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Utopìa y Praxis Latinoamericana
versión impresa ISSN 1315-5216
Utopìa y Praxis Latinoamericana v.12 n.38 Maracaibo sep. 2007
DISCURSO PRONUNCIADO EN REPRESENTACIÓN DE LOS PROFESORES ACREDITADOS POR EL PPI, UNIVERSIDAD DEL ZULIA, EDICIÓN 2007.
José Enrique FINOL
Facultad Experimental de Ciencias, LUZ. Investigador nivel IV.
Estimada Vicerrectora Académica
Distinguidos miembros del presidium
Estimados colegas investigadores
de la Universidad del Zulia
En primer lugar, quiero agradecer a la vicerrectora académica, una mujer que desde siempre ha estado activamente comprometida con la investigación, el honor de poder dirigirme esta noche a un público, que me es especial por muchísimas razones.
Quiero aprovechar esta oportunidad para referirme a dos aspectos que me parecen relevantes en estas circunstancias y en esta celebración y homenaje de hoy, celebración y homenaje que nos estimulan a permanecer y profundizar en este oficio de investigadores, que una vez más nos compromete con nuestra universidad y con la sociedad a la cual estamos llamados a servir.
Es necesario reconocer que la calidad de la producción científica en Venezuela ha venido mejorando en las últimas décadas. En la Universidad del Zulia varios hitos marcan ese proceso histórico y no está demás recordar, por lo menos, algunos de ellos. En primer lugar, desde la segunda mitad del siglo pasado comenzó un proceso académico creciente y sostenido, que permitió formar a nivel de postgrado, tanto en calidad como en cantidad, a numerosos profesionales, muchos de ellos miembros de la comunidad académica. La mayoría obtuvo entonces sus títulos de maestría y algunos el de doctorado en universidades extranjeras. Este logro fue posible gracias a los programas de formación del personal docente de las universidades nacionales y, a pesar de sus graves limitaciones, al programa masivo de becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho. En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, las universidades venezolanas comenzaron a desarrollar sus propios postgrados, lo que facilitó obtener formación de ese nivel para aquellos que no podían viajar al exterior. En tercer lugar, se crearon las facultades de ciencias básicas, donde la vocación por la investigación era una condición natural, lo que las diferenciaba de otras facultades donde predominaba entonces una vocación profesionalizante. A partir de allí, tanto en las universidades como en el Estado venezolano, comenzó a consolidarse el interés por la investigación científica y por su utilización en el conocimiento y solución de problemas locales, regionales y nacionales. Ello condujo a la formulación de políticas con un claro acento en la necesidad de hacer ciencia propia. En cuarto lugar, comenzaron a aparecer y apuntalarse numerosos centros e institutos de investigación que se convirtieron en semilleros de conocimiento y de nuevos recursos humanos. En esta etapa el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) fue siempre un modelo. En quinto lugar, comenzaron a desarrollarse en las universidades los Consejos de Desarrollo Científico y Humanístico, los cuales estaban previstos en la Ley de Universidades pero a menudo no funcionaban, y cuando lo hacían eran minúsculas dependencias a las cuales no se les asignaban recursos. En sexto lugar, la aparición y progresiva consolidación de numerosas revistas científicas, esa suerte de registro oficial y público de la ciencia, como las denomina Ruiz Pérez. En séptimo lugar, se creó en 1990 la Fundación Venezolana de Promoción del Investigador, hoy transformada en Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (ONCTI), la cual no sólo promovió una competencia estimulante entre investigadores sino que además premió en prestigio y en dinero las actividades de investigación.
Nosotros, de un modo u otro, somos hijos y padres de ese proceso. En mayor o menor grado lo hemos protagonizado, lo hemos construido, y por eso estamos hoy aquí.
Más de una vez los investigadores nos hemos preguntado a nosotros mismos por el sentido de nuestro trabajo, por la significación de lo que hacemos; nos hemos interrogado, explícita o implícitamente, por la importancia, la trascendencia o la pertinencia de ese esfuerzo que significa investigar, crear conocimiento, mejorar o desarrollar una técnica, inventar una patente. Más de una vez en foros y discusiones o en reuniones como esta hemos buscado darle un derrotero cierto a nuestro trabajo. A veces esas preguntas pueden parecer presuntuosas, porque podrían implicar un intento por auto otorgarle a la investigación una relevancia mayor de la que tienen otras funciones propias de la vida académica.
