿Puede decirse que la denominación populista vale para los dos? Ambos hacían política pero ¿operaron ambos con los mismos registros discursivos? ¿Apelaron al pueblo de la misma manera? No. La diferencia entre ambos modos de gestionar la política legitima el populismo como un concepto pertinente.

A partir de él nos aproximamos mejor a la especificidad que nos ofrece una estrategia política como la de Le Pen o la de Chávez, por ejemplo. En el populismo, ese Otro es demonizado y se le presenta como el obstáculo fundamental para que la nación nazca de nuevo. De allí la necesidad de anularlo. Por eso la idea de refundación nacional resulta tan cara a los populismos; de ningún modo está presente en todos los programas ni liderazgos políticos. Los líderes populistas venden la idea de que la historia de los pueblos recomienza con su persona; en vista de ello niegan la historia que les precede porque es la historia de los apátridas, de los oligarcas entreguistas etc. El pueblo del populismo es uno reconciliado consigo mismo, sin fisuras; bloque sin hendiduras encarnado por un líder que se funde con él haciéndose indistinguible uno de otro. Perón y Chávez resumen los mejores ejemplos en este sentido. Acá también puede detectarse la singularidad del liderazgo populista.

La idea de pueblo como Uno, no necesariamente está presente en todos los políticos. El reconocimiento a la pluralidad no es una de las cualidades del populismo, pero sí lo es de quienes creen en la democracia y la practican. El populismo agrede y desconoce las instituciones de la democracia liberal porque las mismas, se supone, constriñen la voluntad popular. Y son estas precisamente, las que garantizan la pluralidad. De modo que hay un ámbito del quehacer político, constatable, que guarda diferencias importantes con otros ámbitos. Por estas razones, el populismo, como concepto académico, resulta adecuado para dar cuenta de fenómenos aparentemente tan diferentes como el de Hugo Chávez en Venezuela o el de Donald Trump en los Estados Unidos.
 
CA/HB: ¿Considera usted, entonces, a Donald Trump, el presidente de EEUU, como un ejemplo de populismo?
NA: Si nos atenemos a la definición de populismo contenida en mi respuesta a la primera pregunta, tendremos que admitir que Donald Trump clasifica para ocupar un lugar en la lista de líderes populistas en el mundo. Trump fabricó un lenguaje del enemigo personificado en el establishment político tradicional estadounidense, así como en los factores de la economía globalizada. «El americanismo, no el globalismo será nuestro credo», «Soy un apasionado de la idea de que nuestro país sea grande de nuevo» fueron las frases más repetidas por Trump durante su campaña electoral. Con ello el Presidente de los Estados Unidos incrementaba la familia de los populistas en el mundo, cuyo discurso tiene el denominador común del «teclado nacionalista» como ha dicho Habermas.

Un nacionalismo que no se muestra interesado en debatir sobre la mundialización para construir salidas razonables a los problemas que la misma comporta. En su lugar, los líderes populistas ofrecen a los ciudadanos fórmulas simples e irresponsables para reconquistar el paraíso perdido. La promesa de Trump de recuperar la industria y el empleo pareciera presuponer que la historia de la economía capitalista se detuvo en la fase manufacturera fordista y que las sociedades desarrolladas, como la estadounidense, no hubiesen entrado en una fase posindustrial dominada por las tecnologías de la información y la robótica.

