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Utopìa y Praxis Latinoamericana

versión impresa ISSN 1315-5216

Utopìa y Praxis Latinoamericana v.15 n.48 Maracaibo mar. 2010

 

Posmodernidad, diatopía y multicentrismo: Mariátegui en la encrucijada

Postmodernity, Diatopia and Multicentrism: Mariátegui at the Crossroads

Rafael Ojeda

Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú.

RESUMEN

La sensación de que habitamos un período de crisis, apertura una conciencia nueva, de fluctuaciones múltiples entre pasado y presente y entre dos paradigmas sociales, ante una noción de simultaneidad que ha inaugurado el debate entre lo moderno y lo posmoderno. En este contexto, evaluar la vigencia de Mariátegui, pensador fundacional de la imagen moderna del Perú, resulta inquietante, debido a que su comprensión del carácter de excepción de la realidad peruana, le hizo incidir en un marxismo nuevo para tierras americanas, a partir de un corpus teórico-práctico heterodoxo que le hizo vislumbrar espacios políticos nuevos y sujetos sociales múltiples.

Palabras clave: Crisis, posmodernidad, heterodoxia, multiplicidad.

ABSTRACT

A sensation exists that we live in a time of crisis, of the opening of a new consciousness, of multiple fluctuations between the past and present and between two social paradigms, in the face of a notion of simultaneousness that has inaugurated the debate between what is modern and postmodern. In this context, it is unsettling to evaluate the validity of Mariátegui, a foundational thinker about the modern image of Perú, because his understanding of the exceptional character of Peruvian reality led him to a new Marxism for American lands, based on a body of heterodox theory-praxis that made him glimpse new political spaces and multiple social subjects.

Key words: Crisis, post-modernity, heterodoxy, multiplicity.

Recibido: 11-09-2008  F  Aceptado: 16-05-2009 

Quizás tras el advenimiento de esa noción de globalidad, el mundo se ve marcado por profundas transformaciones y convulsionado por cambios de configuración espacial y pugnas geopolíticas impensables en los años veinte. Pugnas que han determinado un nuevo y tal vez análogo período de crisis política, tras una lógica violentista, conflictiva y coercitiva de los Estados de primer orden, que están mediatizando los flujos económicos y políticos de los países del tercer mundo, desvelando conflictos interculturales, la crisis del moderno Estado-Nación y la democracia representativa, lo cual, sumado al colapso urbano, producto de la hiperpoblación, el centralismo y el crecimiento caótico de las periferias metropolitanas, han agudizado, la sensación de crisis sistémica. 

Thomas Kuhn ha planteado los períodos de “crisis” como tiempos de inestabilidades y anomalías en los que los problemas sobrepasan la capacidad de respuesta esperada de un paradigma determinado. Siendo esa sensación de mal funcionamiento del modelo, el que crea el espacio propicio para que las revoluciones acaezcan. 

Y es esa noción de desperfecto, de mal funcionamiento del sistema, el que nos sitúa en un contexto de indefinición y diferencias nuevo, ante la presunción del advenimiento de un paradigma (post)moderno, que, debido a las múltiples resistencias retóricas y teóricas, ha originado controversias críticas, nominales y conceptuales, que han determinado debates y conflictos de caracterización estériles e improductivos. 

Podemos ensayar un inventario de la abundancia taxonómica que se ha derivado ante la noción de quiebre que ha significado la idea del advenimiento de una condición posmoderna, como un período cultural caracterizado por una racionalidad nueva o alternativa, ante una protagónica eclosión de lo inestable, lo discontinuo, lo indeterminado, lo fragmentario y lo diferencial. Lo cual, ante las resistencias retóricas y teóricas, ha producido múltiples intentos de denominación a un “mismo fenómeno”, lo que solo refuerza la idea de que se ha dado un cambio epistémico que ha inaugurado un nuevo período cultural, pues, por ejemplo, Zygmut Bauman ha planteado la noción de modernidad líquida para definirlo, Ulrich Beck y Anthony Giddens han hablado de modernidad reflexiva, el mismo Beck ha propuesto la idea de segunda modernidad; en tanto Marc Auge habla de sobremodernidad, Enrique Dussel de transmodernidad, Jürgen Habermás sostiene la idea de un período posmetafísico, pero con características residuales en otros aspectos de la sociedad moderna, además de otros intentos y propuestas diferenciales de comprender dichos cambios. 