En realidad, justo es reconocerlo, la investigación no es una más entre las tres clásicas funciones universitarias que conocemos como docencia, extensión e investigación. En realidad, la investigación cumple también, simultáneamente, las funciones de formación y extensión. No sólo porque la investigación es la que crea y sistematiza el conocimiento que nutre a la docencia y a la extensión, sino porque la vocación del conocimiento no es otra que su propagación a todos los niveles posibles, para el aula y para la calle, para la biblioteca y para el trabajo; para decirlo con palabras papales, la vocación del conocimiento es urbi et orbe, para la ciudad y para el mundo. Nada es más contrario al conocimiento que el secreto y la mudez, nada frustra más el saber que su confinamiento y su silencio, que no son sino dos modos distintos de la muerte intelectual.
Por eso nunca se insistirá bastante en ello- todo el esfuerzo que investigadores y dirigentes universitarios y gubernamentales hagan por la difusión de ese conocimiento producido, es siempre incompleto y limitado, y exige de nosotros como de ellos una revisión constante, una atención permanente, que dé oportunidades al saber para transformar nuestro mundo, para morder sobre nuestra realidad, para hacer retroceder, aunque sólo sea unos milímetros cada vez, el desconocimiento de ese vastísimo mundo que aún, a pesar de tantos progresos y avances, no conocemos; ese mundo que nos reta y nos invita, ese mundo y esa vida que nos interpelan y nos comprometen.
Uno de mis estudiantes una vez me preguntó cuáles eran, en mi opinión, las características principales que definían a un investigador. Yo dije que la primera característica de un investigador era la curiosidad, las ganas de averiguar, las ganas de saber; y que la segunda era la humildad. La curiosidad no es otra cosa que la condición básica que nos impulsa a hacernos preguntas y, como bien apunta el epistemólogo francés Gastón Bachelard, para un espíritu científico cualquier conocimiento es una respuesta a una pregunta. Si no ha habido pregunta no puede haber conocimiento científico (1973:189).
Pero también me gustaría decir aquí que el conocimiento que creamos no puede ser sino provisional, y que en consecuencia con toda respuesta que propongamos a la realidad es necesario, es obligatorio, formular nuevas preguntas. Como apuntaba Lévi-Strauss, a menudo un investigador aporta más con las preguntas que plantea que con las respuestas que ofrece.
A pesar de que como investigadores nos hemos súper especializado nada es más cierto que aún sabemos muy poco sobre lo que sabemos. Esa humildad del investigador, ese que, como nos dijo Sócrates en el siglo V a.C.,sólo sabe que no sabe nada, ese investigador, repito, debe encontrar en esa humildad el acicate fundamental de su curiosidad. Las demás características del investigador se definen por su capacidad para aprender, por su constancia, por su inteligencia, por su habilidad para discernir e interpretar la lógica del conocimiento y responder a los retos que la realidad, sea ésta biológica o social, física o humana, nos plantea.
Es porque conocemos nuestra ignorancia que debemos ser humildes; es porque esa ignorancia es nuestro estímulo por lo que, comprometidos con el saber, debemos ser abiertos y sensibles a la crítica, debemos promoverla como condición necesaria a la definición universal de la ciencia.
Sabemos que sabemos muy poco y, nos guste o no, sabemos además que estamos destinados a ser siempre superados no sólo por la realidad, que siempre será más rica, diversa y compleja que el conocimiento que de ella creamos, sino que también seremos superados, tarde o temprano, por aquellos que, con toda razón, nos empeñamos en formar, a quienes dedicamos nuestro solícito esfuerzo para que aprendan a aprender; me refiero a esos alumnos a quienes amamos y que, a veces, si tenemos suerte, también nos amarán, pero cuyo destino, ineluctable, no es otro que superarnos.
