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Argos
versión impresa ISSN 0254-1637
Argos vol.31 no.60-61 Caracas 2014
Arquitectura y utopía
Nelson Tepedino
Universidad Simón Bolívar
Resumen: El artículo explora las implicaciones posibles entre el concepto de utopía sobre todo entendido como categoría política y la arquitectura. Se muestra la íntima relación que existe entre la idea de utopía y el surgimiento de los totalitarismos contemporáneos y cómo esta relación encuentra su origen en el proceso de secularización laicista propia de la modernidad ilustrada, sobre todo en la vertiente vinculada al pensamiento rousseauniano. Esto tiene como consecuencia que la praxis de la arquitectura que se comprende a sí misma desde un horizonte utópico corre siempre el peligro de ponerse al servicio de proyectos totalitarios y deshumanizadores, como ya de hecho sucedió durante el siglo XX. Por lo tanto, se propone prescindir de la utopía para pensar la política y la arquitectura.
Palabras clave: filosofía, arquitectura, utopía, política, totalitarismo.
Architecture and Utopia
Abstract: The article explores the possible implications between the concept of utopia, mainly understood as a political category, and architecture. It shows the intimate relationship between the idea of utopia and the emergence of contemporary totalitarianism and how this relationship finds its origin in the process of secularization of enlightened modernity, especially in the aspect linked to Rousseaus thought. This has the consequence that the practice of architecture that understands itself from a utopian horizon is always in danger of serving dehumanizing and totalitarian projects, as in fact happened in the twentieth century. Therefore, the author proposes to abolish the idea of utopia in order to think politics and architecture.
Keywords: philosophy, architecture, utopia, politic, totalitarianism.
Architektur und utopie
Zusammenfassung: Der Aufsatz untersucht die möglichen Implikationen des Begriffs der Utopie vor allem als politische Kategorie für die Architektur. Er zeigt die enge Beziehung zwischen der Idee der Utopie und dem Auftreten des zeitgenössischen Totalitarismus und wie diese Beziehung ihren Ursprung im Prozess der Säkularisierung der aufgeklärten Moderne findet. Dies hat zur Folge, dass eine Architektur, die sich aus einem utopischen Horizont versteht, immer Gefahr läuft, totalitären und menschenverachtenden Projekten zu dienen, wie schon der Fall im 20. Jahrhundert gewesen ist. Deshalb schlägt der Autor vor, auf die Utopia zu verzichten, um die Politik und die Architektur zu denken.
Schlüsselwörter: philosophie, architektur, utopie, politik, totalitarismus.
Hablar de arquitectura y utopía supone hablar de una paradoja. Una paradoja que no deja de tener su importancia en los momentos que vivimos. Como todo el mundo sabe, etimológicamente hablando utopía significa, en griego, no-lugar, un lugar que no está en ninguna parte, que no existe. Y como todo el mundo sabe también, la arquitectura una de las cosas que hace, como bien lo vio Heidegger en su ensayo Bauen Wohnen Denken (Heidegger, 1997), es construir edificaciones que generan espacios y lugares que antes no estaban allí. Emulando la jerga de los físicos, eso significa que al realizar efectivamente un proyecto, la función utópica colapsa. Ya no hay más utopía, sino un nuevo topos. En arquitectura se podría hablar, en todo caso, de utopía tan solo mientras el diseño es mero proyecto y no ha sido concluido aún. Este hecho, por cierto, muestra ya la banalidad inherente a la categoría utopía.
No obstante, el término ha tenido una importante historia en el mundo moderno, sobre todo en el ámbito político o más precisamente, de lo que podríamos llamar la imaginación política. Normalmente, se usa para para designar una sociedad perfecta que supere todos los defectos de la sociedad realmente existente. En este sentido, las utopías literarias pueden leerse como críticas sociales, desde el horizonte de lo que el autor considera el deber-ser de toda sociedad humana. A veces, como es el caso de la famosa Utopía de Tomás Moro, el texto no tiene ninguna pretensión de orientar un proyecto político, sino que se limita a ser una suerte de aguda y profunda ironía sobre aquello que las relaciones sociales humanas, abandonadas a sí mismas, pueden dar de sí. Pero, por otra parte, también es cierto que la mayoría de las veces las utopías se plantean como verdaderos proyectos de sociedad que pueden y deben ser realizados a través de la acción política humana. Este es el sentido que el vocablo ha cobrado en el lenguaje común de nuestra época y suele estar ubicado en la misma nube semántica de la esperanza (lo cual, como veremos, es un profundo error. La utopía no tiene nada que ver con la esperanza). La utopía sería, entonces, algo muy positivo: el horizonte que orienta un proyecto político que busca optimizar las relaciones humanas y crear así una sociedad perfecta, que supere toda explotación del hombre por el hombre y donde todos los seres humanos puedan ser efectivamente libres y realizarse plenamente, sin trabas y en armonía con los demás y con la naturaleza. Es el espíritu que animó a los programas políticos de izquierda durante el siglo XX y tuvo un momento de refulgente actualidad en lo que se llamó el mayo del 68. La caída de los totalitarismos socialistas a finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo dio al traste con el entusiasmo utópico, si bien hay quien todavía sucumbe a su embrujo.
