En el fascinante panorama de la odontología pediátrica en Latinoamérica, es un honor dirigirme a todos aquellos que, con dedicación y pasión, contribuyen a preservar o recuperar la salud oral y general de niños y adolescentes, incluyendo aquellos con necesidades especiales en salud. Desde el ejercicio clínico hasta la docencia universitaria, la participación en organismos gubernamentales y privados, así como el desarrollo de políticas públicas, cada uno de ustedes desempeña un papel crucial en el avance de nuestra disciplina. Es tiempo de reflexionar sobre nuestros logros, llenarnos de orgullo y, al mismo tiempo, afrontar desafíos que demandan nuestra atención colectiva.
Celebramos el hecho de formar parte de una profesión que va más allá de la simple práctica clínica. En la odontología pediátrica, somos educadores, defensores de políticas de salud oral, y agentes de cambio en nuestras comunidades. La labor que realizamos no solo impacta la salud de los más jóvenes, sino que también contribuye al desarrollo sostenible de nuestras naciones. Nos enorgullece ser partícipes de una disciplina que tiene un impacto tan significativo en la vida de las personas desde una edad temprana, tanto niños como familias y sus comunidades.
Sin embargo, en medio de nuestros logros y celebraciones, surge una preocupación que no podemos pasar por alto. Algunos especialistas en odontopediatría, incluyéndome, expresamos inquietud por el riesgo de infantilizar nuestra profesión. Es evidente que trabajar con niños demanda una adaptación particular de la práctica odontológica: espacios amigables, un lenguaje comprensible y, en ocasiones, incluso ajustes en nuestra vestimenta para generar confianza y comodidad, acordes al proceso de crecimiento y desarrollo de nuestros pacientes.
Pero esta adaptación no debe confundirse con la trivialización de nuestra labor. Comparar situaciones absurdas de otras especialidades, como patólogos hablando de un “tumorcito” o cardiólogos mencionando un “infartito”, resalta la necesidad de preservar la seriedad y el rigor científico que caracterizan a la odontología pediátrica. No podemos permitir que nuestro compromiso con la salud bucal de los niños se vea eclipsado por un enfoque superficial o estereotipado.
Recordemos siempre que nuestra disciplina es, ante todo, una profesión científica. Nos basamos en la evidencia y seguimos las mejores prácticas clínicas. La responsabilidad ética que asumimos al trabajar con niños como sujetos materiales de estudio exige un enfoque formal y riguroso en todas nuestras investigaciones y prácticas clínicas. El hecho de que nuestros pacientes sean niños no implica, en modo alguno, que debamos adoptar una actitud infantilizada en nuestro quehacer profesional.
Es crucial comparar nuestra realidad con la de referentes internacionales, como Estados Unidos o Europa, con quienes compartimos estándares teóricos y técnicos similares de atención. Sin embargo, los latinoamericanos somos percibidos como “menos serios” debido a nuestras diferencias culturales y herencia local. Debemos desafiar esta percepción demostrando que, aunque adaptemos nuestra práctica al entorno pediátrico, mantenemos un compromiso serio con la calidad y la profesionalidad, Odontología Pediátrica en Latinoamérica: Celebrando Logros y Desafiando Estereotipos acorde con los más altos niveles de ejercicio profesional y ético.
La preocupación por la infantilización debe extenderse al ámbito de la investigación y la divulgación científica. Los menores de edad, al ser sujetos de estudio particularmente vulnerables, merecen un respeto absoluto desde un punto de vista ético y legal. Debemos adherirnos a las normativas locales de cada país y a los convenios y tratados internacionales que protegen los derechos y la integridad de los niños en el ámbito de la investigación científica.
Este llamado a la seriedad y al compromiso no implica, en modo alguno, despreciar la labor de tantas mujeres y hombres que ejercemos esta noble profesión. Más bien, es una invitación a investigarnos a nosotros mismos y a reflexionar sobre el camino que estamos tomando como odontopediatras en Latinoamérica. Nos encontramos en una posición única, siendo el primer contacto de nuestros niños y niñas con nuestra profesión. Tenemos el poder de influir en su salud y, por ende, en su bienestar a lo largo de sus vidas. Al desafiar la infantilización y reafirmar nuestro compromiso con la seriedad y el profesionalismo, no solo elevamos la calidad de la odontología pediátrica, sino que también contribuimos al prestigio de la profesión en su conjunto. La excelencia científica y el respeto por la infancia deben converger para formar una odontología pediátrica que inspire confianza y respeto a nivel nacional e internacional.
En conclusión, celebramos los logros de la odontología pediátrica en Latinoamérica, pero también asumimos la responsabilidad de enfrentar desafíos que podrían socavar nuestra integridad profesional. Dada la importancia de nuestra labor, no podemos permitirnos ejercitar nuestra especialidad como si fuera un “juego de niños”. En nuestras manos está el primer contacto de las personas con nuestra profesión, y muchas veces tenemos el poder de habilitar a los niños y cuidadores para que se mantengan sanos toda su vida. Al preservar la seriedad y el compromiso, nos posicionamos como una de las especialidades más importantes de la odontología, guiando el camino hacia un futuro donde las sonrisas de los niños reflejen nuestra dedicación seria y profunda a la salud y el bienestar de todos quienes confían en nuestra hermosa labor.











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