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Revista Venezolana de Estudios de la Mujer

versão impressa ISSN 1316-3701

Revista Venezolana de Estudios de la Mujer v.11 n.27 Caracas jul. 2006

 

Perspectiva narrativa y género en malena de cinco mundos de Ana Teresa Torres

Beatriz Alicia García1

bealgama@yahoo.com

RESUMEN

El rol genérico como construcción social ha influido notablemente en la identidad y el accionar de la mujer a través de la historia. La Iglesia primero, y el Estado moderno después, establecieron las pautas de relación entre los géneros, colocando a la mujer en una posición subalterna respecto al hombre, y encerrándola en los espacios del hogar y en el rol de madre. Luego de varias décadas de “liberación” femenina son pocos los cambios reales en ese orden de cosas. Algunas mujeres escritoras contemporáneas representan esta problemática en sus textos ficcionales. Este trabajo se propone mostrar cómo la perspectiva narrativa del texto escogido se organiza en función de privilegiar la figura femenina y cuestiona asimismo la configuración social de los roles de género.

Palabras claves: Mujer, literatura, historia, roles sociales, Venezuela.

ABSTRACT

The gender role as a social construction has influenced widely the identity and praxis of woman throughout the history. Firstly the Church, and modern State afterwards, both set up the patterns of relationship between genders, dismissing woman to a second place respect to man, and closing her in housekeeping and mother role. After several decades of feminine «liberation» the great changes reached are really few about this condition. Some women contemporary writers gather this problem in their fiction texts. This article intents to depict how the narrative perspective of the chosen texts is organised in function of setting a privilege of feminine figure and questioning likewise the social patterns of gender roles.

Key words: Woman, Literature, History, Social roles, Venezuela.

1 Maestrante en Literatura Venezolana de la UCV y articulista

Nadando entre dos aguas: el difícil arte de asumir dos discursos contrapuestos

Si la familia es un lugar de excelencia para que los historiadores encuentren a las mujeres, es claro que no es el único en el que ellas se mueven, de manera que conviene atenderlas también en otros ámbitos y es en relación con ellos que debemos hacer preguntas que den cuenta de la especificidad del sujeto femenino (...) Ni el sujeto femenino se desarrolla únicamente en el ámbito privado ni la familia está aislada del mundo exterior.

Soledad González Montes y Julia Tuñón,

Familias y mujeres en México

-Ay, qué nota, tú eres una ejecutiva superestresada, me di cuenta en seguida.

Ana Teresa Torres, Malena de cinco mundos

Tal como se anuncia en el título de este trabajo me propongo ofrecer una lectura de la novela Malena de cinco mundos de Ana Teresa Torres, articulándola desde el modo en que está configurada la perspectiva de narración; pero tomando en cuenta aspectos ajenos al texto en sí, que se enmarcan dentro de los estudios de género: representación de la mujer en el texto, planteamiento de temas inherentes a la problemática genérica, modos de interrelación entre los sexos, mujer y familia, mujer y contexto social.

La configuración de la identidad femenina en nuestra cultura ha estado marcada de manera enfática por una sociedad de signo patriarcal, que ha hecho a la mujer básicamente objeto (del hombre) y no sujeto a la hora de configurar su mundo. Ha sido objeto de escarnio (Eva, la pecadora), objeto de culto (la virgen María, imagen de pureza y abnegación), objeto temido (Circe, la bruja), objeto de deseo (Calipso). Sea cual sea el modo en que se la haya representado, positiva o negativamente, aún hoy se la ve, se la explica, se la sigue configurando desde una mirada ajena, que la enmarca en un determinado rol, en un “deber ser”: El lugar primordial de la mujer es el ámbito doméstico, a ella compete organizar la dinámica en el hogar: la limpieza del hogar, de la ropa, la cocina de los alimentos, la crianza de los hijos y su educación ciudadana, social. “Las mujeres son las casas, los hombres sólo entran y salen de ellas”, expresa la escritora chilena Marcela Serrano en su novela Para que no me olvides (Alfaguara, 1997).

Ejercer ese rol, ser la figura central en el hogar, asumir esa responsabilidad se ha asociado con una manera de ser y una manera de comportarse, de actuar, que con frecuencia puede crear contradicciones, conlleva el sacrificio del ser ante el deber hacer (para otros) y en la intimidad ser el receptor (pasivo) del afecto, si lo hay, o del cuerpo de la figura masculina.

