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Revista Venezolana de Estudios de la Mujer

versão impressa ISSN 1316-3701

Revista Venezolana de Estudios de la Mujer v.15 n.34 Caracas jun. 2010

 

La historia en clave feminista

Luz Marina Cruz

Magistra en literatura Latinoamericana, Venezuela alasenlalluvia@hotmail.com

RESUMEN

La entrada definitiva de las mujeres en los estudios históricos se debe a las elaboraciones teóricas provenientes de la crítica feminista, las cuales servirán de marco conceptual a las nuevas investigaciones con el propósito de corregir las supresiones y distorsiones, considerando el componente genérico como primordial para entender cabalmente por qué los momentos históricos impactan de forma distinta en hombres y en mujeres. Al respecto, la historia en clave feminista no es la elaboración intelectual sobre un pasado muerto, sin anclaje en lo real, sino una urgencia social de las mujeres para poder apropiarse libremente de su futuro.

PALABRAS CLAVE: Teoría crítica feminista, historia de las mujeres, perspectiva de género, historia en clave feminista.

ABSTRACT

The final entry of women in historical studies is due to theoretical developments from the feminist critique, which will serve as a conceptual framework for further research in order to correct the omissions and distortions, considering the generic component as a key to properly understand why the historical moments impact differently on men and women. In this regard, the history on feminist clue is not an intellectual development on a dead past, not rooted in reality, but a social urgency for women to seize their future freely.

KEY WORDS: Feminist critical theory, history of women, gender perspective, the history on feminist clue.

La historia de las mujeres ha sido hasta ahora hecha por los hombres, porque ellas nunca detentaron el poder ni crearon los valores. en El Segundo Sexo. Simone de Beauvoir

Fecha de recepción: 24 de febrero de 2010 Fecha de aceptación: 03 de marzo de 2010

Las dificultades inherentes a todo trabajo historiográfico se acentúan si el objeto de conocimiento es el quehacer cultural de los sujetos femeninos, cuyas voces fueron excluidas del campo intelectual latinoamericano hasta mediados de los años ochenta. Impulsados por el movimiento feminista de los setenta, los estudios historiográficos de la región dirigieron su mirada hacia las diferentes facetas de la experiencia de las mujeres a partir de la década siguiente, contribuyendo a un proceso de legitimación e institucionalización en universidades y centros de investigación que todavía es insatisfactorio. Silvia Rodríguez hace un recuento de la historiografía latinoamericana sobre mujeres de los últimos tiempos –panorama general sumamente valioso para quienes intentan adentrarse en el tema desde el campo de la historia, las ciencias sociales o el feminismo– en el que destacan seis núcleos temáticos, muchas veces interconectados. Son ellos: 1) amor, sexualidad y matrimonio; 2) historia de la familia; 3) los trabajos de las mujeres en relación con la vida cotidiana, industrialización, sectores populares; 4) movimientos de mujeres y movimientos feministas; 5) participación política y sindical; y 6) aspectos ideológicos, culturales y religiosos; educación, imágenes de la mujer en la literatura.1

La historia occidental clásica centrada en el sujeto masculino blanco, perteneciente a la élite y protagonista de gestas heroicas, invisibilizó a grandes sectores de la sociedad, entre ellos, las mujeres. Sin embargo, en los últimos cincuenta años se generó una corriente renovadora dentro de los estudios historiográficos, en los cuales se exploraron nuevos recursos teóricos y empíricos, diferentes propósitos investigativos y objetos de indagación antes ignorados. Gracias a la buena acogida que tuvo la escuela francesa de los Annales y sus pesquisas en el campo de las mentalidades después de la Segunda Guerra Mundial, se comenzó a recuperar la historia de la experiencia femenina en sus diferentes facetas, utilizando los enfoques y temáticas de la economía, la geografía, la sociología y la demografía. También se rescató el papel de las mujeres en la reproducción de los sistemas familiares y sociales, tomando en cuenta la visión socio-cultural de los estudios etnológicos y antropológicos. Inclusive, desde una perspectiva marxista modernizada, los intelectuales aglutinados alrededor de la History Workshop-Oxford plantearon un descongelamiento de la Historia Social mediante la incorporación de las expresiones culturales de los grupos sociales que desde el anonimato habían sido propulsores de los grandes acontecimientos históricos. No obstante, la entrada definitiva de las mujeres en los estudios históricos se debe a las elaboraciones teóricas provenientes de la crítica feminista, las cuales servirán de necesario marco conceptual a las nuevas investigaciones. Todos estos aportes de diversas áreas del conocimiento le imprimen a los estudios contemporáneos centrados en la historia de las mujeres un carácter interdisciplinario y heterogéneo que es su rasgo distintivo. Sobre el particular declara Nash, citada por Verena Radkau:

Se trata de plantear un análisis histórico a partir de una Historia Total, entendida esta vez no sólo como historia de las estructuras económicas, sociales y políticas, postulada por la escuela de los annales y otras corrientes renovadoras, sino como una historia que abarque a la vez las dimensiones de la esfera privada, con el estudio de las estructuras de la familia, la sexualidad, la reproducción, la cultura femenina, la salud, el trabajo doméstico, la socialización de los hijos…para establecer así una visión integral del conjunto de la experiencia histórica de la mujer…2

Quienes se ocuparon de actores y espacios sociales antes considerados sin historia por la historiografía oficial, debieron asumir grandes retos, entre ellos: transformar a las mujeres en sujetos de los hechos relatados; catalogar las fuentes iniciales –aparentemente escasas– y buscar otras diferentes; rehacer la existencia de las mujeres atendiendo a las diferencias de clase, etnia, religión, etc.; trastocar el tiempo histórico patriarcal, resaltando los hechos que marcaron la vida de las mujeres y creando nuevas cronologías. Al respecto se pronuncia Milda Rivarola:

Debemos construir un lugar sobre el ya concedido. O abrir otro lugar. Llenarlo con personajes diferentes, ponernos a contar otra historia. Y ofrecer con estas «fábulas» nuevas, nuevas parábolas. Crear nuevos mitos. Mitos movilizadores, mitos nuestros. Basta oír hablar, buscar lo pintado o tallado, leer lo escrito por mujeres. Observar los objetos creados o usados por nosotras. Comenzar por el inicio, empezar por las mujeres.3

La historia de las mujeres marca una ruptura paradigmática con la historia escrita en masculino. Se visibilizan otros sujetos, se muestran verdades que estaban ocultas y se proponen significaciones desconocidas, en base a las diferencias sociales y culturales manifiestas entre hombres y mujeres. Producto de este descentramiento metodológico, las investigaciones asumen el género como un principio elemental de organización que modela las formas de existencia de todos los seres humanos. Se convierte así en una categoría sumamente eficaz para el análisis histórico, que es entendida, a grosso modo, como un relato cultural sobre el sexo. Parafraseando, la feminidad y la masculinidad son maneras de asumirse como mujer u hombre asignadas históricamente por la sociedad patriarcal.

A lo largo de los últimos veinticinco años esta categoría adquirió diversas connotaciones que contribuyeron a perfeccionar las investigaciones sobre las historias de las mujeres. En su artículo «La historia de las mujeres», Anne Pérontin-Dumon4 asegura que gracias a los estudios con perspectiva de género se pusieron en evidencia cuatro asuntos fundamentales: las relaciones desiguales y asimétricas entre mujeres y hombres, las visiones de mundo distintas como consecuencia de la separación entre el espacio privado –o femenino– y el público –o masculino–, la noción de que cada individuo va formando su identidad conforme a múltiples factores –sexo, clase, raza, edad, religión, etc.– y la ordenación material y simbólica de las sociedades en base a un modelo dicotómico de los sexos. Estas diferenciaciones y jerarquizaciones según los géneros –que durante siglos habían sido validadas mediante determinismos biológicos y fundamentaciones ontológicas ajenas a circunstancias históricas– fueron cuestionadas y comenzaron a ser entendidas como productos socio-políticos y culturales en estrecha relación con el poder, demostrando que las aparentes naturalezas femenina y masculina no son inamovibles.

Con respecto a lo anteriormente planteado, se hace necesario destacar la investigación sobre los orígenes de la dominación masculina realizada por Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo (1949), considerada una obra pionera dentro de la crítica feminista. Formada en la escuela existencialista, Beauvoir reflexiona sobre la histórica condición de desigualdad de la mujer en la sociedad falogocéntrica, defendiendo la hipótesis de que los factores culturales han sostenido la preeminencia del sexo masculino y no los ontológicos y biológicos, como se postuló por mucho tiempo. En este sentido, la emancipación femenina puede ser construida cuando la mujer, con la poca libertad que le queda, se afirme como sujeto transcendente o llegue a ser. Según refrenda la filósofa francesa: «la mujer no nace, se hace».