La teoría de la posmodernidad se ubica entre todos esos márgenes, donde las controversias van evidenciando una ruptura “ontológica” en el orden del saber, una nueva conciencia que marca el tránsito de lo moderno a lo posmoderno, o el rótulo que quiera dársele. Entre la mirada inconciliable de filósofos y críticos de arte, entre las pugnas por una nominación estricta y los cambios societales reales, entre los presupuestos de Lyotard, que enuncia la ruptura de la episteme modernista que inaugura la posmodernidad, o los de Habermas que reclama la modernidad como un proyecto inacabado, además de los que encuentran esta evidencia como un error histórico, una moda ideológica desdeñable y sin sentido o una parodia de la noción de la modernidad, como Paul de Man. 

Donde ver el posmodernismo como algo diferenciado de lo posmoderno, ha originado malentendidos derivados de su multivocidad y las supersticiones de los estudios historicistas. Sobre todo a partir de su adopción a las distintas teorías del arte contemporáneo. Entre la literatura y la arquitectura, entre Ihab Hassan y Charles Jencks. Donde el posmodernismo, visto como una vanguardia artística caracterizada por un eclecticismo radical e historicista, sintetiza estilos constructivos del pasado, presente y tendencias futuras, plasmando aquella idea, de aprender de todas las cosas, que a manera de manifiesto expusiera Robert Venturi, refiriéndose al espacio arquitectónico de Los Ángeles. Lo que no deja de ser conflictivo pues para Jencks las ideas de Lyotard son generalizadas y carentes de foco, en tanto para Lyotard y Habermas las propuestas arquitectónicas posmodernas eran neoconservadoras, pues representaban todo lo que las vanguardias habían combatido.

Perry Anderson, indagando en Los orígenes de la posmodernidad, ha concluido que, contra el supuesto convencional, el término e idea de lo “posmoderno” que supone familiaridad con lo “moderno”, no nació en el centro del sistema cultural de su tiempo, sino en la lejana periferia: “no provienen de Europa ni de los Estados Unidos, sino de Hispanoamérica”, siendo Federico De Onís, crítico literario amigo de Unamuno y Ortega y Gasset, quien acuñara el término. 

Mas ese posmodernismo hispanoamericano, en el que José Carlos Mariátegui participó con el grupo Colónida, que fue el movimiento literario -que giró en torno a la revista del mismo nombre- catalizador de dicha tendencia en nuestro país, surgió como una reacción al agotamiento de las posibilidades poéticas del modernismo, cuyo mayor representante fue Rubén Darío, posmodernismo que sólo fue una corriente literaria sucedánea de la corriente modernista restringida a los estudios literarios hispanoamericanos. 

El posmodernismo actual nos remite a una forma de cultura contemporánea, en tanto que posmodernidad, a un periodo histórico específico. En 1979, Jean-François Lyotard, publicó La condición posmoderna, texto en el que explica que mientras “las sociedades entran en la edad llamada posindustrial y las culturas en la edad posmoderna, el saber cambia estatutos”. 

II 

Tal vez, tras el descrédito de la noción uniformizante de la idea de nación en el Perú, tras la crisis del ideal de Estado-nacional, previsto como un proyecto político homogeneizador territorial moderno, debamos pensar la historia del Perú, y la idea de peruanidad, como un constructo centrista, que puede ser resumido a partir de sus conflictos, fenómenos y tensiones sociales, como un proceso en constante pugna con los colectivos socioculturales subalternizados, trazándonos un contexto de crisis sistémica ante la emergencia de una multiplicidad no considerada en los proyectos políticos nacionales. 

