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vol.10 número33Educación superior: inclusión y exclusión: Calidad con equidad y equidad con calidad¹La escuela por dentro. La etnografía en la investigación educativa Autor: Peter Woods. Ediciones Paidós. Barcelona- España 1987. Primera edición. 220 p. índice de autoresíndice de assuntospesquisa de artigos
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Educere

versão impressa ISSN 1316-4910

Educere v.10 n.33 Meridad jun. 2006

 

Dime cómo enseñas y te diré quién eres

Luis Britto García

Universidad Central de Venezuela Caracas - Venezuela

1

El profesor camina hacia la Universidad. A las puertas de ésta, a las de las catedrales del Medioevo, se agolpa una turba de menesterosos que mendigan, no pan, sino educación. Comités de preinscritos o sindicatos de aspirantes rodean las orgullosas edificaciones como racimos de náufragos en torno a los escasos botes salvavidas. Admitirlos a todos sería hundir el bote, dicen los tripulantes, hachas en mano. En Venezuela, por ejemplo, casi una cuarta parte de los niños en edad escolar no pueden entrar al sistema educativo. De los que ingresan al ciclo básico, sólo un 17% lo culmina; sólo un 10% supera el ciclo diversificado y sólo un 5% logra ingresar a los institutos de Educación Superior. En todos estos avatares, pesa poderosamente la condición económica. A la larga, aquellos a quienes falta el pan, se quedan sin educación. Primera enseñanza del día: el saber no ocupa espacio, pero los aspirantes a él sí.

2

El profesor sigue su caminata por los pasillos techados de un hermoso edificio que alguna vez fue convento, o bajo los aleros voladizos de un audaz experimento urbanístico. Las catedrales fueron libros de piedra que encierra catedrales de libros. Al pasearse por ellas se aprende ante todo un orden, así como en los anaqueles de las bibliotecas se agrupan los volúmenes según materias, en las universidades se agrupan los lectores según disciplinas; acá ingeniería, allá medicina, acullá humanidades. Más o menos incomunicadas. Lo que falta aquí es un lector que integre las distancias entre anaqueles y facultades. El profesor suspira pensando en los tiempos cuando un solo Aristóteles abarca el panorama de los conocimientos de su época. La Universidad, como la cultura misma es una biblioteca desmesurada, ya sin lector posible.

3

Y sin embargo, el espacio habla, aun para el analfabeto: especialmente para él. El mismo concepto de universidad convoca tres estilos de edificación, a veces superpuestos en un mismo espacio, de igual forma que sus ideologías matrices se superpusieron en una misma cultura: el patio y el sabio uso del clima del convento colonial; la precisión cientificista del proyecto modernizante del Despotismo Ilustrado; y el laberíntico bunker lleno de remiendos, recovecos y cerraduras del estilo burocrático cuya primera proclama tridimensional fue El Escorial. Los tres comparten un formato común: todos son claustros, espacios cerrados para comodidad de monjes, de tinterillos o de policías. La piedra educa: una muralla separa conocimiento y sociedad.

4

En su celda o cubículo, preparándose para el oficio, consulta el profesor el Libro Sagrado. Pues el texto más aleccionador sobre la Universidad Latinoamericana no se debe a la prosa febricitante de Darcy Ribeiro ni a la distanciante de Octavio Paz. Ambos no hacen más que proponer contrapuestos sistemas de distribución de los bienes culturales. Pero el filósofo propone, mientras que el presupuesto dispone. Los presupuestos latinoamericanos apropian para gastos educativos apenas el 3,5 del producto bruto nacional, contra un 4,4 destinado al mismo fin en África y en Asia; un 6,7 en los países árabes, un 5,4 en Europa y un 6,5 en Norteamérica. Ello significa un gasto latinoamericano de 60 dólares anuales por habitante, mientras que en Norteamérica invierte 1.1131. La proporción es casi de uno a veinte. Y en todo caso, nos coloca a la cola del mundo.

