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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio v.18 n.49 Caracas jun. 2008

 

¿Jóvito fracasado, antinomia del Rómulo triunfador?

Omar Hurtado Rayugsen

Instituto Pedagógico de Caracas. Centro de Investigaciones Históricas “Mario Briceño Iragorry”. Caracas-Venezuela. omarrayugsen@hotmail.com

“…se que los cronistas sirven en bandeja de plata la información

requerida para construir nuestras historias”.

González y González, (1998).

 Resumen

Nos proponemos estudiar, comparativamente, a dos de los más destacados representantes de la Generación del 28: Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt. Para ello propondremos su seguimiento en la línea de sus respectivos espacios vitales, insistiendo en sus afinidades iniciales y en su progresiva diferenciación. Con ese tratamiento intentaremos desentrañar, esquemáticamente, las razones de ambos comportamientos, así como delinear los grados de compromiso que ellos mantuvieron con los proyectos políticos que impulsaron. Aspiramos, a partir de allí, sugerir la explicación del aparente fracaso de uno y del encumbramiento del otro, con lo que avanzaremos en el desmontamiento de uno de los mitos predilectos de la cultura política de la Venezuela contemporánea.

Palabras clave: Jóvito, Rómulo, política, luchas sociales, democracia, cultura oficial, triunfo.

Abstract

We intend to study, comparatively, two of the most prominent representatives of the Generation of 28: Jovito Villalba and Rómulo Betancourt. For this propose follow the line of their habitats, emphasizing their similarities in their initial and progressive differentiation. Try to unravel with this treatment, schematically, the reasons for both behaviors, as well as delineate the degree of commitment they had with the political projects that moved. Aspire to, from there, suggest the explanation for the apparent failure of one and the rise of another, so that we progress in clearing one of the favorite myths of the political culture of contemporary Venezuela.

Keywords: Jovito Romulo, political, social struggles, democracy, culture official victory.

Recibido: 04-03-2008. Aprobado 15-04-2008

Introducción

El año 1908 constituye un instante fecundo para Venezuela. En él ven la luz primera distinguidos compatriotas que contribuyeron con su esfuerzo en la labor de hacer patria y, en consecuencia, dejaron su huella fecunda en el devenir de la nación. Recordemos a: Rómulo Betancourt, (Guatire, 22.02); Inocente Palacios, (Caracas, 14.03); Jóvito Villalba, (Pampatar, 23.03); Julio de Armas Mirabal, (Guayabal, (25.10); Miguel Otero Silva, (Barcelona, 26.10); Miguel Acosta Saignes, (San Casimiro, 8.11); y José Antonio de Armas Chitty, (Caracas, 30.11), (Fundación Polar, 1997).

De estos centenarios de nascencias algunos han sido celebrados de manera destacada, otros con mayor modestia y, a nuestro entender, la mayoría fueron silenciados. El más festejado ha sido, sin duda, el de Rómulo Betancourt. La Academia Nacional de la Historia celebró una sesión solemne en el día de su aniversario; el partido Acción Democrática, su mayor orgullo, festejó de acuerdo a las circunstancias. La fundación que se honra con su eponimia, editó el Volumen VI de sus escritos, bajo la denominación de Antología Política. Su hija, Virginia, dio a la luz un sugestivo libro de reminiscencias. La prensa escrita y diversas instituciones se acogieron a la conmemoración.

En menor medida Jóvito Villalba también fue festejado. Su hija, Adelaida, había dado a las prensas su contribución a la memoria de su padre, con una singular recopilación de testimonios. Su ciudad natal celebró, con modestia, los cien años de su ilustre hijo. También Unión Republicana Democrática, su muy disminuido partido, y la prensa participaron de la celebración. Los otros miembros del grupo centenario han recibido festejos mucho más modestos, casi siempre circunscritos a los terruños de sus primeros momentos o a las instituciones que enaltecieron.

Como quiera que el mencionado grupo dio su primera y significativa nota, exactamente, veinte años después de ocurrido su venida a este mundo; al extremo que forma parte destacada de la llamada Generación del 28. En esta oportunidad queremos referirnos a los que han sido calificados como los más eximios representantes de la referida cohorte: Jóvito y Rómulo. El interés que nos mueve es el de tratar de establecer un paralelismo entre sus figuras, haciendo énfasis en las ejecutorias de Villalba; para procurar precisar hasta que punto guardan correspondencia, o divergencia, con la imagen que de ellos nos ha ofrecido la cultura oficial. Ésta, al igual que la historia, oficial, ha sido definida como la interpretación de los hechos y fenómenos que se construye para exaltar o minimizar, para elevar o destruir, de acuerdo a las finalidades que le asignan sus mentores, (Romero, D. 1990). Verbigracia, cuando se destacan algunos de sus hitos vivenciales o se descalifican otros; siempre con el, muy mal disimulado, propósito de vendernos un retrato preconcebido para la consolidación de un culto muy del gusto de cierto tipo de república y para el disfrute de sus acólitos.

Nacimientos múltiples

El primer alumbramiento, o sea el vital, sucede en la parte final de la primera década del siglo pasado. Cuando también fenecía el auge del líder de la Revolución Restauradora y Juan Vicente Gómez, taimadamente, se preparaba para iniciar su larga satrapía; la que hundiría, más aún, al país en la sima del ruralismo y la ignorancia; pese a los tambaleantes signos que anunciaban de la futura apertura de una nueva centuria.

Rómulo Ernesto, nació en Guatire, estado Miranda, el 22 de febrero de 1908. Siendo el único hijo varón de Luis Betancourt García, un inmigrante proveniente de la Villa de la Orotava en las islas Canarias, y de Virginia Bello Milano, guatireña. Cursó sus estudios primarios en su lar natal; las primeras letras las aprendió con las señoritas Hernández Suárez, la Primaria General con Elías Centeno y la Superior con Juan José Fermín. Al concluir éstos, contando unos catorce años, la familia se traslada a Caracas; donde él se emplea transitoriamente como cobrador de una fábrica de tabacos y luego inicia el bachillerato en el Liceo Caracas. Que a la sazón era dirigido por Rómulo Gallegos Freire; con quien trabará una excelente amistad a partir de la relación profesor-alumno, que incluso lo llevará a suplirlo en su Cátedra de Literatura; y, fundamentalmente, se relacionará con quienes serán sus correligionarios en momentos trascendentales del porvenir. Estos datos, que pudieran parecer superfluos, signaron la personalidad del futuro conductor de masas. (Betancourt Valverde, 2007). De esta suerte lo encontramos graduado de bachiller en 1926 e iniciando sus estudios de derecho.

Jóvito Rafael viene al mundo en Pampatar, estado Nueva Esparta, el 23 de marzo de 1908. Sus padres fueron Jóvito Villalba Roblis, descendiente del mítico militar y político federalista Donato Villalba y de italianos, y Ángela Gutiérrez, natural de Clarines en el estado Anzoátegui Sus primeros estudios los realizó en su pueblo y los secundarios los inició en el Colegio Federal de la Asunción, adonde se dirigía en burro desde su lar; los concluye en 1925, en el Liceo Caracas que, como hemos dicho, era dirigido por Rómulo Gallegos, en cuya casa residió como interno. Se relaciona con sus compañeros de curso a partir de una inteligencia que todos le reconocían. (Villalba de Acevedo, 2000). Para 1926 lo hayamos en la Universidad Central de Venezuela comenzando sus estudios de derecho.