Este “deber ser” de la mujer, su rol dentro y fuera del hogar básicamente responde al respaldo y el afianzamiento de un orden social, económico, político, ideológico y cultural que tanto la Iglesia, originalmente, y luego el Estado moderno, a partir del siglo XVIII, buscaron afianzar, al imponer a través de leyes y estamentos lo que debía ser la relación hombre-mujer, consagrada a través del matrimonio. Durante siglos se entendió el matrimonio como una suerte de contrato mercantil, generalmente acordado por los padres de los contrayentes, para dar continuidad a un legado económico, social y cultural. Luego, en tiempos muy recientes, menos de un siglo, este vínculo se hace a libre escogencia de los interesados y se cimenta en una suerte de mito cultural: el amor. Es así como seguimos concibiendo hoy en día la unión entre hombres y mujeres. Expresa Cecilia Rodríguez Dorantes, investigadora mexicana:

La normatividad cultural, expresada mediante mitos concretos, sigue predominando, tal y como lo demuestran, por ejemplo, la aceptación de una cierta idea del “amor” como “pasaporte” para contraer matrimonio, la “promesa” del matrimonio como la fuente de la felicidad principalmente para las mujeres, la idea de los hombres como proveedores de todo tipo de satisfacciones, la maternidad como deber ser del matrimonio y deseo “natural” de toda mujer, entre otros. (Rodríguez Dorantes, 1997: 202)

Hoy en día, cuarenta años después del inicio de la “liberación femenina” y de que por diversas razones la mujer empezó a “agarrar calle”, a desempeñar labores fuera del hogar, ya no es posible representarla únicamente en estos roles establecidos por la tradición cultural. Trabajar fuera del hogar conlleva ajustarse a una dinámica distinta, que hace difícil seguir siendo y seguir comportándose de la misma manera. Este es quizá el drama de Malena, el personaje protagónico de la novela de Torres, se encuentra como buena parte de las mujeres contemporáneas, nadando entre dos aguas, entre el ser y el deber ser, entre la mujer transgresora (y lo es en cierto sentido) y la mujer ancestral (lo sigue siendo en otros aspectos, especialmente en lo afectivo). Lo que pretendo aquí es precisamente observar el modo en que el hablante implícito en la novela organiza y representa ese drama, qué perspectiva se nos ofrece de la mujer contemporánea y el modo en que sufre sus “procesos”, y cómo la vida de Malena sirve de pretexto para hacer un recorrido histórico de los roles representados por la mujer a través de la historia, (anteriores encarnaciones del personaje), mientras los Señores del Destino vienen a configurar la mirada acusadora del mandato cultural que juzga a la mujer transgresora y la excluye, le quita el derecho a expresarse, y la borra de los registros históricos.

En una isla del Caribe

Al inicio de la novela encontramos a Malena, vicepresidenta de una compañía de seguros, treinta y cinco años, divorciada, con un hijo de cinco años, haciendo maletas para irse a Margarita por una semana con Martín, su más reciente “proceso” sentimental, parece segura de sí misma y de lo que quiere, pero en realidad tiene muchas contradicciones por resolver, muchas dudas e inseguridades. Malena no es sólo Malena, Malena es distintas Malenas en la medida que desempeña distintos roles y se mueve en distintos ámbitos. Quien narra nos va mostrando a lo largo de la novela diversas facetas del personaje: Malena hija, Malena mujer, Malena amiga, Malena madre, Malena la ejecutiva que se las sabe todas.

Malena, como toda mujer urbana contemporánea establece cotidianamente múltiples relaciones, de distinta hondura e intensidad de acuerdo al lugar, la situación, la persona con quien esté y asume de acuerdo al contexto determinada actitud, determinada postura. La dinámica establecida por el personaje frente a las personas que la rodean se va presentando al lector a través de una narración en tercera persona, narrador heterodiegético. Quien narra no está dentro de la trama, no participa en ella, narra acontecimientos ya ocurridos, en pasado, inmodificables, como un libro ya escrito y publicado, sobre el que puede reflexionarse pero no puede ser modificado. Malena ya ha muerto, es un expediente cerrado. Y Malena precisamente está cuestionando ante los Señores del Destino su expediente de vida, su “archivo” que ha sido llevado, manipulado, por los Señores del Destino. Es por ello que su última vida, que ha transcurrido entre 1957 y 1992, e igualmente las anteriores, se van desplegando ante el lector.

