Introducción
En la sociedad actual, el bienestar emocional y la capacidad de adaptación se han convertido en aspectos cruciales para enfrentar los desafíos y demandas del entorno en constante cambio. En este contexto, la inteligencia emocional y la resiliencia surgen como dos fundamentos elementales que están directamente relacionados con la forma en que las personas afrontan y superan las adversidades. La importancia de la inteligencia emocional en el desarrollo de la resiliencia ha captado la atención de investigadores y profesionales de la salud, emergiendo pruebas crecientes que apuntan a una íntima conexión entre ambos constructos.
La inteligencia emocional se define como la aptitud de conocer, comprender y sobrellevar tanto las propias emociones como las de quienes están alrededor; además, implica utilizar esta información emocional de manera efectiva para orientar el pensamiento y el comportamiento (Bar-On, 2005). Este tipo de inteligencia no cognitiva desempeña una función esencial en el logro del éxito y el bienestar emocional. Con base en el mencionado concepto, Bar-On (2005) elaboró el Inventario de Cociente Emocional (I-CE), marco teórico específico en el que se fundamenta esta investigación señalando, que la inteligencia emocional se compone de cinco elementos principales.
El primero, llamado componente intrapersonal (CIA), aborda la virtuosidad de comprender las emociones propias y sentimientos, expresarlos de manera asertiva y tener una buena imagen de uno mismo (Jamba et al., 2021). El segundo, denominado componente interpersonal (CIE), abarca la empatía hacia los demás, la habilidad para establecer relaciones satisfactorias y ser responsable en el ámbito social (Falla, 2021). El tercero es la adaptabilidad (CAD), que involucra la capacidad para resolver problemas, evaluar la realidad y ajustarse a cambios (Del Valle et al., 2010). El cuarto componente es el manejo del estrés (CME), que se refiere a tolerar el estrés y a controlar los impulsos. Y el quinto es el estado de ánimo general (CAG), que engloba la felicidad y el optimismo (Mishar & Bangun, 2014).
Por otro lado, la resiliencia se entiende como la habilidad de adaptarse y recuperarse ante la adversidad, el estrés y las pruebas de la vida (Wagnild & Young, 1993). Entonces, la resiliencia puede ser descrita como una cualidad de la personalidad que mitiga los negativos efectos del estrés y genera adaptación. En otras palabras, es la valentía y adaptabilidad que una persona demuestra ante las adversidades de la vida. Para Codinfa (2002), la resiliencia es una competencia cognitiva, emocional y sociocultural que las personas desarrollan para enfrentar, reconocer y transformar de manera constructiva situaciones que causan sufrimiento o daño, amenazando su desarrollo. Es importante recalcar que la resiliencia no se limita a un rasgo estático, sino a una capacidad dinámica que puede desarrollarse y fortalecerse a lo largo del tiempo. Según Masten (2014), este proceso de desarrollo obedece a factores internos (habilidades cognitivas y emocionales) y externos (apoyo social, modelos a seguir y oportunidades de aprendizaje).
Ahora bien, la violencia conyugal, entendida como cualquier agresión física, psicológica o sexual que vulnere la libertad de uno de los miembros de la pareja y ocasionándole daños personales (Echeburúa, 1998), la cual, además de afectar a la pareja, influirá negativamente en las personas que la rodean, conllevando a una serie de problemas familiares y sociales. Según datos estadísticos las muejres pueden ser más vulnerables.
En el 2022, Ecuador reportó 81 casos de feminicidios (Ministerio de la Mujer y Derechos Humanos, 2024) y la Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo (ALDEA) reportó 272 casos, catalogado como uno de los países más violentos de la región (Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo, [ALDEA], 2022). Bolivia reportó 94 feminicidios ese mismo año, teniendo identificados a más del 80 % de los victimarios, quienes podrían purgar una sentencia de hasta 30 años de prisión (Ministerio Público de Bolivia, 2023). Colombia registró 614 casos de feminicidio y 47 771 casos de mujeres victimizadas por familiares (pareja), representando un aumento de 7 713 casos en comparación al año anterior (Procuraduría General de la Nación, 2023).
Perú no está exento de esta problemática. El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) manifestó que, en el 2022, las cifras de personas afectadas por la violencia familiar ascendieron a 154 mil, y se registraron 147 feminicidios, representando al menos tres fallecimientos violentos de mujeres cada semana. En el período del 2015 hasta el 2022, llegaron a 1 045 las víctimas. De ellas, el 71,4 % de los casos fueron perpetrados por la pareja o expareja, el 38,8 % sucedieron en el hogar de la víctima; de esos, el 23,1 %, se ejecutó a través de estrangulamiento, asfixia o ahogamiento. Además, la principal causa de feminicidio son los celos (Instituto Nacional de Estadística e Informática [INEI], 2022).