La modernidad en el Perú no solo significó ese cambio geopolítico, y la reconfiguración económico-social del país, sino que el país se fue transformando con ese cambio de perspectivas en la relación existente entre los gobernantes y los gobernados, en la que los gobernados fueron dejando su condición de semi servidumbre para ir convirtiéndose paulatinamente en sujetos de deberes y derechos, tensiones en la que se fue gestando, de a pocos, la idea de ese nuevo Perú que dio origen a los intentos cimeros por concretar una noción de peruanidad y de realidad nacional, en estudios como los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, en el que José Carlos Mariátegui, como antes Francisco García Calderón, se decide encarar la crisis que sometía al país, desbordado ya, por el embate de sensibilidades nuevas y nuevos sujetos sociales, que irán definiendo las vías alternativas para la gestión de una idea de nacionalidad, no prevista por las anteriores generaciones. 

Quizá debamos leer a Mariátegui como el producto más representativo de esa disyuntiva cultural y política, como un producto de esa crisis estructural en la que estaba sumido el país, a causa de -para decirlo a la manera de Matos Mar- ese primer desborde del Estado peruano, que había significado la inmersión del otro en la cartografía política y cultural de los años veinte, ante el fortalecimiento del indigenismo y los primeros desplazamientos humanos del campo a la ciudad. Todo esto sumado al ambiente de crisis mundial, que una lógica de guerra estaba cerniendo nuevamente sobre el planeta, imponiéndose en la política interna de los Estados europeos y en la política internacional. 

Lo cierto es que José Carlos fue un pensador fundamental, si deseamos reconstruir los derroteros políticos y sociales seguidos por una sensibilidad nueva ubicada en el tránsito que media entre la generación novecentista y la del Centenario, como parte de un período de cambios visibles, que vieron surgir los primeros alegatos de una noción de identidad peruana, en un país que batallaba por reconstruirse, tras el desastre que había significado la guerra con Chile, como vía crucis en pos de un acceso inclusivo a la modernidad desde nuestra periferia Latinoamericana.

Un pensador que en noviembre de 1925, recuperado ya del mal que le había hecho perder una de sus piernas, pudo dedicar algo de su tiempo a organizar sus escritos y publicar La escena contemporánea, en el que analiza el ascenso del fascismo en Europa, la crisis de la democracia, la revolución rusa, la crisis del socialismo y el mensaje de oriente; y -exactamente tres años después, en noviembre de 1928- los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, en el que estudia de manera global y articulada, el problema del indio, de la tierra, de la descentralización, la instrucción pública y el proceso literario nacional. Dos libros, disímiles entre sí, pero de real importancia para entender la época y el contexto en el que fueron escritos, además de una importancia documental y biográfica enorme, si consideramos que fueron los dos únicos libros que José Carlos pudo publicar en vida, pues el resto de su obra será de edición póstuma. 

Quizás por ello sea los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, el libro que más lecturas críticas, diversos enfoques, debates y procesos de instrumentalización política ha tenido en nuestro medio, libro que debido a su asonancia económico-etnocultural, con la idea de peruanizar el Perú, en pos de la edificación de un socialismo peruano, que, a decir de él no sería peruano y ni siquiera socialismo, sino se identificase con las reivindicaciones y problemas de la masa trabajadora, que en sus cuatro quintas partes era campesina e indígena. 

III 

Podemos definir el pensamiento diatópico como un pensar que media entre dos topos culturales, es decir, una interpretación de la realidad que intenta conciliar dos locus de enunciación o territorios conflictuados, que pretenden ser abarcados y comprendidos para una representación de lo nacional, en pos de asir elementos que, en el caso de Mariátegui, permitan “interpretar” la realidad peruana, en una suerte de hermeneútica bilocalizada. Como una lectura territorializada en dos realidades al mismo tiempo, entre la costa y el ande, lo urbano y lo rural, lo occidental y lo indígena. Algo que en Mariátegui se vislumbra en esa tensión existente entre su postura cosmopolita, intelectualizante e internacionalista, y su intento por dar una interpretación global del Perú y crear un socialismo que no sea calco ni copia para tierras peruanas. 