Aún cuando la perspectiva narrativa está situada en tercera persona quien narra va acompañando de cerca al personaje tanto en sus acciones (hacer la maleta, escoger su ajuar vacacional, tomar un taxi, irse de tiendas) como en sus pensamientos y sentimientos. En algunos momentos, inclusive Malena toma directamente la voz narrativa:

Uno debería ir olvidando a medida que vive, ir olvidando todo el pasado, y también que ya ha pasado, incluso olvidar el futuro. No tener esa conciencia historicista de uno mismo que jode tanto. (p. 13)2

Podemos notar, sin embargo, a pesar de una cierta empatía del narrador con el personaje que hay una cierta diferencia entre lo que el narrador nos dice que hace o piensa Malena y una suerte de correlato paralelo que va apareciendo a través del texto cuando el personaje está a solas. A través de ese correlato se esboza otra Malena más frágil, llena de dudas, de carencias, de temores, que de modo reiterado se refugia en imágenes del pasado relacionadas con la pérdida o el fracaso, o recrea lejanos episodios de la infancia. Veamos algunos ejemplos:

Llovía y Malena tuvo un breve estremecimiento de abandono cuando cruzó la calle y se dirigió al estacionamiento (p. 11, cursivas nuestras)

Cada vez que recordaba los episodios culminantes de su vida le parecía que eran como los huecos de las calles: casualidades interpuestas para meter la pata. (p. 13, cursivas nuestras)

2 La presente cita como las que se hacen en adelante corresponde a la edición: Torres, Ana Teresa. (2000) Malena de cinco mundos. Caracas: Editorial Blanca Pantin.

Malena tenía la habilidad de hacer descripciones destructivas, una habilidad innata. Su descripción de Venecia era muy famosa (p. 16, cursivas nuestras) Al quedarse sola reconoció un viejo aburrimiento. Tuvo la sensación de que Martín era un recuerdo de su infancia, cuando su mamá le decía, “cómete las zanahorias que son buenas para la vista” (p. 24, cursivas nuestras)

Alfredo Rivero nació para estropearme la vida. Pero al mismo tiempo pensó que la vida venía siempre un poco estropeada. “La vida es una novela mal escrita”, había dicho Alfredo Rivero alguna vez (p. 24)

Es evidente que la perspectiva de Malena hacia su pasado y lo que le ocurre en el presente no es positiva, es una figura algo melancólica y trágica. Lo que no la hace una de aquellos tristes personajes de la novela clásica, digamos una Ana Karenina, una Madame Bovary, es el modo en que su historia nos es narrada, el tono general de la novela, en el cual se impone la ironía. Esta Malena triste que hemos rastreado podríamos decir que es la Malena ancestral, que siente que no ha podido cumplir como mujer con el mandato cultural, que fracasó en su primer matrimonio, al que antecedieron y siguieron diversos “procesos” sentimentales fracasados. Es su consciencia de soledad lo que la hace frágil.

A modo de reafirmar esta perspectiva de narración del personaje, centrada en la pérdida, que se afianza en la memoria, en la recuperación de afectos perdidos, en la infancia, quisiera mencionar un breve episodio que resulta singular dentro de la trama de la novela por el modo en que está construido, en él confluyen distintos planos temporales y espaciales que enfatizan el modo circular en que parece organizarse el devenir de la vida de Malena, en una suerte de matrioskha que encontramos entre la página 92 y 94.

En primer lugar encontramos a Malena en el presente, en la escapada con Martín a la isla de Margarita, está regresando de una reunión con los adinerados amigos de Martín en la cual ella considera que no ha sido aceptada por el grupo y ha fracasado en su intento por agradarlos, está muy triste y decide recordar “las escenas de amor perdidas junto 73 a Alfredo Rivero” (p. 92). Esos recuerdos, nos dice el narrador, no le quitan la tristeza, se la aumentan, pero es una tristeza “consoladora”. En un primer flash back el personaje recuerda una salida con Alfredo Rivero, han ido al cine y luego entran en un restaurant, conversan sobre la infancia: “Malena quiere entregarle una niña amorosa que surge con el pelo largo, saltando sobre unas rocas en la arena” (p. 93). Malena está recordando para Alfredo Rivero un lejano episodio veraniego de su infancia con un niño que conoció entonces. Va hacia un segundo flash back:

Se sientan en una roca y él dibuja con un palo unos círculos en la arena, escribe sus nombres, y ella los enmarca con un gran corazón. Alguien lo llama, se oye una voz que dice su nombre varias veces, con insistencia. De pronto, los dos niños echan a correr y se pierden por un momento entre los árboles, a lo lejos se sigue escuchando la voz y él, temblando, se acerca a ella y la besa, luego sale del escondite y corre hacia la voz. (pps. 93-94)

