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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio vol.22 no.57 Caracas jun. 2012

 

Mario Briceño Iragorry reeditado y mal leído*

Rafael Ángel Rivas Dugarte

Academia Venezolana de la Lengua

Hace aproximadamente un año, me llamó el poeta Pedro Ruiz para invitarme a la Bienal “Ramón Palomares”, que se realizaría en septiembre en Boconó, Trujillo, y para solicitarme materiales digitalizados de dos autores trujillanos que deseaba reeditar. Él sabía que yo, por haber servido en ambos libros como editor o compilador los tenía. El primero, Entre montañas y recuerdos1 que Ruiz, en su condición de Coordinador de Cultura de Trujillo, había editado en el 2003; obra del desaparecido y recordado crítico y ensayista boconés Domingo Miliani, egresado de esta casa de estudios en 1954, docente entre 1972 y 1983 de los cursos de pregrado, y fundador y catedrático de los de postgrado en Literatura Latinoamericana en el IPC.

El segundo, Alegría de la tierra de Mario Briceño Iragorry, volumen reproducido unas siete veces, además de incluido en otras compilaciones2. De las últimas reediciones una corresponde a la “Biblioteca Popular de los Consejos Comunales” que editó “El Perro y la Rana” en 2007, y la otra a una coedición del pasado año de la Alcaldía de Boconó y la Casa Nacional de las Letras “Andrés Bello”.

Antes de continuar, quisiera aclarar que en estas páginas solo va la intención de destacar cómo se viene haciendo una lectura incorrecta o incompleta de los escritos de don Mario. Tomaremos prestados de él algunos párrafos, advirtiendo que en ningún momento hay la intención de iniciar polémica alguna sobre el tema, únicamente exponer las ideas que en distintos momentos de su transcurrir vital nuestro autor tuvo sobre aspectos candentes, y hoy día de mucha actualidad. Al hacerlo me gustaría que no ocurriera lo que en Alegría de la tierra dice su autor: “Y suele suceder que cuando nos disponemos a cruzar ideas, si es que las cruzamos, terminemos peleando, en razón de nuestra carencia de tolerancia y comprensión”3.

Al referirme a este último libro quiero hacer ver un hecho que considero resaltable. Hay quienes dicen que la historia no se repite, sin embargo, a 60 o más años la situación de crisis de la producción agropecuaria del país –puesta de manifiesto en Alegría de la tierra– se presenta nuevamente en nuestros días y en una proporción todavía mayor.

Don Mario Briceño Iragorry, escritor de muy reconocidos valores por su posición nacionalista, su prédica por una justicia social, su preocupación por el estudio profundo de la patria como problema, y de la historia y pensamiento venezolanos como conformadores de la nacionalidad, llegó a encarnar, por algunos años en la década de los 50, la oposición a la dictadura militar perezjimenista y fue actor protagónico en la búsqueda de una necesaria unidad de los partidos, que a la postre lograría el derrocamiento de la dictadura. En la mencionada obra, integrada por artículos publicados en El Nacional entre noviembre del 51 y abril del 52, expuso su inmenso desasosiego por el estado de decaimiento en que se encontraba la producción agropecuaria venezolana, la cual durante la colonia y algunas épocas posteriores había alcanzado niveles sorprendentes hasta el punto de que se llegó a exportar trigo, café, cacao y añil, así como jamones y ganado en pie. Su contundente actitud en pro de la economía y de respaldo a los intereses agroindustriales del país, expuestos en Alegría de la tierra, lo lleva a presidir el Comité de Defensa de la Economía Nacional, actividades que no fueron del agrado de la dictadura por lo que es sometido a estrecha vigilancia policial, ¡y hasta se llega a allanarle su morada!

La crisis agroalimentaria que él observó fue superada varias décadas después, cuando las exportaciones venezolanas no petroleras alcanzaron un nivel importante, pero vuelve a repetirse en nuestros días cuando la producción nacional desciende hasta un nivel que obliga a que se traigan alimentos del exterior para poder abastecer hasta en un 70% las necesidades del país.