Ambos personajes nos dieron, desde temprana edad, indicativos de lo que definiría su personalidad. Rómulo, a quien sus allegados llamaban “El Negro”, aparece en 1920 fundando la Revista Liceo y, más tarde, combinando sus estudios superiores con la organización de la Peña Literaria de la Plaza de la Misericordia, lo que según sus biógrafos le permitirá pasearse por las veleidades literarias, para las que llegó a usar pseudónimos, en las páginas de la revista Billiken y el diario La Esfera.

Jóvito; nombrado por sus familiares “Malacho”, con lo que lo asociaban con un pescado que es como un erizo con muchas puyas y al que no hay por donde agarrarlo, representando así su dificil carácter; más bien se caracterizó por su consagración al estudio y por su inteligencia. Parientes cercanos han dejado testimonio de que eso se debió a que su señora madre consumió mucho sancocho de cabeza de pescado durante el período de gestación. Combinaba sus labores estudiantiles con la ayuda a sus familiares que tenían una Consignación en el Puerto y le dejaban a él, que aún no se había alargado los pantalones, la responsabilidad de llevar los Partes a la Aduana de Pampatar.

Se iniciaron prontamente en las lides de la oratoria. Villalba contaba doce años y cursaba sexto grado, cuando en su escuela se preparaban los actos conmemorativos del Día del Árbol y el orador designado se enfermó de sarampión, por lo que la Directora Isabel Salazar Yánez asustada ante una posible sanción por parte del Supervisor, improvisó al alumno que debía hablar en representación del plantel. Betancourt, cuando contaba unos dieciséis años, se encontraba en medio de una celebración por el triunfo obtenido por el equipo de fútbol en el que fungía de delantero. Así dijeron sus primeros discursos.

Como nota nada baladí; resaltaremos cómo el margariteño, que se encontraba en un medio aislado, sin radio y débilmente comunicado con tierra firme, pronunció un discurso que fue del agrado de los señorones del pueblo; porque, orientado por su preceptora, se dedicó a “dar gracias a la Providencia por el privilegio de poder sembrar un arbolito, por la Benignidad del Benemérito Juan Vicente Gómez y por la Bondad del general Garbis (Presidente del estado)”. El mirandino, quien estaba en un medio más ilustrado y tenía más edad, por el contrario utilizó el mencionado debut para “criticar al gobierno de Gómez”. Quienes escucharon a éste, con cierto recelo, lo felicitaron y se dispersaron lo más rápido que pudieron. Mientras que el larguirucho discurseador neoespartano escuchó una reprimenda de labios del poeta José Tadeo Arreaza Calatrava, quien le espetó: “…usted es un carajete, que está muy joven para hablar bien del dictador”. Así, inopinadamente, entró en contacto con el régimen que azotaba a Venezuela para 1920.

El segundo nacimiento, es decir el político, (Caballero, 2008), de ambos, así como de sus compañeros de legión, ocurre en febrero de 1928. Se ha dicho bastante que los estudiantes universitarios supieron aprovechar las circunstancias para convertir una, aparentemente inocente, celebración premonitoria de los carnavales en una manifestación contra la dictadura. En efecto, la Federación de Estudiantes de Venezuela, presidida por Raúl Leoni, organizó una actividad cultural con la finalidad de recaudar fondos para la construcción de la Casa del Estudiante.

Los actos pautados para el lunes 6, incluían: desfile desde San Francisco hasta el Panteón Nacional, discurso de Jóvito Villalba. Ofrendas florales ante el sarcófago de El Libertador y ante la puerta de la Casa Natal de Andrés Bello, parada ésta que incorporaba una intervención de Rafael Angarita Arvelo. Palabras de Joaquín Gabaldón Márquez en la Plaza José Félix Ribas en La Pastora. En la noche habría una velada cultural en el Teatro Municipal para coronar a la Reina Beatriz I, encuentro que anunciaba una salutación a cargo de Juan Oropeza y la lectura de poemas por José Pío Tamayo y Jacinto Fombona Pachano. El miércoles se realizaría, en el Teatro Rívoli, un Festival Lírico, en el que Noriega Trigo, Rómulo Betancourt, Miguel Otero Silva, Antonio Arráiz, Gonzalo Carnevalli y, nuevamente, Pío Tamayo y Fombona Pachano leerían sus poemas. El viernes realizarían una ternera en un terreno de beisbol. El sábado desarrollarían unos juegos florales en las calles de la ciudad. Y el domingo cerrarían los festejos con un baile en honor de Su Majestad en el Club Venezuela, (Otero Silva y Betancourt, 2007).

Los fastos se sucedieron como estaban programados, pero lo más trascendente fue el impacto que tuvieron en aquella adormecida sociedad. Consecuencias que no fueron, para nada, extrañas a los objetivos perseguidos por los organizadores. Primero, ver a los estudiantes, en un número superior a quinientos, desfilar por las calles “arropados con sus boinas de paño azul”, sacudió los cimientos de la parroquial urbe. Luego, el discurso de Villalba destacó imprecaciones como:

“Habla, ¡Oh Padre!, ante la universidad, porque sólo en la universidad, donde se refugió la patria hace años, puede oírse otra vez tu admonición rebelde de San Jacinto. En este sitio, cuando Beatriz I de Venezuela, te haya ofrendado la suave ternura de estas flores, dinos el secreto de tu orgullo, que es el mismo secreto de trescientos años…”, (Villalba de Acevedo).

No por mera casualidad, entre los escuchas expectantes se encontraba el poeta Arreaza Calatrava; quien, con su acostumbrada gravedad y los ojos lagrimeantes, lo abrazó fuertemente y le dijo: “¡Muchacho, que pronto aprendiste a hablar bien!”

Más adelante, Beatriz I, ofrendó “…al Padre de la Patria…rosas de Galipán”. Gabaldón Márquez, a su vez, exaltó el gesto de Ribas y enfatizó que “…los mismos universitarios de ayer eran los que iban a celebrar aquella ofrenda creadora de un compromiso de solidaridad y de orgullo con la generación que se sacrificó haciendo patria”, (Otero Silva et al). La tranquilidad impuesta ya se había fracturado. Los circunstantes proclamaban su asombro frente a los inusitados acontecimientos. Un estudiante escribió “muera el tirano”, sobre el mármol regalado por el dictador a la Escuela de Medicina. Guillermo Prince Lara, con una certera pedrada, hizo añicos el ofensivo obsequio. Pio Tamayo leyó su Homenaje y demanda del indio, en el que, verbigracia, clamó:

“…Los miles de estudiantes / -cada estudiante, Reina / en un mundo en promesas y un trajín de tormentas – han abierto hoy sus pechos sobre más infinitos, / al ver que oraculiza en tus manos llaneras / el tripartito escudo de su Federación. / mañana, anhelo, pueblo, / mirandinos colores de emancipación.

