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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio vol.25 no.63 Caracas jun. 2015

 

Venezuela: The modern oil nation globalización, estado, cultura y comunicación en torno al enclave petrolero

Venezuela: the modern oil nation. Globalization, State, culture, and communication around the oil enclave

Manuel Silva-Ferrer

Egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela con doctorado en Filosofía y Ciencias Sociales por la Freie Universität Berlin. En la actualidad desarrolla, en el departamento de historia del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Freie Universität Berlin, un proyecto de investigación que indaga en las relaciones entre el petróleo, la sociedad y la cultura en América Latina durante el siglo XX. Correo electrónico: msilvaferrer@gmail.com.

Resumen: Este texto forma parte de un trabajo más amplio. En realidad, es un texto en transición. Algunos fragmentos acompañan un trabajo ya acabado, que será publicado muy pronto. Otros pedazos son el germen de un proyecto de investigación de largo aliento que acabo de echar a andar, y cuyo objetivo es realizar un mapa de los cambios ocurridos durante el siglo XX en el espacio de la cultura y la comunicación en Venezuela, como resultado de la aparición y desarrollo de la industria del petróleo. En ambos casos, pretendo observar cómo ocurre la rearticulación de las estructuras culturales y comunicacionales tras un acelerado proceso de incorporación a la modernidad. Con este objetivo, persigo identificar los flujos y traspasos que en los ámbitos de la sociedad, la cultura y la comunicación estuvieron determinados por la expansión del enclave petrolero, en el marco de la fase de la globalización referida a las fuentes de energía, combustibles y aceleración de la movilidad, que siguió desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX a la de industrialización regida por la máquina de vapor.

Palabras clave: petróleo, modernidad, globalización, estado, cultura, comunicación.

Abstract: This text is part of a larger work. In fact, it is a text in transition. Some accompany a finished work, which will be published very soon. Other pieces are the germ of a long breath that I just jump-start research project, and whose objective is to make a map of the changes that have occurred during the 20th century in the space of culture and communication in Venezuela, as a result of the emergence and development of the oil industry. In both cases, I intend to observe how it occurs the rearticulation of cultural and communicational structures after an accelerated process of incorporation into modernity. With this objective, I pursue to identify flows and transfers that were determined by the expansion of the oil enclave, within the framework of the phase of globalization referred to sources of energy, fuels and acceleration of the mobility that followed since the mid-19th century and early 20th to the industrialization governed by the steam engine in the fields of society, culture and communication.

Key words: oil, modernity, globalization, State, culture, communication.

Recibido: 12/03/2014 Aprobado: 24/04/2014

El énfasis de este ensayo consiste en determinar cómo la modernidad y las definiciones que de ella se desprenden adquieren un matiz particular en un país inundado por el petróleo. Y en cómo las radicales contradicciones que tuvieron lugar bajo el influjo de la súbita riqueza surgida del fondo de la tierra, se proyectan desde y hacia la cultura y la comunicación, determinando los flujos que posibilitan su configuración. Con esta orientación, la tesis que pretendo desarrollar es que el impacto producido por el capital petrolero ocasionó una profunda reorganización de los intercambios entre las distintas esferas de la sociedad. Y con ello una rearticulación de los flujos socioculturales, que estuvieron a continuación determinados fundamentalmente por el entrecruce del sólido meollo institucional de la modernidad y las radicales transformaciones impulsadas por los procesos de modernización, así como por el legado de larga duración del pasado colonial.

Una mirada muy general a las dinámicas desencadenadas en Venezuela tras la instalación de la industria petrolera permitiría reconocer al menos los siguientes procesos:

1º) La aparición de un novedoso mercado mundial ampliado, que absorvió, reordenó y modificó los mercados locales y regionales.

2º) La aguda concentración del capital en las llamadas “oligarquías del petróleo” —las clases medias y altas—, que como prolongación de las metrópolis europeas y de las emergentes metrópolis norteamericanas desplazaron a las antiguas oligarquías agropecuarias igualmente dependientes del capital transnacional.

3º) El enorme flujo de capitales inducido por el enclave produjo una vertiginosa expansión urbana, acompañada por el traslado en masa de campesinos, obreros y artesanos de toda índole a las zonas petroleras y a los nuevos centros urbanos, donde los salarios multiplican a los del campo. Esto generó importantes movimientos migratorios locales, regionales y transnacionales, la aparición de nuevas poblaciones y el crecimiento desbordado y caótico de las ciudades.

4º) Como parte de sus estrategias corporativas y empresariales, la nueva industria se encargó de promover una reorganización de la vida laboral y, en general, una adecuación de la vida cotidiana al interior y en torno al enclave.