El debilitamiento progresivo del aparato productivo condujo y conduce a que se otorguen preferencias arancelarias a los importadores porque redunda en mayores beneficios económicos a ese sector. Esto ha traído como consecuencia el empobrecimiento de nuestros campesinos, que al llegar al mercado con su producción lo encuentran copado con los productos importados masivamente. Con esa economía de puertos, ya por varios años, se viene enriqueciendo a los productores de República Dominicana, China, Costa Rica, Perú, Ecuador, Canadá, Estados Unidos, Nicaragua, Argentina, Uruguay o Brasil, entre otros, desde donde se importan productos de los que antes fuimos autosuficientes: caraotas, maíz, trigo, aves, carne y productos lácteos. Así, lo dicho por don Mario en 1953, vuelve a tener validez: “La preponderancia que en Venezuela han llegado a tener los comerciantes sobre los agricultores, ha provocado el hecho inverso de que sean los intereses comerciales quienes marquen rumbos en la economía del país”4.

Pero la crisis que angustiaba a Don Mario no estaba únicamente vinculada a lo agropecuario, sino que se extendía a otros aspectos. En 1951 había publicado su obra más conocida y reeditada, Mensaje sin destino5. En ella explica muy bien que la crisis del país estaba en algo más complejo que él llegó a definir como “crisis de pueblo”, entendida esta en función histórica sin ninguna carga étnica, ni económica, ni política, ni social. Los orígenes de esa crisis se hallaban en la ausencia de una sociedad compactada a través del conocimiento de su historia y de los ideales expuestos por lo héroes civiles, sociedad que tampoco pudo llegar a adquirir un sentimiento de solidaridad y responsabilidad para compartir metas, valores, ideas y sentimientos. El pueblo, al no haber podido asimilar su historia, carecía de un “recto y provechoso sentido histórico de la venezolanidad”6, y los caudillos que durante nuestro devenir alcanzaron el poder, desarrollaron una megalomanía que los condujo a creerse semidioses y tratar de romper con el pasado para darle una nueva interpretación a la historia, pensando con psicología de adanes, que la historia comienza con ellos. Esto ha traído como consecuencia la interrupción del sentido de continuidad histórica que debe siempre existir.

Volviendo a Alegría de la tierra, observo que aun cuando en varias oportunidades ha sido reeditada, pareciera que no ha sido bien leída. Parto de la idea de que la situación reflejada por don Mario, en su libro de 1952, se debió al abandono progresivo del campo y a una invasión de productos alimenticios norteamericanos y europeos de toda índole; en aquel momento se llegó hasta a importar arepas enlatadas. Esos productos subsidiados por el poderío económico del norte competían en precios ventajosamente y además estaba de por medio la ya mentada avidez de los importadores por obtener grandes beneficios. Lo peligroso, lo señala el autor, es que “perdida la autonomía económica, los pueblos acaban por perder también su autodeterminación política”7. Hoy, después de 60 años, hemos recaído en esa crisis pero ahora agudizada, porque por motivos políticos se ha venido destruyendo el aparato productivo y no hemos llegado a importar arepas pero sí el maíz. Pareciera que las lecturas realizadas por quienes auspiciaron esas ediciones son sesgadas, superficiales y se quedan solamente en destacar las críticas que hace don Mario al imperialismo norteamericano dejando de lado lo sustancial de sus planteamientos.

El mismo título de la obra que nos ocupa puede tomarse como contradictorio. Lo que el autor destaca no es la alegría por lo que se da en el campo, sino la tristeza que produce su abandono, al ver que productos como el trigo que, en algún momento llegó a exportarse a la misma España, dejó de producirse en el país; asimismo, se refiere a las papas, al algodón, la caña de azúcar, el arroz y también al ganado.

La autosuficiencia alimentaria de que disfrutó el país durante la colonia, según Briceño Iragorry, dio pie para que surgieran las ideas de independencia económica y posteriormente las de la independencia política. Hace ver, por otra parte, que con el surgimiento de la industria petrolera –a partir de la segunda década del siglo XX– comienza a trastabillar el sentimiento nacionalista y la riqueza fácil que ella producía conllevó al abandono del agro y al surgimiento de vicios: “Perdimos la cabeza y olvidamos que el pan nuestro de cada día solo está asegurado cuando lo recogemos de la tierra con nuestras manos colectivas”8; e insiste más adelante: “no aprovechamos oportunamente la marejada de los millones para buscar hacer con ellos más fecundas las fuentes de nuestra producción agrícola”9.

En el artículo sobre el “Cambure”, reitera:

Lejos de convertirse en sueldos y despilfarros el dinero que nos da nuestro petróleo, debió convertirse en instrumentos de permanente riqueza nacional. Lejos de haberlo regado como sustancia esterilizadora sobre nuestro antes humífero suelo, debimos propender a obras que hicieran duradero nuestro progreso. Hoy, si falta pan y falta carne, los altos sueldos y los salarios estirados permiten adquirir potes extranjeros10.

