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Utopìa y Praxis Latinoamericana

versión impresa ISSN 1315-5216

Utopìa y Praxis Latinoamericana v.12 n.38 Maracaibo sep. 2007

 

Pedro Luis SOTOLONGO CODINA; Carlos Jesús DELGADO DíAZ, 2006 La revolución contemporánea del Saber y la Complejidad social. CLACSO Libros, Colección Campus Virtual, Buenos Aires, 2006, 247pp.1

Mayra Paula ESPINA PRIETO, La Habana, Cuba.

Suelo mantenerme al tanto de las novedades editoriales de CLACSO y confieso que disfruto sus ofertas porque los textos que elige están colocados, como regla, en ese pedacito del pensamiento social que nos recuerda que sus esencias últimas se hunden en el cuestionamiento ético-propositivo, en la desnaturalización de los hechos sociales, en la posibilidad de pensar, irreductiblemente, que siempre hay una manera diferente (maneras diferentes) de escrutar la realidad, de problematizarla y de actuar sobre ella. Con ello, el lector puede, aun cuando no concuerde con los puntos de vista de los autores, construir su propia posición nutriéndose de una visión desacralizadora, que se siente en libertad de romper moldes y esquemas clásicos que intentan constreñir la reflexión a un solo camino, bajo el viejo truco de legitimarlo con el traje de la objetividad y la prueba aplastante de los hechos positivos.

Revisando la biblioteca de CLACSO es posible hacer una enjundiosa lista de este tipo de libros. Entre mis preferidos coloco Explicación y predicción. La validez del conocimiento en ciencias sociales, de Schuster, Trabajo y producción de la pobreza en Latinoamérica y el Caribe. Estructuras, discursos y actores, compilado por Sonia Álvarez Leguizamón, El ajuste estructural en América Latina. Costos sociales y alternativas, compilación de Emir Sader, y el compilado por Edgardo Lander, La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas.

Esta pequeña lista, que podría ser considerablemente extensa, solo tiene el propósito de ubicarnos en el contexto de la intencionalidad editorial en la que está imbricado el libro que quiero reseñar, La revolución contemporánea del saber y la complejidad social, y que, a mi juicio, se inserta con mérito y derecho propio, en la tradición crítica latinoamericana que CLACSO recoge.

Un libro, y esta es una obviedad necesaria para justificar mi reseña, es muchos libros a la vez, el que su autor o autores escribieron para nosotros, con sus intenciones reveladas y ocultas, y todos los que nos inventamos los lectores desde nuestras propias experiencias. Me parece que es un buen libro aquel que tiene la potencia de abrir multiplicidad de opciones de interpretación y de crítica y no se presenta a sí mismo como propuesta cerrada y única. Por eso creo que este es un libro especial, de gran potencia multiplicadora, no nos deja indiferentes, cada línea nos genera una reflexión sobre nuestras maneras habituales de representarnos el mundo y explicárnoslo. Compartamos ahora algunos (solo algunos, no hay espacio para más) de los temas que el libro aborda y que me parecen que son especialmente sugerentes.

 El texto está estructurado en dos grandes partes articuladas: la primera2 –que incluye los capítulos del I al VI–  se refiere fundamentalmente a las dimensiones epistemológicas de un nuevo saber, y nos ofrece las claves para adentrarnos en él a través de una fórmula expositiva, y didáctica puede decirse, muy efectiva: la del contraste y el contrapunteo entre el cuadro del mundo clásico, que informa un ideal de construcción de conocimiento y de gestión del cambio por simplificación (el que maneja la difícil maraña de la totalidad universal descomponiéndola en sus partes y especializándose en disciplinas que profundizan en cada componente y minimizan las cualidades que surgen de la interacción de estos, trabaja con causas y efectos fijos y proporcionales, en relación lineal, toma el azar como accidente reductible y parte de una visión perfectamente predecible del mundo, porque este es una totalidad cerrada, terminada) y lo que ha dado en llamarse la perspectiva compleja del conocimiento, que, por el contrario, no intenta reducir la complejidad universal, sino dar cuenta de ella, construir instrumentos de conocimiento que la acepten, la hagan visible, aun reconociendo la provisoriedad de todo conocimiento, su historicidad.