5º) Como resultado de lo anterior, el tiempo libre como esfera de la vida cotidiana adquirió en los llamados campos petroleros y en las ciudades emergentes una dimensión totalmente nueva. Esto implicó la puesta en circulación de costumbres y prácticas hasta ese momento desconocidas, y el traspaso de la idea de la cultura como repertorio identitario de tradiciones ancestrales, lo autóctono, la naturaleza y el folklore, a la idea de una nueva cultura moderna relacionada con lo “popular urbano”.

6º) Estas modificaciones en marcha tuvieron consecuencias aún mayores, al promover en otro nivel el cambio de una cultura secularmente identificada con valores europeos e hispánicos, a otra de novedosa expresión mestiza/híbrida, en gran parte americanizada, que se identifica con los nuevos ritmos globales de la modernidad de su tiempo.

7º) Como resultado de los flujos financieros y de personas a escala global, la producción, el consumo y las necesidades humanas —el ámbito de los deseos— se hicieron más internacionales y cosmopolitas; pero también marcadamente diferenciados entre el enclave, su área de influencia inmediata y el resto del territorio.

8º) La industria cultural y la comunicación de masas influyó de manera determinante en esta transformación del panorama de la cultura. La rápida penetración de los medios audiovisuales logró incorporar numerosas poblaciones aisladas al ritmo de los movimientos contemporáneos. De esta forma, el canon literario que había dominado la cultura letrada durante el siglo XIX y los comienzos del XX va a ser arrasado por un nuevo “canon popular”, que progresivamente imponen el cine, la radio y posteriormente la televisión.

9º) Para que estos cambios pudieran ocurrir con fluidez debió existir una centralización legal y judicial, que fue efectivamente ejecutada por el Estado. Las rentas producto del maná petrolero lograron así que el históricamente tambaleante estado nacional acumulara un enorme poder económico, político y militar, que permitió finalmente asegurar su control sobre el territorio, garantizando a su vez la existencia del enclave.

10º) Por último, tal como fue apuntado por el mexicano Bolívar Echeverría (2008), el hecho de que el petróleo, más allá de las transformaciones materiales —“la modernización devastadora”—, entró a formar parte consustancial del repertorio identitario nacional al alimentar la utopía de un futuro mejor para todos.

El Estado Mágico: el Estado de la nación en la Venezuela del petróleo

En su discurso de incorporación a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales en el año de 1955, expone el intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri, lo que medio siglo después es ya una evidencia. Que al menos las últimas tres cuartas partes del siglo XX y aún los comienzos del XXI, la mayor parte de lo que ocurre en Venezuela guarda relación directa o indirecta con la industria del petróleo:

Cuando hayan desaparecido las generaciones presentes y otras remotas y distintas las hayan sucedido en el modificado escenario de este país, es posible que, al contemplar en su conjunto el panorama de nuestra historia, lleguen a considerar que uno de los hechos más importantes y decisivos de ella, si no acaso el más importante y decisivo, es el hecho geológico de que en su subsuelo se había formado petróleo en inmensas cantidades (Uslar Pietri 1955, 223).

Esta consideración del “hecho geológico” como determinante del “panorama de nuestra historia” es el punto de partida del antropólogo venezolano Fernando Coronil, quien en su trabajo The Magical State: Nature, Money and Modernity in Venezuela (1997), oberva cómo la singularidad que produce la conversión de un recurso natural proveniente del subsuelo en inmenso caudal monetario, fue la que permitió a principios del siglo pasado imaginar a Venezuela como moderna nación petrolera, identificar al gobierno con el Estado, y considerar a éste último como agente central de los procesos de modernización. Partiendo de una perspectiva poscolonial que le permite “reconocer a la periferia como el asiento de modernidades subalternas” (Ibíd, 84), Coronil se ubica en oposición al enfoque que sostiene que el paso a una Venezuela moderna es sólo visible tras el fin de la dictadura de Juan Vicente Gómez, con la definición por contraste al “atraso gomecista”, de un tiempo de avanzada post-Gómez.1 De esta forma, consiguió distinguir en el período de la dictadura las marcas de una transición hacia un Estado liberal moderno.