Al momento de redactar una historia de las mujeres se hace necesario invalidar las categorías históricas universales –falsamente neutrales– que subsumen a las mujeres en el conocimiento abstracto de lo humano. Aunque se escudan en la supuesta objetividad de la ciencia, han sido formuladas con un sesgo masculino que deja por fuera las experiencias y subjetividades de su contraparte genérica. Como consecuencia inmediata, se deben repensar las cronologías tradicionales, construidas en base a acontecimientos históricos sólo concernientes a los hombres y obvian otros hechos, de ritmos distintos, que han introducido transformaciones decisivas en la vida de las mujeres. Sin embargo, el propósito no es imponer otro apartheid histórico viciado de prejuicios sexistas que desnivelarían la balanza hacia el lado femenino, sino corregir las supresiones y distorsiones para luego incorporar a las mujeres dentro de una dinámica histórica total. No se trata de sustituir una situación discriminatoria por otra: lo que se busca es considerar el componente genérico como primordial para entender cabalmente por qué los momentos históricos impactan de forma distinta en hombres y en mujeres. Dentro de este orden de ideas, Lea Fletcher enumera los aspectos teóricos y metodológicos que deben enmarcar a las historias de mujeres fundamentadas en el pensamiento feminista:

¤ Introducir la categoría sexo/género al análisis, teniendo en cuenta el hecho de que no es ni atemporal ni idéntica para todas las mujeres.

¤ Hecho esto, repensar la periodización y el significado del progreso.

¤ Reconocer a «las mujeres» y no a «la mujer» como individuos o grupos de individuos de carne y hueso con diferencias reales.

¤ Tomar en cuenta la especificidad de sus intereses y necesidades en los distintos momentos históricos con sus respectivas condiciones socio-político-económico-culturales.

¤ Comparar/contrastar estas diversidades entre sí y con las de mujeres y otros países.

¤ Abrir el enfoque para incluir a las mujeres comunes y no sólo a las grandes figuras.

¤ Percatarse del valor de la cotidianidad, de lo privado, de lo callado/ silenciado.

¤ Incorporar la historia de mujeres en la historia tradicional como parte imprescindible de ella.5

Rodríguez6 retoma a Feijoo, a Cicerchia y a Lerner para asegurar que la investigación latinoamericana de la historia de las mujeres se ha sustentado en dos enfoques: el contributivo y el cuestionador. En la primera etapa se incorpora la narrativa histórica de los sujetos femeninos a la narrativa histórica total, sin intentar desmantelar los supuestos conceptuales tradicionales. En la segunda fase se construyen nuevos marcos interpretativos partiendo de las nociones de patriarcado, capitalismo y género –categorías explicativas de la teoría feminista– con el propósito de problematizar la historia tradicional de perspectiva androcéntrica e incorporar una visión crítica al análisis de la actuación de mujeres y hombres. Siguiendo a Rodríguez, el desafío estriba en «…reconstruir la memoria del género mujer para lograr su enraizamiento definitivo en la memoria colectiva».7

Buena parte de las académicas feministas, entre ellas Joan Scott8, defienden el uso de la perspectiva de género dentro del análisis histórico. Esta historiadora elabora una definición bastante depurada que se sustenta en dos proposiciones: el género basado en las diferencias sexuales, formando parte de las conexiones sociales y el género como expresión de las relaciones de poder. La primera propuesta apunta a la experiencia y está constituida por cuatro elementos interconectados: los múltiples y a veces contradictorios símbolos culturales; las normativas que asignan los significados unívocos de lo masculino y lo femenino; las nociones políticas sobre las instituciones y formas de organización social; las subjetividades que construyen el género. El segundo supuesto se centra en la teorización sobre el género sustentada en la manera en que es manipulado por el poder hegemónico. Scott concluye que el género es susceptible de redelinearse bajo condiciones de equidad política y social, incluyendo necesariamente las categorías de clase y raza.

