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Educere
versão impressa ISSN 1316-4910
Educere v.10 n.34 Meridad set. 2006
Identidad y educación: dilema de la contemporaneidad
Aliro Pérez Lo Presti
Universidad de Los Andes Mérida - Venezuela perezlopresti@latinmail.com
Resumen
Uno de los retos del docente de la contemporaneidad estriba en asumir el hecho cultural de su medio y el asunto de la identidad como “fenómenos universales”. La posibilidad de percibir un nacionalismo ajeno a esta premisa sería un contrasentido. Independientemente del valor que se le pretenda atribuir a las manifestaciones culturales “autóctonas”, las mismas no pueden ser desvinculadas de la historia de las manifestaciones culturales “universales”. Manejar adecuadamente esta visión es uno de de los desafíos del docente de los tiempos que corren. En este sentido se plantean algunas reflexiones.
Palabras clave: identidad, contemporaneidad, universalidad, cultura, educación
Identity and education: a dilemma in contemporaneity
Abstract
One of the challenges of teachers in contemporary times lies in assuming the cultural happening of its environment and the idea of identity as “universal phenomena. ” The possibility of perceiving nationalism removed from this premise would be contradiction in terms. Regardless of the value that “autochthonous ” cultural manifestations pretend to claim, these cannot be separated from the history of “universal” cultural manifestations. Handling this vision adequately is one of the challenges of teachers in current times. With regards to the above, there are some points that deserve thought and consideration.
Key words: Identity, contemporaneity, universality, culture, education
Fecha de recepción: 19-05-06 Fecha de aceptación: 01-06-06
El bueno de Cervantes produjo una obra inmortal. Su carácter simbólico es ejemplo de que a pesar del paso el tiempo, o precisamente por el paso del tiempo, su lectura es inagotable. Cada época, cada generación, ve en El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, aspectos que en otras épocas no habían sido señalados. El original cervantino ha tenido múltiples lecturas, cada una de ellas condicionada por las generaciones que se han topado con el texto. Sus contemporáneos lo leyeron de una manera, los románticos le dieron otras interpretaciones y así sucesivamente hasta llegar a la contemporaneidad. Los hombres del presente hemos encontrado en un libro escrito hace cuatrocientos años, aspectos que las generaciones precedentes no interpretaron, o lo hicieron de otra forma.
Escribir sobre “identidad” podría parecer para algunos un asunto trivial. Cada generación ha visto el tema desde la perspectiva que sólo puede asumir un hombre de su tiempo. Consideramos que en el marco histórico de la contemporaneidad, es un ejercicio inédito el hacer lecturas en torno a este inagotable problema. Nuestra generación ha asumido el asunto con otros ojos. Con una dimensión única que ha sido marcada por la perspectiva que da el tiempo, que todo lo transforma. El interminable tema ha adquirido niveles de complejidad tal, que volver una vez más sobre el tópico de la identidad, es trabajar en un campo donde mucho se ha dicho, pero lo mejor está tal vez por aclararse, dado su carácter dinámico y cambiante. Particularmente en la manera como hemos de abordarlo desde el punto de vista educativo. Entonces el problema en cuestión se vuelve fascinante.
1. Aclaremos: ¿Qué es identidad?
Intentando asir un concepto en términos tan sencillos como esclarecedores, identidad vendría a ser el conjunto de elementos culturales que nos hace diferentes. Esta diferencia no sólo abarca el ámbito de lo social, sino que la identidad condiciona la existencia de aspectos de carácter personal entre los miembros de un grupo.
Identidad, por consiguiente, son los elementos culturales los cuales nos dan características propias con cierta uniformidad que nos identifica como pueblo, nación, comunidad o grupo de pertenencia.
Cuando uno va a Maracaibo o a Ámsterdam, percibe una diferencia en la forma de ser, de interactuar y de manifestar las diferentes expresiones culturales entre los habitantes de estas dos ciudades. Eso es identidad; lo que hace particularmente propio o distinto a una sociedad determinada y, por consiguiente, a los miembros que conforman la misma.