En este contexto, investigaciones han demostrado que la implementación de programas basados en inteligencia emocional puede fortalecer la resiliencia emocional de mujeres que han sufrido violencia conyugal. Lau (2024) examinó los factores de la inteligencia emocional y la resiliencia, basándose en el enfoque de modelado de ecuaciones estructurales. El diseño empleado es exploratorio cuantitativo, con una población de 300 estudiantes de enfermería. Los análisis de datos indicaron que hubo asociaciones entre las puntuaciones de autocontrol, sociabilidad y emocionalidad con las puntuaciones de resiliencia y bienestar. Los hallazgos proponen que la inteligencia emocional está asociada a la resiliencia.
Por su parte, Falla (2021) propuso un programa de inteligencia emocional que ayude a mejorar la resiliencia en estudiantes de una institución educativa en Sullana. Utilizó un enfoque cuantitativo y un diseño propositivo, con una muestra de 102 estudiantes. El autor encontró que el nivel de resiliencia es predominantemente bajo (46,1 %), con una tendencia hacia el nivel medio (29,4 %). Además, se confirmó que el nivel deficiente predomina (46,1 %) en la inteligencia emocional, así como los niveles deficientes en las dimensiones: atención emocional (45,1%) y claridad emocional (49,0 %). Concluyendo que la inteligencia emocional y la resiliencia son fundamentales para reconocer y manejar las emociones; siendo importante la ejecución de programas de intervención que busquen desarrollar las mismas.
Por tanto, los programas de inteligencia emocional en la resiliencia de mujeres víctimas de violencia conyugal surgen como respuesta a la alarmante prevalencia de violencia de género en la región y la necesidad de proporcionar soporte emocional y herramientas prácticas para ayudar a las víctimas a reconstruir sus vidas. Representando una opción relevante para el abordaje de una de las problemáticas profundamente arraigadas en Latinoamérica, la violencia contra la mujer. Por tanto, ante lo expuesto, se propuso como objetivo determinar la eficacia de un programa de inteligencia emocional en la resiliencia de mujeres víctimas de violencia conyugal de un centro de salud - Sechura, Perú.
Materiales y métodos
Se realizó una investigación de enfoque cuantitativo, cuasiexperimental, aplicada y de corte transversal. Lo que implicó la recopilación de datos mediante un instrumento estandarizado, aplicando pretest y postest, en un tiempo específico con el objetivo de determinar la eficacia de un programa de inteligencia emocional en la resiliencia de mujeres víctimas de violencia conyugal de un centro de salud - Sechura, Perú, usando el método científico y procedimientos metodológicos (Hernández & Mendoza, 2018).
La muestra estuvo conformada por dos grupos, experimental y control, cada uno con 24 mujeres víctimas de violencia conyugal que asistieron al consultorio psicológico de un centro de salud en Sechura. Las cuales fueron informadas sobre el objetivo de la investigación y, a través de un consentimiento informado, manifestaron voluntariamente su participación. El muestreo utilizado fue de naturaleza no probabilística por conveniencia.
Para la recolección de datos se aplicó la encuesta como técnica, y el instrumento utilizado fue el cuestionario de resiliencia de Wagnild y Young (1993), diseñado para evaluar el nivel de resiliencia, el cual fue ajustado por Novella (2002), quien realizó una adaptación peruana de esta prueba en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Y posteriormente, Gómez (2019) realizó una estandarización en el contexto Perú con estudiantes universitarios mayores de edad. Demostrando la validez del constructo, mediante el análisis factorial exploratorio, empleando la prueba KMO y el test de Bartlett, resultando un valor de 0,87, que indicó un alto grado de validez en la medición de la resiliencia. Asimismo, demostró la fiabilidad mediante la técnica del Alfa de Cronbach (α = 0,87), evidenciando la precisión y confiabilidad de la escala para medir la resiliencia en población peruana.
Es importante señalar que el mencionado instrumento abarca seis dimensiones satisfacción personal, ecuanimidad, sentirse bien solo, confianza en sí mismo, perseverancia y resiliencia. El tipo de respuesta es Likert del 1 (totalmente en desacuerdo) al 7 (totalmente de acuerdo). Para el análisis estadístico descriptivo, se emplearon tablas de distribución de frecuencia, la prueba de normalidad de Shapiro-Wilk y la estadística inferencial a través de la prueba no paramétrica de rangos con signo de Wilcoxon.