Es ante esa dicotomía teórica, planteada entre lo internacional y lo nacional que algunos han empezado a plantear la idea de dos mariáteguis, como intento de resolver una visión en la que se oponen sus concepciones sociales, que, a decir de ellos, podrían excluirse, producto de la evolución de su pensamiento, que parece evidenciar estas contradicciones. Es decir un Mariátegui marxista, que plantea la centralidad del proletariado en el camino hacia una sociedad socialista y justa; en conflicto con otro Mariátegui populista, que toma partido por los indígenas como sujeto de transformación social. 

Vale decir que ese internacionalismo que caracterizara a José Carlos, se concretaba en sus dos acepciones: la del agudo crítico, conocedor y enjuiciador lúcido de la escena mundial; y la del mílite con pretensiones de afiliarse a la Tercera Internacional. 

Más, para comprender la originalidad de su pensamiento, contrariamente, debemos trazar a un solo José Carlos. A aquel que en 1927 nos dejó un claro testimonio de los inicios de su orientación ideológica, en su archiconocida carta autobiográfica dirigida al argentino Samuel Glusberg, director de la revista La Vida literaria, de Buenos Aires, en la que ubica en 1918, su resuelta orientación hacia el socialismo -aunque David Sobrevilla sitúa en 1924, el logro de su claridad teórica marxista. Un Mariátegui distante del joven que firmaba como Juan Croniqueur, y que -al amparo de Colónida y Valdelomar- era un refinado poeta y dramaturgo, además de un autor de artículos de ocasiones, en los diarios La Prensa y El Tiempo, etapa que el mismo juzgará luego como su “edad de piedra”.

Es probable que su condición de pensador periférico le haya hecho decir que su mejor aprendizaje lo había hecho en Europa, dándonos una pista para la reconstrucción de su derrotero intelectual, pues, entre 1919 e inicios de 1923, su experiencia en el viejo continente había sido esencial para su formación política. Allí Mariátegui se detendrá en el estudio del advenimiento del fascismo, el ascenso del socialismo y de manera muy especial en la crisis mundial. Pero existieron también hechos que marcaron profundamente su formación teórica, sobre todo en Italia, donde en 1921 asistió al Congreso Socialista de Livorno, y en 1922 al Congreso Internacional de Génova, viaje en él que se notarán los primeros influjos de Croce y Gobetti, además de marxistas originales como, Labriola y Antonio Gramsci. Después en Francia conocerá a Barbusse, se documentará sobre Georges Sorel, para pasar luego a Alemania y Hungría, donde conocerá in situ, los diversos conflictos y síntomas del proceso político europeo de entreguerras. 

Por ello, quizá leer a Mariátegui a partir de la clasificación que él propusiera en “El proceso de la literatura” de los 7 Ensayos -período colonial, cosmopolita y nacional-, y ubicarlo en la tensión existente entre lo cosmopolita y nacional, como suspendido entre dos realidades o en una suerte de bilocación, como ejercicio hermeneútico cercano a lo que Mignolo ha llamado “pensamiento fronterizo”, en una encrucijada, entre dos modernidades: una independentista y otra industrializadora; entre dos sujetos: el indígena y el proletario, en un dilema socialista, que lo ubicaba entre su espíritu “europeísta” cercano a la internacional, y su identificación con las mayorías etnoculturales excluidas, representadas por sectores indígenas como elementos imprescindibles para la formación de una idea de nacionalidad, que él reclamará en su ejercicio de interpretación. Ubicado en una encrucijada que no pretendía resolver, sino articular en una praxis histórica. 