Ese nacionalismo, por otra parte, se asocia con la fantasía de refundación o reinicio de la nación. Frente a tamaña tarea, se hace necesario derribar todos los obstáculos que se interpongan; entre ellos, el desalojo del cuerpo nacional de ese agente perturbador y contaminante personificado en los inmigrantes. Este es uno de los ingredientes que mejor identifica a los populismos de derecha. El de Donald Trump no es la excepción y en él la retórica aislacionista trasciende lo meramente simbólico para instalarse en la violencia grosera y cruda de un muro de concreto. No una muralla invisible, como la que erige la gramática populista para aislar al enemigo cada vez que se hace verbo. Se trata de una pared real; de verdad. Una pared que sería motivo de vergüenza para la causa de la humanidad si llegara a edificarse. Sería el mayor homenaje a la xenofobia en el mundo. Irónicamente lo habría erigido el gobierno del país cuya herencia democrática y cultural debe mucho a las corrientes inmigratorias que forjaron su creación y amalgamaron su historia. Recordemos que fue en Estados Unidos donde por primera vez se fundó un partido político autodenominado populista; único caso en el mundo, por cierto.

Sin embargo, aquella organización sólo tiene en común con las ideas del magnate presidente, su aversión por el avance de la historia y su alergia a la complejidad que de allí deriva. El People Party, nombre que recibía aquella organización, terminó integrándose al partido demócrata y, a pesar de ciertos amagos, el populismo no ha sido rasgo de la política americana como si lo es en América Latina. Resulta por lo tanto desconcertante al menos, que un ejemplar tan prominente del populismo como el demagogo Donald Trump, se haya adueñado de la escena política de la primera potencia mundial, con tanta facilidad. Toca, no obstante, esperar el final de este capítulo. En todo caso, las sólidas instituciones americanas están siendo puestas a prueba por uno de los más llamativos ejemplares del populismo en el planeta. Las derrotas electorales de Marine Le Pen y Geert Wilders, en Francia y Holanda respectivamente, atajan la ola populista en Europa y a lo que se ha dado en llamar últimamente la «Internacional autoritaria». Con ello, Donald Trump pierde la oportunidad de reforzar su cosmovisión populista y extender su radio de acción a través de alianzas con esos importantes países.
 
CA/HB: Usted ha planteado que el imaginario petrolero rentista ha consolidado el populismo en Venezuela. ¿Acaso este populismo patrio se debilita marcadamente ante las crisis de ingresos petroleros como las de los años ochenta y noventa o como las del 2015- 2016? Y, a la inversa, ¿se estimula acentuadamente ante bonanzas como las de los años setenta o del periodo 2004-2014?
NA: Si en el resto de los países latinoamericanos los procesos de redistribución se hicieron a costa de los ingresos que proporcionaban los sectores productivos ligados a la exportación de materias primas y a la industrialización sustitutiva, en Venezuela no ocurrió así. La renta petrolera capturada directamente por el Estado dispensó a las elites políticas en ejercicio de gobierno, de tener que recurrir a recursos extra estatales, de procedencia privada, para poder distribuir. No hubo acá redistribución sino distribución directa.
 
Esto produjo en el liderazgo la garantía de que la renta petrolera era un instrumento seguro para garantizar apoyos políticos, pero también en la población la idea de que cada uno de los venezolanos merecíamos por derecho natural participar en el disfrute de esa renta. Se conformó así una «conciencia rentística» a lo largo de la historia petrolera del país que prohijó lo que Diego Bautista Urbaneja ha nominado los «reclamadores de renta». Si, como dijera Claude Lefort aludiendo a los derechos humanos, «los derechos no se disocian de la conciencia de los derechos», en Venezuela, la condición rentística ha generado una suerte de ley imaginaria a partir de la cual todos los venezolanos sienten como legítimo el goce de una riqueza –la que provee el oro negro– solo por su condición de ciudadano venezolano. En esto ha insistido Urbaneja en sus trabajos. Por esa razón ha sido tan eficaz políticamente el mito del Otro, el enemigo extranjero que está siempre al acecho de nuestras riquezas minerales para arrebatárnoslas. Desde que Venezuela se convirtió en una nación petrolera, la noción de patria ha dado vueltas alrededor de ese eje haciendo más expedita la construcción de una narrativa del despojo. El liderazgo político lo ha sabido aprovechar muy bien, aunque nunca con la intensidad y extensión en que lo ha hecho el chavismo.