Resultados
La tabla 1 muestra los valores de Z de la resiliencia (-4,26 b) y sus dimensiones de la resiliencia: satisfacción personal (-3,78 b), ecuanimidad (-2,97 b), sentirse bien solo (-4,06 b), confianza en sí mismo (-4,12 b), perseverancia (-3,08 b); por tanto, se visualiza diferencias significativas en los niveles de las dimensiones de resiliencia antes y después de aplicar el programa y es significativa p -valor < 0,01.
Tabla 1 Eficacia del programa de inteligencia emocional en la resiliencia de mujeres víctimas de violencia conyugal
| Dimensión | Satisfacción personal | Ecuanimidad | Sentirse bien solo | Confianza en sí mismo | Perseverancia | Resiliencia |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Pretest- Postest | Pretest- Postest | Pretest- Postest | Pretest- Postest | Pretest- Postest | Pretest- Postest | |
| Z | -3,78b | -2,97b | -4,06b | -4,12b | -3,08b | -4,26b |
| Sig. asin. (bilateral) | < 0,001 | < 0,003 | < 0,001 | < 0,001 | < 0,002 | <0,001 |
La tabla 2, indica que posterior a la ejecución del programa existen disimilitudes en los niveles de resiliencia general y sus dimensiones. En el pretest predominó el nivel moderado para la resiliencia general (62,5 %) y las dimensiones de satisfacción personal (75,0 %), confianza en sí mismo (70,8 %), perseverancia (66,7 %) y sentirse bien solo (50,0 %); solamente la dimensión ecuanimidad presentó un 66,7 % en el nivel mayor. En cuanto al postest, en resiliencia general y todas sus dimensiones predominó el nivel mayor. Por lo tanto, se concluye que el programa de inteligencia emocional generó cambios en las dimensiones de la resiliencia, evidenciándose diferencias en los porcentajes obtenidos durante el pretest y postest.
Discusión
El programa de inteligencia emocional en la resiliencia de mujeres víctimas de violencia conyugal, implementado en el centro de salud de Sechura, Perú, ha demostrado ser una intervención significativa y útil para abordar las ramificaciones emocionales y psicológicas de la violencia de género. La evaluación del programa mostró una mejora estadísticamente significativa en los índices de resiliencia de las participantes (p-valor < 0,01) y en sus dimensiones antes y después de la aplicación del programa, puesto que en el pretest sólo el 8,3 % alcanzó el nivel mayor de resiliencia; en cambio, en el postest, el 58,3 % obtuvo este nivel. Por lo tanto, se afirma que el programa de inteligencia emocional presentó efectos positivos en la resiliencia de las mujeres participantes del estudio.
El mencionado resultado concuerda con los hallazgos de Falla (2021), quien diseñó y propuso un programa de inteligencia emocional para contribuir en el fortalecimiento de la resiliencia en adolescentes de educación secundaria; en su estudio se determinó que la inteligencia emocional posee relación significativa con la resiliencia de los estudiantes (rho = 0,743; sig. =0,000); esto indicaría que los programas de inteligencia emocional, al desarrollarse en distintas poblaciones, son efectivos tanto en adolescentes como en mujeres víctimas de violencia.
