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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio v.18 n.49 Caracas jun. 2008

 

“Sintesis del estado religioso y social de Venezuela en la actualidad (Condidencial para Mr. Benitez)”, por Monseñor Nicolás Eugenio Navarro (1955).

Compilación y notas de Rodrigo Conde

INTRODUCCIÓN

Estas páginas de Mons. Nicolás Eugenio Navarro(1867-1960), están escritas en plena dictadura perezjimenista. Contará con 89 años de edad; sin embargo estará ágil de mente hasta los 94 años en que morirá. Ha vivido muchos de los acontecimientos de la vida eclesial y desde fi nales del siglo XIX su fi rma constantemente aparece en la prensa defendiendo los intereses de la Iglesia católica. Por otro lado ha desempeñado altos cargos en la vida eclesiástica e intelec tual de Venezuela.

En los serenos y tranquilos últimos años de su vida (morirá en 1960), Mons Navarro, hace una breve recopila ción de 8 páginas de lo que ha sido, según su visión muy particu lar, la Iglesia; sus éxitos, fracasos y el futuro que se le ofrece. No es muy optimis ta Navarro respecto a la Iglesia católi ca; sin embargo la ha amado con profundidad y estas páginas lo refl ejan con vehemen cia. Vemos el contraste entre su ardor por la defensa de los intereses espirituales y las miserias humanas con las que se encontró en la vida.

Estas cuartillas fueron escritas para Mons. Críspulo Benítez Fortúrbel, amigo y paisano, y se encuentran en el Archivo Arquidiocesano de Caracas. Aquí me limito a transcribirlas textualmente haciendo breves acotaciones a pie de página.

Rodrigo Conde

Sintesis del estado religioso y social de Venezuela en la actualidad1

Aunque la obra de la Iglesia en este país durante el régimen español no fue muy brillante, el sentido de la vida cristiana se poseyó aquí, sin embargo, con gran amplitud y la infl uencia religiosa prevaleció en todas las categorías de la vida social, con apego profundo a todos los dogmas de la fe católica y prácti ca ferviente de las devociones, no sin sus ribetes de supersti ción, sin que nadie se atreviese a poner en tela de juicio ni el más leve punto doctrinal. Diríase que esa fe había calado hasta los huesos de la gente, llegando hasta resistir la falta por largos años de servicio sacerdotal en los pueblos y lo que es peor los escándalos frecuentes en ellos de los ministros del santuario.

Pero después de la Independencia las cosas se descompusieron mucho. Las ideas filosóficas de la época y los alardes del librepensamiento se ganaron el dominio en lo intelectual y político y la religión fue siendo relegada al terreno de la credulidad mujeril y atribuida a los groseros arranques del fervorismo popular, con mezcla de ignorancia y de vicios. No hubo un sacerdo cio capaz de afrontar esas arremetidas de la increduli dad y la gente oculta llegó a sentirse avergonzada de una profe sión pública de fe o piedad. El descrédito del clero, sobre todo bajo la inculpación no del todo injusta de ignorancia y atraso, hizo alejar del santuario a todo elemento superior, siendo un axioma harto socorrido el de que solo el que “no servía para nada podía servir para cura”. El siguiente cuadro, trazado, hace ya 24 años, tiene todavía hoy un gran valor de actualidad.

En mucho es preciso tener en cuenta el enorme atraso y la rudimentaria intelectualidad de la casi total masa de nuestra población. Pero lo cierto es que la fama de ignorancia, y rudeza de nuestro clero ante la gente de ciertas luces y fi nura es harto justifi cada. La mayor parte de los mismos que han presumido de campeones de la Iglesia calzaban muy pocos puntos en materia de saber, y las más de las veces fueron fuegos fatuos y una suerte de tribunos de puro carácter humano sin el quid maravilloso de la inspiración apostólica. Y, en cuanto a la excelencia superior de las virtudes ¡que mediocridad tan insignifi cante cuando no qué lastimosa relajación! La verdad es que no hemos contemplado casi nunca sino una clerecía mercenaria, ocupada en los menesteres corrientes del culto y tratando de sacar de ese servicio, a veces en formas bien brutales, los recursos necesarios para una sórdida subsistencia.