Las transformaciones generadas por el petróleo produjeron así el fenómeno decisivo: convertir repentinamente al Estado en el agente principal de la riqueza nacional, haciéndolo partícipe en todos los renglones de la actividad productiva del país. Fue así como a través de la dominación de la estructura petrolera y su impacto en la urbanización, producción, comercio y consumo, así como en el sistema de la comunicación y los servicios, fue posible que todos los espacios alcanzaran cohesión en el territorio venezolano. En este contexto, el país comenzó a abandonar una larga fase determinada por la economía agrícola, para abordar a continuación un tiempo de profunda aceleración identificado con el capitalismo moderno y definido por los productos que la nueva industria y los medios de comunicación pusieron a su alcance. De esta manera, los cambios más relevantes que moldearon los hábitos, el carácter, el gusto y en general la cultura del venezolano, guardan estrecha relación con lo que a continuación fue introducido en el país por firmas como Standard Oil, Mobil, Exxon y Shell. Y ello porque estas compañías se constituyeron no sólo en concesionarias de la explotación petrolera, sino sobre todo, en los agentes centrales de importantes cambios socio-culturales entendidos como procesos de mezcla, transculturización o hibridación.

The modern oil nation: la nación como enclave petrolero Las enormes transformaciones espaciales, económicas y sociales producidas en Venezuela como resultado del desarrollo de la industria petrolera tuvieron en el corto plazo importantes repercusiones en el ámbito de la cultura. El paso de una atrasada economía rural—latifundista, a otra impulsada por el capital petrolero que introduce relaciones propias del modo capitalista, operó el primer gran salto material de la república desde los tiempos de la Independencia. Este elemento estructural de transición al capitalismo, que ya se encontraba presente de manera incipiente en las últimas décadas del siglo XIX, comenzó a imponer verdaderas modificaciones a principios del siglo XX con la articulación de una poderosa “estructura petrolera”.2

Es así como tras esta nueva fiebre del oro, el país rural del café, el cacao, los cueros y el balatá, fue cediendo paso al país rural del petróleo. Y el eje de las relaciones comerciales y culturales comenzó a desplazarse paulatinamente desde Europa hacia los Estados Unidos.3 Esta novedosa “estructura petrolera” produjo con el paso del tiempo una toma de conciencia sobre la necesidad de proteger la súbita riqueza que ofrecía la tierra. Así, ante el temor del carácter finito del recurso, y en el empeño de hacer uso de él como palanca para el desarrollo, se fue generando una especie de corriente ideológica, que sintetizada en la frase “sembrar el petróleo” (Uslar Pietri 1955, 238), se convirtió con el paso del tiempo en un elemento central del imaginario nacional y en la doctrina que hasta hoy ha guiado la acción política del Estado.

Coronil argumenta que es a partir del régimen de Gómez cuando la riqueza en Venezuela comienza a ser sinónimo del “cuerpo natural” de la nación. De esta forma, en la medida en que la sociedad identificó sus intereses particulares con los del país a través de la industria petrolera, el Estado pudo entonces representarse a sí mismo como agente legítimo de lo que Benedict Anderson (1991) denominó una “comunidad imaginada” limitada y soberana (Coronil 1997, 8). Sin embargo, desde mi perspectiva, esta identificación sólo es posible atribuirla al sector que el escritor Mario Briceño-Iragorry bautizó como la “oligarquía del petroleo” (Briceño Iragorry 1957, 423). Es decir, los beneficiarios directos del enclave: un grupo bastante reducido que estuvo muy lejos de representar a la totalidad del espacio imaginado de la nación. Así pues, en un país que padeció endémicamente la ausencia de imprentas, aspecto que Anderson considera tan central para la creación de “comunidades imaginadas” como la demarcación y control del territorio por parte del Estado soberano, la comunidad nacional venezolana no podrá imaginarse en toda su amplitud sino hasta mediados del siglo XX, con la expansión del ideario petrolero de la mano de los medios de comunicación de masas. Hasta esta nueva fase abierta por la radio y la televisión, y en menor escala por el cine, la idea de nación como “comunidad imaginada” sólo tiene sentido aquí en tanto comunidad de enclave.

El espíritu en movimiento de la modernidad. La fabulación de los cambios producidos en el marco de la explotación petrolera

Los planteamientos de Hayden White (1981) sobre el valor de la narrativa como discurso histórico, permiten reconsiderar dentro del origen de la nación y el Estado moderno en Venezuela el aporte de tres ficciones literarias: Mene, de Ramón Díaz Sánchez (1936), Los Riberas, de Mario Briceño Iragorry (1957), y Oficina N° 1, de Miguel Otero Silva (1960). La razón está —como ya fue observado por Gustavo Luis Carrera y Miguel Ángel Campos— en que en ellas el discurso literario consiguió realizar con notable éxito una reconstrucción de los radicales cambios de mentalidades, esquemas de experiencia y expectativas sociales que la explotación del petróleo introdujo en la sociedad venezolana. Y además de ello, como plantea Jean Franco, porque la literatura latinoamericana logró hacia mediados del siglo XX redefinir su papel en la sociedad y la cultura, al crear un canon literario cuya importancia le permitió no sólo introducir teorías de lectura y comprensión de su trabajo y el de sus contemporáneos, sino tanto más importante, el de proveer una valiosa evaluación de la cultura latinoamericana que logró trascender las fronteras del continente (Franco 2002, 4).