Mas, la conciencia de enfrentar esa dualidad histórica nacida de la conquista, hizo que Mariátegui generara un corpus ideológico que lo irá distanciando de sus iniciales inficiones internacionalistas, decidiéndose encarar la crisis que sometía al país, en el que las contradicciones habían generado una compleja trama social que nos reservaba una cartografía multidimensional y de tiempos fracturados, donde la transversalidad de lo premoderno y moderno habían originado realidades que se traspasaban en su eficacia conservadora, cuando en las urbes el sujeto trabajador nos refería al proletariado, en tanto en el campo el indígena, trabajador de la tierra, estaba ubicado en la condición feudal de servidumbre. 

Y pese a haber escrito que su mejor aprendizaje lo había hecho en Europa, y que “no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales” -afirmación que se encuentra en la advertencia a los 7 Ensayos-, al detener su mirada sobre el carácter de excepción de la realidad peruana, pudo encontrar vías renovadoras para una interpretación sincrética de lo nacional, anunciando una inquietud por un pensar no colonial, como el esfuerzo orgánico más audaz, de principios del siglo XX, por cimentar una visión global de la realidad peruana en conjunto. Indagando en una “esencia” pretendidamente más estable de lo nacional, esencia catalizadora de lo que, en el fragor de su polémica con Luis Alberto Sánchez, llamará un “Perú integral”. 

No obstante haber preconizado un sujeto urgente, ante la evidencia de un colonialismo supérstite en la república peruana, en su concepción de lo integral y de la multidimensionalidad de los tiempos históricos del Perú, entre el campo y la ciudad, en él encontramos ya algunos rudimentos de lo diferencial y lo múltiple. Una intuición valiosa, pues el pensar la noción de nación y nacionalidad peruana, a partir de una entidad híbrida, encarnada por el mestizo, solo se irá concretando después, como grupo social, y como evidencia de un proceso en el que la historia del Perú se fue desplazando, desde la polarización étnica y cultural existente entre criollos e indios del siglo XIX, hacia una entidad intermedia, mestiza, en el acriollamiento y la cholificación del Perú del siglo XX, planteada por Quijano y Nugent.

Mas, la polarización binaria entre criollos e indios -que contiene y resume otras oposiciones: señor feudal y siervo, capitalista y obrero-, fue ocultando la complejidad de un territorio multidimensional y de tiempos fracturados, ante la persistencia de usos de distintos estados de desarrollo social, ocultando una heterogeneidad lingüística, étnica, social, cultural y geográfica, como condición, situación o territorio de enunciación, que para los años veinte aún arrastraba el peso de un ethos racista, encubridor y excluyente. Y una entidad mestiza que al pretender luego ser impuesta, como sujeto histórico “omniabarcante” en la noción de identidad nacional, esbozada ya por Sánchez y Uriel García, no terminará de desligarse del vicio reduccionista y homogeneizante, visible en la sonada “polémica del indigenismo”, una lógica que parece seguir determinando las vías de análisis de los actuales debates sobre el racismo en nuestra patria. 

IV 

Los estudios urbanos presentan en la idea de ciudad policéntrica, la existencia de varios focos de desarrollo y movilidad social en un mismo territorio. Ahí el contrasentido conceptual, se ve resuelta ante una noción de simultaneidad de importancias en una escala de jerarquías. En lo social la idea de multicentrismo nos refiere a una contradicción similar, pero que nos sirve para abordar la multiplicidad de lo político, ante la diversificación de los procesos sociales, con muchos centros de referencia o sujetos de poder o contrapoder. Algo que Mariátegui solo pudo intuir debido a su prematura partida, y lo inacabado de su obra e ideario político, que él consideraba que “no lo estarán mientras viva, piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado”. Además de la fatalidad e intrigas que rondó la pérdida del que pudo ser su octavo ensayo, Ideología y Política, libro sobre la evolución política e ideológica del país, que anunciaba tener ya avanzado, en la advertencia a sus 7 Ensayos, y que presumiblemente se perdió o fue perdido, antes de su publicación en España. 