Esta perspectiva supone un universo, y un sujeto que lo conoce desde dentro, cambiantes, una totalidad en proceso de formación, abierta, signada por la diversidad, la incertidumbre y la emergencia (la posibilidad de aparición de cualidades nuevas, no contenidas en la historia anterior del sistema), por causalidades no lineales, donde causas y efectos no son necesariamente proporcionales y se intercambian, y supone un acercamiento metodológico de ruptura con el molde disciplinar (diseñado sobre la autonomía de la parte) para acceder a la transdiciplina (diseñada a través de la conexión). 

El libro tiene el encanto de explicarnos todo esto con rigor y amplias referencias bibliográficas, pero alejándose del lenguaje oscuro que habitualmente encontramos en textos dedicados a estos temas y que más de una vez nos han hecho abandonar la lectura, porque su tono parecería decirnos “esto es solo para expertos, desiste, sobrepasa tu comprensión”. Aquí podemos reconciliarnos todos con la complejidad y disfrutarla, los autores nos la acercan y nos muestran que se trata de un tema esencial para autoevaluar la racionalidad que ha nutrido nuestras prácticas de producción de conocimiento y vida cotidiana y que más que un discurso extraño que nos intranquiliza, es una oportunidad para abrir el repertorio de problemas y soluciones que estamos en capacidad de imaginar. Y especialmente en este último detalle entronca coherentemente con la tradición emancipatoria latinoamericana.

La segunda parte, en nexo estrecho con la primera, completándola y ampliándola, incluye los capítulos del VII al X3, que abordan temas imprescindibles de la agenda contemporánea de las ciencias sociales (subjetividad social, medio ambiente, globalización, entre otros) en clave de complejidad, con lo que tenemos una muestra de problemáticas concretas construidas a partir de estos nuevos instrumentos analíticos.

Sumariamente me referiré a los que me parecen ejes transversales, en el sentido de que, aunque reciben un tratamiento específico en algunos capítulos y epígrafes, atraviesan todo el texto, constituyen un haz de análisis que dan su coherencia interna al libro y que, además, tienen la peculiaridad de ser preguntas y dudas frecuentes en espacios docentes y de debates sobre temas afines:

La causalidad compleja. El libro asume un rompimiento de las dicotomías clásicas del ideal explicativo de la simplificación a partir de la “complejidad autoorganizante”, que entiende “la paridad ontológica del orden y el desorden, de la estabilidad y la inestabilidad, del equilibrio y el desequilibrio, de la necesidad y el azar, del determinismo y el indeterminismo” y “la paridad epistemológica de la predictibilidad e impredictibilidad” (p.59).

El criterio de verdad. Una inferencia usual que muchos extraen de la perspectiva de la complejidad es la desestimación de la verdad, su destierro como criterio de construcción de conocimiento y de las metodologías investigativas correspondientes, sobre la base de una relativización que se opera a partir de la introducción del azar, la incertidumbre, los atractores extraños y la causalidad no lineal. El texto rescata un criterio de verdad contextualizada, historizada y multicriterial.

La relación disciplina-transdisciplina. Los autores superan la usual pregunta de si la transdisciplina supone la eliminación de la disciplina, ofreciendo argumentos sobre su carácter complementario y sobre la manera en que se enlazan saberes diferentes, incluyendo una reflexión sobre el por qué la transdisciplina incluye el diálogo con el saber extracientífico, y no como concesión a un conocimiento menor o como consideración del punto de vista de los beneficiarios de las soluciones o portadores de los problemas (posición extendida en las ciencias sociales), sino en paridad y relación horizontal de saberes, asociada, entre otras circunstancias, a la “activación del hombre común” (p.73) y a la naturaleza activa de la vida cotidiana como productora de conocimientos (vs. una visión pasiva y receptiva de esta).