El tema, ha llevado a los pensadores o estudiosos de la identidad a planteárselo de múltiples formas. En lo educativo, pensamos que el docente ha de tener una percepción meditada sobre este asunto, a efectos de asumir una posición atinada, cargada de sentido común, que le permita esclarecer el problema ante las innumerables situaciones en las cuales se va a ver impelido a opinar o discernir sobre esta cuestión.
Particularmente en lo que respecta a la identidad del hombre de la contemporaneidad, tan vapuleado por las tecno-ciencias, las cuales han conducido a enormes cambios que han afectado todos los confines del planeta. Incluso el concepto de identidad, ha sido modificado por la contemporaneidad; por ello, este tema adquiere un carácter inédito al ser asumido por el hombre de nuestros días.
2. Los tiempos que corren
Es, en rigor, en los doscientos años últimos cuando los más grandes cambios han ocurrido. De la máquina de vapor se pasó a la electricidad, a los motores de explosión, a los cohetes, a la energía atómica. Del posta a caballo, al avión, al radio, a la T.V., a los cohetes espaciales. Toda una ciencia y una tecnología nuevas y cambiantes han surgido y el hombre está apenas estrenando sus nuevos útiles, sus recientes posibilidades y asomándose a embriagadoras y riesgosas perspectivas. (Uslar Pietri en Esquenazi, 1988, p. 107)
Somos la consecuencia del sincretismo producido por la interrelación de varias culturas. El mestizaje no sólo es consecuencia de la mezcla de españoles aventados a lo desconocido, los indios nativos, muchos de los cuales realizaron una penosa resistencia y los negros esclavizados, en condiciones infrahumanas. Es mucho más. Se trata de un proceso dinámico que no se ha detenido. Seguimos siendo como latinoamericanos y, particularmente como venezolanos, el producto del intercambio genético de todos los grupos de inmigrantes arribados a nuestras tierras a partir del descubrimiento de América, incluso quizá antes del mismo.
El percibir a los habitantes del continente americano como grupos “originarios” podría ser cuestionado. Si se trata de varios grupos de habitantes diferentes, los que existían en nuestros escenarios geográficos antes del arribo de Cristóbal Colón, entonces seguramente habría interacción entre los mismos, sea intercambio de tipo comercial, cultural, de socialización o de cualquier índole. Si estos grupos culturales de alguna forma interactuaban con otros grupos, no podríamos decir que fuesen originarios. Estaban recibiendo influencias entre sí y por lo tanto mimetizaban o extrapolaban conductas y actitudes. El simple hecho de que existiese un intercambio comercial entre los habitantes de nuestro continente antes del arribo de Colón, desvirtúa el concepto trillado de “originario”. Si había comercio, existía intercambio cultural, por lo tanto influencias interculturales entre nuestros aborígenes. Pero este tópico constituye un tema para desarrollar con mayor amplitud en otro trabajo.
Aquí y ahora, existe un intenso proceso de mestizaje a raíz del arribo y la incorporación social de enormes masas de extranjeros. Grupos de griegos, italianos, alemanes, portugueses, árabes y chinos con religiones disímiles al cristianismo, suramericanos de los distintos confines y una nueva tanda de españoles arribados después de la guerra civil, entre muchos otros, han hecho de nuestro país un laboratorio genético cuyo carácter vendría a ser el de un grupo de personas que convive con características culturales de alcances universales.
Cuando en el ámbito educativo nos trazamos como norte la exacerbación de los valores que nos identifican como pueblo y el motivar el amor por nuestras tradiciones autóctonas, entramos en el dilema de que no se debería excluir a quienes forman el gran conglomerado de lo que somos como nación.
Muchos conformamos el producto de un mestizaje tan reciente, como el producido a raíz de la incorporación de europeos al aparato productivo del país durante las décadas del 40-50. Pensamos que ignorar esta condición maravillosa, sería una mengua.