En este mismo libro en un ensayo dedicado las viejas pulperías cierra sus reflexiones de la siguiente manera:

Pidamos al Padre de la Patria el milagro de que reviva la vergüenza antigua. Pidámosle que nos deje comprender que no es independiente el pueblo que se ve obligado a recibir su diaria ración de un pueblo fuerte, poderoso y absorbente... Pidámosle que nos deje ver como nuestros bolívares, abundosos en los sótanos de los Bancos, solo sirven para mantener la alegría que disfraza nuestra desgracia nacional11.

Es digno de atención el manejo que durante los últimos años se ha hecho de la figura y la obra de Mario Briceño Iragorry. Pareciera que su pensamiento da para todo, para que se le interprete de diversas maneras y sus ideas justifiquen las más extravagantes posiciones ideológicas. Su permanente nacionalismo y rechazo al imperialismo facilitó, por ejemplo, el que se tratara de aprovecharlo como un simpatizante post mortem del proceso actual y así el periodista Servando García Ponce publica en el 2001 Presencia de Mario Briceño Iragorry en la revolución bolivariana12. El autor ignoró lo más elemental, que don Mario no fue nunca simpatizante de las ideas marxistas, obvió que había sido víctima de la dictadura militar que lo mantuvo en un duro exilio durante 6 años y que en Madrid en diciembre del 55, fue objeto de un atentado dirigido por la policía política del régimen que casi acaba con su vida; así mismo, que en diversos escritos expresó muy claramente su inalterable posición civilista y una crítica consistente en torno a la presencia de los militares como rectores de los destinos del país. Debemos recordar que, durante ese exilio él encarnó como nadie más la oposición a esa feroz dictadura, que en diciembre de 1952 había desconocido el resultado de unas elecciones en las que había participado y salido electo diputado por el Distrito Federal, con el respaldo de diversos partidos políticos, entre ellos el Comunista.

Esa resistencia a la tiranía la manifestó al principio, en sus artículos en la prensa, que eran esperados y leídos con avidez por un público ferviente seguidor de sus escritos, hasta que, a comienzos de 1953, su publicación fue prohibida, aunque continuaron divulgándose en diarios latinoamericanos. Más tarde el tema lo desarrolló en los numerosos libros y folletos que publicó en España y hacía llegar a otros exiliados, y subrepticiamente a algunos de sus amigos en Venezuela; y de igual forma a través de la copiosa y valiosísima correspondencia, recogida en 5 volúmenes de sus Obras Completas, dirigida a destacadas figuras políticas o religiosas de Europa y América con quienes había establecido lazos amistosos durante sus años de actividad diplomática en Centro América y Bogotá. En esas largas epístolas va detallando la grave situación política, religiosa, cultural, económica y social de la nación, la tortura y asesinatos de los opositores, el horror que se vive en las cárceles y las privaciones a los que están sometidos los que han sido expulsados del país.

Su intención fue siempre destacar la valía de los héroes civiles como pensadores y constructores del proceso independentista oponiéndolos a la exagerada glorificación que el gobierno militar hacía de los actores castrenses y al papel indebidamente protagónico que estaban desempeñando. Por ello en el Discurso de cierre de campaña para las elecciones de noviembre de 1952, expone:

Si no en explícitas normas institucionales, a lo menos en habilidosos circunloquios legales se mantiene hoy un sistema que sustrae la conducta general de los ciudadanos que visten uniforme, de la común sanción de las leyes. Este sistema, además de ser contrario a la esencia del régimen democrático, hace que se vuelva a la voluntad del pueblo contra los personeros de un cuerpo que debe siempre ser visto con el respeto que deriva de su noble, natural y exclusiva misión de garante de las instituciones republicanas. Garante y no ejercitante, sostenedor de las leyes civiles, más no ejecutor directo, en función de cuerpo, de los mandatos de aquellas13.

No dejaba de preocuparle la tendencia de ciertos gobiernos a la adulteración de los hechos históricos para adecuarlos a sus necesidades políticas, y por ello afirmó en Sentido y vigencia del 30 de noviembre. Examen esquemático del drama electoral venezolano que “nuestra República no apareció como obra de ningún ejército, sino como producto de la voluntad de los hombres civiles. Nuestra República la delinearon en 1811 patriotas que por medio del sufragio habían recibido el respaldo del pueblo”14.