Superación del universalismo abstracto. Se entiende aquí que la universalidad es un rasgo esencial del conocimiento científico y la construcción de universales una de sus funciones básicas, pero nos alertan del espejismo de universales definidos a partir de la extensión e imposición (asociadas a un acto de dominación) del conocimiento obtenido a toda la realidad como totalidad, proponiéndonos universales construidos desde la diversidad y matizados desde los contextos particulares.

Los sujetos-agentes del cambio social. El libro ofrece, sin pretensiones de esquema único, un modelo de análisis de los procesos de producción y reproducción de los sistemas sociales y de los factores y agentes del cambio, derivado de la causalidad compleja, centrado en la dialógica micro-macro, externalidad-internalidad, racionalidad-afectividad, social-individual, que se desmarca de los teleologismos y dicotomías habituales de la causalidad lineal y enfatiza en la comprensión de las intersubjetividades y en los patrones de interrelación que se generan en las prácticas cotidianas y en sus diferentes ámbitos.

Los autores incluyen como colofón un conjunto de breves ensayos elaborados por sus estudiantes del curso de la Cátedra de CLACSO Florestán Fernández, donde nació este libro, en una apertura hacia aplicaciones de la perspectiva compleja a ámbitos particulares disímiles: la relación entre ciencia y ética, naturaleza y riesgo, la educación superior y la construcción del contexto en análisis de casos.

Finalmente, solo apuntar algunos temas que el libro deja abiertos (esa es otra de sus virtudes, abrir caminos) y que podrían integrar una agenda futura de investigación para los autores y otros interesados:

Se echa de menos una reflexión sobre la noción de progreso y desarrollo en las ciencias sociales, la cual me parece imprescindible reconsiderar desde una perspectiva compleja y de universalidad concreta, discutiendo las posibilidades de su reconstrucción como instrumento analítico e interventivo.

Por otra parte, al analizar la vida cotidiana a partir de la noción de patrón de interacción social (modos colectivos característicos de comportamiento conjunto que emergen del obrar de múltiples accionares individuales), se identifica un patrón de interacción social al que se subordina el resto y que funciona como “atractor social dinámico prevaleciente” (el libro toma el ejemplo del patrón familiar subordinado al patrón clasista), lo que a mi juicio parecería repetir la vieja noción del determinismo lineal reduccionista. Creo que el texto no resuelve una propuesta matricial, en red de interconexiones, para explicaciones multidimensionales y recursivas. En realidad se trata de una tarea metodológica que todos tenemos pendientes y seguramente una de las más difíciles.

El análisis sobre el compromiso y la pertinencia moral del conocimiento nos está reclamando un debate sustantivo sobre los valores, no solo en su posible dimensión de brújula moral que permite juzgar los productos del conocimiento y sus fines, sino como instrumentos propios, legítimos, de la producción de conocimiento científico.

En la perspectiva, sería muy útil examinar las conexiones de la visión compleja del mundo con el pensamiento crítico latinoamericano y con el marxismo de micro fundamentos, en los que me parece que podríamos identificar sugerentes cruces y sinergias con la propuesta que los autores del libro han construido.

A ciegas o alertados, bregamos con la complejidad cotidianamente. Este libro nos da una agradable ocasión para abrir los ojos.

Pedro Luis SOTOLONGO CODINA; Teoría Social y Vida Cotidiana: La Sociedad como sistema dinámico complejo. Editorial Acuario, La Habana, 2007. 272 pp.

Álvaro B. MÁRQUEZ FERNÁNDEZ, Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA), LUZ. Maracaibo.