Pues el lugar que una sociedad asigna a sus universidades coincide misteriosamente con el que ella misma ocupa en el mundo. Agudo intérprete de la Cábala, esa lectura de los Libros Sagrados que convierte toda palabra en cifra y toda cifra en Verbo, el profesor ojea los presupuestos de la nación. En los momentos más estridentes de la prosperidad desencadenada por las alzas en las exportaciones del sector primario, el gasto público en educación llegó a estar por encima del 18% del gasto de la administración central. La crisis económica llevó a destinar el 60% del producto de las exportaciones de ese sector primario a pagar el vencimiento de la deuda; desde ese momento comienza la decadencia y caída de la inversión social (y quizás de los regímenes políticos ausentados en ella).

De ese gasto en educación cuyas cifras siguen siendo impresionantes, pero cuyo valor real ha sido erosionado por la inflación, cerca de un 40% corresponde al sistema de Educación Superior, a pesar de que éste apenas comprende el 10% de la matrícula total. Manoseando palimpsestos, códices, incunables, el profesor vuelve a rumiar cifras sobre su distribución interna en la principal universidad del país. En ella, el presupuesto dedica algo más del 50% al almacenamiento, a gastos generales y burocracia; apenas un 40% a remunerar la docencia; menos de un 10% para la investigación. Algunos de los gastos generales mueven a perplejidad, cuando no a risa; hay un 2,09% para bibliotecas, un 0,02% para equipos científicos; un 0,02% para libros y revistas. Esta asombrosa pauta de distribución permite mantener 1,25 empleados administrativos por cada profesor (2,20 por cada profesor a tiempo completo o dedicación exclusiva)2. El profesor menea la cabeza. Todo debería estar al revés. O mejor dicho: todo está ya al revés.

5

Pues las personas e instituciones que no sobreviven en función de una meta, convierten en única meta el sobrevivir. Pero, ¿cuál es el propósito de la Universidad, que es tantas cosas para tantas personas? El profesor tuvo alguna vez una respuesta: cuando la ruina del taller medioeval impidió a éste enseñar al aprendiz cómo se fabrican las cosas, y cuando el fraccionamiento de la iglesia negó a ésta la función de darles sentido, la Universidad asumió dichas tareas. La fusión de ambas le sugirió que entender el mundo y modificarlo no eran actividades antitéticas, sino complementarias y acaso inseparables.

En su recorrido desde su cubículo al aula, sin embargo, siente el profesor que tales funciones le han sido confiscadas. El sentido del mundo es fabricado ahora por las rotativas que imprimen los periódicos, cuyos titulares lo asaltan desde todos los quioscos; por los transistores que retumban en las escalinatas, por el programa televisivo que todos comentan en el ascensor. Este sentido no trae cambio de valores, sino de valores de cambio. Pretende explicar el mundo para enseñar que no debe ser alterado.

La universidad graduó comunicadores, expertos en electrónica y en microcircuitos, pero no dispone (salvo en miniaturas experimentales) ni de periódicos, ni de radioemisoras ni de televisoras para ejercer su docencia sobre la sociedad. Nula o insignificante es su presencia en los 80 ejemplares de periódicos, las 327 radios, los 145 telerreceptores que tiene América Latina por cada mil habitantes. Quizás imprima unos cuantos de los 129 títulos por un millón de habitantes que circulan en el área; seguramente filmará pocos de los 240 largometrajes anuales de la región3. La Universidad dispensa todos los poderes del conocimiento necesarios para que el conocimiento no sea un poder.

6

Llegado al aula, el profesor inicia el oficio del día, en este caso, la lección académica. A la misma hora, unos nueve millones de universitarios latinoamericanos participan en el mismo ritual.