La idea la amplifica un poco más adelante:

Como en Venezuela todo se cambia y se adultera, nada raro tiene que se haya creado, como hoy vemos, una teoría histórica enderezada a presentar el 5 de julio como una gran jornada ganada por los militares. Antes se le llamaba el día de la Libertad y de la Independencia; hoy se le llama día del Ejército. Ayer se congregaba el 5 de julio a exaltar la memoria de los grande patricios que soñaron la República como comunidad holgada, donde todos los ciudadanos pudieran gozar el derecho a ser hombres; ahora, en dicha fecha se exalta, no la virtud severa de los viejos guerreros que sacrificaron descanso y vida por asegurar las instituciones, sino la vocación del poder, concretada en quienes hace profesión de la violencia15.

En La traición de los mejores. Esquema interpretativo de la realidad política venezolana también de 1953 dice:

… el ejército prosigue divorciado del pueblo. En un afán de pronunciar la distancia se ha intentado crear para los cuerpos armados un sentido mesiánico, que los colocaría sobre el propio orden institucional de la República y que lo aleja aún más de la realidad del pueblo de donde salen sus componentes. Engañados oficiales y soldados por medio de esta hábil y funesta falacia, han sido llevados incautamente a constituirse en adversario de las fuerzas populares y en dóciles cómplices de los mercaderes que venden diariamente un nuevo jirón de la dignidad nacional. Lejos de estar sirviendo al pueblo, al orden y a la paz, el Ejército, sin advertirlo, está sirviendo hoy al grupo de enemigos de la nacionalidad16.

Ese mismo año escribe un pequeño libro, de tamaño mas no de densidad, titulado Problemas de la juventud venezolana. Temas acerca de la crisis universitaria en donde manifiesta:

Es necesario hacer ver a la nuevas promociones que su principal objetivo cívico es aprender a defenderse de los riesgos del mandonismo, que su empeño fundamental es competir por medio del pulimento de sus herramientas de trabajo, con los profesionales no civiles que pretenden sistematizar para sí el comando de la República. Mientras en los institutos militares se ejercita y halaga, no la voluntad de servir y defender las instituciones de la Patria, sino la voluntad de mando, en los centros civiles ha de formarse la capacidad de resistir y han de aguzarse los sistemas que obliguen a las armas a rendirse ante la suficiencia de las togas17.

En otro de sus libros, Dimensión y urgencia de la idea nacionalista. Pequeño discurso sobre venezolanidad y americanidad18, se opone a la idea del “gendarme necesario” expuesta por Laureano Vallenilla Lanz en 1919 en Cesarismo democrático19, obra en la que justifica la presencia del caudillo como el ser, que de acuerdo a su torcida interpretación de la historia y evolución de la sociedad venezolana, a quien le corresponde dirigir los destinos del país. A ese respecto expone Briceño Iragorry:

De la ecuación que constituye la esencia del Estado, se ha intentado debilitar el término donde se juntan los valores que dan primacía a la razón, para hacer aparecer como de dimensión más vigorosa los hechos de la fuerza. De ahí que muchos sostengan como principio apriorístico que Venezuela ha de estar siempre gobernada por sargentos20.

Y en 1954, en un breve ensayo sobre Isaías Medina Angarita que estuvo inédito hasta su inclusión en 1993 en sus Obras completas, parece completar la idea anterior:

El cuartel es el lugar donde se desvía el sentido pacífico de las milicias cívicas. En el cuartel se incuban los gérmenes maléficos de la autocracia. Más peligroso que el campo de batalla, donde el soldado se cubre de heroísmo, el cuartel llega a convertirse en almacén de fuerzas baldías que buscan medios de dar sentido a su amenazadora inacción. [Los] soldados (…) se convierten en riesgo para la libertad cuando discurren en el secreto de los cuarteles acerca de los sistemas que aseguran su predominio y cuando maceran en el recato sombrío de los Estados Mayores las ideas funestas que les soplan desde fuera los interesados en la irresponsabilidad que garantiza la violencia21.

Años antes había expresado al entonces presidente Eleazar López Contreras, en correspondencia del 29-05-1940 desde San José de Costa Rica, su coincidencia de criterios en torno al rechazo al militarismo, a los totalitarismos, al imperialismo, así como también a la necesidad de lograr una política de integración en defensa de la democracia como sustratum de la vida social de los pueblos americanos22.