Una de las intenciones del presente trabajo es enfatizar sobre la necesidad de ajustar la visión del docente en lo que respecta al término de identidad. ¿Cuál vendría a ser la identidad cultural de un venezolano del presente, después de tantas influencias que le han otorgado un carácter de ciudadano muy particular, con elementos universales en su manera de concebir el mundo? ¿Cómo lograr un equilibrio entre el intento de defender tradiciones culturales propias de mestizajes anteriores, con el nuevo universo de ciudadanos que conforman nuestro país y tienen derecho a que se respete su visión del mundo, matizada por los elementos culturales del grupo al cual pertenecen y al cual se están integrando, más aún cuando se han mimetizado y “mezclado” con los venezolanos que ya estaban pululando por estos lares?
Estamos en una situación en la que defender manifestaciones culturales debería tener un carácter integrador y no excluyente. ¿Cómo lograrlo?
3. Educar en función de lo universal
Si bien es cierto que conformamos un grupo humano con elementos tradicionales que nos identifican como pueblo, no podemos ser ajenos a un hecho inherente a la cultura, que es su maleabilidad y potencial de cambio. Lo “normal” es que los elementos inherentes a la idiosincrasia cultural de una sociedad cambien en la medida en que el tiempo transcurre. Ese cambio está condicionado, entre otros factores, por las inevitables y hasta necesarias influencias que recibimos de otros grupos. Recibimos influencias y mimetizamos aspectos que podríamos catalogar como positivos o negativos, pero que constituyen una de las características propias de pertenecer a una cultura. El cambio, el mimetizar e identificarnos con valores y formas de comportamiento foráneos es inevitable. El calzado de cuero suele ser más cómodo y seguro que la alpargata. Por defender un supuesto nacionalismo, no podemos seguir utilizando una pieza cuya función es la de protegernos los pies y llevar un andar más cómodo. La alpargata vendría a configurar una pieza de museo, lugar en donde se intentará preservar los elementos culturales que nos han precedido.
La forma de vestir, la manera de hablar (reflejada en los libros “clásicos”) e incluso la música que se ha escuchado, entre otros muchos elementos propios de nuestra cultura, conforman aspectos de nuestro legado cultural que nos explican de dónde venimos y porqué somos quienes somos.
Consideramos que lo susceptible de ser llevado al aula como elemento formador, no puede ser sólo lo que se produce en nuestro país, pues tendríamos una visión limitada del mundo, contraria a una posición universal frente a los fenómenos que nos rodean.
El docente de la contemporaneidad tiene el doble reto de asumir el hecho cultural como un fenómeno universal y luchar contra el etnocentrismo al cual podría conducir un nacionalismo errático, sin desdeñar de la necesidad de tener presente el producto de lo que hacemos como conglomerado.
¿Cómo ignorar a los grandes autores de la cultura universal porque somos supuestamente nacionalistas? ¿Quién podría rechazar la preponderancia en el pensamiento universal de autores de la talla de Erasmo, escritores como Dostoievski o músicos como Vivaldi? ¿Acaso no son precisamente la raíz o el esbozo inicial de lo que a muchos de nuestros intelectuales ha nutrido para el desarrollo de sus ideas?
Desdeñar lo universal para exacerbar lo nacional, es un terreno peligroso en donde podemos caer en la trampa de quien descalifica lo que constituye las bases de lo que es nuestra cultura y nuestras manifestaciones creativas.
Un ejemplo interesante de las consecuencias del mestizaje y sus manifestaciones de carácter universal, lo constituye la hallaca: “…es como un compendio ejemplar del proceso de mestizaje. En ella están: la pasa y la aceituna de romanos y griegos, la alcaparra y la almendra de los árabes, la carne del ganado de los capitanes pobladores de Castilla, el maíz y la hoja del bananero de los indios”. (Uslar Pietri en Eskenazi, 1988: 149) Maravilloso ejemplo de que lo que un pueblo produce no puede desvincularse de infinidad de influencias, adquiriendo el carácter de universal.
