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Tiempo y Espacio
versión impresa ISSN 1315-9496
Tiempo y Espacio vol.27 no.68 Caracas dic. 2017
Alexander Torres. Un sentido a nuestros destinos. La función utópica en Bolívar, Martí y Rodó. Caracas: Fondo Editorial Fundarte, 2017.
Miguel Arcángel Manrique Torrealba
Estudiante de pregrado, Instituto Pedagógico de Caracas. E-mail: miguel.manrique.torrealba@gmail.com

La obra que me dispongo a reseñar en esta ocasión es la galardonada con el premio de Literatura Stefania Mosca 2016, en la mención Ensayo.
Nuestro egregio autor es el profesor Alexander Torres Iriarte, quien realiza un profunfo análisis crítico sobre la función utópica del Libertador mediante la Carta de Jamaica (1815), del Apóstol con la obra Nuestra América (1891), y del creador del arielismo con su Ariel (1900).
Este, su libro más reciente está dividido de la siguiente manera: Sobre la función utópica (a modo de introducción), Ideas para la emancipación es el título con el que perpetra el estudio exhaustivo del hombre de las dificultades, Trincheras de ideas es el epígrafe con el que decanta al Apóstol y finalmente La belleza de las ideas para examinar al trascendental y sempiterno José Enrique Rodó.
Sobre la función utópica, es un preámbulo acompañado de cierta complejidad y que debe estar abrazado de otros textos de filosofía para arrojar claridad sobre el contenido. Es de suma importancia comprender la introducción para consagrar la inmensa dimensión que tiene el libro en su integridad.
El lector se encontrará con un preludio que muestra gradualmente como la magnitud de la utopía, del discurso, de nuestro latinoamericanismo, de la otredad, de la transformación, del reencuentro nuestro americano, van integrándose extraordinariamente hasta alcanzar la función utópica en Bolívar, Martí y Rodó a través de las obras escogidas por nuestro autor.
Su primer capítulo, Ideas para la emancipación, inicia contextualizando la situación por la que franqueaba Bolívar para 1815. Para ese entonces ya el Libertador cargaba en sus haberes dos pérdidas del proyecto republicano que soñaba para su patria. La primera derrota fue en julio de 1812 y buscó amparo en la hermana república de Nueva Granada, empero, para la segunda; decide renunciar a sus responsabilidades militares de república neogranadina y se marcha a Jamaica, una colonia británica en el Caribe, donde se instala siete meses e intenta alentar a Gran Bretaña en la consolidación de la independencia de Nuestra América.
Bolívar en su carta de Jamaica hace un análisis geopolítico aún sin poseer el reservorio bibliográfico para argumentar sus comentarios1 como él mismo lo aduce en su contacto epistolar con el señor Henry Cullen. No obstante, son doce autores que evoca el Libertador para ensamblar su misiva acompañado de su estilo romántico y neoclásico como afirma Bermúdez.
Allende de las características de forma, el fondo es el de un hombre con un profundo sentimiento antiimperialista, que reclama un porvenir distinto al que se está urdiendo, lo que Roig llama un futuro autentico, como un posible otro y no como vulgar calco acaecido2.
Esto nos lleva al razonamiento que la utopía es la negación de la topia, del sistema, de lo establecido, de la supuesta naturalización de la realidad que es inalterable, por lo que la utopía no es una ilusión inalcanzable es la posibilidad de fracturar viejos esquemas y cánones. La utopía no es lo imposible sino lo posible.
Retornando al status quo del tercer quinquenio decimonónico, nos hallamos con un Bolívar derrotado, hospedado en una pensión bastante modesta en la que parecía concurrir muy malos clientes y el Libertador era candidato a no pagar muy bien, debido que estaba pasando por los más deleznables episodios económicos, exiliado y sólo tenía a su favor el deseo de ver a su América unida y liberada de la sujeción del Imperio Español. ¡Que más utópico que la magnánima locura y dignidad de este hombre en tan enrevesado contexto! Por lo que el Libertador es el emisario del alba que hace sucumbir al imperialismo español al sur del continente.