La sociedad es, en su conjunto, un sistema de relaciones individuales y colectivas. En ella estas relaciones se organizan y reorganizan, para su producción y reproducción material, de múltiples maneras: desde la praxis individual más simple, hasta la relación más compleja a la que esa praxis, junto a otras directa o indirectamente, puede dar una diversidad de resultados y orígenes. Se trata de comprender el diverso y fluido proceso de la praxis social, como un proceso de reconstitución permanente de eso que podríamos llamar la dinámica de la realidad social. 

Es un conjunto de particularidades y universalidades a través de las cuales las acciones múltiples de los colectivos humanos, se despliegan en direcciones análogas y/o divergentes, en una trama de interacciones que se alimenta de unas y otras de acuerdo a un desarrollo en el tiempo y en el espacio de la integración social, donde tiene lugar un sistema de articulaciones que se va conformando a través del sentido que se le asigne a patrones de conductas mediados por el poder, el saber y el deseo, entre otros. Vale la pena destacar que los sentidos sociales originarios que permiten esa emergencia del socium, están situados en el ámbito de la vida cotidiana a través de la que vamos generando la conciencia valorativa, política, normativa, social, efectiva, cultural, de esas praxis sociales que nos permiten definir e interpretar los sentidos que van adquiriendo las tramas de las relaciones sociales.

Se demuestra de esta forma que la sociedad, es decir, que los seres humanos que dotan de referencialidad a las dinámicas sociales, es decir, sus actores principales, crean mediaciones y estructuras, representaciones y actuaciones, que no pueden estar disociadas unas de otras. La sociedad no es un conjunto vacío o sistema de inercias, cuyo despliegue histórico se cumple sin intencionalidad alguna. Todos sus elementos constituyentes están en una permanente sincronía progresiva, que no hace posible la generación de un eje estático que reduzca o anule su desplazamiento; mucho menos, la inmovilidad que podría instituirse en uno u otro patrón de interacción social a causa de alguna sobredeterminación o autodominio en los espacios de la relacionalidad social.

Precisamente, Señala Sotolongo, (…) que no existe un solo patrón de interacción social, sino numerosos y de diferente índole: familiares, laborales, clasistas, recreativos, de salud, educacionales, de género, de raza, de etnia, etcétera, en articulación mutua.” Y, además, agrega que “estamos simultáneamente inmersos en todos (o por lo menos en muchos de) esos patrones articulados de interacción social. La sola mención de la índole de los patrones de interacción social explícitados ya nos permite darnos cuenta que, de hecho, toda nuestra trayectoria vital transcurre de manera inevitable en una articulada simultaneidad y sucesión de patrones de interacción social de diversa índole…” (p.19).

La concepción de la sociedad como sistema complejo, prevee el análisis de las conductas societales desde, al menos, tres patrones de interacción (p. 20), sin los cuales no podría darse una interpretación de los sentidos y movimientos sociales que resultan de la acción y participación de sus actores. Estos serían: i) su indexicalidad (quiénes, qué, dónde, cuándo, para qué, por qué y cómo); ii) su reflectividad; y, iii) su apertura.

Esto le permite a la sociedad a través de sus patrones de interacción, generar una movilidad que hace posible diagnosticar, en los diferentes contextos de la acción, los sentidos de las mismas. Es decir, de acuerdo a la dirección que se manifieste de acuerdo a la indexicalidad proyectada como posible según las tendencias de los patrones (familia, educación, género, etc); entonces, se puede estimar la jerarquización o articulación que unos sobre otros producen al crear tendencias que si bien pueden sostenerse por un tiempo determinado, no pueden permanecer como las únicas. Además, que por el efecto de reflectividad éstas pueden ser absorbidas a su vez por otra acción o acciones que devienen de otros patrones sociales, se comportan como principios regenerativos que infringen cambios en las tendencias dominantes.

No es posible una causalidad lineal que oriente el sentido de las acciones sociales. Los patrones de interacción social están permanentemente en un proceso de intervención aleatoria con respecto a los tipos de movilidad que se presentan en la sociedad. Y es en este punto donde Sotolongo afirma que los “patrones de interacción social presentan (…) siempre la posibilidad de desenvolverse otra vez, aunque sea en un bucle, ciclo o vuelta; vale decir, en una plasmación adicional a las ya efectuadas por él” (p. 23 ss ).