Pero no, Majestad / que he llegado hasta hoy, / y el nombre de esa novia se parece a vos! / Se llama: LIBERTAD / Decidle a vuestros súbditos / -tan jóvenes que aún no pueden conocerla-/ que salgan a buscarla, que la miren en vos…”, (Tamayo, 2008).

El desenlace es sumamente conocido. Las movilizaciones alteraron el aletargado estado de las cosas. Se cuenta que hasta los cantos de “Sacalapatalajᔠy “Cigala y Balajá”, que reproducían el himno estudiantil de las noches de farra inquietaron grandemente a los hombres de gobierno; cuya desazón aumentó al ver como aquellos eran acompañados por danzas arrítmicas y descoyuntadas, que parecían rememorar rituales de muertas religiones. En definitiva, el Rector Diego Carbonell es destituido. Los principales dirigentes del movimiento son detenidos, primero en la gobernación del Distrito Federal y luego en el Cuartel del Cuño Sus compañeros más cercanos, unos doscientos aproximadamente, se entregaron voluntariamente. Y, finalmente, todos fueron recluidos en el Castillo Libertador. Los gestos de protesta se sucedieron en cadena, produciendo, al cabo de dos meses que a la mayoría se les diera libertad. Sólo quedará en las mazmorras Pío Tamayo; quien saldrá en 1934, para morir a los pocos meses.

Esta significativa semana ha sido uno de los momentos más estudiados dentro de la historia reciente. Si bien nadie le niega su significación en el arranque de las luchas políticas, las opiniones divergen en cuanto al comportamiento y, sobre todo, en su incidencia en cuanto al desenvolvimiento futuro de sus protagonistas. La notoriedad con que se le ha signado es tal; que algunos han construido una teoría tremendamente especulativa, para lo cual se apoyado en el falseamiento de los supuestos matemáticos-históricos, (Fernández Bolívar, 1967). De acuerdo a aquellos la ciencia por excelencia se repite en ciclos y permite augurar grandes confrontaciones en los años que, por ejemplo, terminan en el dígito 8. Digamos: 1808, 1848, 1858, 1898, 1908, 1918, 1928, 1958 y (por supuesto) 2008.

Betancourt fija su posición, sobre la trascendencia de los acontecimientos mencionados, en los siguientes términos:

“[una] conjunción de factores nacionales e internacionales a favor de la tiranía crearon en Venezuela un enrarecido ambiente de opresión y angustias colectivas. Fue bajo ese signo y dentro de ese clima que actúo la generación de 1928, en cuyos rangos libré las primeras escaramuzas de una vida pública que desde sus inicios ha sido militante y azarosa”, (Betancourt, 1967).

Por su parte María Teresa Romero, (2005), evalúa la intervención de Rómulo así:

“No es de extrañar que Betancourt figurara como uno de los protagonistas de los sucesos de febrero de 1928. Su personalidad desafiante, su afán de servicio y lucha por el país, así como también, porque no decirlo claramente, su inocultable ambición de poder y de ser protagonista de la historia, encontraron el momento propicio para manifestarse”.

Frente a estas apreciaciones; nos llama la atención la manera como César Tinoco Richter, (2000), narra el allanamiento de la casa de pensión, situada en el número 72 entre las esquinas de Miracielos y Hospital, donde residía junto con nuestros protagonistas y, entre otros, Gustavo Quintero Muro y Carlos Alcalá Erminy. Veamos:

“Mientras el astuto Rómulo huyó hacia el corral o patio trasero y trepando por una mata de mamón se fue a un mejor escondite, el catire Jóvito de piernas largas y verbo encendido, enfrentó a los ‘chacharos’ o policías gomeros con una arenga sobre la libertad y los ideales de un pueblo. La respuesta ante el nuevo Demóstenes criollo y pueblerino fue una salvaje golpiza en el zaguán oscuro y terrorífico ante mis ojos infantiles”.

Encontramos acá dos elementos clave para entender la personalidad de quienes motivan estas líneas. Betancourt aparece como más cerebral y organizado, en tanto que Villalba se nos delinea como mucho más espontáneo y locuaz.

El deslinde

Los acontecimientos comentados fueron seguidos, casi incontinenti, por la Sublevación Militar del 7 de abril. En efecto, una vez liberados, los estudiantes se involucraron en una conspiración de carácter militar que agrupó a varios oficiales jóvenes que no se identificaban con el “gobierno opresivo y corrompido”. El comandante de la rebelión era el Capitán Rafael Alvarado Franco, quien fue detenido, juzgado, encarcelado y brutalmente torturado; inicialmente en la Rotunda y luego en el Castillo Libertador, donde falleció el 12 de diciembre de 1933.

En esta conjura participan; además de Betancourt y Villalba: Raúl Leoni, Manuel Segovia, Aurelio Esparragosa, Fidel Rotondaro, Germán Tortosa, Francisco Rivas Lázaro, Carlos Rovati, Antonio Arráiz, Julio Naranjo García, Francisco Betancourt Sosa, Luis Manuel García González, César Camejo, Rafael Franco, Ángel Bravo Finn, Gustavo Tejera, Eduardo Escobar Áñez, Herman Nass, Germán Herrera Umerez, Juan José Palacios, Manuel Ramón Oyón, Guillermo Himiob, Carlos Irazabal, Joaquín Quintero Quintero y muchos civiles más, junto a una numerosa joven oficialidad, (Castellanos, 1978).

Los objetivos del movimiento, parecen haberse definido hacia la búsqueda de propósitos altruistas; por lo menos así se desprende del testimonio de los complotados Por ejemplo, el General Félix R. Ambard al inquirírsele sobre las razones que lo llevaron a comprometerse en un movimiento de esta naturaleza respondió de esta guisa:

“[se] me informó que era un movimiento patriótico, sin interés personal de ninguna clase, y que no tenía más objeto…que el de proporcionarle [al] país unas elecciones completamente libres para elegir un candidato completamente civil”.

En cuanto a la participación efectiva de los estudiantes, también se tiende a elevarla a los planos de lo sublime. Betancourt Sosa la presenta así:

“El comportamiento de todo el grupo universitario en esta difícil y riegosa oportunidad, envuelve un gesto hermoso digno de todo encomio y de reconocimiento público. Todo el grupo, casi sin excepción, puede decirse, acudió al llamado que se le hizo para que se dirigiera a la sede donde funcionaba la Federación. De allí salió, masivamente, a la hora señalada, a cumplir con su deber, dispuesto al sacrificio, con resolución, entusiasmo y valentía, en busca del sitio y del desempeño de la misión que los directivos del movimiento militar señalaran…”, (Castellanos).

Lo cierto es que el movimiento fue develado; gracias a una traición, cuyo ejecutor fue posteriormente evaluado por el sátrapa en los términos de: “al traidor: oírlo y despreciarlo”. Betancourt nos deja, en la obra ya citada, sus impresiones sobre este truncado golpe, diciéndonos:

“…una noche, la del 7 de abril de 1928, en connivencia con aquellos, [los oficiales jóvenes], fue tomado el Palacio Presidencial (del cual siempre estaba ausente Gómez, quien vivía en su amurallado reducto de Maracay) e intentamos apoderarnos del cuartel San Carlos, arsenal provisto de cuantioso material bélico. Fracasamos en el intento audaz y me quedó por muchos días, junto con la amargura de la derrota, el traumatismo que me dejaran sobre el hombro derecho los culatazos del máuser…”.