No obstante ello, pudo incidir en la raíz de los conflictos nacionales, y vislumbrar una sociedad de tiempos fracturados y discontinuos, ante una simultaneidad histórica de lo arcaico, lo premoderno y lo moderno; donde el subdesarrollo y los lastres de la colonia hacían que el modo de producción feudal prevalezca ante el modo burgués de industrialización. Con una eclosión cultural que paulatinamente fue desocultando lo que los zapatistas llaman “el corazón olvidado de la patria”, es decir, el elemento indígena y su condición de marginación étnico-económico-social-cultural. Intuyendo la idea de los espacios revolucionarios múltiples, percibido en su apoyo, desde el diario La Razón, a las revueltas estudiantiles, en las jornadas de lucha por la Reforma Universitaria, en su apuesta por las reivindicaciones de los obreros urbanos, del elemento campesino consubstanciado con lo indígena, además de su filiación con todas las vanguardias intelectuales y artísticas. 

Mariátegui estaba convencido -como lo expusiera en una de sus conferencias compiladas en el libro Historia de la crisis mundial- de que el instrumento de la revolución socialista era el proletariado industrial urbano. A partir de 1923, asumió la dirección de la revista Claridad, que de ser -bajo la dirección de Haya de la Torre- el “órgano de la juventud libre del Perú”; bajo su patrocinio pasará a ser el vocero de la federación obrera local de Lima. Lo cual, además del hecho de haber organizado la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), con Julio Portocarrero, en 1929, nos dice mucho de su cercanía al movimiento obrero nacional. 

Mas, no obstante su manifiesta actividad obrerista, en él se expresa, por primera vez en América Latina, la idea de descentrar el sujeto histórico y revolucionario marxista e incluir el problema indígena y campesino en sus reflexiones políticas y sociales, tesis en la que residirá la originalidad de su corpus teórico, escribiendo en sus 7 ensayos: “La nueva generación peruana siente y sabe que el progreso del Perú será ficticio, o por lo menos no será peruano, mientras no constituya la obra y no signifique el bienestar de la masa peruana que en sus cuatro quintas partes es indígena y campesina”. 

Por ello fue tachado de “populista” por sectores cercanos a la Tercera internacional, que como Mirochevski, afirmaban que Mariátegui no había entendido el papel histórico del proletariado y su hegemonía dentro del movimiento revolucionario. Siendo esto suficiente para que fuera acusado, por los ortodoxos de la komintern, de confusionista, llegando incluso a combatirse el movimiento que empezaba a gestarse en torno suyo llamándolo despectivamente “amautismo”, lo cual explica el por qué tras su muerte, acaecida en abril de 1930, se desplegó sobre él una campaña de infamia y ocultamiento que sólo terminará en la década del 40. 

Quizás porque no fue un marxista ortodoxo, implicado en el desarrollo teórico del paradigma marxista hasta sacrificar su originalidad, Mariátegui tuvo otros alcances culturalistas. Su esfuerzo por recrear y adaptar el marxismo a la realidad nacional, y construir un socialismo que no sea calco ni copia, buscaba responder a las contradicciones que presenta nuestra compleja trama andina, en la que el factor étnico y cultural se combina con el clasista. Y es en esa opción divergente en la que se elucida su heterodoxia, pues en 1928, luego de fundar el Partido Socialista Peruano –nunca fundaría un partido comunista-, entrará en contradicción con sus intereses de afiliarse a la Tercera Internacional. Pues, de acuerdo a lo que se había establecido en el Segundo Congreso celebrado en Polonia, todo partido socialista que desee afiliarse a la Komintern, debería denominarse comunista. 