Las prácticas de la vida cotidiana, que se desarrollan a través de los patrones de interacción social, pertenecen en primera instancia, a la consciencia tácita o consciencia práctica, y transcurren en el plano prerreflexivo de la pragmática de la vida diaria en interacción con los demás (p. 24). La socialización de esta esfera de la interacción se promueve entre los actores sociales, a través del cumplimiento de reglas o normas (quaestio iuris y quaestio facti), que les va otorgando un conocimiento (de la regla) explícito y una aplicación (de la regla) a posteriori, cuando se desea la relacionalidad con los otros, con la finalidad de cumplir las expectativas sociales mutuas.

Estos primeros espacios que hacen emergencia en la construcción de los sistemas sociales en sus respectivas variaciones, generados al activarse cualquiera de los patrones de interacción social, se logran a través del uso del discurso, las prácticas del poder, el deseo y el saber, que manifiestan las personas en la elaboración de sus identidades y representaciones cotidianas. En cierta manera, esto que se percibe tan orgánicamente en lo local social, ya que se van produciendo en el cumplimiento de las reglas tácitas o prerreflexivas, los acuerdos discursivos con los que se induce la diversidad de actividades que se complementan o corresponden, o no, en la sociedad, se va a hacer extensivo para lo macro social.

El sistema social se hace dinámico (atractor social) debido al alto grado de relacionalidad (próxima o distante) que se produce entre los patrones de interacción social, a causa del tipo de la indexicalidad que se haga presente. Se pudiera decir, entonces, que dos de los patrones de interacción social que pudieran tender a esa situación, es el clasista y el familiar en razón de la composición genérica de la sociedad. Sin embargo, dependerán éstos de igual manera de otros contextos de atractores sociales de los que reciban influencias. De acuerdo a los niveles de variaciones que sufran los patrones de interacción social, en consecuencia se irán generando las diversas relacionalidades en sus respectivos contextos, que impactarán regularmente el sistema societal en su desarrollo y evolución.

En este nivel, se pasa a un sistema dinámico de segundo orden, donde se contienen los elementos básicos de las prácticas cotidianas a nivel personal e individual, pero ahora serán del caso más vinculantes p. ej., clasista-familiar-laboral, familiar-comunitario-cultural, entre otros, donde se observarán los “modos de vida” de esas relaciones o prácticas, “(...) hasta lograr verdaderos complejos patrones de interacción social; es decir, regímenes complejos de comportamientos colectivos característicos (…) hasta el nivel global de complejidad de articulación interpatrones de interacción societal, que los articula a todos en el seno de la sociedad de que se trata, en un régimen global de prácticas colectivas, que define, y constituye el socium en su totalidad” (p. 56).

Se trata de entender que los comportamientos que se van a desarrollar en este nivel de segundo orden del sistema, son más complejos porque abarca y contiene al anterior que le sirve de referente, pero a la vez genera relaciones constrictivas que hacen posible otros medios de relacionalidad o interacción que ahora dependen de una práctica contextualizada por aquellos miembros que deben, entonces, dentro de este nuevo orden autoorganizarse para cumplir y responder a fines que unos y otros no se habían propuesto reconocer, pero que situados en estas otras relaciones de convivencia (intersubjetiva) se pueden anticipar y esperar. Las nuevas prácticas colectivas generan una dinámica diferente en cada nivel de la integración: “Sin esas anticipaciones y esperas sociales, la interacción colectiva en las sociedades, se tornaría sencillamente imposible, ya que ninguno de sus miembros podría tener nunca expectativa alguna acerca de cuándo obtendría los resultados apetecidos en su obrar cotidiano, y mucho menos podría anticipar cuáles serían –y dónde y cuándo estarían dadas– las condiciones para su obrar o accionar. Ello ratifica el papel constituyente –autoorganizador– de lo social, que desempeñan los patrones de interacción social, al ser ellos, precisamente, de los que emerge la factibilidad de esas anticipaciones y esperas imprescindibles para el obrar social colectivo” (p. 59).