El populismo, gracias a su propensión por la distribución, se ha visto facilitado en Venezuela, en virtud de su condición rentística. Efectivamente, incrementos extraordinarios en los precios petroleros cuando se produjeron, permitieron una política distributiva de gran calado. Al revés, precios bajos en los commoditys la dificultaron, poniendo en aprietos al Estado para hacer frente al gasto social. Ocurrió a finales de los 90, cuando los precios alcanzaron su mínimo histórico de 8 dólares el barril. Esto, sin duda, contribuyó a erosionar al sistema político surgido del Pacto de Punto Fijo, favoreciendo el acceso de Hugo Chávez a la presidencia. Precios tan extraordinariamente elevados como los del período 2004-2014, brindaron una oportunidad de oro al chavismo para incrementar los niveles de consumo en la población. La pésima ejecutoria del gobierno de Nicolás Maduro sin duda es imputable a su inmadurez e ineficiencia ayudado por un «modelo» de gestión económica completamente errado. Pero, de seguro, el balance fuera menos desalentador y el deterioro de su legitimidad probablemente no sería tan pronunciado, si los precios de nuestro principal mineral no hubiesen descendido como lo han hecho desde hace dos años.

CA/HB: Desde el 2016 parece haberse expandido, entre la población y entre sectores políticos e intelectuales, la idea de que Venezuela se ha convertido en una dictadura. ¿Coincide usted con esa valoración o sigue todavía vigente algún tipo de régimen híbrido en el país?
NA:
De entrada, pareciera que las ciencias políticas actuales no fueran muy dadas a utilizar el término dictadura pues este también, como el populismo, se presta a veces a equívocos y a un empleo poco riguroso. Para Giovanni Sartori, entre la institución romana de la dictadura y lo que hoy entendemos por tal, existe una distancia abismal y lo único que las emparenta es la designación. Dictadura es para este autor una forma estatal que posibilita un uso absoluto y arbitrario del poder. Un estado dictatorial, señala, es uno en el que el dictador viola la constitución o escribe una que le permita todo.

En nuestros trabajos, el profesor Luis Gómez Calcaño y yo, definimos al régimen chavista como populismo autoritario. Y, a diferencia de otros analistas quienes percibieron una deriva autoritaria del gobierno de Chávez años más tarde de su inicio, nosotros identificamos una importante marca antidemocrática en su gestión desde los tiempos mismos del proceso constituyente de 1999. La concentración de poder en manos del Ejecutivo, que devino de ese proceso, afectó gravemente nuestra vida republicana, sobre todo en lo que respecta a la separación de los poderes y el necesario respeto a la autonomía de cada uno de ellos.

Luego de eso, el régimen no ha hecho sino incrementar su esfuerzo por ahogar cada vez más a la sociedad, obedeciendo a la clara vocación totalitaria que distinguió al proyecto bolivariano desde sus orígenes. Esto queda claro en los Decretos afortunadamente fallidos del 4 de febrero. Sin embargo, la sociedad venezolana no ha permanecido inerme en el transcurso. Todo lo contrario: ha batallado denodadamente para impedir que cristalizara tal proyecto, logrando preservar espacios de libertad consagrados en la Constitución de 1999. Hasta diciembre de 2015 podíamos encasillar al régimen chavista en lo que la ciencia política en los últimos 20 años ha categorizado como autoritarismo electoral o régimen híbrido. En este tipo de régimen se celebran elecciones, pero estas no son justas ni libres; el poder judicial no es independiente; los medios de comunicación son constreñidos de múltiples maneras. Pero en 2016, sin embargo, ese tipo de autoritarismo mutó hacia uno cada vez más cerrado. Ante el triunfo rotundo de la oposición en las elecciones parlamentarias de 2015, a pesar de todos los obstáculos interpuestos por la oficialidad, el gobierno cayó en cuenta de que el voto popular le era fatalmente adverso. En atención a ese nuevo estado de cosas, el régimen se negó a celebrar elecciones regionales como correspondía en 2016, e impidió la celebración del referéndum revocatorio presidencial, consagrado en nuestra Carta Magna. Ambos eventos, contrarios sin duda al juego democrático, estimularon a la gente, sobre todo a gran parte de la dirigencia política, a incorporar a su lenguaje diario la palabra dictadura para calificar al gobierno de Nicolás Maduro.