En otros casos, esta categoría es rechazada por seguidoras de la línea del feminismo latinoamericano utópico y autónomo, como Francesca Gargallo, para quien el género es un recurso ideológico de la contraofensiva patriarcal, que lo hace suyo, logrando la domesticación de las luchas de las mujeres dentro de las instituciones, en manos del poder masculino la gran mayoría de ellas. Asegura Gargallo:

Ligar el sistema de género con la identidad de las mujeres es atarlas a la subordinación de los hombres. Liberarse del género es, por el contrario, una propuesta de construcción de la propia subjetividad que implica el reconocimiento del valor cultural y económico de cada mujer, y la validación del derecho a una diferencia sexual positiva y de la desconstrucción de la occidentalización forzada. Es una posición teórica y política que reconoce la diferencia como un valor humano. Liberarse del género implica reconocer que el sistema actúa en todos los ámbitos de la vida organizada y, de esta manera, evitar que las actuales políticas para favorecer el ‘empoderamiento’ de las mujeres dirigidas desde los organismos internacionales lleguen a uniformar las vidas femeninas entre sí y volverlas funcionales para un mundo cada vez más policiaco, pensado desde el colectivo masculino.9

Utilizar la categoría de género dentro del análisis histórico no significa aceptar acríticamente un mundo binario ligado a la jerarquización de los sexos en el imaginario y en la realidad social con todas sus consecuencias de exclusión para las mujeres. Al contrario, es por ello que la historia de las mujeres pudiera fundamentarse teóricamente en aquellas nociones de género como las de Scott –expuesta con anterioridad– y la de Teresa de Lauretis. Ambas entienden que las identidades generizadas de los hombres y las mujeres no son naturales y están sujetas a repetidas problematizaciones, definiciones y construcciones en diferentes contextos de tiempo y espacio. Adscrita a esta posición, Lauretis explica el género como representación, producción discursiva, construcción de distintas tecnologías del sexo y elaboración mediante operaciones deconstructivas.

Lauretis inicia su ensayo «La tecnología del género» asegurando que la idea de género como diferencia sexual se convierte en una traba para el desarrollo actual del pensamiento feminista culturalista, pues lo mantiene atado a la oposición conceptual con el pensamiento patriarcal. El primer escollo es que al confrontar las ideas de lo masculino y de lo femenino, universalizadas ambas, se excluyen las diferencias entre las mujeres. La segunda limitante tiene que ver con la imposibilidad de romper con el supuesto epistemológico del sujeto social unificado –propio del pensamiento logocéntrico– para dar paso a uno múltiple y contradictorio en consonancia con una sociedad de gran complejidad, donde la subjetividad se crea no sólo a partir del género, sino también mediante las representaciones culturales y las relaciones de raza y clase. Dadas estas dificultades, Lauretis propone la redefinición del género sustentándose en cuatro acepciones resumidas en los párrafos que siguen.

El género como representación: el sistema sexo-género, así denominado por las científicas sociales feministas, es simultáneamente una elaboración socio-cultural y un sistema semiótico que le atribuye significado a los individuos dentro de la sociedad; por ello «… es tanto el producto como el proceso de su representación».10

El género como producción discursiva: también puede ser comprendido como instancia de la ideología, entendida a la manera de Althusser, para quien ésta «…opera no sólo de manera semi-autómata con respecto al nivel económico, sino también, de manera fundamental, por medio de su compromiso de subjetividad».11 Conforme a lo anterior, lo privado y lo público no están separados en la realidad social, o dicho con palabras de Kate Millet en su libro Política Sexual: «lo personal es político», las sociedades patriarcales –feudales, capitalistas o socialistas– ponen a funcionar en estrecha relación el sistema sexo-género y el sistema de relaciones productivas para defender el andamiaje socioeconómico construido por el poder masculino. Además, el género es una fuerza personal-política que afecta a hombres y mujeres tanto positiva como negativamente. Esto se explica porque la construcción genérica es el resultado y el proceso de la representación (construcción social) y de la auto-representación (construcción subjetiva); en consecuencia, existe la posibilidad de reiteradas transformaciones individuales. En este último aspecto, Lauretis se conecta con la idea de la elección existencialista de Simone de Beauvoir, explicada con antelación.