De esta manera, en 1961 Germán Carrera Damas observó en el relato de la vida de Alfonso Ribera, en Los Riberas, desde sus orígenes como pulpero rural hasta su clímax como banquero, heredero de las lucrativas gestiones que su padre ejercía entre el Estado y las transnacionales petroleras: “un esquema (…) para el estudio de la formación de la burguesía venezolana en la primera mitad del siglo XX”. En este esquema el historiador reconoce la manera en que el “gigantesco y turbio negocio petrolero (…) realizado a la sombra del poder público (…) se traducirá en la forma más veloz de acumulación de capital: el peculado.” Poniendo así de manifiesto los tres elementos que constituyeron las bases del desarrollo de la burguesía nacional: “connivencia con el capital extranjero, disfrute de prerrogativas amparadas por el Estado, y abierto saqueo del erario nacional” (Carrera Damas 1961, 13-14).

En Los Riberas se observa como el robo al Estado se convirtió en Venezuela en una nueva habilidad que “el hombre común ha terminado en mirar (…) como un hecho natural” (Ibídem). Y como apunta Carrera Damas, “el cuantioso capital acumulado al amparo de las influencias políticas, proporciona la base imprescindible para las empresas (…) que construirán el dominio económico de la nueva clase” (Carrera Damas 1961, 17).

Pero si Los Riberas ofrece en su narración el discurso histórico de la emergencia de la burguesía nacional, Mene y Oficina N° 1 muestran en el mismo contexto el proceso simultáneo por el que en esta nueva organización social emergen las clases marginalizadas y el proletariado. A partir del nacimiento de un pueblo petrolero (El Tigre), Otero Silva (1960) narra en Oficina N° 1 el origen del éxodo campesino hacia la búsqueda del progreso. Y la fundación de poblaciones surgidas en la prosperidad de un tiempo que las hace perecer con la misma velocidad con que las vió surgir, como metáfora de “la decadencia del sistema agrícola latifundista y pequeño mercantil (…) y la incrustación y violento surgimiento de un modelo diferente cuyo factor dinámico es el petróleo” (Araujo 1972, 137).

La novela de Otero Silva no es sólo reflejo de los cambios en el ámbito económico y social. Es también una muestra de los cambios estructurales que están teniendo lugar en el país en el campo de la cultura —sobre todo de la cultura cotidiana—, como resultado del complejo y contradictorio conjunto de procesos que emergen como consecuencia de la transición abrupta del capitalismo agrario semifeudal al moderno capitalismo de enclave. Como observó el escritor venezolano Juan Liscano, la población entera ingresó en una vertiginosa espiral de transformaciones, que se pusieron de manifiesto en la modificación geográfica del territorio, la redisposición espacial de la población y la llegada de una numerosa migración. Pero también en un nuevo sistema que abarcó comportamientos sociales, valoraciones, trabajo, medios de cambio, precios y valores de las cosas, costumbres, juegos, diversiones, y hasta el lenguaje y el habla (Liscano 1981, 17). Estos cambios, que muestran claramente el paso a una sociedad totalmente diferente, deben ser observados sobre todo como propios de la incorporación de la modernidad occidental a la cultura venezolana. Y aunque la riqueza del petróleo no logró resolver los conflictos sociales producto de las agudas desigualdades estructurales, es de resaltar que Otero Silva alcance a observar cómo se estaban creando “los fundamentos necesarios para un Estado moderno” (Franco 1971, 268).

Por su parte, en Mene, Ramón Díaz Sánchez (1936) describe el tránsito a la nueva pobreza moderna que va surgiendo alrededor del campo petrolero, y que arrastra tras de sí enormes contingentes migratorios atraídos por el nuevo mito de El Dorado. Así, al silencio de la selva y los pantanales del lago se opuso de pronto el ruido de las máquinas, las maravillas modernas: los barcos a vapor, los Buick, los Ford, los aviones, el refrigerador, la luz eléctrica, la cocina eléctrica —de pronto, el paradigma que rige la realidad cotidiana es radicalmente otro: todo puede ser eléctrico— y tras ellos el bullicio de caseríos y pueblos enteros convertidos en campos petroleros.