Como hemos venido silueteando, en esta ocasión nuestros personajes vuelven a marcar una sutil diferencia entre ellos. Jóvito se involucra en los actos conspirativos apenas regresa de México, adonde lo había aventado un breve exilio que le permitió ponerse en contacto con exiliados de la talla de Salvador de la Plaza, Gustavo Machado y Miguel Otero Silva, se afirma que tuvo que ver con la consolidación del Partido Revolucionario Venezolano (PRV) que éstos habían fundado en la capital azteca, (Valeri, 2007). En noviembre del año siguiente es encarcelado en La Rotunda; en 1930 se le traslada al castillo Libertador, donde permanecerá seis años.

Aprovecha este tiempo de reclusión para mejorar sus conocimientos del derecho, la historia y la literatura y abrir una escuela para analfabetos; al tiempo que estudia inglés, francés y alemán. En 1934 es expulsado del país, va a Trinidad donde contribuye a formar el Buró del Caribe que coordinaba la lucha contra Gómez. Intenta reingresar a Venezuela, como polizonte en un barco de bandera nazi que venía hasta La Guaira. Finalmente, apenas fallecido el tirano, regresa a su patria, en la que se integra activamente a la tarea de construcción de una sociedad democrática.

Betancourt aparece entre los comprometidos desde el primer momento. Pero una vez debelado el cuartelazo, se cuenta que disfrazado de peón llegó a Puerto Cabello y sobornando a un marino, logra salir del país y se exilia en Curazao. Desde la isla establece contactos con los exiliados venezolanos y se inscribe en el PRV. Filiación que será efímera, porque una polémica con de la Plaza a partir de la interpretación que éste hace de los sucesos del 28, le proporciona la excusa para dejar esta militancia. En estos momentos se adscribe al grupo que propugnaba salir del dictador por la vía de la invasión armada. La actuación más notoria de éstos fue la invasión del Falke, a la que él no pudo unirse porque la goleta que lo transportaba zozobró. Los vientos del exilio lo arrojan a Costa Rica, donde acarició el sueño de una invasión propia.

Luego va a Barranquilla donde; en unión de Raúl Leoni, Valmore Rodríguez, Ricardo Montilla, Pedro Juliac y otros de destacada recordación; produce el Plan de Barranquilla, (Betancourt, 1990). A no dudarlo, éste es uno de los documentos que más ha sido exaltado por la hagiografía de la democracia representativa. De él se ha dicho, verbigracia, que: “…no es un simple programa político, sino el primer ensayo venezolano de historiografía marxista…que [estos] repetirán desde entonces casi sin modificación”, (Caballero, 2008). “..de alguna manera puede tenerse como el programa germinal de la socialdemocracia venezolana”, (Suárez Figueroa, 1977). “[Está] suscrito por exiliados de diversos matices de la nueva izquierda y cuyo análisis está orientado a realizar un análisis de la situación venezolana a la luz de la dialéctica marxista”, (Velásquez, 1977).

A nuestro entender estas aseveraciones aparecen, por lo menos, como exageradas. No entendemos como se asigna primacía, y exclusividad a perpetuidad en la interpretación dialéctica de nuestra realidad, a un folleto que, sin dudar de su importancia, cubre unas ocho páginas; frente a un libro: Hacia la democracia, (Irazabal, 1979), que representa todo un desarrollo de los supuestos que en el Plan… aparecen esquemáticamente. Más allá de la diferencia de fechas, 1932 frente a 1939 de las primeras ediciones, es innegable la solidez y explanación del tratamiento a profundidad, en el segundo, de los problemas que preocupan a los autores del primero.

Igualmente nos llama la atención la manera como, los autores citados, se deshacen de las Líneas Programáticas del PRV que, habiendo sido fundado en 1927, esbozó en ellas los problemas fundamentales que confrontaba Venezuela en la última década del gomezato. De ellos destacan: (1) el problema campesino, (2) la situación de los obreros, (3) la problemática social, (4) la economía nacional, (5) las características de la educación, (6) la política de persecución y castigo, (7) la representatividad gremial, (8) la revocabilidad de los mandatos, (9) la separación de los poderes de la Iglesia y del Estado, y (10) los problemas derivados de las confrontaciones entre los viejos caudillos. (Sierra, 2006).

La sucedaneidad del Plan es la radicalización del pensamiento y la acción de Rómulo, que lo lleva a inscribirse en el Partido Comunista de Costa Rica. Por eso lo veremos inmerso en un febril intercambio epistolar con sus “hermanitos” que le habían acompañado fielmente en todas sus actuaciones previas. En las misivas los insta a actuar más decididamente con respecto al “proyecto revolucionario”, que para él en esos días significaba “la toma del poder, liderados por el Partido Comunista de Venezuela”. Sus amigos: Leoni, Montilla, Rodríguez y, hasta, Mariano Picón Salas le hacen ver lo peligroso de su “sarampión comunista”. Él no les hace caso y se identifica más con las posturas radicales de los comunistas. Pero, esa consubstanciación padecerá un hiato a finales de 1933; tal solución de continuidad es explicada por sus seguidores como consecuencia de la amenaza de expulsión que contra él dictara el gobierno de Costa Rica, presidido por Ricardo Jiménez de Oreamuno.

Para estos tiempos ocurrió un hecho singular en la vida de nuestro personaje, el aún joven, Rómulo Betancourt. Había contraído nupcias con la hermosa maestra costarricense Carmen Valverde Zeledón y esta lo hizo padre de Virginia, su única hija. El mismo describe la emoción que lo embargó, por el feliz acontecimiento, en carta que le dirige a su vástaga el 11 de abril de 1975, en la que le dice:

“Tengo muy vivo el recuerdo de la emoción, sazonada con lágrimas, cuando te vi, recién nacida, en la cuna. De eso hace cuarenta años, y tu sigues tan campante con tu linda cara de adolescente. Un personaje fabuloso –Hernado de Castro- se presentó después, con una linda canastilla para ti y una botella de brandy para que festejáramos el feliz acontecimiento”, (Betancourt Valverde).

Todo ello en medio de las limitaciones que le imponía su condición de perseguido político. Aún los menos receptivos ante tales incidencias, no pueden ocultar su natural creencia en cuanto a que ellas han debido marcar cierta diferencia en el comportamiento del incipiente conductor de pueblos. No cejó en sus afanes, pero si se hizo un tanto más discreto. Luego, en 1968, volverá a casarse, en esta ocasión con Renné Hartman Viso.

Villalba, una vez que regresa a la Venezuela postgomecista se dedica íntegramente a sus labores de construir una sociedad libre. Se reincorpora a sus estudios de derecho y a las luchas estudiantiles. Es elegido presidente de la Federación de Estudiantes de Venezuela. Participa, en unión de las autoridades rectorales encabezadas por el Doctor Francisco Antonio Rísquez; en una multitudinaria marcha; que incorpora estudiantes, profesionales y obreros; el 14 de febrero de 1936, para protestar contra los resabios de la dictadura que aquejaban la administración de Eleazar López Contreras, y la censura y por el pleno restablecimiento de las garantías.