Tabla 2 Dimensiones de resiliencia antes y después de la aplicación del programa de inteligencia emocional en mujeres víctimas de violencia conyugal
| Dimensiones/Niveles | Mayor | Moderado | Escaso | TOTAL | ||||||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Pretest | Postest | Pretest | Postest | Pretest | Posest | |||||||||
| F | % | F | % | F | % | F | % | F | % | F | % | F | % | |
| Satisfacción personal | 6 | 25,0 | 15 | 62,5 | 18 | 75,0 | 9 | 37,5 | 0 | 0,0 | 0 | 0,0 | 24 | 100 |
| Ecuanimidad | 16 | 66,7 | 19 | 79,2 | 8 | 33,3 | 5 | 20,8 | 0 | 0,0 | 0 | 0,0 | 24 | 100 |
| Sentirse bien solo | 9 | 37,5 | 20 | 83,3 | 12 | 50,0 | 4 | 16,7 | 3 | 12,5 | 0 | 0,0 | 24 | 100 |
| Confianza en sí mismo | 7 | 29,2 | 20 | 83,3 | 17 | 70,8 | 4 | 16,7 | 0 | 0,0 | 0 | 0,0 | 24 | 100 |
| Perseverancia | 8 | 33,3 | 15 | 62,5 | 16 | 66,7 | 9 | 37,5 | 0 | 0,0 | 0 | 0,0 | 24 | 100 |
| Resiliencia general | 2 | 8,3 | 14 | 58,3 | 15 | 62,5 | 7 | 29,2 | 7 | 29,2 | 3 | 12,5 | 24 | 100 |
Además, los resultados se fundamentan en el aporte teórico de Goleman (1995), al referir que la inteligencia emocional permite al individuo conocer y desarrollar de manera adecuada cada una de sus emociones, obteniendo un papel primordial en el éxito personal y una perspectiva optimista hacia el futuro, acogiendo con liderazgo la toma de decisiones efectivas, solucionando conflictos y construyendo relaciones sólidas en los diferentes ámbitos de su vida. Por su parte, Boyatzis (2005) respalda la eficacia significativa de estos programas, mediante su postulado “liderazgo resonante”, al enfocar la forma en que los individuos emplean la inteligencia emocional y establecen efectos positivos sobre las personas y su medio. Dicho de otro modo, son aquellos que inspiran y crean conexión emocional al lograr desenvolverse de manera efectiva, generando un impacto positivo en los demás a través de la compasión, empatía y la esperanza; es así que se promueve la resiliencia, facilitando un clima donde la adaptabilidad, el volverse a centrar y recuperarse ante nuevos objetivos son más efectivos.
Por otro lado, en relación al nivel de resiliencia y sus dimensiones, las féminas víctimas de violencia demostraron que, antes de la implementación del programa de inteligencia emocional, el 29,2 % se ubicó en un nivel escaso de resiliencia; así mismo, el 12,5 % presentó el mismo nivel en la dimensión sentirse bien solo. Estos datos reafirman lo expuesto por Viera et al. (2021) en su investigación “experiencias de violencia y trastornos psicológicos sufridos por mujeres víctimas de violencia conyugal”, al referir que las mujeres violentadas presentaban síntomas como depresión, obsesión-compulsión, ansiedad y somatización. La repercusión de la violencia abarca desde la autopercepción que presenta la mujer sobre sí, manifestada en sentimientos de inseguridad, impotencia e insatisfacción, hasta sus relaciones con el entorno social, las mismas que se tornan debilitadas dada la situación de aislamiento. Los trastornos emocionales, pánico, nerviosismo, ansiedad y miedo destacaron como sintomatología psicológica resultante de la violencia experimentada.
Dentro de los aportes teóricos, Mayer et al. (2000) ha contribuido significativamente en este campo, y manifiesta que la dificultad para desarrollar habilidades blandas como la inteligencia emocional refleja una menor capacidad al enfrentar los desafíos emocionales y psicológicos, debido a que no hay una regulación emocional para poder redefinir nuevas metas. Así mismo, Seligman (2023), en sus indagaciones sobre el bienestar psicológico, propone que la resiliencia puede ser fortalecida a través del desarrollo de habilidades emocionales y cognitivas. Además, pone de manifiesto que a las personas con escasa inteligencia emocional se les dificulta manejar el estrés y la ansiedad de manera efectiva, careciendo de una perspectiva optimista hacia el futuro.
De igual forma, después de la implementación del programa de inteligencia emocional, se evaluó el nivel de resiliencia general y sus dimensiones en mujeres violentadas por sus cónyuges, encontrando predominio del nivel mayor con un 58,3 % para resiliencia; mientras que las dimensiones, sentirse bien solo y confianza en sí mismo comparten el mismo porcentaje (83,3 %); de igual modo, las dimensiones, satisfacción personal y perseverancia obtuvieron 62,5 % cada una. Por su parte, la dimensión de ecuanimidad posee un 79,2 %.
Corroborándose con los resultados del estudio de Lau (2024), quien examinó los factores de la inteligencia emocional rasgo y la resiliencia, basándose en un enfoque de modelado de ecuaciones estructurales. Cuyos resultados indicaron asociaciones entre las puntuaciones de autocontrol, sociabilidad y emocionalidad, con el bienestar psicológico. Davidson (2012) teóricamente ratifica esta afirmación, desde la perspectiva de la plasticidad cerebral, expresando que la inteligencia emocional está relacionada con la resiliencia, dada la notable capacidad del cerebro para modificar su estructura y funcionamiento, con el propósito de adaptarse a las vicisitudes de la vida, y así hacer frente a las adversidades.