El valor de estas narraciones —además de sus reconocidas cualidades literarias— se concentra sobre todo en la caracterización de un vertiginoso proceso de transformación cultural impulsado por el petróleo, y en los contradictorios procesos interculturales de mezcla y copresencia que imponen lo que Marshall Berman llamó “la atmósfera en que nace la sensibilidad moderna” (Berman 1982, 5). Un mundo de contradicciones en el que cada evento posee su rostro contrario. Todo lo sagrado puede ser profanado. Y en el que, como en el texto de Marx que inspira la obra de Berman, casi un siglo después, con velocidades y fantasmagorías propias: “all that is solid melts into air”.

Los fenómenos de la cultura, la modernidad y la globalización en la nación del petróleo

La incorporación a la modernidad es un proceso de largo aliento, que como ha sido evidente en el caso venezolano, fue auspiciado en gran medida por el surgimiento de la industria petrolera. A ésta última le siguó paulatinamente el Estado rentista, en el marco del accidentado tránsito hacia un régimen de libertades, que fue finalmente posible hacia mediados del siglo XX con el advenimiento de la democracia. La regularización de los partidos políticos, la reorganización de los sindicatos, la reinstauración de la libertad de prensa y un amplio programa de reformas económicas y sociales dieron pie a una fase de afanosa modernización institucional y de inclusión popular, cuyas repercusiones no tardaron en alcanzar el territorio de la cultura.

Este movimiento epocal de tránsito a la modernidad abarcó un conjunto de fenómenos culturales, que es necesario considerar como fondo de los aspectos relativos al espacio de mayor visibilidad y preponderancia de la cultura: los medios de comunicación. Los cambios más relevantes de esta transformación podrían resumirse entonces en los siguientes aspectos:

1º) El desplazamiento del eje de la cultura desde la esfera privada a la pública, con la consecuente ampliación de los públicos y la demanda cultural. Esto como resultado del reforzamiento del papel del Estado petrolero como gestor de políticas dirigidas a los sectores educativo y de las artes, quien en lo sucesivo y como fenómeno particular de la cultura venezolana, va a efectuar prácticamente una monopolización de la cultura letrada, al tiempo que promueve al capital privado como gestor de aquellas actividades culturales vinculadas al sector industrial, y sobre todo de los medios de comunicación.

2º) La ampliación del sistema educacional público en todas sus ramas y niveles, y el notable esfuerzo para desarrollar las instituciones de las artes y las ciencias. A partir de este momento la educación y la cultura dejaron de ser un ámbito reservado a las élites, para convertirse en una compleja organización diseñada para públicos masivos.

3º) El significativo desarrollo de la industria cultural, sobre todo del conjunto de empresas vinculadas a la radio y la televisión, un sector de carácter privado y ajeno a cualquier rol de servicio público, que junto al sistema educativo configuró la dupla de los agentes hegemónicos del campo, con el consabido rebasamiento de la dicotomía histórica entre alta cultura y cultura popular.

4º) Como consecuencia de lo anterior, la expansión de la cultura de masas como expresión máxima de la cultura cotidiana, cargada de las contradicciones que produce su carácter fuertemente inclusivo y a la vez homogeneizante. Aspecto que redunda particularmente en la globalización de los procesos culturales.

5º) Y por último, el contexto que la propia modernidad y la fase de globalización correspondiente ofrecen a la transformación cultural, donde la idea de la cultura como esfera autónoma carece de significado.

El papel preponderante de los medios de comunicación audiovisual en los procesos de modernización cultural

A pesar del sostenido desarrollo de la educación en el país desde la segunda mitad del siglo XX, y de los importantes logros alcanzados en las artes y las ciencias, se ha vuelto ya un lugar común la afirmación de que el más dinámico y de mayor impacto de todos los sectores del campo cultural, es el de las industrias culturales; y entre éstas, de manera relevante, aquellas vinculadas al sector de los medios de comunicación audiovisual. Esta evolución de los medios audiovisuales, que fue central para el desarrollo de una cultura de masas, constituyó en Venezuela, como en el resto de América Latina, un aspecto preponderante del proceso de configuración del campo cultural desde la década de 1920. El origen de esta circunstancia puede hallarse en los enormes déficit de educación formal e institucionalización democrática que padece la sociedad venezolana, lo que condujo a una transformación del aparato mediático, de espacio de información y entretenimiento, a agente fundamental de los procesos de modernización que se hallaban en curso.

Ya bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez el Estado comenzó a entregar el control del sector comunicacional a un pequeño grupo de la naciente élite económica venezolana. Momento a partir del cual, aupados por el auge petrolero, los medios iniciaron un camino en ascenso que los llevó a convertirse en pocos años en grandes empresas y en uno de los negocios más prósperos del país. En líneas generales, el dispositivo de la comunicación que se impone va a funcionar bajo esquemas puramente comerciales, impulsado por el auge monetario y el aumento en la capacidad de consumo que le ofrece el auge petrólero (Capriles 1976, 107-110, Pasquali 1963/1972, 99).