La manifestación es reprimida brutalmente, ocasionando numerosos muertos y heridos, lo que complica, aún más, la delicada situación del tambaleante gobierno. Una comisión, encabezada por el Presidente de la FEV, se entrevista con el Presidente de la República quien accede al petitorio; comprometiéndose a ordenar el cese la suspensión de garantías, eliminar la censura a los medios, y promete destituir al Gobernador Félix Galavís, como consecuencia de la trágica represión ejecutada contra los que marchaban pacíficamente.

Guarda profunda significación el hecho de que el, también joven, treintañero Jóvito siente sus reales como jefe de hogar. En 1938 contrae nupcias con la bella Elsa Vera Fortique. Este casorio ocurre, dadas las circunstancias que rodeaban al novio, por poder y el consorte es representado por su amigo Raúl Leoni. En noviembre de ese mismo año nace su hijo mayor, Alcides a quien seguirá María Eugenia. Once años más tarde, previo divorcio, se casará con su sobrina Ismenia; de esta unión nacerán: Adelaida, Julián, Donato, Margarita, Jóvito Faustino y Carmen Lorenza. Fuera de sus matrimonios tuvo a: Cecilia, Marino, Douglas y Edwin. En suma se le conocen trece hijos, con lo que no hay que abrigar ningún temor referido a la continuidad de la estirpe, (Socorro, 2008). Nos llama la atención como este exigente líder siempre tuvo presente sus deberes como padre. Incluso en el exilio llevaba anotaciones de las incidencias de la vida de sus hijos. Leamos esta anécdota que nos cuenta Adelaida:

“En Nueva York una vez mi papá anotó en un libro: ‘Adelaida se tomó una cocacola’, porque era un lujo para nosotros allá. Quizás fue en una cafetería…Recuerdo estar vestida como para salir, con un sombrerito de paja amarrado bajo mis mejillas con un lazo bastante grande y estar agarrada de la mano de mi papá mientras caminábamos…por Nueva York”.

La participación partidista en si, Villalba la canaliza en 1937 a través de la integración del movimiento estudiantil con la Organización Venezolana (ORVE), donde militaba Rómulo; el Partido Republicano Progresista (PRP), que agrupaba a los marxistas como Rodolfo Quintero; y el Bloque Nacional Democrático, (BND), del Zulia, que agrupaba a personeros de tanto prestigio como Valmore Rodríguez.. Así surge el Partido Democrático Nacional (PDN), tal vez el más decidido esfuerzo integracionista de lo que ahora, en nuestros días, llaman los sectores progresistas. Jóvito será el Secretario General, Rómulo el Secretario de Organización.

Esta organización nos dejó varias lecciones. Por un lado su vida fue efímera, pasando la mayoría de sus días en la clandestinidad, porque el gobierno nunca le concedió la legalidad, debido a que la consideró un instrumento político de los comunistas y los anarquistas, cuyas actividades estaban prohibidas por el tristemente célebre inciso sexto de la constitución. Por el otro, en su seno ya se evidenciaban los signos de una inevitable ruptura de quienes defendían concepciones muy diferentes sobre los problemas de la nación y las vías para resolverlos; no en vano observamos como en ella procuraron convivir diferentes acepciones de la socialdemocracia con los marxistas. Lo último, y no por ello menos importante, que creemos merece ser destacado de este frustrado experimento de construcción del partido único de la izquierda, es el drama que, históricamente, este sector ha enfrentado cuando ha buscado avanzar unificadamente, (Peña, 1978).

Quienes han seguido con atención esta parte de la historia nacional, dan por sentado que a partir del 37 los caminos de Rómulo y Jóvito se bifurcan indefectiblemente. Por lo que; quienes hasta entonces habían parecido casi como hermanos, al extremo de hacer buena la ínfima diferencia de sólo treinta días, que separó sus respectivos nacimientos; llegarán a aparecer enfrentados, con más frecuencia de lo que algunos hubieran querido, (Poleo, 2008).

Ambos unifican sus esfuerzos en tratar de salvar al PDN de la persecución oficial. El General Elbano Mibelli, Gobernador del Distrito Federal, se niega a legalizarlo. El ejecutivo nacional emite un decreto de expulsión por el término de un año, de treinta y siete altos dirigentes pedenistas, incluyendo, por supuesto, a los que estamos analizando.

Rómulo, con su peculiar habilidad, se sumerge en la clandestinidad y se dedica a organizar la maquinaria partidista; hasta que es ubicado por la policía del régimen, apresado y expulsado hacia Chile, de donde pasará a Argentina y Uruguay. Para 1940 regresa al país, y habiéndose reservado los restos del PDN, comienza el trabajo para organizar a partir de ellos una nueva agrupación, la que surgirá el 13 de septiembre de 1941 con el nombre de Acción Democrática (AD), proyecto al que unirá el resto de su vida política.

Jóvito tiene que dedicar meses a defenderse de la acusación que, por delitos políticos, le es incoada por la Comandancia General de Policía, hasta que la Corte Superior del Distrito Federal lo absuelve. En 1937 es expulsado. Se dirige a México, luego a Centroamérica y, más tarde, a Colombia. Desde aquí regresa a Venezuela, reinicia sus estudios universitarios, los que concluye en 1943 obteniendo su Título de Doctor en Derecho Penal. Antes, ese mismo año es electo Senador por su estado natal, se incorpora a la cámara y desarrolla una interesante labor como legislador independiente, apoyando muchas de las iniciativas del gobierno del General Isaías Medina Angarita. Pese a ello permanentemente tuvo una severa crítica a ese período legislativo, en lo atinente a la fracasada iniciativa de reformar la constitución para universalizar el derecho al voto, compuerta por la que se precipitaron los sucesos del 18 de octubre de 1945. Inconformidad que expresó de esta manera:

“Entre las cosas que me quedarán mañana por arrepentirme figurará siempre en mi memoria, en primer término, ésta de haber concurrido a las sesiones parlamentarias del año de 1945. Yo creo que mañana nosotros seremos para las futuras generaciones los hombres del parlamento más inútil, y sobre todo, más suicida que conocerá la historia de nuestro país”, (Consalvi, 2007).

El 18 de diciembre de 1945 es fundada Unión Republicana Democrática, (URD), organización que lo elige como Secretario General en su Primera Convención Nacional, en la que se define contra la visión hegemónica de su melliza ideológica. La posición que se le asigna se la había ganado durante infatigables días recorriendo el país con un mensaje “a favor de la unidad y la integración nacional”, el cual resume en su celebre discurso del Teatro Olimpia en el que asevera:

“Creo en la fuerza de la razón y considero que la democracia merece ser defendida…porque ella es el régimen político de la razón…no estoy pidiendo aquí a Acción Democrática que se coloque en una situación de inferioridad, le estoy pidiendo que asuma una posición de igualdad…En política, como en todo, yo aspiro a ser un hombre decente. ..la democracia debe hablar el lenguaje que le es propio, un lenguaje amable, pero enérgico, digno pero sereno. Yo no he venido aquí a dividir, yo creo que es la hora para unir” (Villalba, Jóvito, 1946).