Y conserva todavía su valor ese cuadro, porque el clero nuevo no le va ganando en mérito a aquella vieja guardia del santuario venezolano. Los inauditos esfuerzos, los enormes gastos y exagera dos alardes que se han hecho en todo este tiempo en torno a la formación de ese clero, han resultado casi infructuo sos. Estamos muy lejos de contar con un clero de vida intensamen te sobrenatural que marche por una orientación defi nitiva al logro de la infl uencia efi caz de la Iglesia en el país y cuya ejemplaridad y disciplina nada deje que desear. Una de las defi ciencias más increíbles de esta Iglesia es la falta en su clero de sujetos idóneos o debida mente preparados para los servicios de Ofi cina y los menesteres superiores del gobierno eclesiástico. De ahí la necesidad urgentí sima de formar un núcleo de clérigos para tales cargos, que den lustre por sus letras y distinción de maneras al cargo que desempeñen. Es lástima que entre las fallas que han podido notarse en la última dirección del Seminario de Caracas se cuenta ésta de tamaña gravedad.

El hecho es que las esperanzas que pudieron abrigarse de una alta formación del clero venezolano para enfrentarse a las circunstancias sociales y exigencias del adelanto cultural del país en estos momentos, han quedado frustradas, y no se ve cómo puedan surgir de su seno los hombres capaces de responder de la suerte de esta Iglesia en lo porvenir. Faltan hombres de Dios, varones que den a nuestro clero criollo una verdadera fi sonomía de santidad, de suerte que podamos contar en su seno con sujetos genuinamente venerables y de consejo, provistos de una ilustra ción completa y dotados de criterio perfecto de adaptación a nuestras necesidades sociales acerca de todas las cuestiones que agitan hoy al mundo, sin abandonar la práctica de la oración y el severo ejercicio del más austero ascetismo, a fi n de poder dirigir con verdadera maestría los espíritus y encauzar el desarrollo de las nuevas ideologías, preñadas de peligros, que están hoy pugnando por abrirse campo en la dirección de los destinos de la humanidad. Por desgracia muchos de los jóvenes sacerdotes ordenados en los tiempos recientes se han pervertido y, despojados del traje clerical, entregándose a labores profanas; otros andan todavía dentro de la clericatura, pero dando motivo a muy justas censuras; otros alardean de sentirse modernos so pretexto de adaptarse a las nuevas corrientes de la vida social, con no pocos barnices de mundanidad; otros hacen gala de agudo ingenio bastante desprovisto de sana teología y muy distan te de la forma tradicional e invaria bles de la ascética de los santos para ganarle almas a Cristo. Por supuesto que se me excusará al no detenerme aquí a exponer la causa fundamental de estas defi cien cias del clero venezolano, la cual ha estado en la falta de un Episcopado perfectamente capacitado para su misión, fenómeno que la chispa de nuestro pueblo ha califi cado siempre de insufi ciencia mitral

Respecto de la mentalidad del venezolano ilustrado, o sea, de lo que puede llamarse la fl or y nata del mundo intelectual venezolano, el siguiente cuadro la dibuja al cabal:

En Venezuela hay una mezcolanza híbrida de ideas y senti mien tos que se presta a toda clase de estiradas y encogidas: es una heterogénea mentalidad en la cual tienen cabida simultánea las cosas más contradictorias: diríase una especie de confusión caótica en la que se revuelven, chocan y se compenetran religio sidad arraigada, barbarie ancestral, fi losofi smo postizo y jactancia de cultura, para producir esta amalgama sui generis que es la sociedad venezolana. Por eso es cierto que es este un país sin ideología y no es posible establecer diferenciación de principios entre las diversas agrupaciones sociales. Aquí todo el mundo lo es todo, y por eso junto con una profesión ingenua de catolicismo se oye hacer al propio sujeto un alarde anticlerical, y el francmasón más envanecido de su mandil es el más generoso favorecedor del párroco, y el teosofi sta más pagado de su ocul tismo pronunciará el más bello discurso de bienvenida al Obispo, y el mismo que atropella a la Iglesia poniendo trabas al desarro llo de su infl uencia salvadora cumple de continuo actos de humilde devoción y tiene en torno suyo una corona de clérigos disfrutando de sus liberalidades. Siendo lo más estupendo, que todo eso se amaña bien con la sinceridad. Y la gran masa de la gente, incapaz de apreciar lo dañado de la sustancia, se paga tan solo de las vistosas apariencias. El venezolano que presume de intelectual, desprovisto como está de una sólida formación escolar, tiene el espíritu abierto a todas las impresiones, acoge con prisa cuanto se le ofrece como conquista del saber, y mien tras más novedosa y extravagante es la mercancía, tanto mayor muestra de talento le parece el aceptarla y de ella vanagloriar se: todo su afán consiste en estar (a su entender) bien impregna do del pensamiento moderno, en no aparecer por nada retrógrado, y de ahí el pavor de que se le crea imbuído de clericalismo; por lo cual jamás escribirá una palabra ni integrará un discurso en sentido católico. Por ahí se explica bien esta frase que esa categoría de intelectuales emplea con toda la fuerza de un axioma cuantas veces se discute un tema de riguroso catolicismo: “Yo soy creyente, yo soy religioso, pero yo no soy fanático”.