Según Althusser, la ideología difumina todas sus marcas para que el sujeto se crea a salvo y fuera de ella. Para Lauretis, el sujeto del feminismo es un ser inmerso en un contexto histórico-social que está dentro y fuera de la ideología y toma conciencia de esa situación contradictoria; en esta parte se diferencia del sujeto althusseriano, incapaz de descubrir el engaño. Conforme a este planteamiento, el feminismo elabora discursos que fluctúan entre la complicidad y la no adherencia total con la ideología dominante.

El género como construcción de distintas tecnologías del sexo: para explicar esta forma de elaboración del género, Lauretis relee a Althusser y Foucault. El primero habla de interpelación cuando un individuo asume como real una representación social que es imaginaria. El segundo propone la tesis de que la sexualidad es construida culturalmente para mantener el status quo del poder hegemónico a través de distintas tecnologías del sexo como discursos religiosos, legales, científicos o médicos, es decir, prácticas discursivas descriptivas, prescriptivas y prohibitivas. Esto último demuestra que la sexualidad femenina siempre se ha contrastado y relacionado con la sexualidad masculina. Por ello, el movimiento feminista radical contemporáneo niega el género y se habla de una sexualidad autónoma de las mujeres, lo que, según Lauretis, no contribuye con la tarea de liberación sexual.

El género elaborado mediante operaciones deconstructivas: la teoría feminista continúa desmantelando los discursos dominantes sobre género que, de una u otra manera, definen la subjetividad femenina alejándose de las mujeres reales constituidas a través de las diferencias en variados contextos materiales y discursivos. De allí que el feminismo deba luchar «…por crear nuevos espacios de discurso, por rescribir las narrativas culturales, y por definir los términos desde otra perspectiva, una visión desde `otro lugar`».12 Esa zona otra desde donde construir el género se puede ubicar en «…las márgenes de los discursos hegemónicos, espacios sociales forjados en los intersticios de las instituciones y en los resquicios y grietas de los aparatos de saberpoder».13 Lauretis lo describe como un «…movimiento dentro y fuera de la ideología, ese cruzar hacia atrás y hacia delante las fronteras –y los límites– de la(s) diferencia(s) sexual(es)».14 De esta manera, se crean dos espacios discursivos: uno, que se somete a los principios de los discursos dominantes; el otro, constituido al margen de éstos, mediante prácticas discursivas y sociales contraculturales. Estos espacios en tensión coexisten al mismo tiempo dentro de «la contradicción, la multiplicidad y la heteronimia».15

Comprendido el género como categoría cultural susceptible de ser reformulada –para lograr una genuina igualdad en la diferencia– y asumida su importancia radical dentro de la teoría feminista, se deduce que en un estudio sobre los textos escritos por mujeres sea fundamental enmarcarlos en su realidad histórica. Contexto que fue bastante desfavorable durante buena parte del siglo pasado en nuestro país, según refiere Márgara Russotto.16 Las mujeres que se asumieron como escritoras encontraron un ambiente poco propicio pues recibieron dos tipos de tratamientos: el aplauso de sus cualidades extraliterarias o el desinterés por parte de los críticos literarios. La primera actitud las irrespetaba como artistas y la segunda las sepultaba en el olvido.

Afortunadamente, desde hace algo más de dos décadas la situación está mejorando en toda Latinoamérica y esto se evidencia de múltiples maneras. La cuantiosa literatura escrita por mujeres se difunde a través de un mercado editorial que hace fuertes inversiones económicas en este sector porque sabe de las grandes ganancias que le reportará a corto plazo. Las universidades expanden sus plataformas curriculares para incorporar a las escritoras del continente, aunque todavía se le da trato preferencial a las consagradas por el canon literario. Los trabajos de la crítica cada vez son más refinados: si inicialmente se estudiaba la obra literaria de pluma femenina desde perspectivas masculinas europeizantes, poco a poco se han incorporado los aportes teóricos provenientes del la crítica feminista latinoamericana, con el consecuente enriquecimiento del análisis. Los eventos literarios de carácter continental respaldados por instituciones de solvencia académica incluyen dentro de su temática los estudios de género. Inclusive, se organizan simposios, reconocidos fuera de las fronteras latinoamericanas, cuya área específica es el sujeto femenino. Todo lo referido apunta a una visibilización política y académica imposible de revertir porque no se trata de una moda más dentro de los estudios literarios, sino de la toma de conciencia por parte de investigadoras e investigadores de la madurez de esta escritura y de la solvencia epistémica de la teoría crítica feminista.