Ejes de la separación

Los tópicos que; para nosotros, sirven de señalizadores para entender la progresiva ruptura entre Jóvito y Rómulo; pueden rastrearse a través de la evolución cubierta por ambos personajes desde sus primeros encuentros. En las líneas anteriores señalamos como el primero supo cautivar a su audiencia, desde calificados auditorios hasta las multitudes que aplaudían sus encendidas filípicas, con un verbo encendido y apasionante. Por eso aparece en la historia nacional compitiendo por el lugar de honor con grandes tribunos como Fermín Toro y Antonio Leocadio Guzmán.

En sus años de estudiantes definieron sus conductas, Betancourt se transformó en un “animal político”, obsesionado con la organización del aparato y por dejar memoria de sus andanzas, (Caballero, 2004). Villalba se dejaba seducir, más fácilmente, por la espontaneidad del trabajo frente a las masas. No deja de sorprendernos que el diáfano hombre, el excelso orador, el brillante catedrático, el extraordinario litigante no nos haya legado una obra escrita fundamental. Revisemos como le retrata un ex-alumno:

“Lo encontré de nuevo cuando ingresé a la UCV y Jóvito Villalba fue mi profesor de Derecho Constitucional. Era tan brillante en la cátedra como en la tribuna política. Además de dominar enteramente la materia, hacía gala de una bella elocuencia y de una exposición tan pedagógica, que ya la hubiese para si el mejor educador profesional. Las clases eran en San Francisco y los transeúntes que se enteraban que allí hablaba Jóvito se agolpaban a las puertas y ventanas del aula, para oírle y compartir aquel prodigioso festín oratorio”, (Gómez Grillo, 2008).

Por eso el mirandino obtuvo mayores lauros en la vida pública; y el margariteño, pese a su carisma, estudios y capacidad pareció no recibir las oportunidades para las que estaba preparado, lo que ha hecho que algunos, interesadamente, le hayan juzgado con excesiva dureza, (Rangel, 2008).

La historia de las últimas cuatro décadas que convivieron, puesto que éste sobrevivió ocho años a aquel, podemos calificarlos de frecuentes y mayores desencuentros. Nos atrevemos a señalar que; entre tantos motivos de distanciamiento, y más allá de las descalificaciones reales o fingidas, (Poleo), podemos resaltar: la lucha contra el monopolio adeco, la posición frente a la abstención, la actitud con respecto al comunismo y a la revolución cubana, y la defensa de la autonomía universitaria.

Los prototipos romulero y jovitero, sustitutos populares de las denominaciones propias de los partidos que encarnaban dos versiones de la socialdemocracia venezolana marcaron buena parte de nuestros años mediatos. Esto era usual, sobre manera, en la provincia, con la razonada excepción de los andes donde primaba el cognomento de copeyano para aludir a los socialcristianos, estos apelativos eran producto de encarnizados enfrentamiento que, comúnmente, superaban el campo de los discursos para caer en los contactos violentos. Las razones de tales choques las encontramos en los orígenes de estas agrupaciones.

Acción democrática, ya lo dijimos, debuta como organización en 1941. Desde sus días inaugurales anunció que:

“la dirección nacional… se trazó la consigna de ‘Ni un solo distrito, ni un solo municipio, sin un organismo del Partido’. Era ambicioso y difícil de cumplir ese propósito. Se trataba de vertebrar una red organizativa a lo largo y ancho de un país de tamaño desmesurado, de escasa densidad demográfica…Pero el esfuerzo se realizó, con esa mística inderrotable de los movimientos sociales llamados a remodelar la fisonomía de una nación”, (Betancourt, R., 1967).

Nos encontramos con una organización que se sentía llamada a cambiar la visión del país, que consideraba que todo el territorio nacional tenía que ser reorganizado por ellos. Debe quedar claro que en ese modelo no tenían cabida, como lo demostrarán más adelante, quienes no comulgaran con esas nociones. La conceptualización hegemonizante, que durante unos cuatro años creció paulatinamente, se robusteció notoriamente con la imbricación del partido en el golpe de Estado del 18 de octubre de 1945. Sin entrar a discutir que tanto eran un partido de masas antes de esa coyuntura, no cabe duda alguna que se beneficiaron partidístimente hasta el máximo con ella. A partir de ese momento aspiraron, sin metáfora de por medio, a controlar todo el espectro venezolano en nombre de su revolución.

Para combatir este orden de cosas se organizan los sectores que se diferenciaban de tales practicas, así hallamos, en los finales de 1945, a un grupo de notorios venezolanos anunciándole al país el nacimiento de Unión Republicana Democrática. Comenzando el 46, COPEY aparecerá en la palestra. El acta de nacimiento de URD, entre otros aspectos, enfatiza en que:

“…convencidos de que para alcanzar esta finalidad [el amplio ejercicio de las libertades públicas y el afianzamiento de las conquistas democráticas] es necesario la formación de un grupo que, independientemente de los partidos existentes, reúna en sus filas a los venezolanos de diferentes tendencias políticas mancomunados en el propósito de ser útiles a su país y a su pueblo, quienes suscriben este documento se han constituido en núcleo organizador de él… en cuyas filas [tendrán] cabida cuantos sienten como causa propia la suerte de la democracia…”., (Toro, 1945).

Jóvito, pese a que no estaba entre los fundadores de la novel estructura, se identifica con su mensaje a favor de las libertades y contra las prácticas monopolizadoras. Se adscribirá, públicamente, a ella en el ya mencionado acto del Teatro Olimpia, pronunciando el que se ha identificado como una de sus grandes piezas oratorias. Previamente había recorrido el país pregonando su rechazo al sectarismo, lo que lo había convertido en la víctima propiciatoria de la más atroz intransigencia. Un joven de la época, nos cuenta sus impresiones de tal combate, de esta manera:

“Siendo estudiante de bachillerato en Barquisimeto, reaccioné -con un grupo de jóvenes que asistíamos a un mitin suyo en el circo Arenas de esa ciudad – ante el brutal sabotaje del entonces poderoso partido AD. Aquel hombre inerme, que desafió con coraje la agresión, despertó en mi la solidaridad. Opté por seguir su política y militar en URD”, (Rangel, 2008).

Lamentablemente, para el proyecto de país en construcción, los llamados de alerta ante tanta ceguera monopartidista no tuvieron eco en los conductores del trienio adeco. Los acontecimientos se sucedieron con inusitada rapidez, por lo que el 18 de octubre fue seguido por el 24 de noviembre. Los nuevos gobernantes se dejaron de eufemismos y, aceleradamente, se deshicieron de sus incómodos socios civiles. Cuando aún tenían ciertos melindres con la opinión nacional, intentaron limar asperezas con los factores representativos de ella. En este orden de ideas constituyeron una comisión, de la que formaron parte Villalba y Caldera, que elaboró el Estatuto Electoral. En función de éste llamaron a elecciones para la constituyente; y, de nuevo, las aguas se dividieron. URD, con Jóvito a la cabeza, decidió participar y llamó a votar para derrotar la dictadura en ciernes. COPEY hizo lo propio. Rómulo, de nuevo en el exilio, y al frente de un considerable sector de AD se decantó por la abstención En la citada Venezuela…, explica sus razones:

“Las elecciones para Asamblea Constituyente fueron convocadas para el 30 de noviembre. Pero no fue sino a mediados de septiembre,…, cuando los partidos fijaron su posición…”

“Acción Democrática acordó abstenerse de concurrir a las urnas. Las razones de esa decisión se expusieron en un extenso manifiesto dirigido a la nación…”

“No se trataría de una libre consulta al electorado, como lo demostrába[mos] en convincente documentación, sino de una farsa maquinada para darle a la dictadura una falaz apariencia de legalidad”.

