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Utopìa y Praxis Latinoamericana

versión impresa ISSN 1315-5216

Utopìa y Praxis Latinoamericana v.12 n.38 Maracaibo sep. 2007

 

In Memoriam Efraím Silva Ovalles, Pastor y amigo

A.B. Márquez-Fernández

Mi Maestro siempre supo descubrir por dónde seguir la luz de la sabiduría. Es una luz clara y cálida la que brilla en sus ojos, porque mi Maestro percibe la condición humana de la vida desde el origen de la fe que actúa y obra.

Siempre supuse que mi Maestro guardaba en oración el secreto de su fe: aquella fuerza que convierte el espíritu en el milagro de la redención. Para este tipo de fe humana solo el peregrino y el profeta son los llamados por confesión. No existe ninguna otra promesa más prometida por los tiempos, de “creer para ver”. 

Mi Maestro dedicó su vida a la mística escucha y se hizo orador de la esperanza, levantó su lanza y la crucificó en la cruz, bebió agua del cántaro de su otro Maestro, dejó su túnica a los pájaros de la madrugada y su cuerpo en el otoño de cada estación. Mi Maestro atravesó el desierto para que el sol del mediodía incendiara de fuego sus manos y la luna nueva de la medianoche cicatrizara sus heridas.

Los años que ha vivido son muchos; sin embargo, no son suficientes para comprender todo eso que su Maestro siempre le enseñó que es necesario aprender. No ha dejado de levantarse con el sol para mirar lo que es la creación.

Sabe todo lo que sabe porque aprendió con amor su oficio de alfarero días tras día. Todo lo que sólo con amor se puede aprender y enseñar mientras la primavera se hace presente con el olor de las margaritas y las azucenas. Eso que todo buen Maestro es y todo lo que un Maestro sabe hacer, es hablar de la vida presente y futura, para invocar el espíritu que reina sobre ellas. Pregunta por lo que son y no son las cosas, porque para eso son los secretos.

Él crece como la espiga, en la dirección de la luz. El discípulo crece en la de su presencia, a la sombra de su paz, descubriendo que los secretos del Maestro serán suyos cuando las profecías de la vida se hayan cumplido.

El Maestro de mi Maestro, el Maestro que es mi Maestro, ahora, igual que antes, cada vez que mira al cielo, me enseña a mirar más allá de lo que soy.