En otra misiva dirigida esta vez su coterráneo el escritor Numa Quevedo, pareciera asumir el concepto que a otro amigo le merecía el sector castrense:

Un amigo que vive en el destierro (…) en su carta me dice que es preciso crear en las nuevas generaciones la idea de que detrás de cada uniforme militar se esconde un criminal. Claro que es inmensa y criminosa las responsabilidad del cuartel y cierto, también, que la apetencia de mando y de fortuna y el individualismo cerril de los jefes militares son causa poderosa para el mantenimiento del actual sistema23.

La interesada o incorrecta lectura que en los últimos años se ha venido haciendo de su obra, tuvo curiosamente su clímax en la ciudad natal de don Mario, donde en el 2009 se inició un feroz ataque contra su personalidad y su obra, acción dirigida por el gobernador del estado Trujillo y otros oscuros personajes. Se llegó a extremos de intentar cambiar, con el “Decreto 277”, el epónimo de la Biblioteca Pública "Mario Briceño Iragorry" para rebautizarla como Biblioteca Socialista "Doctor y general Antonio Nicolás Briceño", mientras otros seguidores se dedicaron, en el Centro de Historia del Estado Trujillo, a la destrucción de documentos, de libros de su biblioteca y de la mascarilla mortuoria que los descendientes de don Mario allí habían depositado.

Se le acusó con los más equivocados y torpes epítetos de racista, traidor a la patria y etnocida; también de pitiyanqui, calificativo que el mismo Briceño popularizo, para calificar a quienes mostraban excesiva afinidad con las actitudes imperialistas e intervencionistas del gobierno norteamericano. Se vituperaba así a quien había mantenido por muchos años una posición firme y efectiva frente a los avances del imperialismo y a las intenciones de instalarse en el país de transnacionales norteamericanas o europeas, como la muy famosa –por intervencionista– bananera “United Fruit Company”.

Mario Briceño Iragorry había buscado siempre el robustecimiento de nuestra identidad y nuestra nacionalidad con talante valientemente patriótico, y así adoptó una actitud enérgica ante el entreguismo de la dictadura muy interesada en imponernos a los héroes militares por encima de los civiles, que son los verdaderos constructores de la patria.

Los detractores de Briceño Iragorry ilusamente pensaron que era posible acabar con el prestigio y la gloria de uno de los héroes intelectuales más destacados y prolíficos del mundo venezolano e hispanoamericano, cuya producción de más de 100 títulos ha sido reunida en unas Obras completas de 25 sustanciosos volúmenes. La institución que ha promovido el evento que hoy nos convoca lleva su nombre, así como otros institutos universitarios, centros de estudios e investigaciones regionales y agrupaciones culturales o intelectuales, unas de tendencia marxista y otras no.

Hay que reconocer, sí, que algunos intelectuales simpatizantes del gobierno actual salieron en defensa, en actos públicos y con sus escritos, de la figura de don Mario, entre ellos los participantes en el Foro “Briceño Iragorry y la defensa de la nacionalidad” realizado en la Biblioteca Nacional: Luis Alberto Crespo, Alberto Rodríguez Carucci, Gustavo Pereira y Arístides Medina Rubio. En la misma Trujillo, en los espacios del Núcleo “Rafael Rangel” de la ULA, se realizó el seminario titulado De Antonio Nicolás Briceño a Mario Briceño Iragorry: construcción de la memoria histórica, con la intervención de distinguidos docentes e investigadores de la región; sus trabajos fueron recogidos en la revista digital Cifra Nueva N° 20 del 2009. También el ya mencionado poeta Pedro Ruiz promovió el homenaje que se le rindió en Boconó, en septiembre de 2011 durante la mencionada Bienal “Ramón Palomares”, por boca de los intelectuales que asistieron y con la reedición antes dicha de Alegría de la tierra. De igual forma las Academias Nacionales de la Historia y de la Lengua, de las que don Mario fuera numerario, se pronunciaron condenado esos hechos en acto especial. Pareciera que la presión surtió efecto y el mencionado decreto, que ahora según mendaces palabras del gobernador nunca existió, quedó sin efecto.