Los aportes de Mayer et al. (2000), fundamentados en un modelo de desarrollo de la inteligencia emocional, sugieren que esta puede ser entrenada y desarrollada para potenciar el manejo emocional, promoviendo un ajuste psicológico óptimo, resolución de conflictos, liderazgo y resiliencia. Entonces, los programas orientados hacia el desarrollo de la inteligencia emocional están concebidos para instruir y fomentar habilidades blandas desde la infancia hasta la adultez, mediante metodologías que incluyen la instrucción emocional en instituciones educativas, la capacitación en habilidades de comunicación y resolución de conflictos en contextos laborales, y programas de crecimiento personal en comunidades.
Asimismo, al analizar las diferencias entre los niveles de resiliencia y sus dimensiones antes y después de la implementación del programa de inteligencia emocional. Encontrándose incremento de la resiliencia en 50,0 % para el nivel mayor, una disminución del 33,3 % para el nivel moderado y, para el nivel escaso, una disminución del 16,7 %. En relación a la dimensión de satisfacción personal, se observa un incremento en el nivel mayor y una disminución del nivel moderado en 37,5 %. Por su parte, la dimensión ecuanimidad evidencia aumento en el nivel mayor y decremento en el nivel moderado en un 12,5 %. De igual manera, la dimensión sentirse bien se acrecentó en el nivel mayor y decreció en el nivel moderado en un 45,8 %. Mientras que la dimensión de confianza en sí mismo registra incremento en el nivel mayor y disminución del nivel moderado en un 54,1 %. Finalmente, la dimensión perseverancia aumentó en el nivel mayor y se redujo en el nivel moderado con un 29,2 %.
Estos datos coinciden con la investigación de Gilar et al. (2019), quienes al evaluar la intervención destinada a fomentar la inteligencia emocional en estudiantes de educación superior, hallaron una mejora significativa de la inteligencia emocional en el grupo experimental; entendiéndose que hubo mejoras en las habilidades de percibir y entender las propias emociones y las de los demás, identificar y comprender cómo los sentimientos propios influyen en la toma de decisiones, expresar las propias emociones y el estrés experimentado, y gestionar tanto las emociones propias como las ajenas.
Este estudio indica que se pueden desarrollar programas de inteligencia emocional en mayores de edad, sin afectar la adquisición de competencias específicas ni interferir en su desenvolvimiento diario. Por otro lado, Muñoz (2018), en su programa de educación emocional y habilidades interpersonales para la resiliencia en adolescentes diagnosticados con trastorno mental, indicó impactos positivos y estadísticamente significativos en diversos aspectos, tales como la capacidad de resiliencia total, la atención emocional, la reparación emocional, la tolerancia a la frustración y el bienestar subjetivo.
Consideraciones finales
La implementación de esta intervención resulta en mejoras de las competencias emocionales, incluyendo la capacidad de tolerancia a la frustración y, en última instancia, en el bienestar psicológico subjetivo, especialmente cuando estos se encuentran previamente por debajo de la media de la población general. Es por ello que con esta investigación se ratifica la hipótesis de que la ejecución de programas estructurados de inteligencia emocional tiene un impacto positivo y cuantificable en la resiliencia. Por ejemplo, aquellos estudios que, además de ejecutarse en población de mujeres adultas en un determinado contexto, han documentado también que los estudiantes que reciben formación sobre la inteligencia emocional exhiben una mayor capacidad para manejar situaciones estresantes y confrontar desafíos académicos y sociales con mayor confianza y eficiencia (Brackett et al., 2011).
Adicionalmente, iniciativas como el modelo de aprendizaje emocional desarrollado por Marc Brackett y sus colaboradores en la Universidad de Yale han evidenciado que la enseñanza de habilidades emocionales genera mejoras sustanciales en el bienestar emocional y en la capacidad de recuperación de las personas frente a situaciones adversas (Brackett et al., 2019).
En conclusión, el uso de programas de inteligencia emocional en mujeres víctimas de violencia conyugal demostró ser una intervención poderosa para la mejora del bienestar emocional y psicológico de las participantes. Permitiendo a las mujeres adquirir habilidades para manejar efectivamente sus emociones, reducir la ansiedad y la depresión, facilitando el proceso de sanación más holístico. Los resultados de este estudio subrayan la importancia de la inteligencia emocional en la recuperación de víctimas de violencia de género y proporcionan una base sólida para futuras investigaciones y ampliaciones del programa. Los aprendizajes de esta implementación pueden servir como modelo para intervenciones similares en otras comunidades y regiones, contribuyendo a un enfoque más integral y eficaz.














