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Salus
versão impressa ISSN 1316-7138
Salus vol.16 no.3 Valencia dez. 2012
EDITORIAL
Una mirada distinta a la libertad
Todos poseemos una experiencia peculiar: nos percibimos como seres completos, ya formados ontológicamente, pero al mismo tiempo comprobamos que somos capaces de completarnos aún más, de crecer, de perfeccionarnos. Se trata del descubrimiento de una capacidad intrínseca a nuestro ser con la cual podemos llevarnos a cumplimiento y ser los artífices de nuestra propia realización: la libertad. Como explica el filósofo español Antonio Millán-Puelles en su obra La estructura de la subjetividad: no estoy hecho del todo, pero tampoco estoy del todo por hacer, y aquello que está hecho ya en mi mismo no por mí sino en mí lo está de tal manera, que me confiere la posibilidad-necesidad de hacer opciones (...) Mi ser sustancial, radicalmente fáctico, como tal, no puede estar semihecho. Pero yo no soy únicamente mi propio ser sustancial, sino también lo que libremente voy haciéndome como sujeto activo de mis opciones.
Al mismo tiempo, esta experiencia del poder que poseemos para conseguir nuestra perfección e incluso contribuir a la perfección de otras personas y del mundo, va acompañada con la conciencia de nuestras limitaciones. En este sentido, conviven en nosotros dos realidades: junto a la advertencia de la apertura de nuestro ser, gracias al poder de la libertad, vivimos la experiencia del límite. No todo lo que querríamos hacer podemos conseguirlo. Somos seres finitos con deseos de infinitud.
Sin embargo, la conciencia de esta realidad no siempre se presenta serenamente, sino que muchas veces puede ser origen de una tensión interior que puede inducir a negar que exista en nosotros una libertad con tal capacidad, o bien negar que tenga esos límites.
Aún así, el deseo de libertad no disminuye. Todo lo contrario, se ha presentado a lo largo de la historia como una conquista a conseguir, tanto en la propia vida personal como en la vida en sociedad. Al igual que el deseo de felicidad y plenitud, el anhelo de libertad es universal, al punto de no poder separar ambas realidades: la felicidad se presenta radicalmente relacionada con la conquista de la libertad. Así, la respuesta a la pregunta por el sentido de la libertad condiciona el camino a la felicidad.
Por su radical importancia, la reflexión acerca de la libertad ha sido y es un tema recurrente, especialmente en la actualidad, donde prolifera una enorme sensibilidad hacia ella. Pero no estoy segura de que todos tengamos la misma idea de lo que ella sea. Aunque se hable mucho de libertad, no siempre la entendemos del mismo modo. Por eso, pienso que vale la pena replantearse la pregunta por su verdadero sentido. Es necesario hacer una pausa en nuestros planteamientos acerca de la importancia de que se respete la libertad de todos, y preguntarnos: ¿cuál es el sentido de la libertad? ¿Por qué la deseamos tanto? ¿Podemos desear algo que ya poseemos?
No me parece vano dedicar tiempo a esta cuestión ya que comprender a fondo el sentido de la libertad es esencial a nuestra orientación en la vida; porque conociendo su grandeza y su justo alcance, podremos valorarla y comprender mejor nuestra condición en el mundo, logrando así una vida más profunda y por lo tanto más serena. Frecuentemente se dice que la libertad es un derecho, que la libertad es no tener límites, ser uno mismo, poder expresarse, no tener restricciones, etc. Si bien todas estas expresiones dicen algo importante de lo que ella es, incluso dicen algo de lo que el mismo hombre es, ya que la libertad tiene que ver con nuestra propia identidad, al mismo tiempo pienso que no es tan frecuente escuchar que la libertad sea un don. Sin embargo, pienso que esa definición es la más adecuada para comenzar a plantearla.
Aunque esta reflexión implique mucho más que estas pocas líneas, es posible ofrecer unas breves ideas que nos lleven a comprender que no es posible entender a fondo la libertad si no se la entiende como don.
Pero, ¿qué significa que la libertad sea un don? ¿Qué repercusiones puede tener en nuestra vida personal y social focalizarla de esta manera? Hablar de don significa reconocer que se ha recibido algo.
En cuanto a la libertad, percibimos que no es algo dado en un determinado momento de nuestra existencia sino que ella está en nosotros desde siempre. A la vez, advertimos que no nos la dimos a nosotros mismos, sino que nos hallamos en el mundo siendo libres. Es decir, junto con el ser, hemos recibido la libertad, por tanto poseemos una libertad adecuada a nuestro ser: grandiosa y a la vez limitada. Percibimos que no somos seres absolutos, tenemos fragilidades, dependemos de otros, nuestras ilusiones no siempre son llevadas a término, etc. Pero, como decía al comienzo, al mismo tiempo somos capaces de mucho, podemos ser dueños de nosotros mismos, conducir nuestra existencia, transformarnos, mejorarnos, perfeccionarnos y así alcanzar nuestra felicidad.