Rememorar este episodio para Alfredo Rivero es un modo de entregarle algo especial, un momento cargado de pureza, pero también de pérdida, Malena no vuelve a ver a aquel niño del lejano verano infantil. Luego Alfredo Rivero también le habla de su infancia y ambos, nos dice el narrador, “desde diferentes esquinas, estiran sus manos hacia sus niños cadáveres no totalmente enterrados, no suficientemente olvidados” (p. 94). En contraste con estas escenas infantiles llenas de lirismo, que parecen escenificarse en un tempo lentísimo, como detenido, el narrador cierra ambos flash back, ese momento de intimidad entre Malena y Alfredo, y el recuerdo de infancia de ambos, con una escena muy llena de vitalidad, Alfredo y Malena son regresados bruscamente al presente por la llegada al restaurant de unos amigos:

 La atmósfera del pequeño restaurante es alegre, muchas personas entran y salen, unos amigos descubren su mesa y se acercan riendo y saludando, se sientan con ellos, piden algo de beber, la conversación cambia y disipa la anterior, desde lejos puede verse un grupo de animadas parejas de jóvenes que consumen la noche del sábado (p. 94).

En estos relatos entrelazados podemos observar varios aspectos, pero destacaría la relación e interferencia de lo público con lo privado, la relación de las tres parejas (Malena niña con niño en la playa, Malena adolescente con Alfredo Rivero, Malena adulta con Martín), se ven invariablemente afectadas, interrumpidas por terceros, por el contexto familiar o social que los rodea. Esto nos lleva a retomar el eje con que iniciáramos estas líneas, el modo en que el medio social, cultural, influye en la relación de pareja, en la consolidación o disolución del vínculo amoroso. Me interesa adentrarme en una Malena que sólo se esboza en la novela pero que nos sirve para representar esa disyuntiva de la mujer contemporánea entre el ser y el deber ser. En el caso de Malena entre ser una super ejecutiva exitosa y ser una ama de casa como lo ordena el mandato social. Veamos.

Es evidente que a lo largo de la novela hay un enfrentamiento entre lo que se espera sea el rol principal de la mujer y la experiencia concreta que viven los personajes femeninos. Tenemos el grupo de amigos de Martín, todos casados en segundas nupcias, tenemos la pareja no institucionalizada de Malena y Martín, y la concepción de pareja que nos ofrece Romina, hija adolescente de Jessie, una de las amigas de Martín. En las amigas de Martín parece imponerse la conveniencia económica y social como base del vínculo de pareja, la pareja de Malena y Martín está “en proceso”, y la misma Malena se entristece ante esa “demasiado abierta” concepción de la relación de pareja que le entrega Romina, en la que casarse, “jugar a las casitas”, no es en lo absoluto una prioridad: nos dice Malena “el amor ha desaparecido. El amor que yo entendía” (p. 232).

En la práctica el ideal al que hacíamos referencia, citando a Cecilia Rodríguez Dorante, no se cumple; el matrimonio ya no es el vínculo para la felicidad, se hace, se deshace, se disfruta (es el “juego” bajo las sábanas importadas), conviene, si no conviene se acaba. Es el caso de Martín, con su esposa Julia, de la que está separado, pero siguen sin resolver la separación de bienes, y es el caso de Malena, divorciada de Carlos Rengifo porque éste no entendió o acompañó su crecimiento profesional, su transformación en superejecutiva: “(Malena) empezó a hacer cosas, únicamente para comprobar que estaban prohibidas, y Carlos a prohibirlas, únicamente para probar que las podía prohibir” (243). Hasta que un buen día Malena metió su ropa en una maleta y se fue.

Pero el mandato social sigue siendo una nostalgia en Malena. A pesar de que su primer vínculo matrimonial la obligó a desempeñar la difícil doble jornada, puesto que los medios económicos de la pareja no le permitían tener ayuda para las tareas del hogar, tal como se lo explica a Romina, y transgredir el mandato de entregarse a esas tareas y ocuparse de la prole, la lleva al fracaso de su primer matrimonio, expresa el narrador: “Malena le explicó que siempre una mujer tiene de alguna manera la responsabilidad del hogar y que, después de todo, había en ello cierto placer” (p.229). En otro episodio con Martín, luego de una de múltiples guerras verbales en que se envían “cazabombarderos”, le pregunta Malena: “¿Te quieres casar conmigo?” (p. 248) y Martín le contesta: “Bueno, a lo mejor un día lo pensamos juntos” (p. 249). A pesar de todo parece aún triunfar el ideal en la puesta en escena que nos hace el narrador, pero luego de temibles discusiones en que el deber ser se pone en cuestionamiento.