La convocatoria a una Asamblea Constituyente de carácter corporativo y sectorial por parte del Presidente, muy en la perspectiva de Mussolini, remata la faena colocando las cosas en otra tesitura. La proposición presidencial supone la eliminación de elecciones directas y universales con lo cual el zarpazo al sistema democrático es definitivo. A la hora en que Cuadernos del Cendes publique esta entrevista, ya se sabrá si la propuesta de marras cristalizó o no. Independientemente de ello, el llamado a una Asamblea con estas características quedará como testimonio de un intento por parte del heredero del Presidente Chávez de eternizarse en el poder procurando establecer un tipo de gobierno en la dirección en la que Sartori concibió la dictadura.

CA/HB: Usted desarrolló varios estudios sobre la relación entre el empresariado como actor político y el régimen chavista. En esos estudios usted exploró el surgimiento de lo que se designó frecuentemente como la «boli-burguesía». ¿Cómo visualiza en los años más recientes la evolución de ese sector «cazador de rentas» que parece haberse fraguado especialmente alrededor del persistente y corrompido control de cambios?
NA: En realidad la investigación que desarrollé entre 2003 y 2005, intentó más bien dar cuenta del esfuerzo del régimen chavista por crear e impulsar organizaciones paralelas a las conocidas históricamente como la Federación Venezolana de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción, Fedecamaras. Mi hipótesis para ese momento era que el régimen chavista se aprestaba a diseñar una armazón corporativa estatal a tono con su talante autoritario. Empresarios por Venezuela, Empreven, y la Confederación Nacional de Agricultores y Ganaderos de Venezuela, Confagan, fueron las organizaciones creadas, las cuales, sin embargo, no lograron desplazar a las tradicionales; esto, muy a pesar de que recibieron todo género de facilidades financieras. Ese intento del gobierno por corporativizar al empresariado no pudo consumarse como era el propósito. La legitimidad de las organizaciones ligadas al comercio y la empresa tiene larga data en Venezuela: prácticamente se las asocia al nacimiento de la sociedad civil en su estallido de 1936, una vez fallecido el dictador Juan Vicente Gómez. Y aún mucho más atrás, como es el caso de la Cámara de Comercio de Caracas o la de Maracaibo. Contra esa realidad histórica, el régimen tuvo que colgar los guantes. Las intensas diatribas que el gobierno ha mantenido con la Organización Internacional del Trabajo, OIT, procurando que dicho órgano global reconociera la representación empresarial creada postizamente, fueron infructuosas.

Es innegable, no obstante, que esa plataforma empresarial montada por el gobierno ha servido para que algunos rent-seeking capturen ingresos provenientes del Estado. Los extraordinarios recursos rentísticos, recibidos entre 2004 y 2014, contribuyeron grandemente con ello, apuntalando lo que puede entenderse como un proceso de circulación de elites. Sin duda, el sistema Cadivi contribuyó enormemente en ese proceso. Grandes fortunas han sido amasadas a su vera. No es descartable que, amparados en las organizaciones paralelas mencionadas, sus miembros hayan sido beneficiados por Cadivi; sin embargo, un segmento más amplio, el de la «boliburguesía» (burgueses bolivarianos) formada por grupos de distinta procedencia social, (militares, funcionarios del Estado, amigos del chavismo, etc.) se colocó en la cúspide de los amasa fortunas, parasitando los recursos públicos a través de aquél sistema. Pero estos grupos poco tienen que ver con lo que fue mi interés de trabajo, a saber, la instalación de un sistema corporativo con sentido orgánico, como Chávez lo pretendió. Dichos grupos conforman una suerte de oligarquía anónima –montada sobre la identidad prestada del testaferro– cuya motivación real no ha sido desplazar en su legitimidad a las organizaciones empresariales clásicas, ni mucho menos constituirse en el brazo empresarial del régimen bolivariano, sino mantener relaciones privilegiadas con el Estado que le garanticen una fácil captura de renta, valiéndose de los sistemas de control cambiario que han sido implementados desde 2003 hasta la fecha.