Cuando se trata de historiar a las mujeres latinoamericanas los avances son lentos, dado lo complejo y totalizador de los estudios historiográficos; sin embargo, a pesar de algunos vacíos temáticos y ciertas fallas metodológicas susceptibles de corregir, el balance es prometedor. Leyendo el trabajo ya citado, «Mujeres y género en la historiografía latinoamericana reciente», de la uruguaya Silvia Rodríguez, se adquiere la certeza de que vamos por el camino correcto. Su investigación es una de las aproximaciones más completas y críticas que existen hasta el momento sobre esta área del saber. Además de ofrecer una visión general y relevar las influencias de la historiografía feminista, Rodríguez agrupa la cuantiosa producción bibliográfica recientemente publicada en América Latina en seis grandes núcleos a lo largo de su enjundiosa exposición.

En consonancia con lo anterior, los estudios de cuarto nivel de las universidades de la región continental y del Caribe están incorporando la perspectiva de género dentro de su armazón curricular. Entre ellos podemos mencionar el Seminario «El género en historia», dictado por la reconocida historiadora Anne Pérontin-Dumon, como parte del Doctorado en Historia ofrecido por el Instituto de Historia en la Universidad Católica de Chile. Con relación a la promoción de las investigaciones historiográficas mediante el fomento de eventos de proyecciones mundiales a realizarse durante el año 2009, se destacan los siguientes: el Coloquio Internacional «Ciudad y mujeres en la cultura y la historia latinoamericanas y caribeñas», llevado a cabo en La Habana, y el IV Simposio Internacional «Las mujeres en la independencia de América Latina», organizado por el Centro de Estudios de la Mujer en América Latina con sede en Lima.

Sobre todo en las últimas décadas, las investigaciones historiográficas con perspectiva de género en Venezuela han ganado cierto espacio en las universidades y en las instituciones gubernamentales, como la Universidad del Zulia, el Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y la Universidad Simón Bolívar, entre otras.

En la Universidad del Zulia se crea la Cátedra Libre de la Mujer –que forma parte del pensum de la Escuela de Filosofía desde 1973– promovida por la profesora Gloria Comesaña.17 Comprometida con lo que ella denomina un feminismo más auténtico en el cual se funden experiencias reales y crítica académica, esta docente y filósofa junta fuerzas con otros investigadores y conforman la Red de Estudios Venezolanos de la Mujer (REUVEN). El objetivo de tal instancia es coordinar los trabajos que se están haciendo sobre las mujeres en las instituciones universitarias del país y conectar a investigadores y docentes para difundir información. En la actualidad, se está gestionando la creación del Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad del Zulia (CEM-LUZ) y la Maestría de Estudios de la Mujer dentro de la división de Estudios de Postgrado de la Facultad de Humanidades y Educación.

La Universidad Central de Venezuela dicta la Maestría en Estudios de la Mujer, cuyo propósito fundamental es alentar las investigaciones transdisciplinarias sobre las múltiples actuaciones de las mujeres en el pasado y el presente. En el seno de esta universidad venezolana han trabajado como profesoras e investigadoras Luz Marina Rivas y Márgara Russotto, notables por haber realizado los primeros aportes críticos sobre la literatura escrita por mujeres. Entre las obras fundamentales de Rivas se encuentran: La novela intrahistórica: tres miradas femeninas de la historia venezolana (2000) y Las mujeres toman la palabra: antología de narradoras venezolanas (2004). En la obra de Russotto destacan: Tópicos de retórica femenina (1993) y Bárbaras e ilustradas. Las máscaras del género en la periferia moderna (1997). En este último libro realiza un estudio sobre el lugar de las mujeres en el proceso formativo de la modernidad poética venezolana e incorpora una antología de Ana Enriqueta Terán, Elizabeth Schön, Luz Machado, Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño e Ida Gramcko. Otra docente de la UCV, Emma D. Martínez Vásquez publica en el 2005 un trabajo de gran valor historiográfico, La educación de las mujeres en Venezuela (1840-1912). En este ensayo crítico la autora desmonta el discurso de la historia oficial sobre la pedagogía venezolana al revisar, con enfoque de género, el proceso de incorporación de las niñas a la escolarización, demostrando cómo desde la iglesia y los grupos ilustrados de la época se propiciaron la desigualdad y la domesticación de la mujer.