La historia de esta idea es larga y no puedo, evidentemente, mostrarla aquí. Pero baste con decir que es, como los totalitarismos que van asociados a ella, una idea moderna, muy ligada al proceso de secularización laicista que ha ido viviendo el Occidente desde la Ilustración y, con él, a la progresiva racionalización de la existencia y al auge de la técnica en nuestras sociedades desde, por lo menos, la primera revolución industrial. Por primera vez en la historia, la Ilustración sobre todo en su versión francesa-rousseauniana, concibe la política como la posibilidad de transformar al ser humano para sacarlo de su vileza y su maldad y convertirlo en un ser completamente bueno. La política sería una especie de ortopedia social que nos permitiría corregir al hombre corrompido y pervertido por la cultura humana. Si hemos podido con la ciencia descubrir las leyes que rigen el universo, y, aplicándolas, hemos podido transformar la realidad de una manera nunca antes vista a través de la técnica, nada impide que podamos descubrir las leyes que rigen a la sociedad para aplicar la técnica social necesaria para corregir lo que haya de torcido en ella. La razón humana se ha inflado tanto con sus rutilantes logros científico-técnicos que ha terminado por creer que es posible diseñar una sociedad perfecta y planificar el curso de los acontecimientos de tal forma que se pueda torcer el curso de la historia y ponerla en ruta efectiva hacia la seductora utopía de la sociedad sin clases.
Cuando se habla de arquitectura utópica, se está haciendo referencia a este trasfondo político: la arquitectura tendría que ponerse al servicio de este plan de diseño de la utopía sobre la Tierra. Conocemos la cantidad de programas utópicos que se han planteado para la arquitectura en las décadas pasadas. Si el programa utópico consiste en utilizar la política como un instrumento para reformar definitivamente al hombre, la construcción del espacio utópico, en edificaciones y ciudades, cobra una enorme relevancia. No pocos arquitectos brillantes se han dejado seducir por este proyecto. En la Alemania nazi, Hitler que decía ser un arquitecto frustrado soñaba el culmen de su utopía eugenésica en una nueva capital para el mundo ario que surgiría de las ruinas de la guerra mundial que había desatado y que creía poder ganar: Germania, construida sobre lo que alguna vez fue la roja y liberal ciudad de Berlín. Albert Speer, su pupilo, delfín y arquitecto, diseñó efectivamente una perfecta pesadilla urbana nacionalsocialista, que se quedó, gracias a Dios en pura maqueta.
Los socialistas tuvieron más suerte. Como ganaron la guerra, tuvieron a su disposición medio mundo para realizar el experimento utópico. Al principio, su arquitectura no se diferenciaba mucho de su contrapartida fascista: una especie de neoclasicismo frío, monumental, narcisista, grandilocuente y, en última instancia, cursi. Pero muy pronto tuvieron a su disposición la máquina para vivir: el superbloque, completamente funcional, y supuestamente ideal para dotar de viviendas dignas a todo el proletariado. El resultado lo conocemos: enormes urbanizaciones de colmenas humanas, grises y pesadas, en las que no hay espacio alguno para que se exprese y se despliegue ninguna individualidad personal. A dónde van a parar esos experimentos utópicos lo tenemos en los bloques del 23 de enero, de Carlos Raúl Villanueva. Los grandes también se equivocan, y cuando lo hacen lo hacen en grande.
En América Latina, tierra por excelencia de la utopía, donde primero los europeos proyectaron la alucinación de la suya y después los americanos nos empeñamos en soñar castillos en el aire, tenemos no pocos ejemplos de arquitectura utópica, que se parecen al teatro de la ópera en medio de la selva de Fitzcarraldo. Pienso en Brasilia: el culmen del delirio planificador. Una ciudad donde la palabra utopía da un salto mortal semántico para volver a su origen etimológico: se trata de una ciudad construida en un no-lugar, es decir, literalmente en una u-topía.
En todo caso, el resultado de la arquitectura puesta al servicio de la utopía no es muy alentador. Muchas de esas obras que se pensaban futuristas y que, por lo tanto, iban a sobrevivir en el tiempo han envejecido de tal forma que muchas de ellas nos parecen hoy en día bastante feas y su futurismo, paradójicamente, una cosa antiquísima. Además de que, como todo experimento utópico, han quedado indisolublemente relacionadas con el horror del totalitarismo. Y es que no hay manera de que no sea así. Si la política no es la humilde y muy terrena gestión de lo público, sino medio para la regeneración de la sociedad, en orden a que en ella el hombre se redima y devenga en hombre nuevo, la arquitectura ligada a esa concepción, independientemente de la buena voluntad o ingenuidad con la que se crea en eso, devendrá mero instrumento de la opresión totalitaria, que no es otra cosa como muy bien vio Hannah Arendt, que la supresión de lo humano.