Más, la originalidad del pensamiento de José Carlos había significado un salto cualitativo que sólo podrá ser entendido muy tarde por sus detractores. Al respecto Jorge Basadre escribió que la riqueza del aporte de Mariátegui fue tan viva que después de las críticas iniciales empezó un reconocimiento póstumo, con los estudios de Sermenov, Culgovsky, Korionov y otros, en la misma Unión Soviética. Llegando incluso a interesar a los maoístas debido a su especial atención al campesino. Iniciándose desde entonces el proceso de instrumentalización sistemática de la ha sido víctima, por los grupos armados, partidos políticos de izquierda y algunas ONG. 

Pero, es esa presunción de aquella multiplicidad cultural la que lo llevará a intuir la idea de los espacios múltiples, que, pese a descuidar otros factores sociales y grupos raciales -como los amazónicos, por ejemplo-, lo llevarán a reconocerse en su intento de crear un marxismo para tierras americanas. Inquietud valiosísima, sobre todo si consideramos que él no pudo conocer los textos que Marx escribiera sobre los modos de producción no capitalistas. 

No obstante ello, tras ese pretendido quiebre del protagonismo proletario, Mariátegui pudo esbozar esa salida hacia la idea contemporánea de sujetos múltiples, y entrever las vías de un multicentrismo revolucionario, que su breve vida no le permitió reconocer claramente, ante la alianza tácita entre obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, intelectuales, artistas y hasta feministas que formaron parte del grupo que él dinamizaba en la revista Amauta

De ahí que en su idea de un Perú integral se exprese ese culturalismo incipiente que pretendió desplegar, en su intención de descentrar el sujeto revolucionario marxista hasta hacerlo, en su idea de crear un Perú nuevo, dentro de un mundo nuevo, más aplicable a los problemas estrictamente nacionales. A partir de una obra que será fundamental para aprehender la conflictiva imagen moderna que tendremos luego del país, ante la emergencia de nuevos sujetos sociales y revolucionarios. Todo esto nos remite a una obstinación actual, la idea de consolidar los derechos de grupo a fin de construir una sociedad integral en la que participen y quepan todos.

Quizá por ello solo quede pensar en torno a cuáles serían las líneas de acción que canalizarían las ideas de un mariateguismo demodé, que tal vez, incidiría en ideas como las de Baudrillard de plantea una multiplicidad de procesos sociales que causan la implosión de lo social; o, por sus intuiciones análogas a las de Gramsci, quizás hubiera estado cercano a las ideas posmarxistas de Laclau, que plantea una heterogeneidad articulada por una lógica de equivalencias que deviene en un sujeto hegemónico, o las de Deleuze, que se pronuncia por una horizontalidad de protagonismos, o las de Guattari que ha planteado la idea de una revolución molecular transformando lo social. 

Aunque quizá, a parte de su pionera intención por renovar el marxismo para tierras americanas, lo más trascendente en Mariátegui haya sido sus profundos juicios políticos y sociales, reflexiones que lo llevarán a pretender desarrollar una línea de acción para sindicatos, universidades populares y la organización del frente único, ideas aún referenciales para algunas organizaciones y grupos políticos de izquierda. En él confluyen el observador excepcional y agudo crítico de la escena contemporánea nacional y mundial, el periodista, el político, el analista y editor que escribió acerca de casi todas las vanguardias artísticas de su tiempo. 

Mas, para alguien que vivió entre 1894 y 1930, y le tocó madurar en el período de entre guerras, definitivamente no podía ser diferente. En sólo un lustro Europa había vivido la Primera Guerra Mundial y la Revolución Socialista Soviética, demás está decir también el embate americanista inyectado en los miembros de la Generación del Centenario, por la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918. Pero Mariátegui murió demasiado joven –tenía 35 años-, y pese a ello había podido vislumbrar aquella crisis que su optimismo marxista le hacia leer como síntoma del advenimiento de una sociedad nueva. 