El Centro de Estudios de la Mujer (CEM) edita con periodicidad semestral desde 1996 La Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, que divulga las investigaciones académicas acerca de las mujeres y su situación en las sociedades con la finalidad de aportar conocimientos que enriquezcan el debate acerca de la equidad de género. Si nos detenemos a revisar el índice acumulado de esta publicación arbitrada, descubrimos que la reflexión acerca de la participación femenina en todas las áreas de la vida social es inagotable y de gran solidez intelectual. Entre las autoras que escriben para esta revista encontramos a Inés Quintero, historiadora que se ha labrado un lugar importante dentro de la historiografía contemporánea venezolana por investigaciones cuya temática central son las mujeres, entre ellas: Mirar tras la ventana. Testimonio de viajeros y legionarios sobre mujeres del siglo XIX (1998) y La palabra ignorada. La mujer: testigo oculto de la historia en Venezuela (2007).

El Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) cuenta con un equipo multidisciplinario de reconocida factura académica que se renueva constantemente a través de concursos periódicos de selección en los que, últimamente, no faltan los estudios de género como línea de investigación. Dentro de esta institución pública se han generado valiosas contribuciones a la historiografía nacional con sesgo de género, entre ellos, el trabajo de Mirla Alcibíades, La heroica aventura de construir una república. Familia-nación en el ochocientos venezolano (1830-1865), que se adjudicó el Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas, en su Primera Edición del año 2004. En el ensayo crítico de Alcibíades se recuperan sujetos sociales como la mujer, la familia y el binomio niño/niña, quienes jugaron un papel fundamental en el proceso de formación nacional a lo largo del siglo XIX. La investigación también resalta por registrar concienzudamente la hemerografía dirigida por el sector femenino y las publicaciones periódicas cuyo eje temático es el núcleo familiar. Estos catálogos son invalorables al momento de emprender nuevos trabajos sobre una materia que comienza a despertar interés dentro de la historia de la literatura.

La Universidad Simón Bolívar (USB) promueve los estudios de género al incorporar desde hace varios años esta área como línea de investigación dentro de las cátedras que forman parte de las ofertas trimestrales de la Maestría en Literatura Latinoamericana y del Doctorado en Letras. Producto de tales estudios es el ensayo crítico Sin cadenas, ni misterios: representaciones y autorrepresentaciones de la intelectual venezolana (1936-1948), de Mariana Libertad Suárez, profesora del Depto. de Castellano, quien se adjudicó el IV Premio Internacional Mariano Picón Salas en noviembre de 2008. Otro trabajo interesante ejecutado desde esta institución universitaria es el de Carolina Codetta, profesora del Depto. de Ciencias Sociales. En el libro Mujer y participación política en Venezuela (2001), la autora analiza la actuación de las mujeres venezolanas en el mundo de la política durante la época democrática (1958-1998).

Algunas instituciones públicas de la región oriental venezolana, como el Instituto de Cultura del Estado Monagas (ICUM), la Biblioteca de Temas y Autores Monaguenses, la Universidad de Oriente (UDO) y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) han promocionado la publicación de libros escritos por mujeres. En enero de 2006 se organizó el evento «Encuentro de Mujeres Escritoras en el Estado Monagas», al cual asistieron como invitadas las autoras Elba Rosa Albertini, Conchita Abreu Rescaniere, Yennis Franco, Elena Alejos, Neida Montiel e Irene Bethancourt Salazar. En esa oportunidad se bautizó y repartió entre los asistentes el libro de mi autoría, Desde la profundidad de un género, editado por la Coordinación de Publicaciones y Divulgaciones de la UDO, en el cual compilo textos poéticos, narrativos y ensayísticos de 16 escritoras del estado. En el año 2009, con el propósito de celebrar el Día de la Mujer, el ICUM realizó una selección de textos de 11 poetisas de la zona, en versión digital, titulado Ellas…el poema, para ser distribuido gratuitamente a la población.