A los insultos proferidos en Trujillo parece haberse adelantado don Mario en 1951 al escribir:

si nos empecinamos cada quien desde nuestra estrecha parcela, en el propósito de destruir la personalidad de los contrarios, al hacer el balance de los valores morales de la república, a base de las atribuciones feriadas en la lonja de los insultadores, hallaríamos con espanto que, por nuestro propio yerro, se nos ha hecho aparecer ante los ojos del forastero (…) como un país de simuladores, de ladrones, de ignorantes, de asesinos, de logreros y de tránsfugas, cuyos solos hombres virtuosos son los que transitoriamente ejercen desde el poder el monopolio convencional de la verdad24.

Su obra dedicada al análisis e interpretación de la patria es de una innegable trascendencia y vigencia, por lo que se le sigue reeditando y leyendo, buscando en el Maestro la palabra que sirva para iluminar el proceso de formación de una patria nueva que esté ceñida a los valores de la moralidad, la justicia social, la educación y el conocimiento amplio de la historia, que nos permita lograr una comunidad solidificada alrededor de principios y metas comunes.

Muy recientemente, se ha publicado en Caracas una amplia antología de su obra: Mensaje con destino, editada por el Banco Caribe, compilada y prologada por el Académico Joaquín Marta Sosa; la Universidad de Los Andes pondrá en línea este mismo año una antología en versión digital titulada Mario Briceño Iragorry fundamental prologada por el escritor Luis Javier Hernández, y la Fundación Biblioteca Ayacucho está reeditando Mensaje sin destino y otros ensayos que se publicara hace 24 años.

Todo ello es una muestra más del inmenso atractivo y actualidad que sigue teniendo la obra del más universal de los trujillanos y uno de los venezolanos que más denodadamente luchó para impedir que se nos impusiera una interpretación militarista de la historia, y que insistió en la necesidad de rescatar los auténticos valores comunes de nuestra nacionalidad: la historia, la tradición, la geografía, la economía, la política, la cultura y la educación, como forma de encarar nuestro destino, revalorizar la libertad intelectual, la integridad, el civilismo y asegurar su supervivencia.

Para concluir, una extensiva revisión de la obra de don Mario Briceño Iragorry nos permite afirmar, sin ningún género de dudas y efectivamente que ella contiene severas críticas al imperialismo norteamericano y a su intervencionismo; que en ella insistió debido a sus fuertes convicciones religiosas en sus diferencias con el marxismo al que definió como un “sistema que si bastante vale como etiología para el estudio de los graves males del Capitalismo, aporta una conclusión ilógica como remedio de aquellos”25. Su obra se halla colmada de textos que evidencian su fe en el sistema democrático; constantemente pone de relieve el valor de nuestros héroes civiles oponiéndolos al predominio militar que detentaba los poderes del estado; e insiste en destacar la torcida interpretación de la historia que hacen los regímenes militaristas para querer mostrarse como los fundadores de la patria. Ante todo esto podríamos preguntarnos entonces: ¿Qué pasó con esos “estudiosos” de su obra que tratan de convertirlo unos, en marxista, otros, en traidor a la patria o en pitiyanqui, y otros más que quieren mostrar a un convencido civilista y víctima de la dictadura como partidario de un gobierno militar?

Parodiando a don Mario podemos afirmar que él tiene todavía mucho que enseñarnos, y es mucho lo que todavía podemos aprender de él, ¡si lo sabemos leer!

Notas

* Conferencia leída en el marco de la conmemoración del XXXV aniversario de la fundación del Centro de Investigaciones Históricas "Mario Briceño Iragorry” el 12 de junio de 2012.

1 Comp. y notas de Rafael Ángel Rivas D. Pról. de Gladys García Riera. Trujillo: Instituto de Cultura del Estado, 2003. 177 p. / 2ª ed. Boconó: Casa Nacional de las Letras Andrés Bello / Alcaldía de Boconó/ Fondo Editorial Domingo Miliani, 2011. 206 p.

2 Caracas: Industria Pampero, 1952. 177 p. / 2ª ed. Caracas: Edime, 1953. 164 p. / 3ª ed. Caracas: Edime, 1959. 164 p. / 4ª ed. Pról. de Ramón J. Velásquez. Caracas: Fundación Mario Briceño Iragorry / Fundación Polar, 1983. 162 p. / 5ª ed. Prefacio de Aura Loreto de Rangel. Pról. de Ramón J. Velásquez. Caracas: Procuraduría Agraria Nacional, 1988. 162 p. / 6ª ed. Caracas: El perro y la rana (Biblioteca popular para los Consejos Comunales), 2007. 272 p. Junto a Mensaje sin destino. / 7ª ed. Boconó: Casa Nacional de las Letras Andrés Bello / Alcaldía de Boconó/ Fondo Editorial Domingo Miliani, 2011. 144 p. / Obras selectas. Caracas: Edics. Edime, 1954, pp. 629-736. / Obras completas. Caracas: Edics. del Congreso de la República, 1988- 1998 (23 v.) v. 8, pp. 3-145.