Al asumir las tareas de la Iglesia y del taller medievales, la Universidad adoptó inevitablemente los métodos de ambos- explica el profesor desde u púlpito o tarima. Del taller tomó el sistema de pupilaje, que convoca junto al maestro varias docenas de aprendices que se forman por imitación directa; de la Iglesia tomó el sermón, o lectura y explicación del texto sagrado, que debía ser a viva voz, porque la escasez de libros los hacía prohibitivos.

El profesor se detiene para tomar aliento. A su alrededor se agrupan varias docenas de pupilos; el auditorio de un taller medieval o de una iglesia de pueblo. Todos toman apuntes manualmente, como monjes copistas.

Pero en cuanto Guttenberg inventó la imprenta que multiplicaba los libros, barrió con los viejos talleres de copistas manuales y permitió que cada quien leyera El Libro en su casa. Así perdieron sentido el sermón con la lectura única, y la verdad única, y la Iglesia única. Menos de un siglo tardó la Iglesia en reformarse desde la audición colectiva pasiva hasta la lectura individual activa y crítica. Mientras que la Universidad sigue anclada en las prácticas feudales del sermón revelado y la copia manual.

-No tan rápido- le dice una del medio centenar de apuntistas, que transcribe afanosamente el sermón.

Y el profesor ya no insiste en su atávica condenación del apuntismo no en sus floridas recomendaciones de bibliografía ilocalizable o incosteable para bibliotecas del 2,09%. Sabe, con Galeano, que a los libros antes los prohibían los gobiernos, y ahora los prohíben los precios.

7

El profesor encaja así su séptima lección del día; la prédica del hacer es inútil mientras se limite a las palabras, así como es inútil toda prédica de la duda que se fundamenta en el argumento de la autoridad. Supongamos, medita, que todos ellos olviden mis conceptos al terminar el día. Entretanto. Han aprendido a llegar temprano. Han aprendido a marcar la asistencia. Han aprendido a estar sentados sin moverse. Han aprendido a ocuparse de las cosas que no les interesan. Han aprendido que el conocimiento mana de la boca de una sola autoridad. Han aprendido que aprender es copiar. Han aprendido que saber es repetir. Han aprendido a no discutir lo que oyen. Han aprendido que el conocimiento no se conquista ni se descubre, sino que se dicta. Han aprendido exactamente lo contrario de lo que yo quería inculcarles. ¡Maldita lección académica, con su desmenuzamiento de las propiedades irreductibles de los fenómenos a los Descartes, con su integración de la vida mental por ideas a lo Herbert, con su adscripción de los fenómenos síquicos a la conciencia del sujeto al estilo Brentano! Ha llegado la hora de explorar los nuevos métodos de enseñanza.

8

De manera que el profesor visita Tomorrowworld, el Departamento donde el doctor Bit –doctor no, tecnólogo, le corrige amablemente el interesado- implementa los nuevos métodos de enseñanza. –Enseñanza no, modificaciones de conductas de los estudiantes, mediante el alcance de los objetivos específicos– le corrige de nuevo el tecnólogo. Mientras, el profesor escudriña las hileras de monitores, asombrado de los poderes de la informática. ¡En una universidad donde no hay dinero para tizas, Tomorrowworld ha conseguido varios de esos complicados pizarrones llamados computadoras! ¡Vaya modificación de conducta!

Y en efecto, allí están los educandos –perdón, los modificados- como perritos pavloviano-skinnerianos pulsando los botones correcto-incorrecto para obtener recompensa-no recompensa. Una lección implícita se desprende del nuevo ambiente: las causas son los botones; los efectos son lo que se lee en pantalla.