I ¿qué decir del laicado que blasona de verdadero catolicis mo, de los representativos del apostolado seglar, de la legión que responde de los fi nes de la Acción Católica? Lastimosamente, escapándose tan solo del concepto alguno que otro sujeto de genuina valía, esa Obra está en manos de unos pocos hombres indoctos, estultos, mentecatos, plebeyos, burlados de la fortuna, desorienta dos, verdaderas piltrafas de gente buena, y de una pobres generosas mujeres a quienes una exaltación sentimental confi ere también bríos de apostolado. No hay ahí nada que pueda enfrentarse de veras a las grandes fi guras de nuestra postiza “intelectualidad” ni parece el caso a propósito de aplicar con acierto la famosa palabra de San Pablo: “Infi rma mundi elegit Deus ut confundat fortia”.

Parece oportuno decir algo respecto de la Universidad Católica. No falta quien lamente haber sufrido un gran chasco ante la realización de este proyecto que siempre consideró ilusorio, pero, llevado adelante imaginó se tratase de exhibir un equipo de lumbreras de la Compañía de Jesús para desvanecer el prestigio científi co de toda otra enseñanza ofi cial o privada. La falta de precaución en el empeño de inaugurar el plantel, sin esperar las condiciones o trabas legales que pudieran entorpecer su marcha, hizo fracasar aquel intento y fue preciso proveer a su alta dirección y profesorado con elementos nuestros, seglares, que en nada superan a los del otro campo, mientras se logra con doctorados vergonzantes obtenidos en Colombia o aquí mismo, reemplazarlos con PP. Jesuítas, exponiéndose al riesgo de futuras disidencias. Ya el subtítulo de “Andrés Bello” impuesto a la institución y que es poco apropiado para una “Universidad Católica”, parece ser obra del infl ujo de ese elemento seglar a fi n de desempañarla de toda sombra de clericalismo. Mejor habría sido desde el principio, como no faltó quien lo insinuara, prescindir del apelativo “católica” y darle un nombre que tuviese un buen sentido religioso-patrióti co, como el de “Santiago de León”, para no sufrir ahora el bochorno de ese paso atrás. Por cierto que en este punto se la ha ganado la “Universidad Santa María” con una denominación tan simpática, de tanto sabor religioso, tan apre ciada en Caracas desde tiempo inmemorial y que no se presta a ningún aditamento. Otro chasco causado por la Universidad Católi ca es el de no haber previsto ante todo a los estudios de Filoso fía y Letras, en lo cual tanto falla la cultura venezolana, ni erigido una Facultad de Ciencias Eclesiásticas para restaurar la que existió siempre en la Universi dad Central y cuya extinción, a virtud de criterios poco acertados, ha redundado en desprestigio de la intelectualidad del clero venezolano. Hoy no da Venezuela Doctores en esa Facultad y como el título de Doctor proporciona cierto brillo a quien lo ostenta, resulta que ya sobreabundan los Doctores de mentirijillas que no hacen sino acrecentar más y más el descrédito de nuestra cultura eclesiástica. No pudiendo, pues, seguirse en el Seminario los cursos universitarios propiamente dichos ni conferirse en sus aulas los grados académicos, la Universidad Católica habría podido prestar un gran servicio a la Iglesia fundando desde luego esa Facultad, cuyas aulas fueran frecuentadas por los seminaristas aspirantes a dichos grados.