Trincheras de ideas, es el título que le otorga el autor a su segundo capítulo para abordar la función utópica en la obra de Martí; Nuestra América.
El Maestro al igual que su homólogo venezolano decidió asir el mismo estandarte: la lucha antihegemónica contra cualquier imperio, incluso el Apóstol era un obcecado admirador del Libertador. Lo que manifiesta que lo leyó, estudió e hizo una síntesis de él.
El profesor Alexander Torres glosa claramente que el discurso utópico del Maestro es patente en su denuncia de la gravedad del momento que atraviesa la región, tanto por la injerencia estadounidense como por la apatía de los latinoamericanos en general, y la necesidad de conocernos para unirnos3.
Martí tuvo que luchar con la apatía, el conformismo y el endorracismo que merodeaban por el chispazo de tierra sobre el mar en el que había nacido, estos tres jinetes apocalípticos van carcomiendo a cualquier sociedad, más aún si ésta se encuentra oprimida por cualquier imperio.
De la misma manera que Bolívar estuvo siempre convencido que la integración latinoamericana era la solución para erradicar el germen español de nuestras tierras, por su parte Martí sostenía esa máxima para el pueblo cubano y para la evolución de todos los pueblos caribeños que aún sufrían los enraizados flagelos del colonialismo.
Es menester recordar que ya en Europa estaba en auge la corriente positivista que había iniciado con Augusto Comte, Henri de Saint-Simon y John Stuart Mill en los albores del siglo XIX. Sin embargo, Martí de ninguna manera se vio limitado por esta corriente y planteó en su imperioso ensayo la identidad latinoamericana y la necesidad de crear y heredar a las generaciones en ciernes la escisión con los modelos eurocéntricos e inventar sus propios esquemas, multi e inter culturales, su identidad, reconocerse y rescatar la otredad, vale decir; a nosotros mismos.
La belleza de las ideas, hurga la complejidad que acompaña a José Enrique Rodó en su ensayo, la sublimidad escritural, la magnificente horma grecolatina que acompaña a ésta y la función utópica en su ensayo Ariel que es lo que más nos respecta.
En cuanto al último elemento, la función utópica en la obra de Rodó, Podetti acota la necesidad de cerrar el ciclo de la negación del pasado y la tradición iberoamericana, porque ello era un lastre que socavaba la necesaria afirmación de los países frente al desafío del siglo XX4. Allí vislumbra con claridad la postura antipositivista de Rodó y la negación de una temporalidad homogénea o cíclica como los mitos.
Hay un parangón que es menester realizar entre el Apóstol y Rodó, aunque ambos confluían en la esencia de un futuro creador, el discurso del primero estaba dirigido a todas las masas excluidas y que sienten los flagelos del invasor, mientras el del segundo, es más exclusivista y lo dirige a una clase social, la incipiente burguesía de la época.
Increpa fuertemente a la sociedad del Norte, porque está cargada de taras atávicas, no posee conciencia nacional, está invadida por objetos tecnológicos, pero vacía de espiritualidad, es una sociedad que tiene sus insondables carencias y por consiguiente debe ser repudiado por cualquier pueblo latinoamericano. De lo contrario esto pasaría a formar parte de nuestro desconocimiento y autorechazo.
Otro tema que problematiza Rodó es la democracia, no es la democracia per se, ( ), sino su núcleo central: la igualdad. Igualdad homogeneizadora, negadora de la natural superioridad de unos sobre otros5. A medida que se va avanzando en la lectura del ensayo el profesor Torres nos sugiere que lo que plantea Rodó es que la democracia debe ser ejercida únicamente por la burguesía, y el elemento rescatador democrático está en la accesibilidad de la educación para todos.
Sin embargo, su discurso es para que esa clase elitista administre un Estado responsable
y, aquí difiere con Nietzsche, no olvide que todos los seres racionales meritan amor.