3 “Una taza de café”, Alegría de la tierra. Obras completas. Caracas: Congreso de la República, 1989, v. 7, p.

4 “Papas”, Alegría de la tierra. Obras completas (1990), v. 8, p. 44.

5 Caracas: Edics. Bitácora, 1951. 90 p. / Caracas: Ávila Gráfica, 1952. 148 p. / Caracas: Edime, 1956 (179 p.) pp. 98-165. / Caracas: Monte Ávila Editores, 1972. 96 p.; pról. de R.J. Lovera De Sola.; publ. con tit. Pasión venezolana, junto a El caballo de Ledesma y Tratado de la presunción. / Idem., 1980. 105 p. / Idem., 1989. 105 p. / Idem., 1998. 105 p. / Trujillo: Gobierno del Estado, 2004, pp. 61-118; junto a Introducción y defensa de nuestra historia. / Caracas: Monte Ávila Editores, 2005. 102 p. / Caracas: El perro y la rana (Biblioteca de los Consejos Comunales), 2007. 272 p.; junto a Alegría de la tierra. / Obras selectas. Caracas: Edime, 1954, pp. 457-523. / Mensaje sin destino y otros ensayos. O. Sambrano Urdaneta; comp. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1988, pp. 57-108. / Ensayos escogidos. M.A. Campos; estud. prelim., selec. y notas. Maracaibo: Universidad del Zulia, 1997, pp. 137-206. / Obras completas. Caracas: Congreso de la República, 1990, v. 7, pp. 155-245. / Revista Cifra Nueva (Trujillo), N° 20 (2009), pp. 77-114.

6 “Mensaje sin destino”, Obras completas (1990), v. 7, p. 163.

7 “Yuca” Alegría de la tierra. Obras completas (1990), v. 8, p. 138.

8 Idem.

9 Idem.

10 Ibid., p. 38.

11 “Responso a la vieja pulpería nacional”, ibid., p. 105.

12 Pról. de Rafael Ramón Castellanos. Caracas: Edic. del autor, 2001. 65 p.

13 Discurso pronunciado en la noche del 26-11-1952 en la concentración popular con que el partido URD puso término a la campaña electoral. Publicado con título “Al servicio del pueblo de Venezuela”, Obras completas (1991), v. 11, p. 292.

14 Ibid., p. 479.

15 Ibid., pp. 479-480.

16 Ibid., p. 353.

17 Ibid., p. 450.

18 Madrid: Edics. Bitácora, 1953. 78 p.

19 Subtitulado, Estudios sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela. Caracas: Empresa El Cojo, 307 p.

20 Obras completas (1911), v. 11, p. 379.

21 “Evocación de Isaías Medina Angarita”, Obras completas (1993), v. 17, p. 374.

22 “A más de la trascendencia que para el curso de nuestra política interna tienen declaraciones como la que condena el cesarismo, que muchos invocan por el solo sistema idóneo de gobernarnos, y como la otra que condena las formas totalitarias de gobierno y la revolución permanente que comporta el marxismo, adquiere valor muy especial su concepción diferencial del imperialismo y más aún, el llamado a la conciencia de América en orden a estructurar, bajo la égida del pensamiento unionista del Libertador, lo que pudiera llamarse una filosofía política americana, donde quepa, junto a un amplio concepto de soberanía, una justa noción vinculativa que enlace a nuestros pueblos en la unánime misión de defender, no solo la integridad del suelo, sino, por sobre ésta, la integridad de los principios democráticos que informan el sustratum de nuestra vida social”, Obras completas (1997), v. 21, p. 463.

23 Obras completas (1998), v. 23, p. 486.

24 “El balance de las injurias”, Virutas. Obras completas (1981), v. 15, pp. 119-120.

25 Carta a su amigo el escritor y diplomático Víctor Manuel Rivas fechada en San José de Costa Rica el 31 de mayo de 1940, inserta en el vol. 24 de las Obras completas, entregado a Monte Ávila Editores hace cuatro años y todavía sin imprimirse.