La mejor muestra de ello la constituye la instalación de la Broadcasting Caracas en 1930, emisora que inauguró los servicios radiofónicos en el país. Haciendo uso de los propios vendedores del almacén como responsables de sus contenidos —lo que es ya un síntoma de lo que sería luego el campo de los medios audiovisuales en el país— la emisora comenzó a estructurar su programación organizando minuto a minuto la comercialización de espacios con fines publicitarios. De esta forma, segmentos enteros de programación eran vendidos a las empresas publicitarias de entonces, quienes se encargaban de realizar programas como “La Caravana Camel”, “Desfiles Chesterfield”, “Sonrisas Colgate”, o el que sería por muchos años el único noticiero de la radio y luego de la televisión, el famoso “Reporter Esso“.

Esta rápida expansión del aparato comunicacional comercial, aupada por el crecimiento vertiginoso de la economía petrolera, así como por el acelerado ritmo de acumulación material que se fue imponiendo a la nueva y poderosa burguesía emergente, propició lo que Arjun Appadurai llamó una „revolución del consumo“. Un fenómeno sustentado en los imprevistos y drásticos cambios operados en la estructura de valores sociales, como resultado de la coyuntura particular que impusieron los nuevos flujos comerciales y sus consecuentes flujos culturales (Appadurai 1997, 30). A partir de entonces, publicitar y vender fueron el comienzo y el final del novedoso proceso comunicacional, y los medios audiovisuales el espacio privilegiado en el que los venezolanos, a falta de libros y escuelas, comenzaron a modelar las ilusiones de un mundo moderno por la vía del consumo.

En el marco de esta constelación que favoreció la organización de un dispositivo de la comunicación orientado a la actividad comercial y alejado de cualquier interés público, surgió en esa época el germen que con el tiempo constituiría los más sólidos pilares del habitus cultural del venezolano: 1º) El consumo de enormes dosis de material publicitario, con productos, formas y modas importadas casi todas de los Estados Unidos, a través de las empresas de jabones, cosméticos y alimentos; y 2º) la afición al melodrama venido de Cuba, en la forma de la radionovela “El derecho de nacer“, cuya fórmula dramática devino en referencia arquetípica de la industria televisiva del país y del resto de América Latina.

Los sueños modernos de la nación del petróleo: la naciente cultura de masas

Como modelo para el análisis de los fenómenos culturales derivados del desarrollo de los medios de comunicación, que como calco del sistema comercial americano se expandieron por el continente americano, los planteamientos originados por el pensamiento crítico de la Frankfurter Schule se convirtieron en el paradigma dominante en América Latina, al menos hasta finales de la década del setenta y principios de los ochenta del siglo pasado. No obstante, la ampliación de la mirada con la cual escrutar los procesos inherentes a las interacciones entre la cultura y la comunicación, permitió observar que las relaciones que lo popular establece con lo masivo no podían considerarse únicamente como negación. Debían considerarse también otros aspectos vinculados con el papel originario de los medios. Precisamente aquellos en que éstos operan como agentes del tránsito de una cultura que se piensa como centrada en la visión no modernizada ni mediada, a una cultura cuya base se encuentra en la mediación.

Partir de esta premisa implica considerar también que los medios audiovisuales en Venezuela —que tal como fue argumentado en los trabajos de Oswaldo Capriles y Antonio Pasquali, redujeron el fenómeno de la telecomunicación al de “telecomercialización“— realizan sin embargo en alguna medida el viejo anhelo de inclusión que ni la Independencia ni los posteriores proyectos nacionales habían podido lograr a todo lo largo del siglo XIX: poner al alcance de las mayorías “incultas”, si no la educación, al menos la posibilidad de acceder a ciertas fuentes de información y del saber. Fomentando así lo que Carlos Monsiváis denominó como un “segundo analfabetismo” (Monsiváis 2008, 143). De esta forma, aunque los críticos de la Ilustración, concentrados en sus análisis de la superestructura, observaron con horror el hecho de que la radio y la televisión se limitaran a la difusión de música popular, melodramas y grandes cuotas de publicidad; se debe considerar, sin embargo, que esos medios que se transfirieron como tecnología a Venezuela y al resto de América Latina permitieron también que enormes contingentes de analfabetas y semialfabetizados ampliaran su horizonte de contacto con el mundo, que de otra forma habría seguido estando fuera de su alcance.