Hemos de educar desde lo universal. Nuestra cosmovisión nos ha de inducir a exacerbar la importancia del hecho cultural como parte de un sistema, en donde todos los elementos del mismo, interactúan unos con otros.
Nuestras expresiones culturales han de ser asumidas como manifestaciones de alcances universales. Lo contrario sería una mutilación de una manera sistémica de apreciar el mundo que hemos logrado conformar y el mundo que estamos construyendo.
Lo que se hace en Timotes o en La Guajira, como expresión de un gentilicio cultural, ha de ser asumido como un hecho de alcances cuya trascendencia podría ser ilimitada. Precisamente lo que ha terminado asumiendo por consenso la dimensión de “universal”, parte de lo “particular”; lo proveniente de un lugar, un tiempo o una visión de las cosas que trascienden por sus características particulares e inéditas. Es justamente esa pequeña porción de “originalidad” propia de cualquier manifestación cultural, lo que hace que la misma trascienda y llegue a todos los confines.
4. La visión universal enriquece el entorno
Cuando asumimos que la difusión de los valores universales de la cultura es necesaria, terminamos por asir la idea a través de la cual lo que hacemos en cada una de nuestras manifestaciones culturales es susceptible potencialmente de trascender. Cuando estudiamos lo que somos capaces de hacer como colectivo, entendemos que tiene la misma viabilidad de trascender a todos los confines, al igual como ha ocurrido con muchas de las manifestaciones de la cultura europea. El entender que el producto de las expresiones humanas es universal, desde que es manifestado, es concebir una visión en la que nada quedaría fuera del sistema que conforma todas las realizaciones del hombre en cualquier parte del planeta. Los matices que hacen las diferencias entre unas y otras expresiones no son sino maravillosas y enriquecedoras formas de tratar de comprender y comprendernos. Por otra parte, la necesidad de crear formas inéditas para resolver los problemas de cada pueblo, constituye uno de los grandes retos de la humanidad. Particularmente de los hombres que viven o sobreviven en situaciones de carencia. “La verdadera independencia consiste en buscar nuestros propios medios de producción, de defensa, de dirigir la educación, la cultura y nuestro bienestar social” (Sant-Roz, 1990, p. 87). Esta premisa no podría disociarse de todo un entorno y una tradición que tiene múltiples matices y potenciales interpretaciones disímiles.
“…En un mundo que se debate entre el individualismo extremo y el colectivismo despersonalizado, hacen que la búsqueda de su identidad siga los más diversos caminos, el penoso espiral de frecuentes auto-confrontaciones… Erik Ericsson, el más notable teórico del concepto y del proceso de identidad escribe: Identidad es aquello que capacita al hombre para lograr mantener una posición individual en un mundo de fuerzas conflictivas… Es un proceso basado en una acrecentada capacidad cognitiva y emocional para permitir que uno sea señalado y reconocido como un individuo circunscrito en relación con un universo predecible… La búsqueda de una identidad confiable se ve mejor en el persistente esfuerzo por definirse, sobredefinirse, redefinirse uno mismo y uno a otro, a menudo mediante una comparación despiadada… La verdadera identidad depende del respaldo que el individuo recibe de parte del sentido colectivo de identidad que caracteriza a los grupos sociales que le son significativos… (y) …conlleva persistencia y presteza en el mantenimiento y el rescate de características esenciales, aun en procesos de cambio”. (Alarcón, 2003, pp. 15-16) Las características de Latinoamérica en lo que respecta a su realidad social, política y cultural, independientemente de lo “inédito” de sus condiciones, no están tan alejadas del destino por el que han tenido que atravesar otros pueblos, los cuales en la actualidad percibimos desmesuradamente diferentes. Todo proceso de transformaciones lleva implícito un grado de dolor e insatisfacción sobre el que no podemos regodearnos hasta el infinito, a menos que sepamos ubicarlo en su justa dimensión histórica y su vinculación con el resto de las naciones.
