Introducción
Los nuevos desafíos que enfrenta la educación superior hoy en día incluyen la necesidad de brindar una educación de calidad, adaptándose a los cambios sociales y económicos de la sociedad moderna (Tovar & Damián, 2021). En este contexto, el desarrollo de competencias laborales se vuelve fundamental para que los profesionales puedan desempeñarse de manera proactiva. Asimismo, los profesionales del siglo XXI deben ser autónomos, conscientes y adaptables, capaces de gestionar el cambio social, continuar su proceso de aprendizaje permanente y demostrar ética y estabilidad emocional en el trabajo colaborativo que demanda el entorno académico y laboral (Aguilar, 2014).
En este sentido, la educación superior no solo enfrenta retos académicos, sino también desafíos en el desarrollo emocional y social de los estudiantes. En un mundo globalizado, las personas pueden verse fácilmente afectadas por sus emociones, lo que a su vez impacta su desempeño académico y profesional. Por ello, resulta esencial comprender y gestionar las propias emociones, así como utilizarlas de manera positiva para favorecer el aprendizaje y la adaptación al entorno (Goleman, 1995). En consecuencia, los estudiantes con niveles superiores tienden a desarrollar habilidades flexibles innatas, así como habilidades académicas, que les permiten aumentar su capacidad de adaptación y mejorar así su rendimiento académico. Por lo mencionado es importante obtener información sobre los estudiantes durante su formación para vincular sus actividades académicas con su inteligencia emocional (Macías, 2018).
BarOn (1997) define la inteligencia emocional como las habilidades de orden personal, emocional y social influyentes en la capacidad para adaptación y afrontamiento de las demandas ambientales y el estrés. Por su parte, Goleman (1995) la define como “la capacidad de motivarse a uno mismo, de cumplir con los compromisos frente a los reveses, de controlar los impulsos, de retrasar la gratificación, de regular las propias emociones y de prevenir la angustia que interfiere con uno mismo” (p.34), junto con las habilidades racionales y la capacidad de llevarse bien con los demás y confiar en ellos. Bisquerra (2020) sostiene que es un elemento esencial de la psicopedagogía emocional, ya que es la base de la intervención y el desarrollo de la competencia emocional y en las ideas de Mayer y Salovey (1990), es necesario que cada individuo aprenda a gestionar y controlar sus sentimientos y emociones, así como sus pensamientos y acciones, para propio bienestar y de los demás. Mayer y Salovey (1997) establecen la manera en que se muestran las emociones y al significado que se asigna a determinadas expresiones emocionales, fortalecerá el pensamiento positivo y ayudará a desarrollar el pensamiento emocional e intelectual.
Goleman (1995) destaca que el desarrollo de la automotivación, la regulación emocional, la empatía y la identificación y manejo del estrés contribuyen a fomentar la autoconfianza, la disciplina, la solidaridad y la capacidad de trabajo en equipo. Teniendo en cuenta las aportaciones señaladas, podemos indicar que la inteligencia emocional, se posiciona tal cual un elemento concluyente, el que viene revolucionando el orbe industrial y profesional, pues el éxito en el trabajo ya no está determinado por el coeficiente intelectual, los grados universitarios o la experiencia técnica, sino por la autoconfianza, la valoración propia y a los demás, la autorregulación, la posibilidad de comprender al otro, la responsabilidad. En pocas palabras, lograr un desarrollo integral, donde se incluyan las habilidades de comunicación, con las que las personas son emocional y socialmente inteligentes y, por tanto, capaces de construir relaciones de colaboración. Goleman (2010) señaló que la inteligencia emocional permite a las personas responder con confianza sin dejarse dominar por las emociones. Cabe mencionar que, los descubrimientos de la neurociencia aprueban asemejar los procesos fisiológicos que generan las emociones, en procesos de determinadas conductas e indican que la forma de controlarse y utilizarse, si las personas reflexionan sobre la forma de crear diversas conductas fruto de sus emociones, sería efectivo con el uso de métodos, así como formas de comportamiento. Olmedo y Farrerón (2017)) demostraron que cuando los niños se adaptan a un nuevo entorno, diversas estructuras psicológicas cambian junto con nuevas experiencias para producir una reorganización mental. En tales casos, el aprendizaje es el resultado del cambio a medida que se desarrollan nuevas situaciones.