Lo que hemos llamado “nadar entre dos aguas”, al inicio de estas líneas, sigue siendo un problema no resuelto tanto en la trama de la novela como en la vida real. Porque es de suponerse que así como el mandato social nos dice que el lugar de la felicidad femenina es el hogar, hoy, el mandato social también nos dice que para crecer y desarrollarse en lo personal la mujer debe destacarse en otros ámbitos, debe destacarse profesionalmente. Y eso tiene un precio, y exige dedicación, esfuerzo, como otrora dedicarse enteramente al hogar, cuando no existían lavadoras ni secadoras, ni lavaplatos, ni moulinex, o lavanderías, agencias de festejos, supermercados, comida congelada, guarderías, etc. Tanto como han cambiado las relaciones dentro del hogar han cambiado las relaciones y los espacios fuera de él. Lo que se exige y espera de una profesional mujer, al menos para la mujer que pertenece a la clase media, es que ésta compita dentro de su campo profesional con su propio sexo, con el sexo opuesto, y salir victoriosa en la batalla. Debe ser lo más productiva posible en un mundo cada vez más especializado y tecnificado y, dentro del hogar, atender a su pareja y a sus hijos si los tiene, que le exigen también que cumpla con su rol de madre y esposa.

Esto es algo que se enfatiza constantemente en la novela, la situación de la mujer según su clase social, según su situación económica. Malena es una mujer “clase media-media”. Las amigas de Martín, por ejemplo, no están obligadas a trabajar, ya no lo hacen, son mujeres que eran clase baja pero ahora pertenecen a la “altísima”. Asimismo sabemos que la mamá de Malena, a pesar de ser clase “media-media” no trabajó en la calle, porque en su época era otro el mandato social. Hay una doble perspectiva en la novela de lo que “debe ser” el rol de la mujer: por una parte una perspectiva que varía según la clase social y por la otra, hay una variación histórica a través del tiempo.

Los archivos perdidos: las voces silenciadas

Nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, calificado para hacerlo. Más preciso: todas las regiones del discurso no están igualmente abiertas y penetrables; algunas están altamente defendidas (diferenciadas y diferenciantes) mientras que otras aparecen casi abiertas a todos los vientos y se ponen sin restricción previa a disposición de cualquier sujeto que hable.

Michel Foucault El orden del discurso

Visión polifónica de la problemática entre el ser y el deber ser

En la novela Malena de cinco mundos podemos observar una evidente focalización de la perspectiva de narración hacia la mujer y problemáticas inherentes a lo femenino. Ya hemos visto en la Malena del siglo XX la disyuntiva entre ser una mujer “moderna”, es decir, ejecutiva exitosa agresiva que lleva las riendas de su vida, construye su propia historia, decide lo que quiere hacer con su vida sentimental, su cuerpo, su sexualidad, y la Malena “ancestral”, que quiere volver a casarse, tener un hogar, ser aceptada socialmente. Más allá del personaje protagónico podemos trazar, como hemos mencionado, dos ejes temporales que representan múltiples puestas en escena sobre lo femenino, un eje sincrónico, que abarca distintas clases sociales, y otro diacrónico, visión de lo femenino a través de la historia, y asimismo en distintos estratos sociales.

El primer eje, construido en la novela dentro de la historia de la Malena del siglo XX, personaje protagónico, opone en el presente evocado por los Señores del Destino, “En una isla del Caribe”, diversas figuras femeninas, de diversas edades y clases sociales. La mamá de Malena, evocada en la distancia, y las amigas clase alta de Martín, defensoras del matrimonio y la monogamia, centradas en el rol de ama de casa, podríamos decir que refuerzan la perspectiva tradicional patriarcal del “deber ser” de la mujer, que debe centrarse en el hogar. Malena, ejecutiva clase media, representa, como hemos visto, la disyuntiva de la mujer profesional, que se debate entre centrarse en su propio crecimiento personal y cumplir con el mandato cultural de casarse, cuidar de la prole. Un tercer eje lo constituyen Virginia, del grupo de amigas de Martín, divorciada, dueña de una galería de arte, que ha decidido centrarse en su desarrollo personal y profesional, sacrificando el hogar y la maternidad (se hace practicar un aborto), y asimismo encontramos a Romina, adolescente, hija de Jessie, otra de las amigas de Martín, quien tiene una idea bastante abierta de la relación de pareja, en la que la estabilidad y el amor no están en su horizonte de expectativas, por lo menos no a corto y mediano plazo.