CA/HB:
Diversos autores establecen una relación entre la consolidación de la democracia política y el desarrollo. Pero, una variedad de circunstancias (una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza, el deterioro de las condiciones de vida de importantes grupo de población y en especial de las expectativas de futuro para muchos de los jóvenes) está planteando en la actualidad un debilitamiento del optimismo hacia el porvenir y, en muchos casos, una pérdida de entusiasmo del apoyo hacia la democracia en muchos de los países desarrollados. ¿Estamos asistiendo en estos momentos a una nueva crisis generalizada de la democracia? Si ella se plantea en los países altamente desarrollados ¿será que la democracia es, en definitiva, un lujo para los países de desarrollo intermedio o bajo?
NA:
Podríamos apelar a lugares comunes para procurar una respuesta a este asunto el cual se ha alzado como uno de los grandes temas de la época. Podríamos, por ejemplo, decir que existe una severa crisis de representación, como ya bastante se ha dicho; que los políticos han defraudado a quienes le votaron continuamente; que la corrupción carcome los cimientos de los gobiernos y que todo ello incide sobre la democracia, afectando el entusiasmo ciudadano por ella. Estos fenómenos, que son reales, que no pueden negarse, están en el corazón del malestar social en estos tiempos. Sin embargo, no son estos suficientes para comprender el problema desde sus cimientos; al menos en el plano analítico. El sociólogo francés Pierre Rosanvallon ha mostrado como, desde sus orígenes, la democracia ha estado atada al desencanto. En las aporías de la democracia, en sus tensiones constitutivas, es donde deben hurgarse las razones de este desencanto. En el sentido flotante de la democracia se anida esa sensación de traición que le ha acompañado desde siempre. Su carácter indeterminado la hace presa de una promesa de igualdad, que no puede cumplirse fácticamente. De allí la tirantez entre, como señala Rosanvallon, el principio político democrático que consagra el poder de un sujeto colectivo y el principio sociológico (sus fracturas y diferenciación social) que tiende a disolver su consistencia y disminuir su visibilidad. En otras palabras, el pueblo social con sus fisuras y asimetrías reales vuelve nebuloso al pueblo político, dotado simbólicamente de igualdad. Esa imposibilidad de compatibilizar una cosa con la otra, ha alimentado el diseño de sistemas sociopolíticos comunistas totalitarios, intentando forzar la barra de historia.

Con el proceso globalizador de las últimas décadas, aquellas tensiones se han ampliado. La desafección por la política y, sobre todo, por los representantes políticos, se ha incrementado. Y es que, en efecto, el sistema económico financiero, gracias a su agilidad y flexibilidad, ha adquirido vida propia, desacoplándose de las regulaciones nacionales. Tanto la economía, como la sociedad en su conjunto, ya no obedecen exclusivamente a la omnipotente autoridad del Estado nación. El mundo de las finanzas en particular, actúa por su cuenta escapando así de la legitimación colectiva que respalda las decisiones de orden público. En ocasiones, tales decisiones terminan por afectar al conjunto social como ocurrió en Estados Unidos con la crisis financiera de 2008.