Asumir esta perspectiva de la dinámica compleja de la sociedad, implica,sin embargo, superar la distinción entre lo “macro” y lo “micro” social, pues se demuestra la injustificada posición empirista, positivista, funcional, estructuralista, y la de la dialéctica materialista, con la que se ha pretendido fundar la explicación científica de la ciencia social. Entre lo “macro” y lo “micro”, existe una correlato epistémico donde la presencia de éste implica la del aquél, ya que es desde la praxis social donde se constituye la contextualidad de cualquier patrón de interacción. Es una “articulación entre una y otra esfera social, concomitante, paralela y simultánea” (p. 62), pues, entre ambas en su devenir es que se va conformando la trama social de un modo orgánico. Es decir, que no se puede prescindir, privilegiar o crear una dicotomía a favor de la “macro” o en desmedro de lo “micro”. De un estadio social al otro, lo que existe es una correspondencia hacia una praxis interpersonal e histórica que se aproxima, desde dos puntos de vista, a una realidad que no puede ser vista sino en su conjunción: el que mira hacia las estructuras de las relaciones sociales, y el que mira a las subjetividades-agentes individuales que hacen de la sociedad una compleja totalidad, puesto que ambas dimensiones se producen y reproducen.

Las relaciones entre lo “macro” y lo “micro” entran en una autorregulación por medio de las prácticas locales de poder, deseo, saber y discurso. La producción y reproducción de estos espacios a partir de la coexistencia que se pone en escena por medio de los patrones de interacción social, vienen a darle al sistema social una ampliación de sus funciones puesto que colocan en el campo de la acción a los sujetos en un copresente de actuaciones. Las acciones que se realizan están contenidas por la vida que se hace en la sociedad entre las personas, pues ellas están involucradas en ese ejercicio del poder (p. 76 ss), del deseo (p. 82ss), del saber (p. 88ss) y del discurso (p. 93ss) sin los que no es posible la integración y las diversas vías para construirla.

Es al interior de estas redes de comunicación que estos espacios toman su contenido específico y las condiciones posibles de sus transformaciones (a través de una “circularidad” entre las prácticas enunciadas, p. 100ss) en el tiempo y en el espacio: el poder en su vinculación casi natural con la asimetrías del control, subordinación o resistencia; el deseo y el proceso de apropiación de la satisfacción y el placer en su expresión subjetiva y libre; el saber como condición de entendimiento (vulgar o científico) para saber por qué y cómo, cuándo y dónde es que podemos o debemos obrar sin necesidad de plantear verdades absolutas; el discurso en cuanto práctica comunicativa con la que nos abrimos a los otros (sujetos y objetos) en la diversidad de planos lingüísticos.

La fundación de lo “macro” y lo “micro” social, está determinada por la génesis y desencadenamiento de los contenidos de los patrones de interacción social. Así lo considera Sotolongo (p. 120) atendiendo al concepto de praxis social que ha desarrollado a través de todo su libro desde un punto de vista de la contextualidad donde la praxis se re-crea en la constitución de los sistemas sociales. Luego, y es lo que profundiza en los tres últimos capítulos (4º, 5º y 6º; pp. 119-82 y 185-269), entra a establecer el desenvolvimiento de la vida cotidiana, las instituciones y el cambio social, a partir de las formas en que se cristaliza la objetivación (exteriorización) social y la subjetivación (interiorización) social, en la construcción de lo “macro” y “micro”, social.