En cambio, el Provincial de la Compañía, al inaugurar las faenas del curso de este año, declaró que el mayor triunfo que de ellas se espera es el de la ¡Facultad de Ciencias Económicas!... No valdría para eso la pena abandonar el servicio del Seminario, pretexto que, por lo demás, ha resultado irrisorio y en nada encubre lo desairado de esa salida de los Jesuítas de los Semina rios de Venezuela, que bien puede califi carse de una derrota de la Compañía en nuestro país.

Se prescinde en estas notas de tocar la materia “relaciones entre la Iglesia y el Estado en Venezuela”, porque ello puede ser motivo de asertos equivocados o de conceptos erróneos que no servirían al propósito de la asamblea de Río de Janeiro, de formarse una noción exacta de la situación de la Iglesia en estas Repúblicas Latino-americanas y seguir fomentando la ilusoria esperanza de que el porvenir del catolicismo, o sea, la suerte de la civilización cristiana, va quedando al amparo de nuestro Hemisferio.

Conviene, sin embargo, hacer alguna advertencia sobre el asunto de las “Capellanías Militares”. Es indudable que fue buena inspiración la del establecimiento de este servicio en el Ejérci to, pero dadas las condiciones de nuestro clero es preciso andar muy alerta para evitar fatales consecuencias. Las capellanías militares se prestan a mil desmanes contra la disciplina ecle siástica; los sueldos que ofrecen son un halago para la codicia de quienes las solicitan; la cuasi exención de la autoridad episcopal en que sitúan al sacerdote que las desempeña, favorece la licencia de los malos clérigos; el trato frecuente e inmediato con los dignatarios de la Fuerza Armada facilita el cultivo de vanas aspiraciones y expone a la Iglesia a ingratas contingen cias. Ya se han dado casos escandalosos entre los individuos de ese Cuerpo y el Gobierno mismo ha tenido que adoptar las oportu nas medias punitivas. Se ha hablado a veces del nombramiento de Obispo Castrense y bien puede ser que haya todavía alguna insana pretensión oculta al respecto: cosa que no debe desde luego favorecerse2.

Por cierto que en estos días se ha hecho público el proyecto que se dice abriga el Gobierno de proclamar a la Virgen de Coromoto Patrona Ofi cial del Ejército, otorgándole el título de General en Jefe y haciéndosele el regalo de una espada simbólica por el Presidente de la República, todo esto acompañado de grandes solemnidades durante la “Semana de la Patria”. Tal vez no haya sido muy acertada la sugerencia de tales ceremonias, dada la oscuridad que rodea al hecho de la pretensa aparición, la inani dad de su infl uencia en el mantenimiento de la vida religiosa del país y las funestas consecuencias de carácter político o de vanas pretensiones personales que pueden sobrevenirle a la Iglesia de semejante malaconseja o paso.

Otro tema de arduo desarrollo, pero que tampoco sería fácil de plantear en las reuniones fluminenses3 es el de la Represen ta ción Pontifi cia en estos países, o sea el provecho que la in fl uencia de esos Enviados Papales ante los Gobiernos, los Cuerpos Diplomáticos, la sociedad y pueblos de su respectiva Misión aporta al verdadero aumento de la gloria de Dios y el mayor arraigo de la fe católica en la vida espiritual de estas ingenuas cristiandades de Hispano- América.

Notas

1. NAVARRO Nicolás Eugenio, “Síntesis del estado religioso y social de Vene zuela en la actualidad (Confidencial para Mr. Benítez)” (Caracas 15,05,1955), Archivo Arquidiocesano de Caracas, Sección Varios. Legajo 17 (Nicolás E. Navarro,). Se refiere a Mons. Críspulo Benítez Fortúrbel, margariteño como él y amigo personal. Durante el período de Medina Angarita fue diputa do en el Congre so. Para esta fecha era obispo de Barquisimeto.

2. Tenemos muy bien ilustrado este ambiente y las relaciones Igle sia-Estado a través de las capellanías militares en “Carta de Don Mario Briceño Iragorry al Padre Pedro Barnola”. en Montalbán Nº 30 (1997),15-22.

3. Se refiere a la Asamblea Episcopal Latinoamericana de Río de Janeiro que se celebró en este año de 1955.