Igualmente, aparece el esbozo, a través de la evocación de Martín, de Julia, de quien está separado, que representa, de igual modo a la mujer “ancestral”, defensora a ultranza de su “deber ser”, razón por la cual no termina de darle el divorcio. Esta perspectiva se ve reforzada a través del personaje Susana, mejor amiga de Julia, a quien Martín y Malena se encuentran en su escapada a Margarita, quien como persona interpuesta insulta a Malena, la llama prostituta, en defensa de los valores sociales, en defensa de la aún esposa de Martín. Martín y Julia se han separado precisamente por una aventura extramarital de Martín con una joven secretaria de su empresa. Se iguala o confunde a Malena con ella.

Esta gama de personajes nos ofrece una visión múltiple del tema relación de pareja, desde un punto de vista femenino, e igualmente están representando la grave crisis contemporánea en torno a las formas de relación entre los sexos. El tema matrimonio, y especialmente el tema familia, son conceptos mutantes, difusos, en crisis. No vemos en toda la trama de la novela la interacción de una familia constituida.

Salvo en las lejanas evocaciones de Malena de su núcleo familiar antes de la muerte del padre.

Lo que reina en la trama son las separaciones, o uniones cuya base está en lo económico. A través de la rememoración de la historia erótico-sentimental de Malena tenemos diversos grados de relación, que van desde su proceso “legal” ya finalizado con Carlos Rengifo, pasando por su ya larga relación intermitente con Alfredo Rivero, hasta una aventura de una tarde. Los amigos de Martín todos han disuelto sus primeros procesos “legales” y se han vuelto a casar. La adolescente Romina ha terminado un noviazgo formal, porque aún no tiene interés en “jugar a las casitas”, y tiene un “empate” fabuloso que no tiene ningún interés en la formalidad.

Pero curiosamente se refuerza en la perspectiva narrativa la defensa de los valores sociales tradicionales, por lo menos en lo que se refiere a la clase alta, la separación o el divorcio son para ese grupo social malas palabras: “Un matrimonio que andara mal era una amenaza para el grupo” (p. 152). La separación conlleva, en esto se hace énfasis, un problema de tipo económico. No se trata de un problema afectivo, emocional, “se nos rompió el amor”. Lo problemático de la separación de Martín y Julia es el arreglo económico que conviene, o la “venganza” de Julia, que si bien no ama a Martín, no quiere dejarlo libre, hasta que sólo pueda querérselo por su cuenta bancaria.

Los motivos que lo llevan al matrimonio se centran igualmente en lo económico y social, son razones prácticas: “Se había casado con Julia porque le pareció que tenía edad para casarse, porque formaba parte de su imagen de empresario cada vez mejor relacionado, porque no le gustaba vivir solo” (p. 26)

Si bien el énfasis de la perspectiva narrativa está puesto en las figuras femeninas, no dejan de plantearse también problemáticas respecto al rol genérico desde la perspectiva masculina. Tenemos, por ejemplo, a un Martín entristecido cuando Malena, a petición suya, le relata algunas de sus experiencias sexuales. Expresa luego Martín: “Hay una fantasía difícil de perder y es la de que el hombre es quien le enseña a la mujer qué es el amor” (p. 245). Antiguos valores como la virginidad o la fidelidad que parece han perdido vigencia en la actualidad, en el fondo, tal como se reitera en la trama, siguen siendo de manera no explícita, no admitida, valores socialmente importantes. Así encontramos, igualmente en boca de Martín quizá una de las frases más repetidas por el sexo masculino del planeta ante la recriminación de una mujer luego de una infidelidad: “Las mujeres le dan demasiada importancia a que un hombre se acueste con alguien -sentenció Martín con su voz de Sócrates- Ya te has puesto de mal humor” (p. 101).

Luego de más de tantas décadas de “liberación femenina”, pareciera que siguen habiendo en la relación hombre-mujer “fantasías difíciles de perder”, tal como plantea el personaje Martín en la frase ya citada. La primordial, que sigue llevando a buena parte del género humano, y a nuestros personajes de Malena de cinco mundos, al matrimonio o a la reincidencia matrimonial, es aquella de los cuentos de hadas: “Se casaron y fueron felices para siempre”. Una fantasía muy difícilmente llevada a cabo en la realidad.

Ser “moderno” o “moderna”, como pide Malena a los Señores del Destino, dificulta con frecuencia lograr ese ideal, nos enfrenta a no pocas contradicciones. Las transformaciones sociales, por otra parte, no han cambiado en lo esencial la dinámica entre los sexos, la cual ha sido, y sigue siendo, jerárquica y compleja. Pareciera que forma parte de la dinámica cultural o la naturaleza humana, o ambas, el que hombres y mujeres tengamos diferentes puntos de vista o enfoques sobre lo que es una relación de pareja y lo que esperamos el uno del otro. La confrontación entre las expectativas y lo que efectivamente obtenemos de una relación con frecuencia es un problema del que no logramos salir airosos. Así Martín y Malena en la trama de la novela y sus reiteradas discusiones en torno a los roles de género, y lo que esperan el uno del otro.