Por ello, su significación para un país como Venezuela, en el que un 80% de la población aún padece el analfabetismo hacia finales de la década de 1930, y sólo uno de cada mil estudiantes que acude a la escuela primaria alcanza la secundaria —es decir, unos 600 alumnos en todo el país—, incluso la sola lectura de los titulares de los periódicos en la radio significó un salto enorme en términos de la capacidad de acceso a estas nuevas formas de la información y la cultura. Y el conjunto de la experiencia mediática, tal como la describió Daniel Bell (1974), se convirtió en la herramienta más apropiada para que una sociedad aislada geográficamente y carente de instituciones nacionales avanzara impulsada por el petróleo hacia su cohesión definitiva, a la par que a su relocalización dentro de las coordenadas globales.

En el momento en que la presión demográfica y las exigencias de la nueva burguesía del petróleo obligan a una ampliación espacial de la ciudad de Caracas, se está produciendo al mismo tiempo el crecimiento de la prensa, la aparición de la radio y la televisión, y la expansión del cinematógrafo. Estos fenómenos consignarán parte del cuadro de las transformaciones que por obra y gracia del petróleo, de manera más o menos simultánea, van a atravesar las principales ciudades del país a lo largo del siglo pasado.4 Lo “popular urbano” es el sello distintivo en estos nuevos escenarios identificados con la efervescencia de lo colectivo. Justo allí donde comenzaron a desarrollarse las experiencias de interrelación entre sectores cada vez más identificados con el entorno cambiante de la ciudad, que fueron alterando las rutinas tradicionales del ocio y rehaciendo las estrategias que permitieron romper —al menos de forma simbólica— las jerarquías que una sociedad tradicional impone. Están naciendo así los sueños modernos de una cultura, cuyos nuevos territorios ofrecen asiento y lugar de encuentro a sectores medios y populares.

Dos acontecimientos podrían considerarse emblemáticos en este conjunto de transformaciones que se producen en la cultura venezolana en su encuentro con los medios masivos. El primero de ellos es la visita a Caracas de Carlos Gardel en abril de 1935. Evento que conjugó de forma ejemplar algunos de los elementos que se estaban incorporando al país desde el mundo industrializado: el buque a vapor, el tren y el avión que trasladan al artista, la difusión a amplia escala de sus discos y películas, la radio y la prensa convertidos en agentes de propulsión de la cultura popular, y una multitud de admiradores integrada por lo más amplio del espectro social, que en auto y a pie se dirigen a la estación del tren para recibirlo.5 Se reconoce así por primera vez la figura de un ídolo popular de nuevo cuño, al margen de las promesas de redención política de la tradición caudillesca decimonónica, cuyo origen y configuración se encuentran ahora concentrados en su físico, en su música, en sus películas y en su talento para encantar a los jóvenes de todas las clases sociales. Estamos justo en el momento en que se está produciendo el proceso de transición que va del “pueblo” al “público”, determinado fundamentalmente por los “modos de recepción que [pone] en funcionamiento un creciente circuito cultural bajo la marca de lo masivo” (Martín-Barbero 1987, 31—43). Un proceso que tiene aquí como particularidad, el hecho de que se produce simultáneamente con la aparición de la sociedad de masas que está originando el enclave petrolero, casi un siglo después que tuvo lugar en Europa y los Estados Unidos.

El segundo acontecimiento a considerar en este proceso de configuración de una cultura de masas en Venezuela, lo constituye la difusión entre 1949 y 1950 por Radio Continente de la radionovela El derecho de nacer, escrita por el cubano Félix Benjamín Caignet. La trama elemental del hijo natural —lugar común de la sociedad tradicional venezolana— conjugada con la del ascenso y la mezcla social, se convirtieron en todo un suceso para una sociedad en plena transformación, que encontró en el melodrama radial interpretado por actores locales el lugar que desde el siglo XVIII había tenido en Europa el folletín sentimental como motor de la ensoñación popular.

Con El derecho de nacer la radio comenzó a influir de manera generalizada en las rutinas cotidianas urbanas. Lo que puso de relive la revolución que desde los medios de comunicación se hallaba en marcha, con la constitución de una cultura industrial masiva. Esta incorporación de mayores contingentes de la población a lo que sucede en el centro de la sociedad, y con ello el posterior desarrollo de una relación de mucha mayor cercanía con las nuevas instituciones y los valores que desde los medios se estaban originando, hicieron que la radio, y sobre todo el melodrama radial, ofreciera por vez primera a amplios sectores populares las herramientas para la ejecución de complejas estrategias de incorporación a lo que Beatriz Sarlo llama una “cultura común” (1992, 15).