Sin embargo, no hay que pensar que la gente esté rechazando la democracia per se. Las sociedades están exigiendo, por el contrario, más democracia. El movimiento de los Indignados en España, por ejemplo, cuando ocupaba la Plaza del Sol en Madrid, no pedía que se suprimiera el sistema democrático, aunque de allí emergiera el partido Podemos, cuya vena autoritaria no cuesta mucho identificar.

La misma indeterminación que domina la democracia, gracias a lo cual el poder debe ser entendido como un lugar vacío, porque ningún individuo ni grupo puede serle consustancial, como nos enseñó Claude Lefort, deja abierta la posibilidad de que la plaza del poder pueda ser llenada incluso por quienes reniegan de la democracia. Tal es el caso de los populismos los cuales, en su expresión extrema, pueden trasmutar en totalitarismos.

Las exigencias cada vez más robustas por mayor democracia se vinculan en los últimos tiempos con las transformaciones que se han producido en los países desarrollados, las cuales han dado lugar a lo que la sociología ha dado el nombre de sociedades posindustriales. La tesis de los sociólogos Ronald Inglehart y Christian Welzel es que el aumento de los recursos materiales, sociales y cognitivos en esas sociedades permite la reducción de las constricciones externas a la elección humana. El movimiento en defensa del ambiente; de la igualdad de género; de los homosexuales; por el aborto, entre otros, pone de relieve lo que ambos autores, inspirados en buena medida en los planteamientos de Amartya Sen sobre el desarrollo humano, han llamado «valores de la autoexpresión». Valores estos que reivindican la libertad individual, la cual no es imaginable fuera de los marcos de la democracia. Es en su seno en que la lucha por y en nombre de las libertades individuales puede prosperar hasta formalizarse en derechos ciudadanos. Tal el caso del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, el cual se ha ido consagrando cada vez en mayor número de países. Con relación a la segunda parte de la pregunta referida a América Latina, es necesario traer a la memoria que el populismo está ligado históricamente a los orígenes de los procesos de modernización en la región. Los mismos tuvieron lugar gracias al quiebre del modelo primario exportador en los años 30, en respuesta al patrón político liberal. Dicho patrón limitaba el sufragio a determinadas capas de la población y recurría al fraude electoral para perpetuar a las elites oligárquicas en el poder. Los populismos clásicos, el de Juan Domingo Perón en Argentina o el de Getulio Vargas en Brasil, otorgaron el poder del voto universal y directo a la sociedad haciendo realidad el principio liberal de procedencia europea, un hombre un voto.

De modo que, la entrada a la política democrática de una parte de las sociedades latinoamericanas, viene de la mano del populismo. Así mismo, la modernización social, en el sentido de inclusión y mayor bienestar de las masas, también arribó por esa vía. El caso argentino con Perón y Evita es emblemático.

En la región, la democracia nació con el populismo, pero al mismo tiempo el populismo también ha constituido una de las más serias amenazas a la misma. Si bien es cierto que Perón recuperó para Argentina la noción de democracia inclusiva e igualitaria, también es cierto que lo hizo bajo un patrón autoritario y excluyente de quienes no compartían su doctrina. De igual manera, a título de la democracia participativa, Hugo Chávez y el chavismo, paradójicamente, han restringido severamente los derechos políticos y civiles a la franja social que se ha negado a encasillarse en la revolución bolivariana.

Siempre que haya pobreza y profundas desigualdades, el populismo será una opción disponible aunque, a menudo, este no haga sino incrementar la brecha entre ricos y pobres. En América Latina, donde la distribución del ingreso es marcadamente regresiva, esto resulta particularmente cierto. No obstante, a pesar de los riesgos populistas que la democracia porta en sí misma gracias a su indeterminación, tanto en las sociedades desarrolladas como en América Latina, la democracia nunca será un bien de lujo sino un bien de primera necesidad; la necesidad de vivir y decidir en libertad a la que toda persona tiene derecho. La democracia es un derecho humano; quizá el más importante entre todos los derechos humanos. Perder la libertad nos hace más pobres.