Por otra parte, el nivel de logro de los aprendizajes, es visto como un segmento del todo en el proceso de evaluación, que se calcula numéricamente y resulta en aprobación o suspenso al finalizar el trabajo de curso, mientras que el aprendizaje en sí no está garantizado. Morales y Barraza (2017) definen el logro académico como la demostración del conocimiento temático de un individuo mediante indicadores cuantitativos, con valores numéricos expresados en decimales y el rango correspondiente a cada unidad de aprendizaje, determinado por una persona calificada. El rendimiento académico es multifactorial e involucra una enorme variedad de factores y el poder explicativo del tiempo y el espacio en el ámbito educativo (Martínez et al., 2018).
De igual forma, Peña (2018) considera que el rendimiento académico es una medida del grado de absorción de los contenidos del proceso de aprendizaje, lo cual se refleja en las calificaciones que fija el Ministerio de Educación, con base en escalas tradicionales. Este es el producto del proceso de adquisición de conocimientos y se evalúa mediante pruebas escritas y otras actividades académicas, de modo que el rendimiento no es cuánto recuerdan los estudiantes el material, ni cuánto bajan sus calificaciones en los exámenes para probar y controlar el aprendizaje, sino cuánto incorporan conductas del mundo real, resuelven problemas y aplican lo aprendido, lo cual se refleja en acciones pedagógicas que incluyen hábitos, habilidades, capacidades, etc.
Finalmente, la investigación procura que diversas instancias como instituciones, docentes y estudiantes consideren necesario no solo la implementación, sino también el desarrollo de programas con estrategias relacionadas a la inteligencia emocional, sin descuidar el trabajo colaborativo y aprendizaje colaborativo que los beneficiarán tanto académica como en su entorno laboral. Desde la perspectiva pedagógica, los docentes podrán reflexionar sobre sus metodologías, incorporando estrategias para fomentar la educación emocional y mejorar el desempeño de los estudiantes en la educación superior.
Con base en lo expuesto, se plantea la interrogante de: ¿Qué relación existe entre la inteligencia emocional y el rendimiento académico de los estudiantes de educación superior?
Metodología
La presente investigación fue de tipo básico, con un alcance descriptivo, ya que permitió recopilar información sobre conceptos y características de una población de 30 estudiantes. Se estableció como criterio de inclusión que los participantes estuvieran matriculados en el año 2022, cursaran el quinto ciclo y pertenecieran a la especialidad de Matemáticas en el Instituto Superior Antenor Orrego, ubicado en el distrito de Cajabamba, departamento de Cajamarca.
Asimismo, el estudio fue de tipo correlacional al analizar y explicar la relación entre las variables de inteligencia emocional y rendimiento académico dentro de la muestra seleccionada (Hernández et al., 2014). En cuanto al diseño de investigación, este es no experimental, dado que las variables se observan tal como ocurren en la realidad, sin ser manipuladas intencionalmente (Hernández et al., 2014, p.152). Además, se consideró de corte transversal, ya que la información se recopiló en un momento específico del tiempo, permitiendo describir y analizar el comportamiento de las variables en ese periodo determinado (Hernández et al., 2014, p.151).
La representación gráfica es:
Resultados
En estos datos se encontró que el 53% del grupo de estudio tenía una inteligencia emocional baja, seguido por un 43% con inteligencia emocional promedio y un 3% con inteligencia emocional muy baja. No se encontraron estudiantes en los niveles superior o muy superior de inteligencia emocional dentro de la muestra. La inteligencia emocional es esencial para las relaciones positivas y la forma en que interactúas con los demás.
Respecto al rendimiento académico, los resultados muestran que el 77 % de los estudiantes cumplen con las expectativas, el 20 % de los estudiantes están aprendiendo, el 3 % de los estudiantes son excelentes estudiantes y el nivel inicial es 0 %.