Este proceso, que podría ser descrito como “un mayor sentido de adhesión a la sociedad (…), y una mayor afinidad con sus iguales”, tuvo como resultado la visibilización de una sociedad de masas, por la integración “relativamente libre y sin coacción ninguna” de sus consumidores (Shils 1985, 141). Por ello, si Daniel Bell se atreve a conjeturar sobre la fecha en que la revolución de los medios audiovisuales estableció en los Estados Unidos una verdadera sociedad de masas con la representación de Peter Pan en televisión, no cabe duda de que en la Venezuela que ensaya una modernidad impulsada por el petróleo, un hito comparable podría establecerse con ese período en que Radio Continente transmite El Derecho de Nacer a una audiencia que comienza a reconocerse ávidamente no sólo en los diálogos, en las situaciones y en los personajes, sino fundamentalmente en la experiencia moderna que comienza a configurarse alrededor de la forma de recepción del mensaje hertziano.

Y ello porque más allá del alcance limitado y las implicaciones que para la élite letrada de hasta mediados del siglo XX pudieron tener ficciones literarias como Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra (1929), o Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929), El derecho de nacer tuvo la cualidad de servir, con su retórica del amor, la familia y la sexualidad, de traductor espontáneo de esa élite, en sus intentos de hacer visible a los sectores sociales que se estaban sumando a la vida activa del país, del proyecto nacional de tipo clasista, machista, jerárquico y autoritario al que debían adecuarse. En el marco de la nación y el Estado venezolano moderno que estaba delineándose, y en virtud de su función como espejo social a la vez que agente conciliatorio de las diferencias, la paradoja consistió en que el melodrama de Caignet adquirió el carácter de lo que Doris Sommer (1991) definió como “ficciones fundacionales”.

Comentarios finales

El papel preponderante desempeñado a lo largo del siglo XX por el petróleo en los procesos de transformación cultural de Venezuela es un asunto que está hoy fuera de toda discusión. La idea de Venezuela como moderna nación petrolera, esto es, el petróleo como sustrato geológico de la modernidad venezolana y a la vez como determinante de los relatos de la nación -con toda la carga de contradicciones que esto conlleva- parece hoy estar más vigente que nunca. La centralidad alcanzada por la “estructura petrolera” como determinante del panorama nacional a lo largo de la última década ha abierto las puertas a una revaloración de determinados procesos de la historia venezolana que parecían dejados de lado.

La actualización de una cierta perspectiva petrolera ha permitido así la actualización del prisma con que observar las continuidades y dicontinuidades históricas del paisaje de la cultura, la comunicación, y sobre todo, de la confi guración de las identidades nacionales. En este papel de trabajo he intentado ordenar muy esquemáticamente —bosquejando ciertos detalles— algunos de estos procesos. No obstante, el campo de estudio es bastante más amplio de lo que he podido alcanzar a mirar desde aquí. Enormes porciones de éste han sido apenas abordadas, por lo que todavía queda mucho por decir.

Notas

1 Perspectiva que devino dominante en Venezuela aupada, entre otras fuerzas, por el impulso de la ensayística de intelectuales como Mariano Picón Salas.

2 El término es de Ramón Santaella, en su trabajo “La dinámica del espacio venezolano durante el gobierno de Gómez.” Tierra Firme. Revista de Historia y Ciencias Sociales. (Número especial dedicado al gomecismo) Vol III, 12: 629—636.

3 En 1928 Venezuela era el segundo productor mundial de petróleo —detrás de los Estados Unidos— y el mayor exportador. La crisis económica mundial impuso al café y el cacao, productos tradicionales de exportación del país, una considerable merma en precios y volumen de producción de la que no pudieron recuperarse, mientras simultáneamente la renta petrolera se convirtió en el elemento determinante de la economía del país. Al respecto es útil el trabajo de Consuelo Ascanio. 1985. “Consideraciones sobre el café venezolano entre 1908—1935.” Tierra Firme 12: 613—628; y el ya mencionado trabajo de Ramón Santaella, en el mismo volumen.

4 Ver: Almandoz, Arturo. 2006. Urbanismo europeo en Caracas 1870—1940. Caracas: Fundación para la cultura Urbana. Para una descripción de los cambios espaciales de la ciudad en relación con la expansión del cine es útil el trabajo del arquitecto Nicolás Sidorkovs. 1994. Los cines de Caracas en el tiempo de los cines. Caracas: Armitano Editores

5 En su trabajo Bulla y buchiplumeo, la investigadora venezolana Raquel Rivas Rojas (2002) recoge las crónicas sobre la visita de Gardel publicadas por la prensa de la época y analiza parte de los cambios que experimentó la sociedad en su tránsito a la experiencia de lo masivo.

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