Villalba desarrolló una verdadera cruzada para demostrar la factibilidad de la derrota de la dictadura. Logró constituir sus listas de candidatos con venezolanos de excepción. Mario Briceño Iragorry, (1953), uno de ellos, nos presenta las razones que lo levaron a acompañarlo en esa histórica jornada, con las siguientes palabras:

“…venciendo diversas maneras de dificultades, hube de aceptar la honrosa invitación que a nombre de su gran partido me hizo mi ilustre amigo e indiscutido campeón de las libertades públicas, Jóvito Villalba. Junto con la distinción, ello constituye también para mi una obligación de indeclinable cumplimiento. Invocaba[n]…como razón para agregar mi nombre a su lista de candidatos, el propósito de que en las planchas del partido figurasen personas independientes, que dieran testimonio de la idea de unidad nacional que ha perseguido como fórmula política, desde la hora funesta en fue roto el 18 de octubre de 1945 el clima de paz, de seguridad y de respeto que sirvieron de sustentáculo a la convivencia…”.

Encontramos que, para el último día del decimoprimer mes del año 52, las fichas estaban sobre el damero. No existen testimonios contradictorios en cuanto a que ya había una matriz de opinión favorable a quienes se oponían a la administración militarista. Pero quienes actuaban en nombre de la institución armada tenían otros planes. Revisemos esta narración:

“ …el entonces gobierno de Marcos Pérez Jiménez pierde unas elecciones, que se convocaban para elegir representantes a la Asamblea Constituyente, y que se habría de instalar en enero del año 1953; producto de lo cual los hechos siguientes, se suponía que iban a dar lugar a que la Venezuela del momento eligiera al líder de Unión Republicana Democrática (URD)como Presidente de la República, visto que la constituyente iba a permitir la constitución de una nueva nación; sólo que está[ba]mos ante un gobierno autoritario; que actúa a la manera de Jalisco, donde pierde, arrebata”, (Meléndez, 2007).

A partir de ese momento, se da comienzo a una de las más acres polémicas en la historia política nacional. Rómulo y sus seguidores insistirán en que ellos tenían la razón. Se dice que desde este bando surge la conseja, a todas luces injusta, de que Jóvito vendió las elecciones. Desde este lado se acusa a los adecos de que por su conducta sectaria no permitieron que se organizara al pueblo para impedir y, sobre todo, rechazar el fraude. En cuanto al supuesto negado de que los urredistas habían puesto precio a su derrota, lo contrarrestan recordando como el gobierno de Don Rómulo Gallegos cayó sin que se disparara un solo tiro para defenderlo.

Como ejemplo de esta irascibilidad comentaremos, como el año de 1977; con motivo del veinticincoavo aniversario de la gesta, y por ser año preelectoral; recrudecieron los dimes y diretes en torno a la victoria no reconocida. Al calor de aquellos, un periodista, famoso por la direccionalidad que le ha impreso a su vida y, por ende, a su trabajo, al entrevistar a Villalba le recordó las acusaciones que se la hacían, según él desde AD, en cuanto a “su impotencia para reclamar el triunfo, apoyándose en los fusiles”.Éste, reaccionó airadamente y herido en su orgullo propio por tamaña falsedad, a su vez, “acusó a los dirigentes adecos de haberse metido debajo de la cama cuando el dictador le dio el palo a la lámpara”. Según Poleo, a quien estamos siguiendo en esta parte, “la reacción de Betancourt fue apocalíptica, acusando a Jóvito de ser un cadáver insepulto”.

Las consecuencias de esta discusión se reflejaron en la siguiente elección presidencial, donde URD, negando toda su trayectoria, apoyó al candidato social cristiano. Algo de lo que Villalba se lamentaría, más tarde, en público. Según el comunicador citado, Betancourt también le dijo a él algo parecido a una disculpa, pero en privado. Lo concreto es que en los tres últimos años de vida que compartieron, las relaciones ya no volvieron a ser las mismas, pese a un intento de recomposición adelantado por Ismenia y Reneé.

La intemperancia del ex presidente siempre fue reacia a reconocerle a su compañero de generación las contribuciones que hizo para instaurar, defender y consolidar la democracia representativa. Los sucesos del 52 no fueron los únicos en que los que Jóvito combatió el abstencionismo. El año de 1963; cuando contra su voluntad URD lo proclamó como candidato presidencia; él exclamaba a los cuatro vientos que el ensayo representativo aún era débil, e insistió en su viejo planteamiento de impulsar una candidatura unitaria. No obstante, acató disciplinadamente el mandato; como consecuencia del cual debió enfrentar al “Movimiento cero voto” y otras denominaciones que impulsaban la abstención de los sufragantes, respondiendo a las tesis de la izquierda que entonces estaba profundamente comprometida en la búsqueda del poder por la vía de las armas. La campaña que adelantó se centró en la consigna “¡Votos si, balas no!. Y, a pesar de que arribó en tercer lugar, esta fue la divisa triunfadora.

Una temprana línea de separación entre ellos surgió por la manera disímil como apreciaron al marxismo, al comunismo y explotó irreparablemente, en 1960, por sus visiones encontradas con respecto a la revolución cubana. Rómulo, de hecho, en sus años mozos estuvo muy cerca del comunismo. Militó en sus filas ticas, azuzó a sus compañeros más cercanos para que se identificaran con las tesis y las practicas marxistas Llegó a firmar algunos artículos utilizando pseudónimos de héroes de la literatura rusa. Afirman quienes han estudiado la mimetización que lo caracteriza a partir de finales de los cuarenta, que lo marcaron los sucesivos fracasos de esta vía en América Latina y, particularmente, lo que llamó “el suicidio en primavera” que sucedió a lo que llamaron “la revolución de octubre venezolana”. Las evidencias lo muestran, a mediados del siglo pasado, más identificado con experiencias como: el APRA, de Victor Raúl Haya de la Torre, la socialdemocracia de José Figueres, y/o el Estado Libre Asociado de Luis Muñoz Marín. Resulta innegable que existe una gran diferencia entre el Betancourt sarampionoso de los veinte y treinta con el abanderado de la Alianza para el Progreso de los sesenta y siguientes.