Sin embargo, a pesar de que la capital del estado cuenta con un Instituto Pedagógico del cual egresan docentes en Lengua o en Literatura y se dicta una Maestría en Literatura Latinoamericana, en ninguno de estos dos niveles se programan asignaturas cuya temática sea la producción discursiva femenina nacional o regional. Aunque las escritoras de Monagas reciben cierto apoyo editorial, no han sido legitimadas por las instituciones universitarias del estado y todavía no ocupan una posición digna dentro del campo intelectual regional. Es impostergable, entonces, historiar la literatura monaguense de mujeres, aceptando su carácter alternativo, heterogéneo y singular para recuperar todos sus matices e incorporarla sin complejos a la historia literaria nacional.

Con el aporte de los últimos datos no se pretende delinear el panorama de los estudios contemporáneos sobre la historia de las mujeres en Venezuela: no es el propósito de este trabajo. Apenas son unas cuantas islas dentro del archipiélago de la historiografía con perspectiva de género en el contexto de la investigación nacional, sin embargo, demuestran un progreso cuantitativo y cualitativo indetenible. Las condiciones no pueden ser más favorables: superadas las diferencias entre las luchadoras sociales del feminismo espontáneo y las investigadoras universitarias del feminismo crítico, se ha consolidado un espacio enriquecido con el mutuo aprendizaje. Debemos sensibilizarnos ante el hecho de que la historia en clave feminista no es la elaboración intelectual sobre un pasado muerto, sin anclaje en lo real, sino una urgencia social de las mujeres para poder apropiarse libremente de su futuro. En ese sentido, son iluminadoras las palabras de Anna Maria Crispino, citada por Annarita Buttafuoco:

La historia de las mujeres es, en primer lugar, memoria de sí, custodiada en la consciencia del valor de sí mismas, protegida por tanto de la insignificancia y de la marginalidad a las que se ve continuamente empujada por la historiografía oficial. Sin embargo, permanece inaccesible a las mujeres mismas si no consigue situarse en el espacio de la visibilidad y de la fruición pública. Por otra parte (…) la construcción y la conservación de una memoria colectiva nuestra es uno de los recorridos obligados para activar procesos de libertad femenina.18

Notas

1 Rodríguez, S. (1997). «Mujeres y género en la historiografía latinoamericana reciente. Algunas reflexiones». En: Line Bareiro/Clyde Soto (ed.). Ciudadanas. Una memoria inconstante. Caracas: CDE-Ed. Nueva Sociedad, pp. 185-246.

2 Radkau, V. (1986). «Hacia una historiografía de la mujer». Nueva Antropología. Vol. III, No. 30, México, p. 78.

3 Rivarola, M. (1997). «Historia de mujeres». En: Line Bareiro/Clyde Soto (ed.). Ciudadanas. Una memoria inconstante. Caracas: CDE-Ed. Nueva Sociedad, p. 177.

4 En: http://www.sas.ac.uk/ilas.

5 Fletcher, L. (1997). «Argentina: sus mujeres a través de los siglos». En: Line Bareiro/Clyde Soto (ed.). Ciudadanas. Una memoria inconstante. Caracas: CDE-Ed. Nueva Sociedad, p. 169.

6 Op. cit., p. 192.

7 Ibíd., p. 235.

8 Scott, J. (2000). «El concepto de género». En: Marta Lamas (comp. e int.). El género. La construcción cultural de la diferencia sexual. México: PUEG, pp. 265-302.

9 Gargallo, F. (2004). Las ideas feministas latinoamericanas. Bogotá: Ediciones desde abajo, pp. 31-32.

10 Lauretis, T. de. (2000). «La tecnología del género» En: http://www.disidenciasexual.cl/wp-content/uploads/2000/03/tecnologias_del_Genero.pdf.

11 Ibíd., p. 12.

12 Ibíd., p. 33.

13 Ibíd., p. 34.

14 Ibíd., p. 33.

15 Ibíd., p. 34.Ibíd., p. 34.

16 Russotto, M. (1997). Bárbaras e ilustradas. Las máscaras del género en la periferia moderna. Caracas: Fondo Editorial Tropykos, pp. 34-35.

17 Comesaña, G. (1995). «Los estudios de la mujer en Venezuela». Fermentum, Revista Venezolana de Sociología y Antropología. Año 5, No. 12, Enero-Abril, ULA, Mérida-Venezuela,  pp. 98-121.

18 Buttafuoco, A. (1990). «Historia y memoria de sí: Feminismo e investigación histórica en Italia». En: Giulia Colaizzi (ed.). Feminismo y teoría del discurso. Madrid: Cátedra, p. 45.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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