Al analizar la relación entre inteligencia emocional y rendimiento académico, se encontró que: El 76.7 % de los estudiantes se encuentra dentro del rango esperado de logros. Un 36.7 % de la muestra posee baja inteligencia emocional, mientras que un 40% tiene inteligencia emocional media. En el nivel de proceso, el 20 % de los estudiantes presentó un rendimiento académico bajo, de los cuales: un 3.3 % mostró una inteligencia emocional muy baja. Un 16.7 % tenía una inteligencia emocional baja. Entre los estudiantes con rendimiento académico destacado (3.3 %), se identificó una inteligencia emocional media; estos resultados permiten inferir que, a mayor desarrollo de inteligencia emocional, mejor será el desempeño académico.
En la Tabla 2, el p-valor obtenido fue 0.000, lo que indica una relación estadísticamente significativa entre inteligencia emocional y rendimiento académico dentro de la muestra (α = 0.05). El coeficiente Rho de Spearman fue de 0.515, lo que indica una correlación positiva moderada entre ambas variables; esto sugiere que valores más altos de inteligencia emocional están asociados con un mejor rendimiento académico.
Tabla 3 Correlación de Spearman: dimensión intrapersonal de la Inteligencia IQ y el rendimiento académico
En la Tabla 3, el p-valor obtenido fue 0.015, confirmando nuevamente una relación significativa entre las variables. El coeficiente Rho de Spearman fue de 0.440, lo que indica una correlación positiva moderada. Estos resultados sugieren que una mayor escala intrapersonal de inteligencia emocional se asocia con un mejor desempeño académico.
Tabla 4 Correlación de Spearman: dimensión interpersonal de la inteligencia emocional y el rendimiento académico en alumnos
En la Tabla 4, el p-valor obtenido fue 0.000, lo que refleja un alto grado de vinculación entre el rendimiento académico y la dimensión interpersonal de la inteligencia emocional. El coeficiente Rho de Spearman fue de 0.938, lo que representa una correlación positiva muy fuerte. Esto indica que, a mayor desarrollo de habilidades interpersonales, mejor será el rendimiento académico de los estudiantes.
Discusión
La relación entre inteligencia emocional (I.E.) y rendimiento académico (R.A.) ha sido objeto de diversos estudios durante las últimas décadas. Goleman (1998) fue uno de los primeros en enfatizar la necesidad de desarrollar de la inteligencia emocional en los entornos educativos y laborales, indicando que habilidades como la autoconciencia, la autorregulación, la motivación, la empatía y las habilidades sociales pueden influir significativamente en el rendimiento académico. Investigaciones recientes apoyan esta idea, mostrando que los estudiantes con mayor inteligencia emocional tienden a afrontar de manera más satisfactoria el estrés, desarrollar estrategias de aprendizaje más efectivas y estar más comprometidos con el aprendizaje (Tovar Párraga y Damián Núñez, 2021; Macías Alvia et al., 2018).
En este contexto educativo, la inteligencia emocional (I.E.) se ha asociado con el autocuidado y la regulación del estrés, factores que inciden en el bienestar estudiantil y, en consecuencia, en el buen desempeño académico (Cáceres González et al., 2020). Asimismo, se ha identificado que los estudiantes con índices más altos en los niveles de la I.E. muestran una menor propensión al abandono de los estudios y una mayor capacidad de resiliencia ante las dificultades académicas (Afridi et al., 2021). Dado este panorama, el presente estudio busca profundizar en la correlación de la I.E. con el logro académico, contribuyendo a la comprensión de cómo el desarrollo emocional puede potenciar el triunfo académico en estudiantes de educación superior.
Los hallazgos de esta investigación son consistentes con estudios previos, los cuales han identificado una relación positiva entre inteligencia emocional y rendimiento académico. En particular, los resultados coinciden con los obtenidos por MacCann et al. (2020), quienes, a través de un meta-análisis, concluyeron que los estudiantes con mayor inteligencia emocional obtenían mejores calificaciones. Del mismo modo, Mayorga Lascano (2019) y Banda Huallca & Delgado Rojas (2021) han demostrado que la I.E. no solo influye en el rendimiento académico, sino que también afecta la capacidad de adaptación al entorno educativo y el bienestar mental de los estudiantes.