La emergencia de este delirio utópico en la modernidad tiene hondas raíces teológicas. La modernidad occidental es una cosa muy paradójica: sólo fue posible en el Occidente porque el Occidente tiene raíces judeocristianas. Es una especie de cristianismo descristianizado, porque el cristianismo es la religión que saca al hombre de la fatalidad que caracteriza al paganismo y su tiempo cíclico, su eterno retorno, y lo proyecta hacia un futuro escatológico que es a la vez horizonte de su plenitud y juicio sobre su vida en este mundo, lo que implica el pleno ejercicio de su libertad frente a Dios, frente a los otros y frente a la historia. Para el cristianismo, hay un horizonte de realización y plenificación de la historia, que está simbolizada en el Nuevo Testamento precisamente por una ciudad, la Nueva Jerusalén, que desciende del cielo y de las manos de Dios. Ese acontecimiento final, en realidad, ya ha sucedido en Cristo, que es el primogénito de esa nueva creación, por lo cual, en sentido estricto, no puede hablarse de utopía en el cristianismo, sino de un topos plenamente realizado en una persona concreta. Ahora bien, puede verse a la modernidad como aquello que sucede si, al prescindir de Dios, el horizonte de la historia que ha quedado abierto al futuro queda solamente en manos del hombre: éste se entenderá a sí mismo como único creador de su propia historia, por lo cual la nueva Jerusalén dependerá únicamente de su propio esfuerzo y ésta tendrá que ser un horizonte no trascendente, sino uno inmanente. Es decir, una polis perfecta, creada en este mundo y de este mundo. Es así como nace la utopía. Va de la mano con el proceso de secularización laicista de la modernidad y su esencial inmanentismo. Ese esfuerzo está metafísica y ontológicamente como todos nuestros esfuerzos en este mundo, abocado irremediablemente a la muerte, por lo cual la utopía siempre va a ser imposible y todo intento de crearla en este mundo no va a ser sino una monstruosa mueca de sufrimiento y soberbia humana. Una mentalidad utópica no puede soportar que, como vio Hannah Arendt (1987), cada persona que nace implica un nuevo comienzo, unas nuevas posibilidades incoadas que al desplegarse en el ejercicio de su libertad por más modestas que sean, inevitablemente imprimirán una dirección inédita a la historia, arruinando el cuidadoso diseño de la utopía centralmente planificada. Por eso su vocación terminará siempre siendo el terror absoluto: tiene que eliminar al ser humano porque, en definitiva, éste, al tener la mala costumbre de nacer, introducirá nuevas variables incómodas, molestas, imprevisibles, que pueden estar fuera del perfecto diseño de la sociedad sin clases y que en definitiva amenazan con arruinarlo. Así, el utopismo deriva en la nada y revela su interno nihilismo: la única manera de que podamos crear un ser humano perfecto, es eliminándolo. De allí que, como también lo vio Hannah Arendt, el lugar realmente perfecto de la utopía sea el Konzentrationslager, el campo de concentración, que se revela así como la única posibilidad real de una arquitectura utópica.
Si todo esto es verdad, pienso que tenemos que despedirnos de la utopía. En lo político, y, por lo tanto, también en lo arquitectónico y en lo urbanístico. Creo que la política tiene que ver con la gestión de la polis y la arquitectura y el urbanismo con la creación de un topos humanizador que posibilite esos nuevos comienzos que se despliegan en cada persona y su libertad y que son los que real y concretamente constituyen el mundo. Esto implica reducir el diseño y la planificación a sus justos y precisos límites y abrirse al carácter personal de aquellos que terminarán habitando y utilizando los espacios y los lugares a los que darán vida los arquitectos. Implica también una conciencia ética capaz de decir un rotundo no a la tentación de ponerse al servicio como arquitecto de todo proyecto político que se presente como utópico.
Todo esto exige, naturalmente, una profundización teórica que lamentablemente excede con mucho la brevísima extensión de este ensayo, pero en la que entran en juego elementos tan importantes como la relación entre la arquitectura y la política, la ética del arquitecto y el papel central que deben jugar aquellos que habitarán y utilizarán los espacios y los lugares creados por el arquitecto, quienes son los que, en definitiva, los padecerán o disfrutarán.
En todo caso, mi intención en estas líneas ha sido simplemente dejar claro que pretender ir a la utopía es como su nombre lo indica y como lo estamos padeciendo hoy en Venezuela, ir a un no-lugar, es decir, a ninguna parte.
Referencias
Arendt, H. (1987). Los orígenes del totalitarismo. Tomo III: Totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial.
Heidegger, M. (1997). Bauen Wohnen Denken. Vorträge und Aufsätze (pp. 139-156). Stuttgart: Verlag Günther Neske.