Es Rodó un amante de la cultura grecolatina y asume la ágora como el culmen para lo que deben ser las ciudades, la polis. Espacios para la discusión intelectual, la lectura de lo interno, el porqué de las cosas. Rodó expone que sólo el pensamiento y la belleza deben ser columnas vertebrales de la existencia social, así como la distribución física de la ciudad6. Ya el autor de Ariel atalayaba en lo que se convertirían las ciudades en la actualidad en Nuestra América.
El individuo debe hacer cambios en su microcosmos para que este a su vez vaya proliferándolo a toda la sociedad, es uno de los planteamientos del intelectual uruguayo.
No en vano es considerado, Rodó, el maestro de la juventud, la reafirmación la realiza el profesor Torres hacia el progreso tiene la juventud que conducir a la América Latina, con tesón y paciencia, con abnegación y fe en el futuro, con la certeza de que el objetivo tarde o temprano se conquistará.7
A guisa de cierre se devela un eje axial en el que los tres protagonistas de nuestra historia están consustanciados: impugnar esquemas extranjeros europeos o de la potencia emergente del norte. Estamos obligados a pensarnos, reconocernos, reencontrarnos y a ser agentes creadores y dinamizadores de nuestra realidad, paridores de un futuro distinto al que la realidad pueda avizorarnos.
El hombre de las dificultades disemina la génesis de nuestra identidad cuando aludimos a la afamada Carta Profética no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles8 y expone ulteriormente la complicada antítesis que trasciende hasta la actualidad siendo nosotros americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallemos en el caso más extraordinario ( )9.
Únicamente con el gentilicio que se nos nominó, latinoamericanos, es suficiente para tener que explicar qué tipo de americanos somos, justificar nuestra idiosincrasia, nuestros patrones culturales, la forma de colonización y descolonización, la forma de estructurar nuestros Estados-Naciones todo esto distinto a los Americanos del Norte.
Juan Calzadilla diría que así como el europeo no ha necesitado asomarse a América para construir su sistema de mundo, a nosotros, los latinoamericanos, se nos ha impuesto conocer, estudiar, practicar y predicar a Europa desde que tenemos uso de razón10. Este es el precio de llegar tarde a la civilización occidental.
El Apóstol y Rodó también hicieron valiosísimos aportes a la identidad Nuestramericana, Martí siempre se solidarizó con los sectores más excluidos, estaba convencido de que la solución para emanciparse era cultivando en quienes constituían el motor dinamizador de la época; vale decir, negros, mestizos y pardos y aunado a ellos la integridad perenne de los países de América Latina y el Caribe que sucumbían al nuevo yugo estadounidense.
Por lo que hay que reconocer que la tan acreditada integridad puesta en manifiesto taxativamente por el Libertador y el Apóstol no es uno de los elementos asincrónicos en la actualidad, respetando el contexto de nuestra época y sorteando viejas estructuras que sí son de gran utilidad y con una vigencia pulcra para mantener a Nuestra América escindida es necesario colocarla de nuevo en la palestra.
En síntesis, el ensayo elaborado por el profesor Torres Iriarte debe ocupar un espacio de la biblioteca de cualquier educando o docente de historia, sociología, filosofía u otra ciencia social que desee tener un material de consulta permanente sobre el pensamiento Nuestro Americano.
Notas
1 Alexander Torres Iriarte, Un sentido a nuestros destinos, 38.
2 Ibíd., p. 25.
3 Ibíd., p. 69.
4 Ibíd., p. 105.
5 Ibíd., p. 126.
6 Ibíd., p. 136.
7 Ibíd., p. 136.
8 Vladimir Acosta, Independencia, soberanía y justicia social en el pensamiento del Libertador Simón Bolívar, p. 40.
9 Ibíd., p. 40-41.
10 Juan Calzadilla, Trozos de un diario descocido, males mínimos p. 7.