Villalba por su lado, nunca fue un militante del comunismo; así como tampoco lo fue del anticomunismo. Pero guardó una sólida amistad con sus representantes en México, Centroamérica, Colombia y Europa. En cuanto a los de Venezuela, supo mantener con ellos una fuete relación amistosa que se mantuvo por encima de las naturales diferencias ideológicas y se prolongó en el tiempo. Dio suficientes muestras de hidalguía en sus relaciones con la extrema izquierda, las que no lograron ser quebrantadas ni siquiera cuando ésta lo hizo su blanco político predilecto durante la mencionada campaña del 63. URD, que se define como un partido policlasista, fue sacudido por la presencia de corrientes internas. Una de las más notables fue la que se identificó con la lucha armada, cuyo máximo representante fue Fabricio Ojeda. Esta tendencia, después de las elecciones citadas, produjo en su seno una fuerte escisión que dio lugar a Vanguardia Popular Nacionalista (VPN), de brevísima existencia. El momento cumbre de esta implosión ocurrió en la Cumbre de la Organización de los Estados Americanos, (OEA), en San José de Costa Rica. Este organismo, con razón llamado el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos, se reunió en esta ocasión con la finalidad de juzgar, y sancionar, a Cuba por su política nacionalizadora y anti imperialista. Lógicamente, la acusación era por sus “practicas anti democráticas en el hemisferio”, para lo cual se utilizó el argumento de que el gobierno antillano apoyaba los movimientos guerrilleros que habían insurgido en el hemisferio. El gobierno de Betancourt proporcionó las pruebas del involucramiento de la ínsula en los movimientos armados que aquí existían, y apoyó resueltamente las proposiciones de la administración Kennedy. Pese a las instrucciones, recibidas directamente del Presidente, el canciller Ignacio Luis Arcaya no apoyó la sanción de expulsar a Cuba del organismo regional y expuso su defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos. Tal actitud condujo a su sustitución por el Embajador de la República en los E.E.U.U y al rompimiento del gobierno de coalición del que formaba parte URD. Cuando el anteriormente comentado intercambio de insultos entre Jóvito y Rómulo, éste se quejó de que hasta le había perdonado, a aquel, el que se hubiese cuadrado con el castro-comunismo, aludiendo estos sucesos.

Para concluir este breve inventario, reseñaremos las diferentes apreciaciones que ambos tenían de la universidad y de la autonomía. Cuando Rómulo encabezó la Junta de Gobierno asistió a la Universidad Central de Venezuela, a dar inicio al Año Académico 1947 1948. En esa ocasión afirmó, ante el Claustro, los estudiantes y sus familiares, lo siguiente.

“El fracaso del sistema de autogobierno de estos centros derivó, en buena parte del hecho de que el Estado liberador fue cicatero y mezquino al dotar de recursos económicos y de medios de ejecución a las Universidades teóricamente emancipadas”

“El Consejo Nacional de Universidades, presidido por el Ministro de Educación, fue el organismo encargado de mantener el vínculo entra la política educacional del estado y los instrumentos universitarios autónomos”

Nuestras universidades se están pareciendo así cada vez más a Venezuela, pueblo que de buen grado sólo reconoce las jerarquías provenientes del talento y de la capacidad, nación de poderoso instinto nivelador e igualitario, en la cual el sistema colonial de los estamentos sociales superpuestos fue históricamente liquidado en la cruenta y larga Guerra Federal”, (Betancourt, 1967).

Esta acepción, con la que no es fácil estar en desacuerdo, dista mucho de la actuación del gobernante que, durante los años sesenta, cercó y allanó a la universidad venezolana, persiguió a sus estudiantes y profesores y no dio, bajo ningún respecto, garantías a sus vidas o bienes. En este sentido, Jóvito mantuvo mucho más viva la flama del universitario integral. A ella se entregó como dirigente estudiantil, en ella se distinguió como profesor, y a ella la defendió en los días aciagos en que sus malos hijos la asediaron, la disminuyeron territorialmente y la vejaron. En estos días, con ocasión del centenario de su nacimiento, varios órganos impresos reprodujeron la hermosa foto en la que él; junto al Rector Magnífico Jesús María Bianco, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Pedro Rincón Gutiérrez y Bella la Rosa, la Reina de los estudiantes, y miles más; marchaban contra la intervención decretada por el ejecutivo en 1969. Su verbo, siempre estuvo con la Universidad. Leamos algunas de sus intervenciones sobre la materia.

“Si la universidad es autónoma, ella no puede ser entregada en manos del Ejecutivo para que el Ejecutivo reglamente su constitución y su vida. Si la universidad es autónoma, este Proyecto de Ley [Proyecto de Ley de Educación de 1948] no puede derogar el estatuto Orgánico de las Universidades. Si acaso lo que podemos es reemplazar [a éste] por una Ley Orgánica de Universidades Nacionales. Lo primero,…, sería ir contra la propia autonomía de la universidad, reconocerla, para luego burlarnos de ella y pisotearla. Cuando se habla de autonomía universitaria, ello quiere decir autonomía frente al Poder Ejecutivo, no frente al Estado, porque en Venezuela es tradicional que la universidad se rija por la norma superior que el soberano le dicta, que el Estado le dicta”.

En otra ocasión planteó:

¿Qué es lo que quiere la proposición de … mi colega?. Colocar en el Consejo Universitario ocho decanos elegidos por los profesores, y un Rector, un Vicerrector y un Secretario también elegidos por los profesores: once representantes suyos; tres representantes del estudiantado; tres egresados (que se inclinarían quizás hacia los profesores); y tres representantes del gobierno. Tenemos así ante nosotros una fórmula de autonomía que sacrifica la autonomía, porque va, es cierto, a independizar la Universidad del Gobierno, pero la entrega en manos de las fuerzas políticas o ideológicas que pueden moverse-y que se mueven-tras de los profesores”, (Villalba, J., 1999).

A manera de avance

No creemos haber explanado suficientemente la relación entre Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt, que consideramos como la interacción entre dos polos que se rechazan. Por ello preferimos adelantar que estas últimas líneas, no deben leerse como conclusiones, sino verse como un avance de un estudio que esta pendiente y que debe resultar de mucha utilidad en el presente que vivimos; tiempo en el que se exageran las posibles incidencias del fenómeno propio de nuestra circunstancia y en el que, con exasperante frecuencia se recurre a la fórmula del “por primera vez: se dice esto, o se hace o lo otro”; como si tal simplicidad, profundamente ahistórica, representara un silogismo taumatúrgico que pudiera solventar, sin resolver, las contradicciones que conllevan el acto de vivir.

Betancourt y Villalba representan dos maneras contrapuestas de entender la política. El primero pareció encontrar la fórmula que le permitió ascender en la escala político-social y, aplicando sus dones naturales, la aprovechó. El segundo se mantuvo firme en la convicciones que lo animaron desde sus años mozos y, apoyándose en sus naturales características, supo ubicarse en el altozano vital que nos permitirá, con el devenir, visualizar la verdadera entidad de su aporte.

A quien le anime estudiar esta relación básicamente de antítesis, debe disponerse para hacerlo desprejuiciándose frente a los estrechos linderos que rodean a quien se interesa por lo cercano, en lugar de otear la cómoda lejanía temporo – espacial. Este acto de desprendimiento tiene que posibilitarle la mayor aproximación estimable a los protagonistas y sus circunstancias, así como la construcción de su propia atalaya para poder desmontar los mitos que interesadamente se han puesto al servicio de la maraña que no nos permite ver el bosque. La intencionalidad de los párrafos que anteceden es servir para abrir ese sendero.

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