No importa, como veremos más adelante en el eje diacrónico, si es el hombre o la mujer quien se impone, o si a veces se impone uno y otras veces el otro. Lo cierto es que cuando hablamos de relación de pareja hablamos de una relación generalmente planteada por nuestra cultura en términos jerárquicos, aunque con más frecuencia a favor de la figura masculina:

Los sistemas de género -no importa en qué período histórico- son sistemas binarios que oponen la hembra al macho, lo masculino a lo femenino, rara vez sobre la igualdad, sino, por lo general, en términos jerárquicos. (Comway, Bourque y Scott, 1998: 177)

Perspectiva diacrónica

La perspectiva diacrónico-histórica de la novela en torno a la figura femenina refuerza la perspectiva cultural según la cual la relación entre los sexos se da en términos jerárquicos. Pero, ¿cómo se organiza estructuralmente ante el lector dicha perspectiva en la novela que estamos analizando? Hay dos aspectos que pueden destacarse: 1) La yuxtaposición de tres planos narrativos: el de los Señores del Destino, el planteado en cada reencarnación de Malena y el planteado por la Malena del siglo XX ante los Señores del Destino, una vez que ha muerto, la cual cuestiona la perspectiva planteada por ellos; 2) Una representación de la figura femenina, en distintas épocas y escalas sociales, unidos por una problemática común, que ya hemos planteado en la Malena del siglo XX: la disyuntiva entre el ser y el deber ser. Todos los personajes representados, en su polifonía de perspectivas3, se unen como figuras transgresoras dentro de su contexto, y asimismo como figuras silenciadas, o restringidas por los Señores del Destino, quienes representando la perspectiva patriarcal tradicional, les niegan su libertad de decidir, su libertad de acción y la posibilidad de relatar su propia historia. No es casual que la única a la que se permite contar su historia en primera persona sea a Juanita Redondo, que por su condición social y su forma de vida no puede tomarse como una voz autorizada, confiable.

3 Tomo el concepto de polifonía utilizado por Mijaíl Bajtin en Problemas de la poética de Dostoievski. México: Fondo de Cultura Económica, 1986. Allí dice Bajtin: “En realidad, los elementos más dispares de las obras de Dostoievski se distribuyen entre varios mundos y varias conciencias con derechos iguales, no se dan en un mismo horizonte sino en varios, completos y equitativos, y no es el material inmediato sino estos mundos, estas conciencias con sus horizontes, los que se combinan en una unidad suprema, es decir, en la unidad de la novela polifónica”. (p.30)

Es evidente que los Señores del Destino no nos entregan una visión objetiva respecto a Malena y sus anteriores encarnaciones. Ellos mismos son una puesta en duda de la realidad, tal como la concibe la doctrina cristiana, son cinco y no sabemos bien a quién o a qué rinden cuentas. Sólo sabemos que representan una suerte de instancia administrativa que se encarga de los destinos humanos, la puesta en escena de un orden por encima de lo terreno a imagen y semejanza del mundo contemporáneo, tecnificado y pragmático, que sigue siendo muy patriarcal en su modo de concebir lo que una mujer es o “debe ser”.

Los personajes femeninos de la novela son juzgados tomando como perspectiva ideológica el patrón tradicional social y cultural occidental, llevado incluso al extremo de la misoginia en el caso del Quinto Señor. Hay una intencionalidad expresa en la narración de contraponer los géneros, y digo los géneros y no los sexos. El sexo de cada quien es algo biológico, no escogido, mientras el concepto de género implica un patrón cultural aprendido y el modo en que procesamos en nuestra psique ese patrón y lo asumimos como parte de nuestra identidad y nuestra manera de estar en el mundo. Esta diferenciación me parece importante señalarla debido a que desde Giulia Metella, la matrona romana del siglo II hasta el óvulo parlante del 2051, con el que se cierran las historias femeninas de la novela, se están representando visiones contradictorias y transgresoras de la mujer, no se enmarcan en una visión tradicional de lo femenino. Sólo en la Malena de Santa María, quien lleva un diario personal, podríamos hablar de una representación (y autorrepresentación) intimista, más cercana a los discursos atribuidos a las mujeres.