La posmodernidad ha sido presentada como un período de crisis de la legitimidad de los metarrelatos de la modernidad, de pérdida de fundamentos, o del fin de la certidumbre. Tal vez por ello, es la actitud anticientista y antipositivista, inspirada en Bergson y Sorel, la que le da matices posmodernos a Mariátegui, que en 1923, poco tiempo después de regresar de Europa, decía: “las filosofías afirmativas, positivistas de la sociedad burguesa, están minadas por una corriente de escepticismo, de relativismo. El racionalismo, el historicismo, el positivismo, declinan irrefrenablemente”. Lo cual coincide con algunos de los principales tópicos de los estudios posmodernos. Es decir, el rechazo a la representación empirista, el escepticismo epistemológico y su pretendido distanciamiento del historicismo. 

En el curso Historia de la crisis mundial, dictado por Mariátegui en la Universidad Popular Gonzáles Prada, entre junio de 1923 y enero de 1924, el temario sobre la crisis filosófica incluye: “La Decadencia del historicismo, del racionalismo, del positivismo; el escepticismo, el relativismo, el subjetivismo”. Cuyo desarrollo no fue incluido en el volumen que apareció después. Pero es en una entrevista que le hicieran en mayo de 1923, publicada en la revista Claridad, en la que expone somera y claramente estas tesis. Habla de una filosofía negativa –opuesta a la afirmativa de períodos de apogeo-, en la que bullen el pensamiento relativista y el escepticismo, en una civilización declinante y moribunda -casi esbozando el “principio de incertidumbre”. Y basándose en los estudios del italiano Adriano Tilgher clasifica como los “cuatro mayores relativistas contemporáneos a Einstein, Vailungher, Spengler y Rougier”.

Sus diagnósticos sobre la crisis mundial son contundentes, pero sus argumentos un tanto folletinescos, como su lectura sobre la crisis de la democracia que él achaca a una crisis del parlamentarismo y no a un problema de legitimidad -algo comprensible pues durante aquellos años no había podido prever aún la futura desestructuración de los Estados nacionales, que plantean un nuevo tipo de crisis de la democracia representativa, al subsumirse el poder administrativo del Estado, a los poderes de organismos financieros multinacionales. 

Un libro fundamental para él, durante ese período fue La Decadencia de occidente, tan efectivo para demoler la certeza como lo fue la física relativista de Einstein. Y quizá de haber conocido a Heisenberg, Prigogine o Thom, los habría citado con premura, pues no había en él ese misoneísmo tradicional, característico a otros pensadores marxistas, socialistas y críticos sociales y culturales de su generación. 

Pero, además de intelectual, Mariátegui fue un periodista comprometido, que de seguir vivo, después del debacle del socialismo real soviético -en un ámbito en el que todos desean darle la razón a Huntington y Fukuyama, sometiéndose a sus tesis centristas-, quizá él hubiese estado cercano a ideas de marxistas posmodernos como Frederic Jamenson, o a las de marxistas críticos de la posmodernidad como Terry Eagleton, que escribió: “El posmodernismo no es solamente una especie de error histórico. Es, entre otras cosas la ideología de una época histórica específica de occidente, cuando grupos de oprimidos y humillados están comenzando a recuperar algo de su historia e identidad”. 

Y es quizá esa conciencia de la crisis sistémica, de un malestar civilizacional que nos mostraba las asimetrías de una sociedad excluyente, lo que lo ubica como un renovador político y social. Un autor cuya importancia se pudo vislumbrar en la resonancia mundial que con el paso de los años fueron alcanzando sus principales presupuestos, intuiciones que irán dándonos las pautas teóricas para comprender las nuevas cartografías de acceso a una modernidad periférica en la que continúa atrapado. 

Pero no como un pensador posmoderno, pues no es mi intención entrever aquí a un Mariátegui posmoderno, a partir sus escapes culturalistas, su praxis política y sus lecturas del entrampamiento en el que había caído la filosofía y ciencias occidentales, sino como un sintomatólogo y producto de esa crisis nacional y mundial -si nos detenemos en un concepto de Gilles Deleuze- en la que estaba sumido el mundo, como un pensador que supo intuir las vías alternativas que asumiría luego la dinámica social, y una epistemología crítica de la racionalidad universalista y etnocentrista.