Para el logro de la objetivación de las relaciones sociales, es decir, los resultados de las prácticas efectuadas en el marco de los patrones de interacción social, en copresencia o sin ella, próximas o remotas, atendiendo a sus respetivos posicionamientos de poder, deseo, saber y discurso, con los cuales se legitiman y logran su reconocimiento; las personas, deben, a través de estas prácticas generar sus vínculos y relaciones sociales. “En el caso de los vínculos sociales ellos son, cada vez, generados y plasmados en el escenario o contexto de interacción mismo en el que están presentes los hombres y mujeres (los “quiénes” concretos) que quedan vinculados, y son, por lo mismo, directos e inmediatos; mientras que en el caso de las relaciones sociales, éstas son generadas y plasmadas desde esos mismos escenarios o contextos de interacción (pertenecientes a ese mismo patrón de interacción social), pero conciernen no sólo a los hombres y mujeres presentes en uno u otro de esos escenarios concretos, sino también a hombres y mujeres que ocupan posicionamientos sociales arquetípicos similares (análogos o no), pero no necesariamente presentes en el escenario concreto de que se trata en cada caso, sino que pueden hallarse en los otros escenarios del mismo patrón de interacción social; y, por lo mismo, articulan, relacionándolos, a hombres y mujeres que no están necesariamente en situaciones de copresencia (por lo que son, a diferencia de los vínculos sociales, articulaciones indirectas y mediadas), aunque involucrados en el mismo patrón de interacción social”(p. 124).

El despliegue de las subjetividades sociales forman, a su vez, por el otro lado, parte de ese marco de la pragmática de la vida cotidiana donde se dan las construcciones de la objetivación. Sin embargo, se trata de ampliar el campo de la subjetividad individual de las personas que con sus nombres y apellidos, no cesan de estar presentes en la relaciones sociales en todo momento, estando en cualquiera de los patrones de interacción social portando su “subjetividad individual (…) conformada por su consciencia reflexiva, por consciencia tácita (o práctica cotidiana) prerreflexiva y por su inconsciente” (p. 132).

Es rico, detallado y pertinente el análisis que propone Sotolongo en relación con estos dos momentos de constitución de la objetividad y subjetividad, con respecto a los espacios de empoderamiento y desempoderamiento, simetrías y desigualdades, deseo, saber y discurso, que se presentan entre los patrones de interacción social y que van a conformar parte sustantiva del desarrollo de las personalidades en la vida social.

Finalmente, la magnífica y sugestiva “teoría social y dinámica cotidiana” que nos presenta este conspicuo investigador cubano, desde los planteamientos epistémico de los “sistemas dinámicos complejos”, nos expone la siguiente deducción: todas las acciones y conductas que se desarrollan en el sistema social pasan inicialmente a través de la vida cotidiana (identidades individuales) y todas las diversas mediaciones de los patrones de interacción, hasta consolidarse en el orden o forma institucional que le confiere sentido y que le designa a cada acto de la conducta un deber hacer; se formalizan institucionalmente.

Es a través de una “protonormatividad social” (p. 188), que se logra legislar sobre “lo que se debe hacer” y “lo que no se debe hacer”. A través de la institucionalización se amplían las fronteras simbólicas y territoriales de la sociedad que para evitar su dispersión busca, entonces, este tipo de integración social (o integración sistémica) que pueden obviar la copresencia a la vez que trascienden los límites de la integración local. Los posicionados de los polos dominantes de los diversos dominios de la relacionalidad social, son quienes organizan el universo respectivo de éstos (familia, educación, etc), dándoles la forma de la institucionalidad que regula el principio de “qué es lo que se debe hacer” (lo permitido) y “qué es lo que no se debe hacer” (prohibido). “Lo que se institucionaliza en cada caso es precisamente el régimen de prácticas cotidianas colectivas características –el patrón de interacción social– de que se trate. Régimen de prácticas que, en virtud de tal institucionalización, con su simbolismo asociado y apoyándose en las correspondientes relaciones sociales objetivas que no necesitan de copresencia, puede ganar espacios sociales, extendiéndose territorialmente y perdurando después a nivel social” (p. 191).