Entonces, ¿es factible que siendo limitados podamos alcanzar tanto? En efecto, la posible pugna o contradicción que nace por esta realidad en la que se encuentran el poder y el límite, se desvanece en cuanto advertimos que es posible ser grandiosos no a pesar de nuestra limitación, sino a partir de ella. Es decir, si prestamos atención a nuestra existencia, descubriremos que efectivamente no hemos diseñado nuestro modo de existencia humana, sino que nos encontramos siendo en este mundo y de un modo concreto, incluso con circunstancias determinadas. En ese sentido hay límites, pero una existencia sin esos límites, no sería existencia, de hecho no sería nada, en el sentido de que existir supone limitación. Sólo poseemos aquello que se nos ha sido dado; y lo hacemos cada vez más nuestro en la medida en que lo aceptamos tal y como se nos ha dado.
Cuando recibimos un regalo podemos tener dos actitudes: o lamentar aquello que nos hubiera gustado que el regalo tuviera pero no tiene, o dejarnos deslumbrar sin pretender más de lo que se nos da, valorando y aprovechando al máximo las posibilidades de aquello que recibimos. De este modo nos percatamos de las posibilidades enormes, quizás infinitas, que posee. Perdernos con ensueños de lo que hubiéramos hecho nosotros de ser los creadores del regalo, no nos permite realizar nuestra creatividad a partir de él.
Es importante reconocer que somos pequeños pero no por eso menos poderosos, aunque nuestro poder consista en una autonomía que, para que sea tal, implique la conciencia de nuestra dependencia. Así, contemplando y admirando el don nos hacemos más realistas y autónomos en nuestro actuar. Conocemos mejor quiénes somos y se nos ilumina el camino hacia la felicidad.
Que exista un Donante del ser y de la libertad, no constriñe la libertad humana, sino que nos conduce al origen de nuestra existencia y nos da respuesta al para qué de nuestro ser. Ser hombre es descubrir un sentido. Cuando no hay sentido, tampoco puede haber orientación, se crea un clima de confusión, caos, que conduce al vacío, y por eso llena de miedo y de inseguridad. De esta manera, nuestra condición humana, tal como la experimentamos, lejos de llevarnos a una visión negativa o empobrecida de nuestro ser, nos puede elevar la mirada a la gratitud, actitud que trae consigo la paz, la serenidad y el amor. Este reconocimiento implica una actitud de acogida y humildad que luego permite una acción oportuna y fructuosa, tanto en la vida personal como en la vida social.
Al mismo tiempo, esta mirada conduce de la mano a la libertad moral: la libertad como tarea es la otra cara de la moneda. Somos libres para alcanzar la plenitud humana por nosotros mismos. Nadie ocupará nuestro puesto a la hora de decidir qué vida queremos llevar, ni las decisiones que configuran nuestro ser. Somos responsables de nuestro obrar porque este depende única y exclusivamente de nosotros en su ser y en su hacerse, y porque no vivimos aisladamente sino que nos realizamos junto con otros.
Por último, pero no por eso menos importante, plantearnos la libertad como don nos enseña que su sentido está en la donación. Una libertad que se dirige al amor manifiesta la mejor manera de dirigir libremente la vida hacia la auténtica felicidad.
El individualismo, las actitudes egocéntricas, liberan de los otros y en cierto modo de uno mismo, nos dejan en soledad y aislados. Pero esa liberación fomenta la angustia, la falta de sentido, la indiferencia, y por eso mismo no es una auténtica liberación. Es una libertad que huye del compromiso y de todo ligamen. Se nota porque en lugar de engrandecer al hombre, lo apaga.
En cambio, el hombre llega a ser plenamente él mismo cuando se abre donándose a los otros. En las relaciones intersubjetivas se despliega el acto libre, allí el hombre crece, madura y se acerca a la felicidad. Podemos ejercer tal acto de amor gracias al don de la libertad, por el cual somos dueños y disponemos de nosotros para la entrega al otro.
De este modo, contemplando la generosa donación del Ser que nos ha dado la libertad, aprendemos que amar es querer el ser y el bien del otro, y que en eso consiste la felicidad.
María de las Nieves Viaña
Pontificia Università della Santa Croce, Roma,Italia E-mail: nievesviana@yahoo.com