Las otras Malenas se nos muestran mucho más en sus acciones, son hacedoras activas de su propia historia, e incluso realizan importantes cambios en su entorno, como es el caso de Isabella Bruni, quien realiza investigaciones que cambian la disciplina médica. Pero estos aportes no se le atribuyen públicamente. Su historia, y la de todas las demás, sólo se encuentran como apéndices en el archivo de figuras masculinas, y en algunos casos son relatas por ellos. Salvo, como dijimos, la vida de Juanita Redondo. Lucio Quinto Lucarnio destila en sus memorias el veneno de su odio hacia su ya fallecida esposa Giulia Metella, a quien hace responsable de una vida infeliz y deshonrosa. Aunque según lo narrado por él, ella parece haberse atenido al rol que le correspondía según su rango social en la época que le toca vivir. Es él el que no encaja dentro de los patrones de comportamiento de un noble romano de su época.

Desde el inicio de la narración ya se observa por dónde va la posición de los Señores del Destino ante estos personajes femeninos cuya vida están reconstruyendo, hay una visión marcada por el prejuicio, el temor y la descalificación. Veamos:

-Yo de las mujeres estoy hasta la coronilla -gruñó el Quinto Señor.

-Revisa si está inscrita en algún movimiento feminista.

No quiero problemas con esa gente -advirtió el Cuarto Señor.

-No dice nada.

-A ver si ha hecho algo de particular. Con las mujeres destacadas tampoco es bueno tener problemas. Enseguida te dicen que las descalificas por sexismo -intervino de nuevo el Quinto Señor.

-Es una mujer normal y corriente. Clase media, divorciada, un hijo. Trabajaba en una empresa de seguros.

-Pues no sé de qué se queja. Le ha podido tocar peor

-volvió a refunfuñar el Quinto Señor. (pp. 10-11)

Es esta más o menos la tónica imperante de la lectura que hacen los Señores del Destino acerca de las vidas de nuestras heroínas novelescas. No parece muy parcial. Esta sería la focalización externa de sus vidas, las cuales están marcadas por la intervención de estos Señores, que no hacen más que ponerles trabas y dificultades a su capricho, para que vuelvan al redil de lo que ellos consideran debe ser su comportamiento. Ellos fungen como figuras oponentes a lo largo de la trama de la novela, mientras dentro de cada narración particular hay una perspectiva que le es propia, un modo de narrar y un lenguaje que se amolda al contexto epocal de cada una. Estas puestas en escena, más que tomar una realidad como referente, por su construcción nos remiten a referencias intertextuales con obras literarias. Digamos que la Florencia renancentista de Isabella Bruni nos podría remitir al Decamerón de Boccacio. Pero todas las historias podríamos decir que confluyen hacia un mismo fin, escenifican una misma problemática: relatar el conflicto de todas ellas entre la necesidad de ser y lo que el contexto social en realidad les permite. Las limitaciones que su rol de género les crea. Este ojo social censor está representado por los Señores del Destino en el texto.

Las Malenas terminan siendo una suerte de heroínas trágicas, pero la diferencia que nos ofrece Malena de cinco mundos de Ana Teresa Torres respecto a otras representaciones femeninas de la novela clásica, está en la perspectiva de narración, el tono de la narración; aquí predomina el humor y la ironía, es una novela en la que se ponen en cuestionamiento los roles de género. No sólo desde la perspectiva femenina, sino representando lo que son también los presupuestos que se tienen socialmente respecto al hombre: el hombre es el que provee, el hombre es el que tiene el rol activo dentro de la relación sexual, etc. Los personajes de la novela escenifican una problemática que en las sociedades reales, no ficcionales, sigue sin resolverse: el que los géneros encuentren un modo de relación más igualitario, menos jerárquico. El cierre de la novela, con mucho humor, lo plantea. Malena ha ganado una vida más ante los Señores del Destino, pero para continuar su repetida batalla con el sexo opuesto, ni siquiera, como a Orlando, el personaje de Virginia Wolf, le es permitido al menos cambiar de sexo, poder colocarse del otro lado de la barrera:

Cuando el óvulo se descongeló en el conservador de materia genética, un espermatozoide onduló de placer.

-¿Estoy en Grecia? ¿Es el 2052? -preguntó el óvulo.

-Es el 2052 pero estamos en Venezuela. Y por cierto, ¿dónde estabas tú metida que yo no te conocía? -se insinuó, seductor, el espermatozoide.

-Algo en ti me resulta conocido -emitió el óvulo.

-Adivina de quién es mi programación cromosómica -susurró el espermatozoide, enigmático.

-No me hace falta -concluyó el óvulo -. Siempre he sabido que los Señores del Destino son unos hijos de puta (p. 326).

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