Lo que la institucionalización social cubre o representa, son de alguna manera aquellas prácticas cotidianas colectivas articuladas con mayor nivel de consistencia y continuidad en ciertas características que prevalencen y por ello se hacen normativas para el común de la colectividad. Precisamente, porque en ellas hay un reconocimiento de las relaciones intersubjetivas que le dan origen a la institucionalidad, y esto cancela la visión o concepto de autonomía con el que se identifica a lo institucional como algo que se impone “sobre” lo subjetivo. No es así, precisamente, porque las acciones subjetivas además de ser intencionada están situadas en un contexto donde la acción queda abierta en su referencialidad significante con el otro o los otros.

Es en este punto donde las conductas individuales o prácticas cotidianas son susceptible de normatividad social (sistema global o espacio macro). “Mientras más institucionalizadas estén esas situaciones de interacción social con copresencia de la vida cotidiana, mientras más extendido esté el simbolismo asociado a esa institucionalización, mayor extensión social y carácter normativo global o sistémico tendrá esa situacionalidad del interaccionar humano cotidiano en la sociedad” (p. 192). En el rango universal de la institucionalidad, quedan situadas genéricamente las prácticas y acciones arquetípicas que dotan de sentido y significación, legalidad y legitimidad, poder, saber, deseo, discurso, a las diferentes formas de la sociedad y el Estado.

Es la institucionalidad, quizás, la imagen más dinámica (o cosificadora) de las prácticas objetivantes. Pero se puede correr el riesgo de presuponer que son ellas en sí mismas las que constituyen la realidad, cuando éstas no son más que el resultado de las prácticas sociales que no desaparecen –jamás– de la vida cotidiana donde los seres humanos construyen la subjetividad. Por lo que ninguna institución está exenta de los condicionamientos de los cambios inherentes a los patrones de interacción social de la vida cotidiana, “(…) que es lo que hay que cambiar, lo que cambia en el cambio social; y, al cambiar esos patrones (regímenes de prácticas colectivas características recurrentes de la vida cotidiana), está cambiando la propia praxis social instituyente y, por lo mismo, se van instaurando nuevas institucionalidades (regímenes de permisividades y prohibiciones sociales concomitantes), asociadas a esos nuevos patrones de interacción social que cambian; en otras palabras nuevas normatividades sociales”(p. 212).

Estas ideas, y muchas otras que debieron destacarse, son algunas de las que se han extraído de nuestra lectura, con la intención de “situar” la atención del lector sobre un libro que merece una amplía exégesis y sistematización, ya que la escritura de Sotolongo, es una fiel exponente de la rigurosidad reflexiva de su pensamiento; “tejida con punta de aguja”, nos revela con gran honestidad y compromiso esa conciencia social y política, solidaria y humanitaria, ética y moral, a un investigador que en la comprensión-desconstrucción del conocimiento científico, desde el paradigma de los sistemas complejos, ha sabido responder a los desafíos que ello representa para el pensamiento dialéctico de inspiración marxista.

Notas

1  Versión de la reseña publicada con el título “Pensar la complejidad”, Nómadas, nº. 25, Instituto de Estudios sociales Contemporá.

2  Los subtítulos de los capítulos que integran esta primera parte son; Capítulo I (“El nuevo saber en construcción y las ciencias sociales”), Capítulo II (“La complejidad y el nuevo ideal de racionalidad”), Capítulo III (“La epistemología hermenéutica de segundo orden”), Capítulo IV (“Las complejidad y el diálogo transdisciplinario de saberes”), Capítulo V (“Las ciencias sociales de nuevo tipo”) y Capítulo VI (“El pensamiento crítico ante la complejidad social”).

3  Los subtítulos de estos capítulos son: VII (“Saber social, complejidad y vida cotidiana”), VIII (“La intersubjetividad social, las estructuras sociales objetivadas y las subjetividades sociales individuales), IX (“Complejidad y medio ambiente”) y X (“Una mirada nueva a la globalización”).