E inútil será que el tecnólogo Bit explique que el cibernético es el nuevo lenguaje universal que asegura la comunicación total. Puesto a buscarle defectos a todo, el profesor advertirá entretanto que la Onatel 1979 no le habla a la IBM 1985, mientras que ésta no se comunica con ninguna Apple de ninguna época. En vano el tecnólogo Bit asegurará que la nacionalidad informática es el campo del desarrollo de un pensamiento constructivo: el profesor advertirá que las interfases que deberían traducir información, en el lugar de ello contaminan virus producidos por la malignidad ociosa de los informadictos: el del pingpong, el del Viernes 13, el del 12 de octubre reverberan en las pantallas en donde todavía no ha sido posible introducir las eñes ni las aperturas de interrogación o de admiración (¿!) de la notación castellana. Puestos en este camino, comprenderemos por qué cuando el tecnólogo Bit, siguiendo a Lyotard, le predica que la Buena Nueva es el saber informatizado, simplemente demostrativo, que desalojará todos los demás “metarrelatos” (historia, ética, cultura) porque él, y sólo él puede “ser traducido en cantidades de información”, en virtud de lo cual “el saber tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma que los productores y los consumidores de mercancías mantienen con estas últimas, es decir, la forma valor”4, entonces, el profesor advierte por el rabillo del ojo que los alumnos –perdón, los modificados– están usando los equipos para jugar Nintendo y para una fábrica clandestina de horóscopos.

El profesor piensa que hace bien Seny Hernández en llamar a este educador –perdón, tecnólogo- el “tecnócrata dependiente”5.

A la sustitución de importaciones industrial –piensa sigue la sustitución de importaciones cultural. Con ambas crecen la vulnerabilidad y la dependencia.

En ese instante, una baja en el voltaje borra todas las memorias electrónicas. Pantallas y mentes quedan en blanco. Será por eso –hipotetiza el profesor– que desde que computarizaron la nómina, los profesores nuevos tardan un año antes de cobrar el primer sueldo.

9

Es hora, entonces, de recurrir al tercer modelo de enseñanza, el “humanista-integrador”, que “integra al estudiante con la realidad circundante, mediante la objetivación en el desarrollo de los contenidos programados; para lo cual el profesor centra su atención en la problematización del contenido programado y los estudiantes buscan soluciones relacionadas con los problemas planteados”6. Suena bien; brisas de McNeil, de Ivan Illich y de Paulo Freire con sus aulas sin muros o sus sociedades desescolarizadas soplan sobre el proyecto. El profesor se acerca al aula del “humanista-integrador”, y no puede entrar, al advertir que la repletan los ciento veinte estudiantes que el desbordamiento de la matrícula obliga a aceptar a cada docente. En 90 minutos de clase, podrá dedicar algo así como cincuenta segundos al humanismo de cada uno de sus alumnos.

Para ello, el “humanista integrador” exige asistencia obligatoria y evaluación contínua. De manera que la experiencia avanzada por este estilo:

Humanista-integrador: A ver. ¿Cómo dice Rogers que se logra el aprendizaje significativo? Conteste Pérez.

Perez: “El aprendizaje significativo se logra a través de la experiencia del individuo, como sujeto de su propio aprendizaje”.

Humanista-integrador: (Anota la calificación del día en el cuadernito negro). Hum… ¿Y qué recomienda Erich Fromm para el estudio? Conteste usted, Piñango. ¿Cómo? ¿No vino Piñango? ¿Y cómo espera lograr el énfasis libre en las motivaciones de los individuos para obtener la dedicación al estudio, si no cumple con la asistencia obligatoria y evade la necesaria, la persistente, la indispensable, la salvadora, la milagrosa, la liberadora, la heurística, la holística, la quiliástica evaluación continua? Hum… Hum… (Frunce el ceño y quita puntos en su libreta negra).

El profesor se aleja, asimilando la novena enseñanza del día. No hay que empeñarse en aplicar los métodos del seminario o de la terapia centrada en el individuo, con los públicos del Circo Romano y los libros de la Biblioteca de Alejandría (después del incendio). Se recae así en los métodos de interrogatorio –perdón, evaluación– cotidiano y palmeta, que el profesor recuerda La Cátedra del Humor, la única de la Universidad que no tenía evaluación ni asistencia obligatoria, y que por eso mismo convoca audiencias de varios millares para cada sesión. Porque si hay cátedras de dibujo, que es algo que no se puede enseñar –argumentaba su creador, Pedro León Zapata– ¿por qué no puede haber una Cátedra del Humor, que es algo que no se aprende?