5. ¿Educar desde lo universal en medio de carencias?
Muchas son las quejas de los docentes en lo que respecta a lo poco que leen nuestros jóvenes. Hasta el cansancio se nos repite que incluso nuestros egresados universitarios carecen de la habilidad para escribir. Las críticas que se hacen sobre la capacidad de redacción de nuestros alumnos son interminables. ¿Cómo enseñar desde una perspectiva universal, contraria al etnocentrismo, y sentir que somos comprendidos en nuestros planteamientos por un conglomerado de estudiantes que a duras penas leen y escriben?
Pensamos que el asumir ese reto es precisamente la función más importante del sistema educativo en todas sus etapas. Ardua es la tarea y lleno de trampas se encuentra el camino.
Ese es el reto del docente. El de utilizar todas sus capacidades pedagógicas y elementos histriónicos, al punto de lograr cautivar a unos estudiantes que inicialmente no parecieran tener interés en lo que predicamos. Sólo una tenacidad inherente al acto que implica ser docente podría permitirnos salir airosos ante tamaño desafío. Difundir la idea de que sólo se puede aspirar a entrar en una dimensión universal si partimos de lo particular, es la consigna. Lo contrario también es válido. Doble es la consigna.
Cervantes nos lo dejó claro. La utilización de una visión “particular” del mundo, a través de la recreación de los acontecimientos por los que atravesaban sus personajes, le permitió trascender a una universalidad tal, que el texto, lejos de empobrecerse con el paso de los años, ha adquirido matices de mayor trascendencia, conforme ha venido transcurriendo el tiempo. Quizá uno de los textos de mayor alcance universal, fue planteado desde una perspectiva tan basal como la cotidianidad. De eso trata la obra. Eso logra la obra: permitir la trascendencia de unos hechos que le ocurrieron a un pobre hidalgo de aldea. Lo cotidiano, ubicado en un lugar (un “peladero” denominado un lugar de La Mancha), en un tiempo, en una sociedad específica, logró la fantástica posibilidad de convertirse en una obra de alcances universales y tal vez imperecederos.
Ejemplo de cómo se trasciende desde lo que tenemos al alcance de la mano, siempre que lo asumamos desde la ambiciosa pretensión de mostrarlo como un hecho universal.
6. Conclusiones
El docente de la contemporaneidad difícilmente podría apreciar el concepto de “autóctono” como disímil o alejado de la percepción de que forma parte del sistema que conforma la cultura universal.
Una visión sistémica en torno a las manifestaciones culturales permite aclarar y entender la vinculación entre lo que somos, la manera de percibir nuestra identidad; y lo mucho que está relacionado este hecho con el resto de las expresiones del género humano, en el marco de la cultura de la cual forma parte.
Difícilmente tiene cabida en el pensamiento de la contemporaneidad la idea de una originalidad absoluta, alejada de toda influencia o vinculación con elementos históricos y/o culturales que la precedan.
La conceptuación de lo autóctono como una representación inmersa en el mundo, del cual forma parte, ha de estar presente a la hora de plantearse la noble tarea de educar o transmitir ideas.
Medico Cirujano. Profesor ordinario del Departamento de Psicología y Orientación de la Facultad de Humanidades y Educación. Miembro del personal docente y de investigación de la Universidad de Los Andes.
BIBLIOGRAFÍA
1. Alarcón, R. (2003). Los mosaicos de la esperanza. Caracas: APAL. [ Links ]
2. Eskenazi, M. (1988). Uslar Pietri: Muchos hombres en un solo nombre. Caracas: Editorial Caralex. [ Links ]
3. Sant-Roz, J. (1990). Maldito descubrimiento. Mérida, Venezuela: Kariña Editores. [ Links ]