Otro aspecto relevante es la influencia de la I.E. en la gestión del estrés académico. Investigadores como Aguilar Rivera et al. (2014) y O'Connor et al. (2019) han evidenciado que los estudiantes con una mayor capacidad de regulación emocional presentan menores niveles de ansiedad y afrontan de manera más efectiva los desafíos académicos. Esto es particularmente relevante en contextos de alta exigencia, como se pudo vivenciar durante la pandemia de COVID-19, en donde la inteligencia emocional desempeñó un rol decisivo en el bienestar psicológico, así como el académico (Cáceres González et al., 2020). Los resultados del estudio también mostraron que existe un efecto interactivo entre las variables de estudio. Este resultado es similar a los hallazgos de Giles (2017), quien abordó la necesidad de desarrollar las competencias y conocimientos de alto nivel evaluando la correlación entre competencia emocional individual y los constructos de R.A. utilizando pruebas válidas y fiables. Por lo tanto, se asegura la correlación entre inteligencia emocional y rendimiento académico.
Cabe recalcar que el coeficiente Rho de Spearman fue de 0,440, con esto se evidencia la orientación personal de los discentes de educación superior general estaba débilmente correlacionada positivamente con su rendimiento académico, y cuanto mayor era la inteligencia personal, mejor era el desarrollo académico. Este resultado se relaciona con los hallazgos de Chuquicondor (2020) quien dio a conocer que existe una correlación alta entre el nivel del componente interpersonal y el éxito académico. De otra parte, se encontró una correlación significativa entre el grado de componentes como la adaptabilidad, el manejo del estrés, el estado de ánimo general y el rendimiento académico, concluyendo que las personas con dificultades en la inteligencia emocional tienen dificultades para gestionar sus emociones y llevarse bien con los demás, ya sean familiares, colegas o compañeros de clase. Según Camones (2018).
Touron (2004)) considera que el logro académico se refiere a todos los esfuerzos por evaluar el conocimiento adquirido. Teóricamente, la inteligencia emocional es una unidad que influye en gran medida en la relación entre los recursos personales y los efectos de la salud, el bienestar general e incluso el rendimiento académicas (Miao et al., 2017). Respecto a la inteligencia emocional esta impacta en la vida académica, Perera y DiGiacomo (2013) manifiestan al respecto, que, tiene un efecto significativo en la predicción del logro académico.
En síntesis, los resultados confirman que la inteligencia emocional es un elemento determinante en el desarrollo académico y por ende en el bienestar estudiantil. Estos hallazgos resaltan la urgencia de adicionar en los programas curriculares de estudio actividades que permitan el desarrollo socioemocional, con el fin de fortalecer las habilidades emocionales de los estudiantes y, en consecuencia, mejorar su desempeño académico y su bienestar general.
Conclusiones
Los resultados de este estudio evidenciaron una relación positiva entre la inteligencia emocional y el rendimiento académico en estudiantes de un Instituto Superior de Cajamarca. La prueba de correlación arrojó un coeficiente de 0.515, indicando una correlación moderada y significativa, lo que demuestra que valores más altos de inteligencia emocional (EQ) están asociados con un mejor desempeño académico.
Asimismo, se encontró una relación altamente significativa entre la escala interpersonal de la inteligencia emocional y el rendimiento académico, con un coeficiente Rho de Spearman de 0.938. Este hallazgo indica que los estudiantes que desarrollan mejores habilidades interpersonales tienden a obtener mejores resultados académicos. En consecuencia, se destaca la importancia de fortalecer las competencias interpersonales como un factor clave para potenciar el aprendizaje y el éxito académico en la educación superior.
Estos resultados subrayan la necesidad de incorporar estrategias de desarrollo socioemocional en los programas educativos, con el fin de mejorar tanto la inteligencia emocional como el rendimiento académico de los estudiantes. Se recomienda que futuras investigaciones exploren intervenciones específicas que promuevan el desarrollo de estas competencias, contribuyendo así a una formación integral y al bienestar estudiantil.





