Es por ello que me gusta siempre citar a Bachelard, quien nos advirtió que el destino de todo maestro es ser superado por sus alumnos. Es pues, nuestra obligación alentar a nuestros alumnos a ir más allá de los límites que nosotros alcanzamos, y que sólo en la medida en que ellos nos superen podremos realizar a plenitud nuestra propia vocación. Si una responsabilidad es urgente e ineludible para nosotros es la de formar nuevos investigadores, formarlos no sólo en el conocimiento sino también en la disciplina, la responsabilidad y el compromiso, alimentar su curiosidad y promover su humildad.
Permítanme confesarles que si la satisfacción que se deriva de una publicación es grande, como todos sabemos, yo personalmente siento que como investigador me realizo aún más en la formación de nuevos investigadores, porque en ellos se garantiza la continuidad del conocimiento y también, aunque sea un poco, nuestra propia continuidad. La ciencia en Venezuela requiere que hagamos un esfuerzo por formar a las nuevas generaciones de investigadores, generaciones que enfrentarán retos más duros que los que nosotros hemos afrontado y que, sin duda, los superarán en modos y maneras que, afortunadamente, nos sorprenderán.
Por eso, aunque la respeto, no comparto la opinión de los colegas que consideran que son sólo investigadores y a quienes la docencia repugna o, incluso, demerita. En lo que a mi concierne, nada es más gratificante en este oficio de investigar que el poder compartir con mis alumnos esos pequeñísimos logros científicos que aparecen en una publicación, esas dificultades que la realidad nos plantea, esas preguntas que nos empeñamos en formular y, a veces, aunque sólo sea parcialmente, atinamos a responder.
El otro aspecto al que me gustaría referirme tiene que ver con el sistema nacional de investigación científica y, en particular, con el Programa de Promoción del Investigador, en el que la Universidad del Zulia en estos últimos años, gracias a Uds., ha sido exitosa. Tuve la oportunidad de participar como evaluador en la Comisión Nacional del PPI, junto a mi querido amigo el Dr. Alexis Romero Salazar, y allí tuvimos la oportunidad de conocer de cerca las virtudes y los males de este programa que, dentro de sus limitaciones, ha sido factor decisivo en la consolidación y desarrollo de la investigación científica, en la creación y fortalecimiento de nuestras publicaciones y en la dotación de laboratorios y bibliotecas.
En investigación hoy los universitarios zulianos tenemos logros que mostrar, logros que deben hacernos sentir orgullosos, pero que no deben impedirnos ver las limitaciones, las dificultades, las fallas y los desvíos.
En tal sentido, opino que la comunidad científica de nuestra querida Universidad del Zulia está suficientemente madura para hacer una evaluación profunda del programa PPI y su aplicación en nuestra Alma Mater. En tal sentido, y a riesgo de que se considere que este no es el momento apropiado, debo decir que es hoy pertinente y necesaria una evaluación de nuestras publicaciones, tanto en lo externo como en lo interno. En cuanto a lo primero, es necesario examinar la distribución y el canje, la problemática de la visibilidad de lo que publicamos, la constitución de los consejos editoriales y, más importante aún, la de los consejos de arbitraje. En cuanto a lo interno, es necesario examinar la calidad de los artículos, la rigurosidad de las evaluaciones, el estilo y la forma en que escribimos.
Creo, finalmente, que este rito de reconocimiento y confirmación en el que hoy participamos gustosos y convencidos, es también un rito de compromiso, un compromiso de la institución y de sus autoridades con sus investigadores; pero también un compromiso nuestro con la ciencia y el conocimiento, un compromiso con nuestra Universidad del Zulia, con nuestros estudiantes y, finalmente, con nosotros mismos. Compromiso de calidad, de rigor, de disciplina, y no sólo de simple acumulación de artículos publicados.
Considero que debemos estar conscientes de que en la medida en que seamos rigurosos, vigilantes y críticos, en esa misma medida los logros de hoy, que tanto nos enorgullecen, se multiplicarán y, sobre todo, se profundizarán, y nos permitirán alcanzar nuevos niveles en ese esfuerzo sostenido, a veces poco apreciado, que nos permitirá lograr el sueño de que la vida sea parte de la ciencia, para que entonces también la ciencia sea parte sustantiva de la vida.
BIBLIOGRAFÍA
1. Bachelard, Gastón. 1973. Epistemología. Barcelona: Anagrama.