10

El profesor encuentra a Piñango bajo un árbol del patio, metido a Cuentacuentos, esa nueva plaga juglaresca que prolifera en los jardines de todas las universidades.

Había una vez –cuenta Piñango- una universidad muy dotada y un profesor muy sabio, que sólo graduaban desempleados. Y uno de esos graduados le dijo al profesor: “Dicen que estoy sin trabajo porque sobran profesionales. Pero, ¿cómo pueden sobrar profesionales en un país donde el 80% de los pobladores sufre de desnutrición, más de la mitad vive en ranchos, un millón doscientos mil son analfabetas, la mortalidad infantil es el 4% y apenas hay un médico y dos camas de hospital para cada mil habitantes?”. Y el profesor le contestó: “¡Tonto! Te he enseñado que en un mercado hay exceso de mercancía cuando se copa la demanda relativa (la de los que pueden pagar), aunque todavía quede sin cubrir la demanda absoluta (la de quienes necesitan y no pueden pagar). Cuando pasa eso, la mercancía sobrante es almacenada, o destruida para que no llegue a manos de quienes la necesitan. En el mercado de trabajo, tú eres la mercancía. La demanda relativa copada es la de los que pueden pagarte, pero no te necesitan. La demanda absoluta, es la de todo el país. Los almacenes son las cárceles; los destructores son los gorilas de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, y los fondomonetaristas por venir, que han liquidado los estratos profesionales de sus países. Moraleja: dejar que los banqueros dicten las leyes de la economía en vez de obedecerlas, es como dejar al Rey Herodes suelto en una fiesta infantil”.

Piñango es humanista, pero no integrador. Ni integrado.

Al profesor se le humedecen los ojos. El humedecimiento no es emocional. Las bombas lacrimógenas ruedan cerca de los laboratorios químicos donde no hay fondos para comprar reactivos; el helicóptero de la policía revolotea sobre los talleres sin máquinas. Los estudiantes, o los profesores, o los empleados, o los policías, o todos ellos a la vez protestan. En el fondo, todos detestan la barrera que separa universidad y vida real.

Resultado: así como hay conflicto para entrar de la calle al claustro, lo hay cada vez que el claustro quiere irrumpir sobre la realidad.

Inútil recomendar el ejemplo de esas universidades europeas o norteamericanas, tan ordenaditas ellas. Todavía hay viejitos que recuerdan los ejemplos de Berkeley y del mayo francés. La Universidad sigue embistiendo, ciegamente. Y sin embargo, concluye el profesor, cada una de esas arremetidas volcánicas constituyó una extrema paideia de la Universidad latinoamericana sobre su medio. En el germen de nuestras grandes conmociones estuvo siempre una vanguardia de agitadores universitarios. La Ilustración, la Independencia, el Liberalismo, el Positivismo, el Populismo y los movimientos radicales fueron pedagogías prometéicas, que a su modo formularon las respuestas posibles en cada época y en cada circunstancia. En los tiempos de la inmolación de América Latina a la política hemisférica y al capitalismo trasnacional, a la Universidad le corresponde formular una nueva respuesta, y un nuevo método para enseñarla.

Tomado de la revista Nueva Sociedad, 2001. Caracas. p. 107.

NOTAS

1 UNESCO. Naciones Unidas, Anuario Estadístico 1988, Nueva York, 1988.

2 UCV. Boletín Estadístico. 1985.

3 UNESCO. Naciones Unidas, Anuario Estadístico 1988, op. Cit.

4 La Condición Postmoderna, Ed. Cátedra, Madrid, 1984, pp. 10 y 55.

5 Seny Hernández: El Preseminario a la luz de una experiencia, T. II, UCV, FACES, mimeo, caracas, 1980, p. 265.

6 Seny Hernández; op. cit. p. 264.